Contexto histórico de la formación del PCE

TALLER DE HISTORIA DEL PCE "MARUSIA"
Antonio Elorza [1]
El nacimiento del partido comunista en España tiene lugar en dos fechas sucesivas, abril de 1920 y abril de 1921, en ambos casos a partir de organizaciones socialistas. Son primero las juventudes socialistas las que dan vida al pequeño y radical Partido Comunista Español, al que un año más tarde viene a sumarse el sector “tercerista” del PSOE, que crea el Partido Comunista Obrero Español. De la fusión de ambos, en noviembre de 1921, surge el Partido Comunista de España. Se trata de un proceso difícil, desarrollado bajo el signo de la escisión y de las tensiones internas, que ha permitido hablar a los escritores socialistas -como Luis Gómez Llorente en su Aproximación a la historia del socialismo español hasta 1921- de una dolorosa pérdida de unidad. Confrontados con el “hecho nefasto de la disgregación proletaria”, los compañeros socialistas verán en “el trauma que supuso la escisión proletaria” un “golpe duro para el PSOE y para el proletariado español”. Al parecer, y según esta perspectiva, cuando la escisión llega, las organizaciones socialistas se encontraban en pleno proceso ascendente de preparación revolucionaria, tras saludar con alborozo e inspirarse en el ejemplo de la Revolución de Octubre. La realidad es algo más compleja, como han mostrado los análisis históricos de Gerald H. Meaker, en La Izquierda revolucionaria en España, 1914-1923 y Caros Forcadell en Parlamentarismo y bolchevización. El movimiento obrero español 1914-1918. En primer término, el impacto de la Revolución rusa no se limita al socialismo, e incluso resulta mucho más intenso en el campo anarcosindicalista, mientras entre los dirigentes tradicionales del PSOE -pensemos en Pablo Iglesias- predomina la desconfianza. En cuanto al enlace entre la matriz socialista y el nuevo partido, no se limita a la secuencia de hechos que acaban en la escisión, que por otra parte estuvo a punto de ocurrir a la inversa, con una minoría reformista frente a la mayoría favorable a la Tercera Internacional. El nivel ideológico no puede olvidarse- Si hay un campo en que el legado socialista actúa, esto ocurre en ese factor limitativo constante que supone la penuria teórica, rasgo dominante del PSOE desde los días de su constitución. El mejor indicador sería el bajísimo nivel de difusión de textos marxistas, por no hablar de los planteamientos ideológicos del líder indiscutible del movimiento socialista, Pablo Iglesias. Como ha visto Pedro Ribas en su estudio “Sobre la introducción del marxismo en España” (en Estudios de Historia Social, números 5-6), salvo el resumen de Deville, El Capital apenas se maneja, estando traducido sólo su primer volumen hasta 1931 y el ritmo de edición del propio Manifiesto Comunista resulta muy pobre, con apenas una edición cada cinco años y una sola, y de alcance limitado, en todo el período 1906-1923. Habrá que esperar a la Segunda República para que se produzca en España lo que Ribas llama “el descubrimiento masivo del marxismo.
Finalmente, tampoco cabe explicar la radicalización de la clase obrera española entre 1917 y 1920, años de gestación del Partido Comunista, sólo por el simple efecto de la Revolución rusa sobre las conciencias obreras. Aunque esta conmoción ideológica exista sin duda y sobre los testimonios de su presencia. Recordemos, por citar uno, el pasaje de las memorias de Dolores Ibárruri en que relata cómo la noticia de la llegada del socialismo en Rusia le fue dada por un vendedor de periódicos de la zona minera. Sin duda es un factor coadyuvante, pero que opera en un marco cuya determinación última es de orden económico. Serán las transformaciones económicas que acompañan a la acumulación capitalista lograda a favor de la neutralidad en la gran guerra las que alienten la radicalización de las reivindicaciones obreras, el consiguiente incremento de la conciencia de clase y la consolidación organizativa, tanto en las filas del socialismo como en las del sindicalismo revolucionario encarnado por la CNT.
LA FORMACIÓN DEL MOVIMIENTO OBRERO
Hace más de medio siglo que un dirigente obrero de la época hizo una caracterización de este proceso en que surge el Partido Comunista, cuyas líneas explicativas mantienen hoy su validez. Nos referimos a una colaboración de Andrés Nin en la revista de la Internacional Sindical Roja. “La guerra imperialista -escribe en 1927- cambió radicalmente la situación. La industria española, que hasta 1914 había producido únicamente para el mercado interior y que sólo gracias a altos aranceles había podido defenderse, a duras penas, de la competencia extranjera, empezó a traspasar la frontera del país, ya que habían desaparecido del mercado mundial las grandes potencias capitalistas implicadas en la guerra. La balanza comercial española, que había sido deficitaria hasta 1914, registró saldo positivo en 1915, y así siguió hasta 1919. Las principales industrias, la textil y la metalúrgica, así como la minera, se desarrollaron de manera extraordinaria. Este auge elevó considerablemente el número de los trabajadores empleados en la industria, y al mismo tiempo, creó unas condiciones favorabilísimas para la lucha económica y para el desarrollo del movimiento sindical. Los empresarios, colmados de pedidos, se veían forzados a satisfacer las exigencias de la clase obrera, aunque sólo fuera después de una pertinaz resistencia. La gran mayoría de las huelgas terminó con la victoria de los trabajadores y con un fortalecimiento de las organizaciones”.
Es así cómo, entre las llamadas “tres revoluciones”, que fracasan en 1917, y el pronunciamiento del general Primo de Rivera (septiembre de 1923) tiene lugar la constitución del movimiento obrero moderno en España, con organizaciones de masas que superan una larga trayectoria previa con altibajos que se había iniciado en la década de 1840 con las asociaciones de tejedores catalanes. Esa lenta marcha del obrerismo podría explicarse por los factores económicos limitativos (la tardía consolidación del mercado nacional, un desarrollo industrial focalizado y dependiente, una débil demanda global) de los que a su vez se deriva la existencia de un régimen político arcaico, la monarquía parlamentaria basada en la corrupción electoral sistemática, conocida bajo la fórmula de “oligarquía y caciquismo”. El resultado es una clase obrera que desarrolla sus organizaciones lentamente, y que en sus fases de ascenso se ve rápidamente obstaculizada por oleadas represivas de extrema dureza. La mayor continuidad corresponde al campo socialista, que a partir de 1879 cuenta con un pequeño partido político, el Partido Socialista Obrero Español, cuyo acceso al Parlamento con su líder Pablo Iglesias como diputado no llega hasta 1910, y que desde 1888 se apoya en una central sindical, la Unión General de Trabajadores, con unas decenas de miles de afiliados y bastiones en Madrid, Vizcaya y Asturias. En su regular trayectoria, las organizaciones socialistas españolas habían quedado marcadas por la dirección de Pablo Iglesias, hombre formado bajo la Primera Internacional y muy influido por el “guesdismo”, mucho más preocupado por conservar la organización y la disciplina que por el conocimiento del marxismo y la adecuación de la práctica socialista a las heterogéneas condiciones del proletariado español. El “pablismo” dio al socialismo español un sello de rigidez y de radicalismo formal que encubría una práctica reformista y la pobreza teórica. Su única contrapartida residía en la capacidad de garantizar una paulatina consolidación de las organizaciones sindical y política. En cuanto al anarcosindicalismo, hegemónico tanto en la Cataluña industrial como en Andalucía, desde la década de 1880 había buscado una fórmula organizativa que articulase las ideas libertarias y la acción de las sociedades de oficio. El sindicalismo revolucionario como doctrina y la Confederación Nacional del Trabajo como organización, parecieron dar desde 1910 la respuesta a la citada exigencia, perspectiva pronto truncada por la prolongada represión que sigue a la huelga general de septiembre de 1911. Sólo en 1915 la CNT relanza su marcha ascendente a nivel nacional. Sus afiliados se cuentan entonces en unas pocas decenas de miles, consolidando la imagen de una doble penuria, orgánica e ideológica, para la totalidad de la clase obrera organizada, que sólo se supera gracias a la coyuntura ascendente que crea sobre la economía española la neutralidad en la guerra de 1914-18.
Estas deficiencias orgánicas del proletariado español van a determinar que la toma de conciencia sobre los efectos del conflicto sobre la sociedad española tenga lugar tardíamente, y sólo como consecuencia de la “carestía de subsistencias”, es decir, de las subidas de precios provocadas por la guerra europea. Inicialmente lo que preocupa a unos y a otros, es el tema abstracto del pacifismo o las actitudes aliadófilas que comienzan a germinar, especialmente entre los socialistas. Será la presión de la base ante los precios en ascenso lo que mueve a las primeras acciones conjuntas de CNT y UGT en 1916. Luego vendrá la secuencia de las llamadas “tres revoluciones” de 1917, año en que las implicaciones sociales y económicas del crecimiento se despliegan en su totalidad, mientras el régimen monárquico se tambalea ante la presión mal articulada de los militares descontentos (movimiento de Juntas de Defensa), los políticos que bajo la guía de los burgueses catalanistas, intentan también sin éxito la modernización del sistema de gobierno (reunión ilegal de la Asamblea de Parlamentarios reformistas en mayo, en Barcelona) y las principales organizaciones obreras que en agosto del mismo año 1917 lanzan una huelga general reprimida por el Ejército.
SINDICACIÓN Y CONFLICTIVIDAD SOCIAL
La degradación de la situación política, al mostrarse incapaces los grupos de oposición de quebrar la aparente fragilidad del régimen, y la agudización de las tensiones sociales derivadas del crecimiento, caracterizan el periodo 1917-1919. Las fuertes subidas en los precios en 1918-19 desencadenan como reacción defensiva la oleada ascendente de sindicación de proletariado, con el consiguiente ascenso de la conflictividad social. Menudean los motines locales ocasionados por problemas de abastecimiento o carestía de bienes de primera necesidad. La serie de huelgas y jornadas perdidas (sobre las huelgas analizadas) que registra el Instituto de Reformas Sociales muestra esa línea ascendente:
Número de huelgas: 1916: 237; 1917: 306; 1918: 463; 1919: 895; 1920: 1.060
Número obreros: 1916: 159.667; 1917: 85.902; 1918: 136.078; 1919: 198.733; 1920: 264.080
Huelguistas: 1916: 96.882; 1917: 71.440; 1918: 109.168; 1919: 178.496; 1920: 244.684
Jornadas (en miles): 1916: 2.415; 1917: 1.784; 1918: 1.819; 1919: 4.001; 1920: 7.261
Más significativa aún es la estadística de huelgas perdidas, que desciende de un 34 por 100 en 1916 a un 29 por 100 en 1917, un 16 por 100 en 1918 y un 17 por 100 en 1919. Ello es consecuencia directa de una coyuntura ascendente, en la que la burguesía está dispuesta a hacer concesiones a los huelguistas con tal de mantener las actividades productivas, pero también de la creciente sindicación que se traduce en un crecimiento espectacular de la UGT socialista y, sobre todo, de la CNT dentro y fuera de su núcleo catalán. Los 76.000 afiliados de la primera central se convierten en 100.000 en enero de 1918 y en noviembre de 1919 superarán los 160.000 (el máximo llega en mayo de 1920, con 211.000). La CNT llega apenas en septiembre de 1918 a 80.000 sindicados (de ellos más de setenta mil en Cataluña) y sube en flecha en los meses que siguen hasta superar, según los abultados datos propios, los setecientos mil en el Congreso de la Comedia de diciembre de 1919.
Conflictividad y sindicación desbordan las áreas urbanas tradicionales y ganan a la España rural. Gracias al estudio clásico de Juan Díaz del Moral sobre los movimientos agrarios andaluces, conocemos los pormenores del crecimiento de la sindicación en la provincia de Córdoba. “Al compás de la propaganda y de las huelgas -escribe Díaz del Moral- se desarrolló la organización. De los 75 municipios de la provincia sólo cuatro serreños se sustrajeron a la fiebre societaria. Los demás de la sierra, y los de la campiña sin una excepción, erigieron cada uno su correspondiente sociedad. Y como cada lugar y cada aldea, por minúscula que fuese, quiso tener su Centro obrero, y como en algunos pueblos funcionaban dos o tres, y como los clausurados por la Autoridad entraban de nuevo en liza disfrazados con otro nombre, en los años del trienio llegaron al Gobierno civil más de 140 reglamentos de Asociaciones de proletarios; en un año escaso, desde junio de 1918 al 15 de mayo de 1919, se constituyeron cerca de 100 sociedades obreras”. En su mayoría, este crecimiento se inclina hacia el anarcosindicalismo: Meaker anota en Córdoba su predominio con 60 asociaciones campesinas por unas 25 socialistas. El crecimiento de la UGT en la zona no era, en todo caso desdeñable, con 28.900 obreros agrícolas andaluces que ingresan entre octubre de 1918 y junio de 1919.
LA RADICALIZACIÓN SOCIALISTA Y LA ESCISIÓN
En 1917 había existido la esperanza de que republicanos y regionalistas impulsaran la transformación del régimen en el sentido de una revolución democrático-burguesa. La acumulación de capital de que son beneficiarios vascos y catalanes pareció propiciar el éxito de la modernización del aparato de Estado que propone el catalanista conservador Cambó a los navieros del Partido Nacionalista Vasco y ante la Asamblea de Parlamentarios. Sin embargo, el movimiento acaba reduciendo sus consecuencias al plano de la coalición defensiva frente al proyecto de impuesto sobre los beneficios extraordinarios. La transitoria oleada de optimismo que sigue a la victoria aliada en noviembre de 1918 se desvanece también cuando la monarquía sea admitida en el proceso de formación de la Sociedad de Naciones. Sobrevive el turno de partidos bajo el signo de la corrupción electoral y las únicas manifestaciones de sensibilidad tienen lugar en el campo de la legislación laboral con que se pretende contrarrestar la creciente agitación obrera. En 1919 se implanta por el Gobierno liberal de Romanones la jornada de ocho horas y al siguiente año se crea el Ministerio de Trabajo. Pero el Estado de la Restauración destaca sobre todo por sus rasgos negativos en defensa de las clases dominantes: los estados de excepción son cada vez más frecuentes en las zonas conflictivas, hasta culminar en un terrorismo de Estado que se establece en Cataluña con el respaldo patronal y de sindicalistas amarillos entre 1920 y 1922 para desmantelar a la CNT. La representación obrera alcanzará importancia sólo a escala municipal. De ahí que el fracaso de la democratización del régimen sea agudamente acusado por el movimiento obrero, dando pie por un lado a las tendencias apolíticas del sindicalismo revolucionario y del anarquismo, encarnados por la CNT, y llevando a los socialistas a esbozar a fines de 1918 la ruptura de la alianza con los republicanos, que se hará definitiva en el Congreso extraordinario del PSOE del siguiente año.
La radicalización socialista entre 1918 y la escisión “tercerista” de abril de 1921 tiene mucho de una huida hacia delante, provocada por la conciencia de fracaso de la Conjunción republicano-socialista y la presión desde la base, con el entusiasmo revolucionario que suscitan la creciente afiliación y la imagen exterior de la Revolución rusa. El caballo de batalla, desde 1919, será la afiliación a la naciente Internacional Comunista o la permanencia en el campo socialdemócrata, pero ni entre los “terceristas” ni entre los reformistas tendrá lugar un proceso de reflexión sobre las causas sociales del fracaso de 1917 y sobre las circunstancias socioeconómicas en que se mueve la praxis del socialismo español. Para los segundos, puede servir de ejemplo la inflexión que registra la producción ideológica del viejo líder Pablo Iglesias, acentuando las condenas contra la impotencia del capitalismo español y de sus políticos, así como el anuncio de la llegada del socialismo. Hay, no obstante, cambios parciales significativos que registra el Congreso de 1918: por vez primera el PSOE se dota de un programa agrario y de una toma de posición favorable a la resolución en sentido federal del problema de las nacionalidades y regiones de España. Con relación al encuadramiento internacional, los moderados dominan transitoriamente, pero en 1919 y en 1920 sucesivos Congresos extraordinarios parecerán marcar la aproximación a Moscú. En diciembre de 1919, prevaleció aún el deseo de unidad dentro de la Segunda Internacional pero afirmando ya la necesidad de unificación con la Tercera. El margen alcanzado, 14.000 votos contra 12.500 y los confusos términos de la opción auguraban un mejor futuro para los “terceristas”, a pesar de la pérdida de fuerzas que en abril de 1920 la escisión de las Juventudes para dar vida al Partido Comunista Español. El desprestigio creciente de la Segunda Internacional hizo que en el siguiente Congreso, de junio de 1920, la opción se limitara a discutir el modo de adhesión a la Komintern y que la línea de repliegue de los reformistas fuera el acuerdo de condiciones restrictivas para ello y la invocación unitaria de la Internacional de los Reconstructores. La victoria del ingreso condicionado fue nuevamente por escaso margen -8.269 votos contra 5.016 y 1.615 abstenciones-, pero el momento álgido había pasado y frente a los “terceristas” quedaba configurado un sólido bloque con los más destacados líderes del PSOE y UGT: Fernando de los Ríos, Julián Besteiro, Francisco Largo Caballero, Antonio Fabra Ribas, Indalecio Prieto, respaldados por el prestigio del anciano Pablo Iglesias. Y en ninguno de los bandos florecía la capacidad teórica para inclinar la balanza. Basta señalar que la principal contribución teórica del momento por parte socialista correspondió al director del semanario España, Luis Araquistain con su libro España en el crisol (1920), un brillante alegato sobre la crisis del régimen y la necesidad de que el proletariado socialista encabezara la regeneración del país, pero sin la menor influencia del pensamiento marxista.
La punta de lanza “tercerista” corrió a cargo de las minorías pacifistas opuestas a la dirección aliadófila durante la guerra y de las Juventudes. Sus órganos principales serán los semanarios Nuestra Palabra (desde agosto de 1918, con una pequeña tirada inicial de 1.200 ejemplares que pronto suben a 4.000), La Internacional (desde 18 de octubre de 1919) y el órgano de las Juventudes, Renovación. Pero el cambio ideológico es escaso y hace pensar en un simple mimetismo ante el ejemplo ruso, destinado a compensar las insuficiencias del pasado reformista del PSOE. “El motivo del éxito de Nuestra Palabra -confesaban sus editores en marzo de 1919- está en que se inspira en un criterio netamente socialista, en que refleja una tendencia radical que guarda perfecta armonía con el momento histórico que está atravesando el proletariado mundial”. La admiración por las luchas sindicalistas de la CNT catalana y la fe en la próxima revolución socialista mundial demostraban el cambio de acento, pero no un enriquecimiento sensible de la discusión. Los argumentos con que defienden su consigna -“nosotros a lo nuestro”, es decir, a la revolución socialista pasando por encima de la democrático-burguesa- resultan primarios. “Hablemos de la expropiación forzosa, de la abolición de la burguesía como clase, de la socialización de los instrumentos de producción, abolir la explotación del hombre por el hombre, etc., etc. Esa es nuestra labor, eso es lo nuestro. Lo demás es hacer el juego a la burguesía”. La única baza con que este sector maximalista hubiera podido contar era la alianza revolucionaria de las organizaciones socialistas con la CNT, pero incluso ésta se perdió con la rápida ruptura del pacto de alianza en noviembre de 1920. Podrían ganar adhesiones, pero la posibilidad de arrastrar a la mayoría de las organizaciones socialistas, e incluso de conservar la implantación inicial, se hallaba severamente comprometida por esta endeblez de origen a la que había que sumar la heterogeneidad de composición de las masas terceristas: viejos oponentes de Iglesias, jóvenes radicales de un izquierdismo dogmático y espontaneista, buena parte de afiliados de última hora e intelectuales muy inseguros en sus posiciones, yendo de una a otra solución formalmente revolucionaria. Los posibles bastiones obreristas de Vizcaya y Asturias se verán rápidamente arrastrados por la crisis permanente en la que ha de vivir el nuevo partido desde su constitución. Además, la batalla de la UGT se había perdido aun antes de de la escisión.
CNT: LA CIUDAD COMO UNIDAD DE ACCIÓN
Por vías muy diferentes, el anarcosindicalismo recorre una trayectoria similar en el tiempo y en las actitudes respecto a la revolución. La mayor flexibilidad de las tácticas sindicalistas había permitido un ajuste adecuado a las expectativas obreras de atrapar la carrera de los precios a través de la huelga. Con excepción de algún sector concreto -como la industria del vidrio-, el cuadro de la lucha es fundamentalmente local o comarcal, lo que favorece la reestructuración que para Cataluña aborda en 1918 el Congreso de Sants, aglutinando a las sociedades de oficio en sindicatos de rama por localidades. La ciudad es la unidad de acción, con un alto grado de autonomía para practicar la solidaridad en los conflictos, y Barcelona, lugar de residencia (y de designación de los Comités Nacional y Regional de Cataluña), se confirma como eje de toda la vida confederal en esta etapa de crecimiento. Ello será a la larga un punto de debilidad, porque a pesar del alto grado de control conseguido por la CNT sobre le movimiento obrero barcelonés, bastará con una represión intensiva a escala provincial, lejos del centro político real (Madrid) para que la vida normal de la Confederación se vea decisivamente afectada. El segundo gran núcleo de implantación es Andalucía, con 90.000 federados afines de 1919 -por más de 400.000 en Cataluña-, pero con un grado escaso de cohesión, y sin posibilidades de reemplazar, llegado el caso, a Barcelona, como se probará cuando entre septiembre y diciembre de 1923 resida en Sevilla el Comité Nacional. La tercera zona confederal, el País Valenciano, presentaba una homogeneidad mucho menor, con fuerte presencia sindical socialista: su papel se reducirá a garantizar la edición del órgano de prensa Solidaridad Obrera, cuando el estado de excepción lo impida en Barcelona. Las soluciones en caso de persecución son, en todo caso, precarias a la hora de asegurar dirección y publicaciones. Zaragoza asegura el relevo de la dirección nacional, en 1922 (como más tarde en 1924) y Madrid, a través del alquiler de un diario en déficit, España Nueva, la emisión de las directrices y de las informaciones en 1920-21.
La culminación de la trayectoria confederal se alcanza en 1919. No sólo en Barcelona, porque es también un periodo de auge en flecha para Valencia y Andalucía. Pero es en la gran huelga suscitada entre febrero y abril de 1919 en Barcelona por la Compañía de electricidad “La Canadiense”, donde el prestigio de la CNT y de sus líderes -en primer término, el secretario regional Salvador Seguí- alcanza sus mayores niveles, a pesar de la derrota relativa con que termina el conflicto. La ciudad ha permanecido paralizada durante semanas y los trabajadores han llevado su control hasta la implantación de una “censura roja”, sancionando a quienes publicaban los comunicados de la autoridad. Frente a la descomposición del régimen, surgía el espejismo del poder revolucionario de aquellos “sindicalistas” en quienes los servicios de información franceses veían a los bolcheviques españoles. Partiendo del control de los centros de trabajo en afiliación y pago de cotizaciones por los delegados de taller, hasta dirigentes surgidos de la selección de los conflictos acumulados, con notables cabezas como Seguí o el director de Solidaridad Obrera, Ángel Pestaña, el “sindicalismo” aparece como un núcleo revolucionario mucho más amenazador para la burguesía del momento que el socialismo.
En diciembre de 1919, mientras los empresarios catalanes desencadenaban su primera gran ofensiva en forma de “lock-out” generalizado, la CNT celebra un Congreso triunfalista en Madrid, en el Teatro de la Comedia. La cuestión central de las relaciones a establecer con la central socialista UGT será resuelta mediante un pucherazo desde la Mesa y el Comité Nacional, contra las posiciones unitarias: dada la aparente superioridad numérica, la CNT solicita el ingreso de los sindicatos socialistas so pena de declararlos amarillos. La cuestión organizativa vio el debate entre los defensores de las federaciones de industria y los del sindicato único, imponiéndose también radicalmente los partidarios del “modelo catalán” hasta el punto de acordar la disolución de las federaciones existentes, aun cuando alguna, como la de vidrieros, tuviera un funcionamiento previo floreciente. Por fin, la hegemonía anarquista en el interior de la Confederación queda asegurada explícitamente por primera vez al declarar como finalidad la consecución del comunismo libertario. Como más adelante veremos, el Congreso se cierra con la adhesión de la CNT a la Revolución rusa.
Pronto la aparente solidez de la CNT iba a conmoverse, tanto a escala general como en sus componentes regionales, sobre todo en las dos zonas capitales de Barcelona y Andalucía. El ascenso a la hegemonía sindical no había dejado de presentar rasgos negativos, con un empleo creciente de la coacción frente a trabajadores no sindicados y patronos, que a su vez enlaza con la tradición de una violencia más o menos intensa que había marcado el anarcosindicalismo barcelonés desde finales del XI, recrudecida en las confusas condiciones de la guerra a partir de 1916. El empleo de los métodos terroristas contra algunos patronos, con su primer origen en los sindicatos, sería el pretexto para situar la lucha en un terreno delictivo que a la larga acaba atribuyendo la victoria al sector empresarial, respaldado en la base por los pistoleros que cobija el Sindicato Libre, fundado el mismo año de 1919, y desde arriba, con mayor o menor intensidad según los casos, por las autoridades policiales y militares. Gracias al sincero testimonio de un Ministro de Gobernación de los meses centrales de 1919, el católico Burgos Mazo, conocemos las presiones de la Federación Patronal, con respaldo militar, para que el Ministerio dé cobertura a una política conjunta de exterminio de los sindicatos revolucionarios. Es lo que comenzará a poner en práctica en enero de 1920 el gobernador civil Conde de Salvatierra, clausurando los sindicatos como preámbulo de la ofensiva desencadenada en noviembre, desde el mismo puesto, por el general Martínez Anido.
Con el inicio del declive saldrá a la luz una tensión interna que había quedado oculta en los años de auge, entre los dirigentes de sindicatos para quienes el anarquismo es como mucho un complemento ideológico y los grupos anarquistas que desconfían por reformistas de las luchas económicas y del sindicalismo como obstáculo para la revolución a corto plazo. Salvador Seguí es el blanco de las críticas cuando en el otoño de 1919 defiende la formación de una Comisión Mixta para acordar las condiciones de trabajo con representantes de la Patronal: era contravenir el principio sagrado de la acción directa. Con la proliferación de atentados desde el invierno de 1919-20 otro problema pasa a primer plano, la relación con los “grupos de acción”, que implican a los sindicatos en la oleada terrorista y gozan de la cobertura anarquista. Por fin al sobrevenir la clandestinidad, los anarquistas y los “grupos de acción” tienen mayores posibilidades de control, que crecen conforme se agudiza la crisis.
LA REVOLUCIÓN RUSA Y EL OBRERISMO ESPAÑOL
El cenit y el declive se producen con pequeñas diferencias de tiempo en otras áreas. Así, en Andalucía. Aunque aquí la edad de la esperanza coincidió con los paros sincronizados en decenas de pueblos que hubieran debido culminar en la huelga general revolucionaria. Pero ya la huelga general iniciada en Córdoba y seguida en la campiña acabó con una derrota que se agravaría en mayo con la nueva huelga general que desencadena la declaración de estado de guerra en la provincia. Según los datos de Díaz del Moral, en Córdoba se registraron, 1918 y 1919, 184 huelgas; en 1920, sólo 16; en 1921, 3. El Gobierno, la prensa burguesa y los propietarios andaluces podía hablar de una próxima llegada de la Revolución rusa a partir del campo andaluz, en los primeros meses de 1919, pero a pesar de su espectacularidad se trataba de un conflicto localizado cuya magnitud resultaba magnificada por el contexto. Más allá de las declaraciones doctrinales, comparables a las que tienen lugar en el Congreso de la CNT con la difusión incluso de un programa sobre la organización de la sociedad posrevolucionaria, eran el marco internacional y las expectativas suscitadas por el movimiento obrero recién llegado al nivel de masas los que creaban una imagen amenazadora muy por encima de las fuerzas reales y de su capacidad teórica.
Esto nos lleva a plantear el tema de los efectos reales de la Revolución rusa sobre el obrerismo español. Desde el libro ya citado de Díaz del Moral sobre las agitaciones andaluzas, existe la imagen de un “trienio bolchevista”, un país en llamas a partir de los centros revolucionarios andaluces y catalanes con militantes que cambian su nombre -al anrquista Cordón por “Kordoniez”- y campesinos que viven la ilusión milenarista de un próximo reparto de la tierra como en el país de los soviets. Por supuesto, el tema exige investigaciones más precisas que las hoy disponibles, puesto que ni siquiera la prensa burguesa de las grandes capitales ha sido objeto de una lectura mínimamente cuidada. Pero, como hace notar en su trabajo monográfico sobre los conflictos agrarios en otra provincia andaluza (Jaén), Manuel Tuñón de Lara, puede ponerse en duda ese desencadenamiento automático de las expectativas revolucionarias del proletariado por el solo hecho ruso. Este por supuesto cuenta sobre las mentalidades, en medida que conocemos mal, y sobre las organizaciones. No parece, en cambio, que sobre la estructura del conflicto social actuase más que como factor coadyuvante. La progresión revolucionaria de las huelgas de Córdoba entre 1918 y 1919 entronca con la tradición anarquista de la huelga general como arma revolucionaria por excelencia. Incluso en la izquierda “tercerista” del PSOE lo que tiene lugar es un discurso de asimilación, para adelantar la inminencia de una revolución proletaria en España tomando como punto de referencia el reciente fracaso del acuerdo interclasista para lograr la democracia en 1917.
En realidad, el proceso revolucionario y, sobre todo, sus bases teóricas, fueron mal conocidas en España. El estudio de Carlos Forcadell sobre el obrerismo español entre 1914 y 1918 muestra que tanto para los socialistas como para la opinión burguesa la valoración del hecho revolucioanrio ruso fue sólo una cuestión subordinada al roblema central de la adhesión a la causa de los aliados o de los Imperios centrales. En cuanto a la dirección del PSOE, la Revolución resultaba doblemente incómoda, tatnto por lo que tenía de ruptura con la trayectoria tradicional del partido como por su negatividad para la causa aliada. Optó entonces por el silencio, reflejado en la ausencia de menciones en el órgano oficial El Socialista, quebrantado sólo esporádicamente para subrayar su rechazo d elos procedimeintos “maximalistas” (así, la toma del poder en noviembre del 17 era valorada como sucesos “inoportunos, y por inoportunos, acaso funestos”) y la insalvable diferencia de situaciones entre Rusia y españa. Como proclamaba El Socialista en marzo de 1918:
“Las masas obreras organizadas de nuestro país tienen un sentido bastante claro de la realidad, y no entrarán seguramente por caminos que puedan originar una fuerte reacción (...). Las condiciones económicas de nuestro país no permiten soluciones radicalísimas que más adelante serán posibles. Creemos, pues, que no hay fundamento serio para afirmar que el día que desaparezca el régimen monárquico corre España el peligro de que se produzca en ella una perturbación como la que atualmente hay en Rusia, aunque no la estimamos muy duradera” (“Peligro imaginario”, 28-III-1918).
“Frente al entusiasmo que producía en el proletariado el conocimiento de que los socialistas rusos habían ocupado el poder -resume Forcadell- por vía de la revolución, no se podían oponer análisis públicos y expresos sobre la inoportunidad del golpe de estado bolchevique, ni condenar taxativamente la Revolución rusa en función del perjuicio que a los aliados podía proporcionar. Por lo cual, el tema será obviado en las manifestaciones de los dirigentes del PSOE hasta el final de la guerra (...). No obstante, se expresa esporádicamente el análisis básico, aunque paralizado por las circunstancias, de que la Revolución rusa ‘cometió una irreparable falta al deponer las armas antes que derrocar al imperialismo’”. La atención a los hechos, desprovista de aparato analítico, se limita al grupo de jóvenes socialistas zimmerwaldianos que a partir de agosto de 1918 publican el semanario Nuestra Palabra, tomando el título del Nashe Slovo de Trotski. Entra también en juego el Grupo de Estudiantes Socialistas, constituido en 1917, y que según uno de sus fundadores, José Antonio Balbontín, tuvo entre sus primeros proyectos un viaje a la naciente Rusia de los Soviets.
ORTEGA, ARAQUISTAIN Y LA REVISTA ESPAÑA
La información precaria y tardía caracteriza a los más destacados portavoces de la izquierda intelectual. Tuñón de Lara, en su Medio Siglo de cultura española, subraya la simpatía de la revista España, fundada en 1915 por Ortega y Gasset y dirigida entre 1916 y 1923 por el socialista Luis Araquistain: “Basta seguir la sección de ‘Crónica Internacional’ de la revista España para darse cuenta del interés teñido de simpatía hacia lo que ocurría en el Este y el Centro de Europa”. Años más tarde, su director Araquistain se preciará, en un artículo publicado en 1935, de haber colaborado decisivamente en la difusión de los hechos y de las ideas de la revolución, tratando así de contrastar “un viejo entusiasmo” hacia el sistema soviético. “En la revista España, siendo su director -nos dice el escritor caballerista- publiqué por primera vez en lengua española la Constitución soviética. Y fi yo quien recomendó al editor Ruiz Castillo la publicación española, también por primera vez en nuestra lengua, de El Estado y la Revolución de Lenin, traducido de una edición inglesa”. Tanto la simpatía de la que habla Tuñón, como el entusiasmo esgrimido por Araquistain, pueden ser aceptables para 1919 y 1920, cuando se suceden informaciones, comentarios y documentos, aunque alguno de éstos -un informe de Lenin a la Internacional- sea apostillado por el director del semanario con la calificación de “curioso documento, más simplista que profundo”. Y el principal especialista es a lo largo del periodo el ruso Nicolás Tasin, que desempeña análoga tarea en El Sol, sin excesiva proclividad hacia los bolcheviques. Es más bien un reconocimiento de que “el espíritu revolucionario ruso, a pesar de su jerga doctrinal ha penetrado en el mundo y lo está subvirtiendo”, con la consiguiente aplicación a España, en el sentido de que también aquí subre el termómetro dela agitación social. El interés hacia el tema, tras comentarios favorables del episodio húngaro y censuras contra su represión, culmina con el número extraordinario de 7 de febrero de 1920 -“La República de los Soviets. Información sobre sus Doctrinas, sus hombres y sus hechos”-, cuos ejemplares se agotan rápidamente.
Sin embargo se trata de una aproximación tardía.Mientras dura la gran guerra, la Revolución es contemplada a través del prisma de sus desfavorables repercusiones para las democracias en guerra. Desde comienzos de 1918 el “pacifismo” de los bolcheviques es duramente censurado, siendo calificados Lenin, Zinoviev y Trotski como “sospechosos individuos”, “comparsas nada más, muñecos del retablo que mueve el maese Pedro de Viena y Postdam”. A partir de mayo del mismo año comienza a colaborar como especialista cierto J.N. Minsky, que se lanza a especular sobre el peso del misticismo sobre el alma eslava y a presentar a Lenin como “fanático de la violencia”, de “faz mongola”, enemigo de los intelectuales y que no era anarquista por falta de imaginación. Se trataría, según un comentario anónimo del mismo semanario, de la “alianza entre el germanismo prusianizado y el maximalismo” y los “Lenin, Trotski y comparsas” no merecerían otra calificación que “energúmenos de Moscú y Petrogrado”. Apenas el socialista “tercerista” Núñez de Arenas da la nota discordante, pero en un plano de pura adhesión sentimental, elogiando “la maravillosa floración de idealismo que ha sido la Revolución rusa”. Prevalece la impresión de que el contenido de la revolución del que nada se informa hasta 1919, resulta secundario ante el hecho central de la guerra. Luego las cosas cambian y en las páginas de España protesta razonadamente Julio Álavarez del Vayo contra “la turbamulta de mediocres reporters” que falsean la revolución, poniendo claramente la imagen de la Rusia soviética al servicio de los intereses de las agencia de prensa subordinadas a la Entente. La línea informativa del diario más prestigioso del momento, El Sol, dirigido por Manuel Aznar reponde a ello, con los comentarios del supuesto especialista Tasin y noticias que esporádicamente hablan de la caída del poder bolchevique, siempre bajo el epígrafe de “la anarquía rusa”, y no falta algún comentario inicial de propio Álvarez del Vayo, denunciando la peligrosidad de bolcheviques como “el fanático Radek”.
Estas deficiencias informativas explican, con la propia configuración del movimiento obrero español, las sorprendentes especulaciones que aparecen más de una vez sobre la asociación entre la Revolución soviética y el anarquismo. Contaban la experiencia de moderación y de reformismo que se adscribía al marxismo a través del PSOE en tanto que los impulsos de transformación social se reservaban para los anarquistas. Tal vez por eso el citado Araquistain declara que la revolución supone el triunfo de Bakunin sobre Marx. Un adversario anónimo de la revolución escribía asimismo que “el bolchevique entiende, con Bakunin, que la revolución es el desencadenamiento de todas las malas pasiones y la destrucción de todo lo existente”, y la corresponsal de ABC en Petrogrado llega en una de sus crónicas a describir a Lenin como “jefe de los anarquistas”, enarbolando incluso la bandera negra.
BOLCHEVIQUES Y ANARQUISTAS
El hecho es que la Revolución rusa inflamó desde un primer momento las esperanzas revolucionarias de nuestros anarquistas. Era la ocasión tan esperada para mostrar la posibilidad de acabar con la dominación capitalista y de mostrar el fracaso del reformismo socialista. La propia actitud del PSOE y de la burguesía fortalecerá el instito de solidaridad hacia la Revolución rusa, especialmente cuando en 1919-20 sea manifiesto el cerco capitalista a la joven República de los Soviets. Además, el escaso nivel de información contribuía también, quizá con más intensidad en medios anarquistas que sindicalistas, a ver la Revolución a través del “soviet” como un proceso antiestatista y descentralizador. Esta idea, con la de la solidaridad revolucionaria, serán esgrimidas en 1921-22, cuando las actitudes cambien, por los defensores de mantener la vinculación entre la CNT y la Internacional Comunista. Lo esencial para todo revolucionario -advierte Andrés Nin en carta al anarquista madrileño Mauro Bajatierra- es estar con los bolcheviques; sólo un contrarrevolucionario podía enfrentarse a la Rusia de los Soviets. Era lo que en enero de 1918 había motivado la toma de posición favorable de Solidaridad Obrera: “Sólo nos es dado decir, una vez más, que alí donde hay una revuelta en contra a la injusticia, allí están nuestras simpatías. Pero nada más. Estamos al lado de los revolucionarios rusos, porque se han aliado en contra de los que aquí nos tiranizan”. En diciembre de 1917, la Federación de Grupos Anarquistas de Cataluña había ido más lejos, una vez explicada la Revolución como “la reacción psicológica del pueblo ruso contra la acción persistente de la tiranía”, dada la actitud anti-militarista de los bolcheviques y su entrega de la tierra a los campesinos, por lo que parecía clara la orientación hacia la liberatd y la felicidad generales. En el semanario Tierra y Libertad se escribe en noviembre de 1917 que “las ideas anarquistas... han triunfado”. La misma opinión sostenía en 1919 el futuro inspirador de la FAI, Diego Abad de Santillán, en su trabajo “El fantasma del maximalismo”, donde trata de probar la absoluta identidad de miras entre bolchevismo y anarquismo. “Los anarquistas de todos los países -escribe- celebraron con gritos de júbilo más sinceros que los gritos de aquellos raquíticos partidarios del triunfo del imperialismo americano, el programa de Lenin y Trotski... Estos hechos indican que el anarquismo y el maximalismo encarnan las mismas aspiraciones y elaboran los mismos sentimientos, que si no todos los anarquistas son maximalistas, todos los maximalistas son anarquistas”. En efecto, “la Constitución soviética establece un régimen comunista donde no habrá división de clases ni poder de Estado”, por lo que “el programa de Lenin y de Trotski” puede calificarse de “la anarquía misma, es un programa ácrata, el cual no podrá desarrollarse plenamente hasta que los proletarios de todos los países imiten a los proletarios rusos”. Incluso añade el dato de que si Lenin no fue anarquista hasta su unión con Trotski, éste lo fue siempre, justificando una dictadura del proletariado transitoria que, al parecer, se habría ya disipado cuando escribe, convirtiendo a los gobernantes en consejeros del pueblo, con “ínfimos residuos” de un poder meramente defensivo frente a la reacción. En el mismo sentido, el hombre que en 1922 capitanea la ruptura de la CNT y Moscú, el anarcosindicalista Juan Peiró, elogia aún en 1919 “la sublime dictadura de Lenin y Trotski”.
Cierto que desde 1918 hay voces discordantes, que censuran los elementos autoritarios de la revolución, y en el Congreso de la Comedia (diciembre de 1919) el sindicalista asturiano Eleuterio Quintanilla, jugando en cierto modo el papel de Malatesta español, intenta sin éxito mostrar a incompatibilidad entre la cosmovisión libertaria y el poder soviético. La actitud dominante será explicada entonces por otro futuro líder de la ortodoxia anarquista, Manuel Buenacasa:
“Nosotros, que somos enemigos del Estado como lo hemos demostrado en algunas de las mociones aprobadas por el Congreso, entendemos que la Revolución rusa, por el hecho de ser una revolución que ha transtornado todos los valores económicos o, mejor dicho, por el hecho de ser una revolución que ha dado al proletariado el Poder, los instrumentos d eproducción y la tierra, nos debe interesar siquiera en este aspecto (...). Puesto que los socialistas no lo han hecho, nosotros, que no somos socialistas, debemos estar unánimente de acuerdo para apoyar la revolución rusa; pero no con palabras, sino con hechos.”
La dictadura del proletariado era justificada como recurso defensivo de emergencia. Finalmente, Salvador Seguí pudo imponer la adhesión transitoria a la Internacional de Moscú, con el argumento de que la CNT podría desde ella convocar “a todas las organizaciones sindicales del mundo para organizar, definitivamente, la verdadera internacional de los trabajadores”.
Conocemos bien el alcance de esta adhesión entre los afiliados a la CNT gracias, entre otros documentos, al relato que el ya citado Andrés Nin nos hace de su experiencia como militante confederal: “La prensa de la CNT dedicó extensos artículos a la revolución de octubre y al bolchevismo. Los corresponsales obreros firmaban ‘miembros del soviet núm....’ o ‘bolchevique’. El periódico de los grupos anarquistas se llamó, en honor al ‘Spartakus-bund’ alemán, Bandera Roja. El tema favorito de los agitadores y propagandistas fue la revolución bolchevique. El ejército rojo fue objeto de simpatías especiales. Estando el autor del presente artículo a principios de 1920 en la cárcel, le fue pasado clandestinamente el proyecto de un ejército rojo español, elaborado por grupos anarquistas. Se produjo una situación paradójica. Mientras que los líderes socialistas aparecían como contrarios a la Revolución de octubre y al bolchevismo, los anarquistas, que disponían de una organización con un millón de miembros (sic), defendían la dictadura del proletariado y el partido comunista”. Los datos de archivo contrastan la descripción hecha por Nin. En marzo de 1920 la policía francesa registra la presencia en Barcelona de unos “guardias rojos”, grupos de acción compuestos por jóvenes de dieciseis a veinte años, dirigidos por cinco comités en los barrios obreros de la ciudad. El faísta García Oliver evoca en sus memorias las discusiones en medios libertarios de la época entre “banderas negras” y “banderas rojas”, y del periódico de estos últimos conocemos un número en que no falta el artículo de Trotski. Y en cuanto a la adhesión emotiva a la revolución que muestran los pseudónimos de los colaboradores sindicalistas de la prensa, ahí están las firmas que a lo largo de 1920 registra el diario oficioso de la CNT en Madrid, España Nueva. Los más se presnetan, según apunta Nin, como soviets, seguidos de número, tal vez ramo y ocalidad (hay así el Soviet número 64, de la Metalurgia de Málaga; el Soviet número 1995, de la Construcción de Zaragoza; el número 13 de Narcelona, etc.), de acuerdo con la identificación entre soviet y sindicato. Otros toman nombres de figuras de la revolución: cabe citar “el pequeño Trotski” de Alicante, un “Lenin” de Barcelona, un “Wladimir Ulianov” de La Línea, un “Radek Moreno”, un “Gorki español”. Otros son “un barbero bolchevique”, “yn carabolchevique” o, rusificando a su modo el nombre, “Salvhadorewsky Khordom” de la provincia de Cáiz. En fin, “un detective sovietista” da cuenta de que, bajo la dirección del escritor Ángel Samblancat funciona en Madrid el grupo literario “Antorcha Roja” para “intensificar y acrecentar la propaganda comunista”. Todo ello en un clima de adhesión a “la República federal rusa” que sólo se ve alterado a partir de 1921, cuando comienzan a ser conocidos con precisión los rasgos del régimen bolchevique y La persecución sufrida por la oposición anarquista, fuandmentalmente a través de las campañas del semanario anarquista madrileño Nueva Senda.
REPUBLICANISMO CATALÁN Y COMUNISMO
El pro-sovietismo de la CNT dará lugar a un intento político singular: el ensayo de reconversión del republicanismo catalán en un partido comunista con el fin de capitalizar en el plano político el potencial revolucionario del sindicalismo. El protagonista del proyecto fue, en los últimos meses de su vida, desde abril de 1920, el abogado de obreros catalán Francesc Layret, que a fines de noviembre será asesinado por pistoleros que actúan bajo la protección del gobernador civil, general Martínez Anido. Layret rechaza la eventualidad de forjar un partido socialista en Cataluña, por no multiplicar las organizaciones y tener en cuenta que la Internacional no va a admitir adhesiones condicionales. Al propio tiempo, considera cancelada la experiencia histórica del republicanismo burgués. De cara a la revolución social sólo cabe encontrar en Cataluña, un sujeto posible, la CNT y su proyecto tratará de conjuntarla, a través de un partido adherido a la Tercera Internacional, con el impulso revolucionario venido desde el exterior, el ejemplo ruso. Se trata de un claro discurso de captación, en que se presenta la asimilación entre los soviets y el principio de acción directa básico en el anarcosindicalismo, mientras que la autonomía del nuevo partido se relativiza al máximo para salvuardar el protagonismo de la organización sindical:
“Los obreros que continuaban en las filas de los partidos políticos han marchado de ellos, porque se han convencido de que son la única fuerza revolucionaria organizada y prefieren traer mejor una República social que la República burguesa a que aspiraban los partidos republicanos (...).
Hay en el mundo una sola fuerza revolucionaria; esta fuerza es la Tercera Internacional de Moscú, y todos los que comulgan con ella son los proletarios revolucionarios (...).
Es necesaria la creación de un partido comunista adherido a la Tercera Internacional y a las órdenes de la organización obrera. La organización obrera (esto es, la CNT) tendría en su poder, firmado en banco, la renuncia de los cargos a que fueron elegidos sus representantes. El partido comunista sería esclavo de la organización obrera. La obra principal estaría encomendada a la organización y la secundaria al partido político”.

Con la encrucijada que representa la muerte de Layret, netre la capitalización política del entusiasmo de los trabajadores sindicalistas hacia Rusia y la puesta en funcionamiento de un terrorismo de Estado en respuesta a la creciente combatividad obrera, tocamos el problema de la utilización del hecho como argumento defensivo que empela la clase dominante para legitimar una intervención represiva excepcional. La burguesía española no fue una excepción al reaccionar frente al nuevo espectro que recorre Europa desde noviembre de 1917, y en este sentido la imagen d eun ·trienio bolchevista” operó sobre todo entre los supuestamente amenazados en su propiedad y su poder político. Así, la dinámica de los conflictos sociales estudiada para Jaén por Tuñón de Lara muestra que los promotores de los mismos no eran en modo alguno emisarios soviéticos. Las huelgas surgían como estricta respuesta al encarecimiento de los medios de subsistencia que necesitaban los trabajadores. El sueño del “reparto” está en la frecuencia más presente en el discurso de los propietarios y de las autoridades que en la mentalidad obrera. Lo que sí ocurre es que los trabajadores, gracias a una organización de implantación y fuerza crecientes, se ven en condiciones de responder al estímulo económico y plantear en vísperas de las cosechas reivindicaciones muy concretas y nada utópicas. “El clima ‘revolucionario’ y de ‘reparto’ -concluye Tuñón de Lara- estaba en gran parte creado por las autoridades traumatizadas por las revoluciones europeas”. Las clausuras de centros obreros y las detenciones de gentes responden más a pretextos que a preparativos revolucionarios.
Claro que podría pensarse que una cosa es Jaén, provincia socialista, más moderada, y otra Córdoba, donde predominan las organizaciones anarquistas. Es cierto que en los Congresos de las sociedades obreras se habla de seguir el ejemplo de los bolcheviques, pero en los cuatro grandes temas que, según Díaz del Moral, caracterizan la oleada de huelgas de 1918-19, difícimente puede encontrarse otra cosa que un deseo de mejorar en términos reales las condiciones de trabajo. Lo que se buscan son jornales más altos, prioridad en el trabajo sobre los forasteros, empleo para los parados y supresión del destajo. Quienes así se comportan, como si la revolución fuera inminente, fueron las autoridades en defensa del régimen de propiedad. “Hubo de todo -escribe Díaz del Moral, explicando el declive de las organizaciones obreras ante la represión de fines de de 1919 y 1920-: bloqueo de los huelguistas, impidiéndoles salir de sus domicilios, amenazas, golpes, todo el aparato de intimidación utilizado en otros tiempos. Se prohibieron las propagandas y se cortaron las comunicaciones entre las asociaciones obreras. La guardia municipa de cada pueblo vigilaba sin descanso las entradas y obligaba vigorosamente a retroceder a los recién llegados, a la menor sospecha de que pudieran ser agitadores”. En cuanto a los propietarios, la violencia de las medidas de defensa adopatdas frente a lo que creían inminente revolución o incendio generalizado de miese entronca con el comportamiento de lo propietarios agrarios en la génesis del fascismo italiano.
REPRESIÓN Y NACIMIENTO DEL PCE
De ahí que el partido comunista nazca en España bajo el signo de la represión. Si la preocupación del Gobierno hacia la Revolución rusa ha sido escasa a lo largo de 1918, despierta súbitamente en enero de 1919, una vez desaparecida la barrera aislante que suponía la Europa en guerra. La fallida revolución espartaquista de Alemania contribuye a difundir la imagen de una Europa en llamas, por efecto del contagio y de la acción de los agentes de propaganda rusos. Pero la iniciativa de la caza del “bolchevique” que emprende en España el gobierno liberal de Romanones procede del exterior. En diciembre de 1918 el gobierno Balfour propone “que es muy de desear que los gobiernos de Europa convengan en un plan de acción común a fin de vigilar y contener las actividades bolchevistas y especialmente con el fin de impedir el paso de sus agentes de un país a otro”. La iniciativa inglesa comprende la designación de un oficial que coordinaría en territorio español tales actividades, a lo que finalmente se accede, siendo designado en junio de 1919 el capitán Guy D. Williams. La presión se desarrollará más tarde en el snetido de lograr la cooperación española en el cerco de Rusia, impidiendo las comunicaciones postales, el tráfico de mercancías, la descarga de buques, la entrega de pasaportes, las relaciones bancarias... A lo que el gobierno español accede en octubre de 1919.
Esta imagen de la conjura, fomentada por los gobiernos vencedores, es respaldada desde la prensa. El diario gubernamental El Fígaro, de Madrid, alude el 3 de enero de 1919 a la necesidad de acabar con los miles de agentes revolucionarios que pululan, a su parecer, por el país. “La invasión en españa comenzó hace algunos meses. El gobierno no puede ignorar que en Barcelona hay cerca de mil sujetos de procedencia rusa que hacen una activísima y solapada propaganda revolucionaria...”. Serían sobre todo vendedores ambulantes, que se introducen en las casas -“con lo que practican el espionaje perfecto”-, y de modo especial en los medios obreros, empleando “la sugestión astuta para obtener colaboraciones criminales a la hora de la revolución social que se pretende provocar”. También en Bilbao era público, según el informador, que marinos que habían desembarcado eran “agentes bolcheviques” y otro tanto pasaba en Sevilla, donde, cosa significativa, “las huelgas y movimientos de inquietud” se sucedían tras las huellas de su paso.
La Revolución rusa descubría así, paradójicamente, su utilidad para unas clases dominantes cuyo aparato de poder se cuarteaba ante la presión creciente de las masas, movilizadas por la carestía de los artículos d eprimera necesidad. Los asaltos a tiendas de comestibles, los cada vez más amenazadores sindicatos y las huelgas podían ser cargados en la cuenta de un culpable: el agente subversivo. Y para contrarrestar el contagio revolucionario podía exigirse del gobierno la represión a ultranza d etodo movimiento de reivindicación o de protesta. Los efectos del “Frente policíaco español” se hicieron sentir pronto. Frente a varias manifestaciones y huelgas (en Cádiz, Granada, Coruña, Palma), la Guardia Civil disparó en frebrero de 1919, causando casi un muerto diario. “En rigor -escribe el semanario España- España vive en perpetua guerra civil: de un lado, un pueblo que lucha pacíficamente por su sustento y su derecho, y de otro, unas autoridades que le niegan el derecho al sustento a tiros”. La acción represiva consiguiente presenta, pues, dos caras. Una, tragicómica, de caza y captura del agente bolchevique por los cuatro costados de la península, y de deportación o confinamiento de unos pobres extranjeros convertidos en chivos expiatorios, una vez identificados por su procedencia nacional con los causantes de la subversión. Y otra, de eficiente puesta en escena al servicio del Orden, donde el llamado “trienio bolchevista” sirve de pretexto para colocar la acción gubernativa contra la clase obrera en un nivel de excepcionalidad permanente.
De los primeros fueron tristes víctimas los rusos, búlgaros y turcos amontonados en el buque “Manuel Calvo” para su deportación a Odesa, los alemanes confinados durante meses en espera de expulsión y los afectados por los sucesivos rumores que movilizan a las policías locales en la inútil búsqueda de este o aquel agente revolucionario. Entre los casos documentados por los papeles del Ministerio de Gobernación, hoy conservados en el Arvhivo Histórico Nacional, podríamos mencionar el caso de los inexistentes “judíos rusos bocheviquistas” que la policía donostiarra persigue sin resultados. Pero tal vez el más elocuente, para mostrar el funcionamiento del sistema, se el del ciego bocheviki cuya presencia señala el Ministerio al gobernador de Sevilla, a mediados de agosto de 1919:
“Se me dice que por las calles de esa población anda pidiendo imosna un sijeto extranjero, con barba larga, chaqueta oscura, pantalón claro, que se finge ciego y cuando entra en los barrios extremos se sube a una silla u otro punto de apoyo y empieza a predicar doctrinas bolcheviques, sin que Agente alguno de la autoridad impida tal propaganda”.
Resulta primero que, una vez detenido, el supuesto ciego no es extranjero sino de Badajoz, siendo aparentemente “anaquista peligroso” y no bolchevique. Se le intentan buscar as vueltas por si tuviera pendiente responsabilidad penal o de quintas, y a la postre ha de reconocerse que sólo era en realidad un “activo propagandista de vida vegetariana”.
A LA CAZA DE AGITADORES
La voluntad deliberada de confundir los términos se aprecia igualmente cuando llegan a Vigo cuatro “agitadores bolchevistas” que en las fichas de la policía brasileña venían perfectamente identificados como propagandistas del anarquismo. Es una confusión que le vendrá muy bien a la policía española, con la integración del peligro exterior (el agente revolucionario bolchevique) y de la amenaza interna encarnada por el anarquista o el “sindicalista”, como se dice casi siempre en la época. Recordemos la jugada a dos bandas que monta desde la Dirección General de Seguridad el general Arlegui, en los comienzos de la Dictadura, deteniendo por supuesto complot conjunto a los miembros del Comité Nacional de la CNT en Sevilla y a buen número de militantes comunistas en Madrid y el País Vasco, conexionados según el informe policial mediante la actuación de equipos de fútbol.
Por debajo de la anécdota, lo cierto es que d eun punto a otro de la península, a lo largo de 1919 y 1920, la secuencia se repite: al mismo tiempo que crecen la conflictividad obrera y la fuerza numérica de las organizaciones de clase, la burguesía y las autoridades de cada zona se aplican a crear la imagen de una revolución inminente, sobre el modelo soviético, que justificaría el inmediato desmantelamiento de las organizaciones y la persecución de los dirigentes. Es así como en Andalucía el diputado por Grazalema moviliza la atención del Gobierno ante una propaganda bolchevique que, según sus palabras, se enseñorea de la región. Escribe al Ministro de Gobernación:
“No quiero dejar de decir a usted, que sigue en Andalucía y muy especialmente en Sevilla, la propaganda bolchevista. Hay una porción de agentes extranjeros y españoles asalariados que no descansan en su propaganda, que está ya causando males incalculables y organizando las masas obreras en un plan francamente revolucionario de repartos. En los campos, la propaganda es aún más intensa, y para el próximo junio, en la época de recolección, la cuestión agraria será gravísima, si desde ahora no se corta de raíz toda esta propaganda.”
La fábula del diputado-marqués se adobaba con el dato de que “se ha cambiado oro ruso en grandes cantidades en Sevilla mismo” y con la advertencia de que mientras no se siguiera la supuesta energía del gobierno francés, que en Dunkerque habría encarcelado a tres bolcheviques, portadores nada menos que de cinco millones de rubles de oro, “no habrá en el país y muy particularmente en Andalucía un día seguro”. Ahora bien, el relato bajaba del cielo a la tierra, apuntando claramente la necesidad de cortar de antemano toda reivindicación de cara a la cosecha.
La inverosímil denuncia fue atendida, y en una circular de 4 de marzo de 1919 el Ministro de Gobernación se dirigía a los gobernadores d etodas las provincias andaluzas, encareciéndoles que ante la eventual presencia de “una porción de extranjeros y españoles asalariados que no descansan en la propaganda bolcheviquista”, se procediera a detener a todo propagandista extranjero para disponer su expulsión. Del clima creado da cuenta lo ocurrido con los jornaleros de Jerez, los cuales, tras presentar unas bases de trabajo no aceptadas por los propietarios, ven detenidos a sus dirigentes por orden del general Barrera y enviados a un largo periplo por Andalucía, en “conducción ordinaria”, a pie y bajo custodia de la Guardia Civil, hasta ir a parar mes y medio después, a fines de julio, a la prisión de Málaga, unos pasando por Ceuta y Melilla, y otros por Córdoba, “de cárcel en cárcel andando, desempolvando carreteras y troches”. Gracias a un trabajo de Jacques Maurice sobre el campesinado jerezano entre 1902 y 1933, sabemos que las bases de trabajo presnetadas por los jornaleros eran muy duras, como correspondía a un periodo de auge organizativo, pero se ciñen al salario y a las condiciones de trabajo; quienes hablan de dictadura obrera son los propietarios.
Con variantes formales, otro tanto ocurre en Barcelona. Ante el visible progreso de la CNT en el invierno de 1918-19, surgen las primeras denuncias de fuente militar, que hablan de amenaza revolucionaria, agentes extranjeros y urgencia de la represión. Es así como el 5 de enero de 1919 el Coronel Subinspector del 21 Tercio se dirige al Director General de la Guardia Civil, en comunicado que éste transmite al Ministro:
“Sindicalismo trabaja incesantemente lograr se asocien todos los obreros, estallando seguidamente la revolución. Me aseguran ascienden a 80.000 los adheridos en esta fecha y esperan en la próxima semana lo efectúen reto, incluso los tranviarios. Estimo gravedad situación exige declaración estado guerra para abortar movimiento cuya dirección está en manos de extranjeros, que me aseguran llevan distribuidos cuatro millones de pesetas; la inminente suspensión de garantías se hace necesaria, pues de no adoptarse importantes medidas coercitivas, elementos sanos población, sé positivamente pedirán intervención de una nación extranjera.”
Conforme se consolida el poder de la CNT a lo largo del año, la petición de medidas excepcionales -por encima del simple estado de excepción- será propugnada desde la Federación Patronal, que cuenta con su propia “policía” de pistoleros al mando del excomisario Bravo Portillo y con el firme apoyo del gobernador militar, general Mians del Bosch. Las memorias y la aportación documental del ministro conservador Burgos Mazo dan cumplida cuenta de los intentos realizados en la segunda mitad de 1919 por implicarle en una estrategia de terrorismo de Estado anti-sindicalista donde la complicidad de la débil policía gubernativa y de la línea gobernador civil-ministro resultaba fundamental para cerrar el cerco en torno a la CNT. Lo lograrán con e gobierno civil del Conde de Salvatierra, que anticipa la dictadura ejercida a escala provincial desde noviembre de 1920, por espacio de dos años, por el general Martínez Anido.
DE LA COMPRENSION AL PREFASCISMO
La Revolución rusa actuó, pues, en un periodo de aguda crisis social, como factor de cohesión de las orientaciones represivas de la burguesía. Era el ejemplo exterior que demostraba la peligrosidad de las clases inferiores. Claro que inicialmente hubo un momento de “comprensión”, que persiste hasta noviembre de 1918, en la medida en que el pacifismo de los bolcheviques era favorable para la causa de los Imperios Centrales. Ello es visible en la trayectoria de los cronistas germanófilas de ABC, que describe Alfonso Lazo, e incluso en episodios como el apoyo económico de los servicios secretos alemanes de Barcelona a la publicación, en las postrimerías de la guerra, de un periódico pro-bolchevique titulado El Maximalista, en el que colaboraban anarquistas de cierto relieve como Fortunato Barthe. Luego sólo cabrá la represión. Son de sobra elocuentes los titulares del diario católico más influyente, El Debate, en enero de 1919, apuntando por una parte al carácter caótico del sistema soviético, a su ruina inevitable, y por otra al peligro inminente del contagio revolucionario. Vale la pena citar algunos ejemplos de lo segundo: “Los bolchevistas expulsados de Suecia y Finlandia” (2 de enero), “Movimiento bolchevista en Lima y el Callao” (día 15), “La situación en Barcelona, ¿movimiento bolchevista?” (día 17), “Rusia mantiene la insurrección alemana” (día 20). Y de lo primero, “Desastre bolchevista en Siberia” (día 8), “Sublevación contra el bolchevismo” (día 1), “Motines antibolchevistas en Petrogrado” (día 13), “La Rusia por dentro. La situación económica, desesperada” (15 de enero). Para culminar con la sensacional noticia que se destaca el 9 de enero: “Trotski disiente de Lenin y lo encarcela”, Las dos líneas confluían en la intención primordial de impulsar la represión. Según puede observarse en el editorial sobre la situación barcelonesa, respecto de la cual, El Debate exige del Gobierno, “energía ante cualquier conato bolcheví. En Buenos Aires, el Gobierno no ha dudado en sacrificar mil vidas a la paz social. Aborrecemos la efusión de sangre; mas juzgamos que no debe excusarse el empleo de la fuerza material contra los que por la fuerza bruta, y sin reparar en el número de víctimas, ni en el alcance de los destrozos, quieren imponer sus delirios infames y saciar sus bajos apetitos.”
Resulta, a este respecto, significativo el peso que adquieren en el campo conservador las posiciones tradicionalistas, consolidando el enlace de ambas corrientes proporcionado por la germanofilia en 1914. En los escritos del líder tradicionalista Vázquez de Mella se reproduce la postura que ya mostraron sus antecesores políticos ante la Commune en 1871: es el acontecimiento que muestra la razón de Cassandra al diagnosticar la podredumbre de la sociedad que tiene ante sí, en este caso la liberal permisiva. La nostalgia del antiguo régimen se funde con posiciones prefascistas al preconizar un poder autoritario, sustentado en la jerarquía de un sindicalismo corporativo, frente a la amenaza que en España encarnan los sindicatos revolucionarios y en el exterior el bolchevismo, producto del “judaismo, padre de la masonería y del anarquismo, como lo es también del capitalismo sin entrañas, para que no quede fuera de su radio semita ninguno de los factores de la Revolución fraguada en los consistorios israelitas, pórticos de las logias”. Tal construcción doctrinal contrarrevolucionaria puede parecer caótica, pero sin duda formó el núcleo del bagage ideológico del sector más reaccionario de las clases dominantes y del aparato de Estado: su presencia es clara en los protagonistas del 36 y del régimen posterior, como Carrero Blanco o el propio general Franco.
El conjunto de la sociedad española experimentó, como vemos, con diversa intensidad y a través de diferentes mediaciones, los efectos de la Revolución rusa. Pero no puede considerarse su impacto ideológico como causa fundamental de un cambio en las relaciones sociales cuya dinámica siguió ajustándose a la evolución de la variable fundamental: la economía. El auge de las organizaciones obreras y de la conflictividad se alcanza en 1919-20 y el cambio de coyuntura económica detrmina su declive casi inmediato. “La expansión industrial -escriben Nadal y Fontana-, que se mantuvo hasta 1920, tuvo su lógica contrapartida en las dificultades de los años de la posguerra. El reajuste gradual de las economías de los países beligerantes tuvo por efecto cancelar las oportunidades de que había dispuesto la producción española. La devaluación de determinadas divisas favoreció la importación de bienes y arruinó el mercado para los productos nacionales. Una tras otra dejaron de ser viables las compañías surgidas durante la guerra y al calor del boom”. La represión patronal apoyada por el Estado, el proteccionismo y una solución autoritaria de las tensiones políticas serán sus principales consecuencias.
CRISIS DEL ESTADO Y SITUACIÓN MILITAR
La crisis de la posguerra opera en un doble sentido. Una vez bloqueado el intento de reforma democrático-burguesa apuntada en 1917, el sistema político de la Restauración se ve abocado a un callejón sin salida, sin otra posibilidad que reproducir una y otra vez el turno de partidos dinásticos. Pero también esta solución tropieza con factores de estrangulamiento. La burguesía, singularmente en Cataluña, acusa la tensión social y la crisis económica buscando una solución autoritaria en la forma de un régimen militar que eliminara definitivamente la amenaza de las centrales sindicales y la relativa insefuridad de los períodos de vigencia de las garantías constitucionales. Más que un fascismo, se tiende a una “política de orden” en la forma de un estado permanente de excepción: de ahí la nostalgia de la dictadura que entre 1920 y 1922 ejerce sobre la provincia de Barcelona el general Martínez Anido. Además, está la crisis de la guerra colonial, que a través de la investigación de las responsabilidades del desastre de Marruecos (1921) pone en tela d ejuicio a la propia Corona, creando de este modo las condiciones para su apoyo a un pronunciamiento que, por otra parte, faborecería también la inclinación personal del rey Alfonso XIII a rechazar la transformación democrática del régimen.
Tanto la crisis del aparato de Estado como la de la situación militar (interna y colonial) incluyen aspectos prefascistas. Y otro tanto cabe decir del terrorismo de Estado y del sindicalismo amarillo que se imponen en Barcelona a partir de 1920. Pero ambas tendencias no llegan a confluir en una plataforma general contrarrevolucionaria de signo fascista. Los pequeños grupos que en Cataluña (“La Traza”) o en Madrid (“la Legión Española”) buscan la reproducción del modelo mussoliniano no van más allá de una fusión imperfecta de mimetismo formal (el símbolo de “la camisa negra”) y de la búsqueda de una salida autoritaria que solucionara la crisis del parlamentarismo mediante un gobierno militar respaldado por la Corona. Tal será el sentido del golpe de Estado que, en septiembre de 1923, lleva al poder al general Primo de Rivera: a través uyo el bloque de clases dominante de la Restauración, incluída la Corona, intenta una supervivencia más allá del sistema parlamentario, con una defensa estricta de los intereses de la oligarquía agraria y financiera, y una represión de las organizaciones obreras. Esta solución transitoria acabará anulándose a sí misma en cuanto quiebre el apoyo monolítico del Ejército, en 1930. Con la crisis escalonada que se abre con la dimisión de Primo de Rivera, en enero de 1930, culminando con las elecciones municipales y la huida de Alfonso XIII, en abril de 1931, se cierra el ciclo histórico iniciado en la crisis de régimen de 1917.
El desenlace de la crisis política en 1923 resulta incomprensible sin el hundimiento de las organizaciones obreras que sigue a la depresión económica de la posguerra. La extrapolación de las condiciones de 1915-19 no sólo caracterizó a la política de inversiones de los empresarios, sino también a las expectativas de cambio y a la conciencia de la propia capacidad de anarcosindicalistas, socialistas y comunistas. El precio pagado será un retroceso muy superior al que por sí solas pudieran haber inducido las condiciones económicas desfavorables. También actúa en el mismo sentido, especialmente en Cataluña, la intensidad de la aludida represión gubernamental que, con la colaboración patronal y de sindicalistas libres alcanza el nivel de un terrorismo de Estado cuya última consecuencia será la desarticulación de la CNT.
La evolución de anarcosindicalistas y socialistas (comunistas) da lugar a capítulos separados a partir de la ruptura de su alianza transitoria en noviembre de 1920. La presencia a partir del siguiente año del Partido Comunista de España no será a corto plazo más que un nuevo factor de declive.
La escisión del PSOE se produce en dos etapas, entre 1920 y 1921, con una doble consecuencia de reafirmación de la línea reformista del partido y de disminución radical de efectivos, no compensada por la capacidad de reclutamiento del nuevo PC. La escisión vino a sumarse a la crisis para hacer perder toda capacidad de acción al PSOE y a la UGT por espacio de una década. Todavía a mediados de 1920 la posición favorable a la Tercera Internacional parecía mayoritaria, pero las noticias sobre la crítica situación de Rusia en 1920 y la presión conjunta de las figuras claves del aparato del partido (Pablo Iglesias, Largo Caballero, Julián Besteiro, con el refuerzo intelectual del profesor Fernando de los Ríos) volverá las tornas consiguiendo en abril de 1921 una apretada victoria para los defensores de la Internacional de Viena: algo menos de 9.000 votos representados contra 6.000. Un año antes la Juventud Socialista se había adelantado dando vida a un Partido Comunista Español, con cuadros que seguirán en el futuro una trayectoria muy irregular y una orientación de izquierdismo infantil que hará difícil incluso la fusión entre los “terceristas” que por los mismos días intentan ganar hacia la Internacional Roja a la mayoría del Partido. En el mismo Congreso de abril de 1921, los derrotados se escinden fundando el Partido Comunista Obrero Español (PCOE), sin tampoco demasiada cohesión interna, ya que en él están desde hombres de la vieja guardia posiblemente quemados por la larga dominación de Iglesias -serían los casos de Antonio García Quejido, el fundador de la UGT, Isidoro Acevedo o el líder de Vizcaya, Facundo Perezagua- hasta arribistas como el exmilitar Óscar Pérez Solís o el abogado Mariano García Cortés que acabarán su vida en la extrema derecha política. Gracias al control de la UGT, los mayoritarios reducirán en todo caso a los “terceristas” al papel de unas minorías de oposición que no tienen más opción que la basa del radicalismo en una coyuntura desfavorable. Sólo en Asturias y en Vizcaya la implantación sindical comunista permite éxitos tales como el control del Sindicato Minero vizcaíno que lleva a primer plano la figura de José Bullejos. Lo decisivo, en todo caso, será la desmoralización que prevalece entre los afiliados, haciendo que muchos dejen tanto el PSOE como el naciente PCE. A fines de 1921 los afiliados al PSOE son poco más de 21.000 y, siempre según Tuñón de Lara, al reunificarse los comunistas las fuerzas respectivas deben ser 4.500 afiliados para el PCOE y unos dos mil del PC español: el sectarismo y la desilusión, sin olvidar el dato decisivo de las constantes detenciones, harán que cuando llegue la dictadura desciendan a unos centenares.
Para el PSOE y la UGT, privados por el contexto y su propia debilidad de toda perspectiva a corto plazo, la única vía abierta era la de un reformismo sustentado en una doble actitud defensiva, frente a los izquierdistas -ahora anarcosindicalistas y comunistas- y frente a los patronos y su instrumento político, el gobierno de la monarquía. El único consuelo provendrá del exterior, con el auge electoral de las socialdemocracias centroeuropeas y anglosajonas, proponiéndose como compensación de la propia debilidad a los militantes un reforzamiento de la disciplina y de la confianza en la ineluctable llegada del socialismo. Ahora el rechazo de la Revolución rusa puede hacerse explísito y el enviado a Moscú de 1920, el profesor universitario Fernando de los Ríos, asume la tarea de crear la ideología de un socialismo que sintetice los valores proletarios con los de un humanismo de raíz democrática liberal. Sus libros Mi viaje a la Rusia bolchevista (1921) y El sentido humanista del socialismo ilustran lla nueva estabilización ideológica del PSOE, confiando únicamente en ver incrementadas sus posibilidades con la superación de la crisis económica y con una democratización del régimen. Por el momento, toda alianza con anarcosindicalistas y comunistas queda excluida.
La crisis comunista precede incluso a la escisión “tercerista” de 1921, con las duras campañas que los jóvenes escindidos el año anterior desencadenan contra los “centristas” aún pertenecientes al PSOE. La Internacional tendrá que intervenir para lograr la unificación de los dos partidos, en noviembre de 1921, en el Partido Comunista de España. El malestar no desaparecerá por ello, ya que los jóvenes soñaban con una insurrección a corto plazo, y su principal preocupación consistía en depurar al Partido de los reformistas que a su juicio habían ingresado a través del PCOE. Teóricamente no habrá aportación alguna. Como secretario de la Internacional para los países latinos, Jules Humbert-Droz expresa en mayo de 1922 su desconfianza ante unos y otros.
“J’ai vainement cherché un fond politique au conflict, dans les conversations multiples que j’ai eues avec les démissionaires, dans leurs écrits et manifestes (…), je n’ai pu trouver de conflit politique en dehors de la question de la participation aux élections.
Tous les autres motifs sont, ou bien des questions secondaires d’organisation (changement du sécrétaire, fusión des deux journaux, etc.) (…). Si les questions politiques manquent absolument à la base du conflict, les questions d’ordre personnel sont nombreuses.“

DEBILIDAD TEÓRICA Y ANTIPARLAMENTARISMO
La debilidad teórica se ve compensada entre los jóvenes con un izquierdismo intransigente que se concreta en el antiparlamentarismo y en la voluntad de aproximación a los sindicalistas y de depurar el propio partido. En 1922, el primer Congreso del PCE pareció otorgar la primacía a los terceristas, situación modificada en el II Congreso de julio de 1923, con una estrategia de aproximación a la CNT cuyos efectos no podrán valorarse por la llegada de la Dictadura, que producirá una prolongada crisis en el joven partido.
La evolución más significativa corresponde a la CNT anarco-sindicalista. En 1919-20 su actuación había estado presidida por una serie de ideas: la proximidad de la revolución proletaria en España, la posibilidad de una alianza (o absorción) de los socialistas, la confianza en la afinidad con la Revolución rusa y la creencia en una posible convergencia entre la acción del sindicalismo revolucionario y los principios anarquistas confirmados en el Congreso de Madrid de diciembre de 1919. Todo ello entrará en quiebra rápidamente. Los proyectos que aún en 1920 se nutren de poner en pie una organización armada revolucionaria sobre el modelo ruso tropezarán con a realidad del descabezamiento d ela Confederación, a partir d enoviembre, por las detenciones gubernativas, los atentados del sindicalismo “libre” protegido por la policía y por la propia crisis interna. La aplicación sucesiva de la “ley d efugas” agudizará el declive, que se traduce en el trasvase de una proporción considerable de militantes en 1922 al Sindicato Libre. Entre tanto, el vacío de poder provocado en los órganos directivos de la CNT abre por azar el poder a las minorías pro-comunistas, que gracias a las presencias sucesivas de Andrés Nin y Joaquín Maurín en el secretariado nacional hasta marzo de 1922, mantendrán en pie la vinculación transitoria a la Tercera Internacional acordada en la Comedia. Pero el paso del cargo de secretario general al anarcosindicalista Juan Peiró y la celebración, en junio de 1922, de una Conferencia nacional en Zaragoza mostrarán la inevitable ruptura entre ideas libertarias y Revolución rusa. A partir de este momento la hegemonía anarcasindicalista se confirma, sin demasiada concreción teórica, y sólo las minorías que sobre el modelo francés intenta poner en pie Joaquín Maurín, los Comités Sindicalistas Revolucionarios, defienden la adhesión confederal a la Internacional Sindical Roja. La clandestinidad, entre tanto, ha hecho surgir otros problemas, con un desmoronamiento que tiene por causa el hecho de ser Barcelona el eje de la vida confederal, residiendo en ella el Comité Nacional (con un breve paréntesis en Zaragoza). La vida regular de los sindicatos ha sido marginada en beneficio de las “reuniones de militantes”, asambleas informales donde prevalecen los grupos anarquistas, y, por otra parte, en esta etapa de violencia tienden a confundirse grupo anarquista y “grupo de acción”, a veces en el límite entre la profesión de fe ideológica y el comportamiento sistemáticamente delivtivo. La depuración interior de la CNT se convertirá en lo sucesivo en un problema que acompaña a cada intento de reorganización, tanto más difícil cuanto que el máximo prestigio corresponde al grupo anarquista “Los Solidraios”, al que pertenecen Durruti, Ascaso y García Oliver, modelo de la desviación apuntada. Cuando en 1923 la CNT recupere transitoriamente la normaidad en Cataluña, saldrá a la luzla cuestión cnetral de debate en la próxima década: anarquismo (es decir, control paralelo de la vida sindical por los grupos anarquistas en nombre de la ortodoxia ideológica) o sindicalismo (autonomía de decisión para el sindicato por sus cauces regulares, independientemente de la composición ácrata o no de a militancia). Las etapas sucesivas de este enfrentamiento sobre el que incide la Dictadura, serán la fundación de la Federación Anarquista Ibérica (FAI, 1927), el Manifiesto de los Treinta, que en agosto del 31 señala el paso de anarcosindicalistas y sindicalistas a posición minoritaria, y, como remate, la escisión interna de 1932-33 y el triunfo del espontaneismo revolucionario basado en la asociación de CNT y FAI.
Pero en 1922-23, la posición anarquista todavía no está formalizada más allá del sentimiento de oposición a los pro-comunistas, favorecida por una literatura de propaganda antirrusa (donde ha de ocupar un primer plano el futuro treintista Ángel pestaña) y de una desconfianza creciente hacia quienes intentan restaurar la vida sindical frenando el intervencionismo de los grupos. La conciencia de crisis se refleja en los artículos y declaraciones del principal líder de la CNT, Salvador Seguí, en los meses que preceden a su asesinato en marzo de 1923. Toda la prioridad es otorgada a la reorganización de los sindicatos y las perspectivas revolucionarias han desaparecido definitivamente; el rechazo de la Revolución rusa se extiende a las organizaciones socialistas, como exponentes de un socialismo autoritario incompatible con la idea de libertad que enarbola la CNT. En espera de que lentamente progrese “la educación” de las masas obreras en los sindicatos, sólo queda el recurso de la alianza con los sectores progresistas del liberalismo burgués de los que, dice, a fin de cuentas, sólo les separa la idea de propiedad. El revisionismo conduce finalmente a reconsiderar la posición apolítica tradicional. Todo lo cual venía a significar el fracaso de la trayectoria revolucionaria que anarquistas y sindicalistas revolucionarios emprendieran seis años atrás.
LOS COMITÉS SINDICALISTAS REVOLUCIONARIOS
La alternativa -montar el comunismo español apoyándose en la masa cenetista por mediación del sindicalismo revolucionario-, tampoco tendrá éxito al prevalecer mayoritariamente en la CNT la tradicional postura anti-autoritaria, favorecida por los relatos sobre el comportamiento de los bolcheviques en el ejercicio del poder. El último intento de conciliación lo ensaya Joaquín Maurín en su libro El sindicalismo a la luz de la revolución rusa (1922), que constituye el soporte teórico del proyecto de los Comités Sindicalistas Revolucionarios. Existiría, según Maurín, un punto d encuentro en la revolución entre el marxismo y el anarquismo. La Revolución rusa habría tomado dos aspectos esenciales del sindicalismo revolucionario (la lucha d eclases y el concepto de violencia colectiva), enriqueciéndolos con una estrategia para la conquista y el ejercicio del poder por el proletariado y unas fórmulas orgánicas, los soviets, que entrañaban la síntesis del pensamiento marxista y de la negación sindicalista del Estado. El intento de captación de Maurín se extendía a los grupos de acción para que asumieran el concepto de dictadura del proletariado en nombre d ela finalidad libertaria, frente al evolucionismo contrarrevolucionario que, implícitamente, resultaba ejemplificado por las resoluciones de la Conferencia de Zaragoza y por los planteamientos citados por Seguí. En cualquier caso, su repercusión práctica será sólo minoritaria.
Marginalmente hay que reseñar también el impacto de la crisis sobre la conciencia pequeño-burguesa de las zonas industriales, que en algún caso afecta también a los planteamientos de algunas fracciones del proletariado. Con el acicate de la guerra de Marruecos, de la creciente conflictividad social y del temor a la proletarización por la crisis, cobra fuerza en Vizcaya el independentismo entre los jóvenes nacionalistas vascos, que capitanean en 1921 la escisión “aberriana”, de la que surge el Partido Nacioanlista Vasco, independentista, anti-imperialista y defensor de un ideal económico basado en la pequeña explotación industrial y agraria frente al capital monopolista que dominara la industrialización vasca a fines del XIX. La crisis contribuirá a que tales ideas ganen adeptos entre los obreros nacionalistas afiliados a Solidaridad de Obreros Vascos. En Cataluña, el desarrollo es diferente porque, respondiendo a la tradición de lucha conjunta de las clases populares, un sector de la pequeña burguesía se acerca a las posiciones revolucionarias del proletariado y el Partido Republicano Catalán llega a debatir el ingreso en la Tercera Internacional en 1920. Pero también tiene lugar la radicalización independentista que encarnan Acció Catalana y Estat Català. El proyecto de una Cataluña independiente, con el apoyo implícito de la clase obrera anarcosindicalista, será el símbolo de las luchas contra la Dictadura en torno al hombre que en la Segunda República ha de encabezar la consecución de la autonomía: el ex-militar Francesc Macià. En menor medida, la radicalización se registra también en Galicia en torno al pequeño Partido Nacionalista Galego, que con los mencionados grupos independentistas de Cataluña y País Vasco forma en vísperas de la Dictadura una Triple Alianza destinada a recoger las tendencias centrífugas de la pequeña burguesía periférica contra el Estado español y en respuesta a una crisis cuyo control se les escapa, como antes lo hiciera el proceso de acumulación. Aún marginal, el impacto sobre la clase obrera de las respectivas nacionalidades, no es desdeñable, en particular en Cataluña, fomentando la integración de una parte del voto obrero en el espectro catalanista durante la Segunda República y el radicalismo que sobre el tema de la autodeterminación muestran en el mismo periodo los partidos comunistas heterodoxos. Sobre la CNT la incidencia tendrá lugar en el caso de algunas personalidades del campo sindicalista y en cuanto al socialismo, tampo escapa al auge del sentimiento nacionalista que se traduce en la pérdida para el PSOE de su pequeño componente catalán que en 1923 da vida a un nuevo partido, la Unió Socialista de Catalunya.
NEUTRALIDAD Y ACUMULACIÓN CAPITALISTA
Lo que caracteriza, pues, a la evolución del movimiento obrero en el periodo 1917-23 en España es, ante todo, la influencia decisiva que ejerce el crecimiento económico derivado de la neutralidad. La acumulación capitalista favorece un intenso proceso de acumulación, nacionaliza por así decirlo las bases y las expectativas de la burguesía española y abre una etapa sumamente conflictiva en que sobre la carrera precios-salarios se articulan las primeras organizaciones obreras de masas de nuestra historia. Ahora bien, como han advertido los historiadores Nadal y Fontana, no se trata estrictamente de una oportunidad perdida para el capitalismo español, ya que el impacto económico de la neutralidad se ajusta con plena lógica a las malformaciones de la estructura capitalista antecedente, favoreciendo la acumulación especulativa y la ausencia de previsiones para la necesaria readaptación a una economía de paz, cuyo resultado será la profunda crisis de 1920-22. Como factor limitativo actúa asimismo la incapacidad para llevar a cabo una transformación democrática del aparato de estado. La obsolescencia del sistema político vigente -la monarquía parlamentaria sustentada en una corrupción sistemática de las instituciones representativas- determina que los conflictos del período aboquen cada vez de forma más clara a un estado de excepción permanente, donde la oligarquía dominante conserva el poder a costa de la supresión de las instituciones liberales sin por ello generar una renovación del sistema de poder en un sentido fascista. La acumulación de tensiones sociales, políticas y coloniales de 1917-23 desmeboca así lógicamente en la dictadura militar del general Primo de Rivera (1923-30).
Pero la incapacidad de asimilar la crisis de crecimiento provocada por la guerra no es exclusiva de las clases dominantes. En lo que concierne al proletariado, las limitaciones estructurales derivadas del atraso de a industrialización, de su emplazamiento en focos dispersos y mal relacionados,de su consiguiente debilidad cuantitativa y política, se traducen en la fugacicdad con que partidos y sindicatos acusan, tanto a escala nacional como regional y local, las repercusiones del período de auge. Los doscientos mil sindicados en la socialista UGT, los tres cuartos de millón de anarcosindicalistas, los setenta mil afiliados del PSOE, lo mismo que las expectativas de reparto de la tierra de los campesinos cordobeses en 1918-19 se difuminarán rápidamente tras el choque con el doble obstáculo de la crisis económica y de la represión patronal auxiliada por el aparato coercitivo del Estado. En realidad, el único núcleo revolucionario, en sentido estricto, es la Barcelona anarcosindicalista, pero, como tantas veces le courriera a la ciudad en el siglo XIX, va a carecer de posibilidades para alcanzar los centros del poder eocnómico y político. La focalización del desarrollo eocnómico y la situación periférica de Barcelona actúan una vez más para evitar que la toma de poder o la hegemonía a nivel local se traduzca en otra cosa que en la espera a que una oleada represiva (en este caso el estado de excepción de 1920-22) restaure el orden, bajo las bendiciones de la burguesía catalanista. La fuerza de las tensiones que la coyuntura de neutralidad induce sobre los precios, las condiciones de vida de los trabajadores y la expectativas de beneficio cpaitalistas crean la ilusión de una situación prerrevolucionaria, sobre la que la imagen exterior de la revolución rusa opera también a modo de factor coadyuvante. Los sobresaltos, en todo caso, nunca rebasarán el ámbito regional y, como ha demostrado en sus estudios Tuñón de Lara, la imagen del peligro bolchevique generalizado corresponde antes que nada al conjunto de intereses d euna burguesía que busca una movilización represiva para acabar con las tensiones sociales que la amenazan.
La afirmación anterior no equivale a negar el impacto de la Revolución rusa sobre el proletariado español y que la misma potenciara decisivamente las esperanzas de lograr un cambio social a corto plazo. Sin embargo, por razones estructurales que van desde la base económica a la ideología, el proletariado español se encontraba en difíciles condiciones para que tales expectativas se materializasen. Ni por sus fuerzas ni por su capacidad teórica podía convertirse el Partido Socialista (o su complemento sindical, la UGT) en un sujeto revolucionario. Hay que pensar que el cénit de su fuerza parlamentaria, logrado en 1918, no pasa de los seis diputados. Con sus bastiones de Madrid, Asturias y Vizcaya podía convertirse en respaldo de una revolución democrática que tampoco la burguesía era capaz de llevar a cabo. Y en el plano teórico, el viejo determinismo revolucionario que, conjugado con una práctica reformista, prevaleciera desde 1880 bajo e control de Pablo Iglesias, con el bajísimo nivel de debate teórico, tampoco era la mejor baza para entender el hecho ruso. De ahí que la crisis interna que entre 1918 y 1921 lleva irremediablemente a la escisión no aporte tampoco cambios cualitativos. Tras una radicalización forzada por los acontecimientos en 1917-20, el “pablismo” conservará el poder en el PSOE, consagrando su propia impotencia que le hace aceptar sin reservas la situación dictatorial de 1923: su único valor consiste en mantener la organización como reserva, con la mirada puesta en los éxitos de la socialdemocracia europea en la fase de recuperación económica de los años veinte o en la posibilidad de conjugar socialismo obrero y humanismo burgués en una formulación no marxista. En 1928 el PSOE era un pequeño partido con ocho mil afiliados -a pesar de que la Dictadura lo había tolerado, cosa que no ocurrió con la CNT ni con el PCE- y su diario El Socialista apenas tiraba 9.000 ejemplares.
Por añadidura, la trayectoria comunista arrastraba, desde la propia gestación de 1918-21, los vicios de origen de la socialdemocracia española. Los “terceristas” escindidos de 1921, lo mismo que los “cien niños” de 1920, mantuvieron la pobreza teórica heredada de los antecesores. Un defecto que el radicalismo verbal y el inteno de mantener una agitación sindical revolucionaria, no lograron paliar. Tampoco cuajo el intento reiterado de asnetar el comunismo español sobre la base revolucionaria de la CNT catalana, utilizando como eslabón intermedio al sindicalismo revolucionario. Aquí el único resultado será la dualidad estructural del comunismo español, que se traduce, a partir de 1930 en la presencia de un fuerte partido heterodoxo -fuerte, relativamente-, el Bloc Obrer i Camperol de Joaquín Maurín, dominante en Cataluña, frente al PCE asentado en Madrid, Asturias, el País Vasco y, sobre todo, Andalucía.
EL GOLPE DE ESTADO DE 1923
En cuanto al obrerismo catalán, la hegemonía de la CNT y su espectacular crecimiento entre 1917 y 1919 oculta sólo transitoriamente la germinación de la crisis interna entre la orientación natural de lucha económica, sindicalista, del movimiento, y la preponderancia ideológica que en su interior ejercen los anarquistas. Esta vieja confluencia conflictiva entre sociedades de oficio y tendencia anarquista mayoritaria del proletariado catalán quedará contenida a lo largo de la fase ascendente para convertirse en la cuestión central cuando llegue la crisis, con la represión del terrorismo de Estado y el alejamiento de las expectativas revolucionarias (1920-22). El triunfo temporal sobre las minorías comunistas hace del anarcosindicalismo español, con la CNT, la única organización de masas relevante con que tal tendencia ideológica cuenta en Europa occidental. Nuestra hipótesis es que la represión continuada a lo largo de los años vente (persecuciones de 1920-22 y durante toda la Dictadura) contribuye a mantener dicha hegemonía, truncando un previsible proceso de decanatción del tipo francés, en que la relativa legalidad y la sucesión d eluchas económicas y opciones políticas hubieran acabado por desgastar irremisiblemente tanto al anarquismo como al sindicalismo revolucionario. hay, en todo caso, un estancamiento ideológico en la CNT, que se refleja en la atención casi exclsiva que a lo largo de la década se presta al tema de las relaciones entre sindicalismo y grupos anarquistas. Sobre el telón de fondo lógico de una Revolución rusa que juega a partir de 1921 sobre la conciencia libertaria un papel de espectro comparable al que Marx describía para la conciencia burguesa en las líneas iniciales del Manifiesto Comunista. En apariencia, la coyuntura abierta en 1917 se clausura con el golpe de Estado de 1923. Tal impresión no es exacta, puesto que el cuadro de tensiones no resueltas en el sexenio analizado se mantiene hasta la caída de la monarquía. El mismo problema de régimen es el que finalmente se resuelve en 1931, con la pérdida transitoria del poder político por parte de la oligarquía financiera y terrateniente. La distribución espacial de fuerzas en el proletariado español reaparece, con variantes menores, al producirse la vuelta a la legalidad de 1930 para la CNT. El socialismo, entre tanto, se recuperará tras no sufrir desgastes bajo al Dictadura y mantener el prestigio de única fuerza política de consideración al aldo del republicanismo. Comparativamente, en el campo obrero el PCE aparece como el gran perdedor, salvo en Andalucía. Y las corrientes nacionalistas y regionalistas que despuntan entre 1917 y 1923 resurgen, con fuerza creciente, tras el autoritarismo cnetralista (español) de Primo de Rivera, hasta convertirse en fuerzas hegemónicas al servicio de la pequeña burguesía en Cataluña y en el País Vasco. Por fin, los intelectuales críticos forjados en la oposición al régimen desde 1914 han de constituirse en los cuadros ideológicos del nuevo sistema político de 1931. El definitiva, el cuadro de problemas y los agentes históricos que proyagonizaron la Segunda República española son herederos directos de la coyuntura no resuelta de 1917-23, que hemos intentado describir en sus rasgos más generales.
[1] ELORZA, Antonio: “Contexto Histórico de la formación del PCE”. En VV.AA.: Contribuciones a la historia del PCE. Madrid, FIM Fundación de Investigaciones Marxistas, 2004, pp. 11-45

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