Contra Franco y algo más: el tortuoso viaje del Movimiento Democrático de Mujeres hacia el feminismo (1964-1975)

TALLER DE HISTORIA DEL PCE "MARUSIA"

Francisco Arriero Ranz (1)


INTRODUCCIÓN

En la abundante bibliografía sobre el tardofranquismo cada vez son más los trabajos que se interesan por el protagonismo de las mujeres durante los años finales de la dictadura y por su aportación en la construcción de la democracia. Gracias a ellos, el relato del antifranquismo va incorporando a miles de mujeres que se enfrentaron a la dictadura. También aumenta el número de investigadoras e investigadores que dedican sus estudios al surgimiento del movimiento feminista y a su contribución tanto en la construcción de un marco jurídico igualitario durante la transición, como en la redefinición de los papeles de las mujeres y los varones en la sociedad democrática. (2) En la mayoría de los trabajos mencionados, no obstante, se produce una especie de salto en el vacío. Por un lado, estarían las luchadoras antifranquistas y, por el otro, aquellas que inician la reivindicación feminista. En esta comunicación pretendo explorar los espacios de intersección entre ambos fenómenos, estudiando la evolución del Movimiento Democrático de Mujeres.

Como han demostrado valiosos trabajos, las mujeres desarrollaron un variado repertorio de formas de lucha contra la dictadura. Las que sufrieron la cárcel, se organizaron para sobrevivir al universo penitenciario diseñado por los vencedores de la guerra civil; otras, militantes algunas, supervivientes la mayoría, convirtieron las puertas de los penales en los centros simbólicos de su resistencia. Éstas últimas, las conocidas como mujeres de preso, no solo se responsabilizaron de la supervivencia del núcleo familiar y asumieron toda una serie de trabajos solidarios y asistenciales a favor de sus familiares encarcelados, sino que también protagonizaron una intensa actividad reivindicativa. Como señala Irene Abad, utilizaron los preceptos del régimen franquista y su exaltación de la imagen de la mujer como madre, esposa y baluarte de la unidad familiar, para solicitar la libertad de sus hijos, hermanos o esposos y para reivindicar de forma pública medidas de contenido claramente político. (3)

Junto a estas formas de lucha, desde la década de los cuarenta las mujeres protagonizaron toda una serie de rebeldías cotidianas, poco tenidas en cuenta por la historiografía, que encontramos reflejadas en los delitos menores por los que fueron juzgadas en aquellos años: pequeños desordenes públicos, insultos a la autoridad, injurias al régimen o blasfemias. Claudia Cabrero ha estudiado, para el caso de Asturias, unas formas de protesta que surgían, la mayoría de las veces de forma espontánea, a consecuencia de la reducción de los racionamientos, la mala calidad de los productos o el favoritismo en los repartos. (4) En la cristalización de este malestar no sólo hay que ver la respuesta a las duras condiciones de vida impuestas por el franquismo como parte de su proyecto represivo, sino también la pervivencia en ciertos sectores de la población de una cultura obrerista y militante que la dictadura no pudo eliminar totalmente. (5)

Precisamente es en el extremo de ese hilo rojo de resistentes de primer franquismo donde comienza a formarse la madeja del Movimiento Democrático de Mujeres. Una organización en la que coincidieron mujeres de preso, militantes antifascistas de los tiempos de la guerra civil y aquellas que fueron construyendo su conciencia política a partir del rechazo que les provocaba la dictadura. Todo ello el contexto de los primeros sesenta, en un escenario socio-económico cambiante, con un tímido aperturismo propiciado por el régimen y en el marco de una nueva estrategia política del partido que lideraba la oposición a la dictadura. Efectivamente, el aumento de la conflictividad social y el protagonismo que tuvieron muchas mujeres apoyando las reivindicaciones del nuevo movimiento obrero, convenció a los dirigentes del PCE de la necesidad de reorganizar a las militantes y simpatizantes que venían trabajando en labores de apoyo a los presos o en la cobertura al propio partido.

Es así como la movilización de las mujeres a través del trabajo en grupos sectoriales comenzó a plantearse en el PCE desde finales de los años cincuenta. En 1959 se comenzó a publicar clandestinamente en Madrid el boletín “Mujer”, una publicación desde la que se pretendía contribuir a organizar a las mujeres y a orientar su actuación hacia unos espacios de lucha muy concretos: la solidaridad con los presos, la denuncia de la situación en las cárceles españolas y la exigencia de amnistía para los condenados por delitos políticos; las campañas contra la carestía y la reivindicación del aumento de los salarios; y la lucha contra el imperialismo norteamericano expresado en esos años, sobre todo, en el rechazo a las bases militares instaladas en España. (6) Sobre todo a partir de la proclamación del estado de excepción en 1959, para los dirigentes del PCE, impulsores de esta publicación, era vital implicar a la mayor cantidad de mujeres, y de manera muy especial a las católicas, en las protestas contra el aumento de las detenciones y los abusos de la policía.

En esos años en los se inicia la gestación de una organización de mujeres en la órbita del PCE, destaca el trabajo que desarrollaron dos mujeres esenciales a la hora de entender la historia Parido Comunista en la década de los sesenta: Carmen Rodríguez y Dulcinea Bellido. Desde la caída en 1959 de sus respectivos maridos, Simón Sánchez Montero y Luis Lucio Lobato, estas dos mujeres no sólo actuaron como enlace de los dirigentes encarcelados con Julián Grimau y Francisco Romero Marín, máximos responsables del PCE en Madrid; sino que, además, movilizaron y organizaron a las mujeres de presos, reforzando las redes de solidaridad ya existentes, y trabajaron en la concienciación política de este colectivo. Unas tareas en las que también tuvieron un destacado protagonismo otras mujeres como Maruja Cazcarra, Aurora Ozaita, Paquita Martín de Isidro, Manolita del Arco, Antonia López, Manola Rodríguez, Luisa Barahona, Soledad Real, Margarita Sánchez o Natalia Joga. Todas ellas se volcaron en esos años en la lucha por dignificar las condiciones de vida en los penales y por lograr la amnistía para los presos políticos. Uno de los frutos de este trabajo fue la convocatoria a mediados de 1961 de una manifestación de mujeres de preso frente al Ministerio de Justicia en Madrid:

“Nos movimos por toda España. Yo concretamente me acuerdo que fui a Valencia, a ver a las mujeres de Valencia. Las hicimos venir y todas con muchísimo miedo escondiéndonos en los portales (…) Fue a través del partido. Fuimos las mujeres pero el contacto mío directamente fue con Grimau, con Dulcinea y con Carmen (…) No es que fuéramos muchas pero lo suficiente para que en la calle San Bernardo llegara la policía y todo esto” (7)

Sin embargo, no fue hasta 1962, con la reactivación de las luchas obreras y estudiantiles, cuando la dirección del PCE decidió reconstruir las juventudes del partido y crear una nueva asociación de mujeres. La estrategia pasaba por involucrar, en ambos casos, al mayor número militantes y simpatizantes en una organización sectorial y, a la vez, aprovechar las posibilidades de actuación que se ofrecieran desde las asociaciones permitidas por el Régimen para combatir el aislamiento que provocaba la clandestinidad y ampliar el campo de influencia social. (8) Estos intereses del PCE, no obstante, necesitaron de un impulso que fue proporcionado por un pequeño grupo de mujeres de los círculos intelectuales próximos al partido. Así, en 1962 y como respuesta a las torturas a las que habían sido sometidas varias mujeres de huelguistas en Asturias, Gabriela Sánchez Ferlosio y Ana Guardián planearon la posibilidad de convocar una manifestación de protesta en Madrid. (9) Con el visto bueno del PCE, las promotoras junto a Carola Torres, Gloria Ros, Eva Forest y otras mujeres de la elite cultural disidente estrechamente relacionada con el PCE, elaboraron las octavillas de convocatoria de una manifestación que se celebró el 15 de mayo de 1962 y en la que muchas mujeres fueron detenidas. (10)

Poco después, la dirección del PCE en Madrid convocó una reunión a las organizadoras de la manifestación y a varias mujeres de confianza del partido en casa de Ana Guardione. Además de la anfitriona asistieron a esa convocatoria Carola Torres, Gabriela Sánchez Ferlosio, Josefina Arrillaga, Felicidad Orquín, Carmen Rodríguez y Dulcinea Bellido, mientras que por parte del PCE lo hicieron Julián Grimau y Francisco Romero Marín. (11) En ella, el PCE trató de impulsar un remedo de la Asociación de Mujeres Antifascistas que aglutinase a las activas mujeres de preso y a aquellas otras que movían en los círculos intelectuales. Sin embargo, esta propuesta no fue bien acogida por las participantes. Para algunas de ellas, el tono de la reunión fue excesivamente formal y no se aclararon ni los fines ni cuales iban a ser las líneas de actuación de la nueva asociación. (12) La Unión de Mujeres Democráticas, nombre que finalmente adoptó este embrión de organización, desapareció después de algunas reuniones y de lanzar alguna octavilla llamando a la movilización de las mujeres. (13) 

El fracaso de esta iniciativa, no hizo desaparecer el interés del partido ni la necesidad de las mujeres más activas por crear una estructura que permitiese continuar la labor de concienciación política que se había iniciado con las mujeres de preso:

“Empezamos según nuestros contactos fueron haciéndose posibles, [para] ver cómo, de qué manera aquellas mujeres que habíamos conocido no volvían otra vez a la oscuridad de sus vidas (…) Empezamos con otras mujeres de mi partido aquí en Cataluña (…) a pensar que (…) podíamos no perder el contacto con ellas. A muchas las visitábamos y, después incluso de la libertad de sus maridos, observábamos que aquella mujer la perdíamos. Que aquella mujer había dado un juego teniendo a su compañero dentro y siendo incluso utilizada por su compañero (…), pero que luego los mismos compañeros la sometían otra vez a la obligación de su hogar, a los hijos… Entonces en nuestras conversaciones pensábamos que no podía ser y así fue como se organizó el primer movimiento de mujeres democráticas de Cataluña (…)” (14)

En Madrid, mientras tanto, Carmen Rodríguez y Dulcinea Bellido fueron el canal que utilizó el PCE para implicar a las mujeres en la campaña de movilización para lograr la conmutación de la condena a muerte a Julián Grimau. Las huelgas de Asturias del verano de 1963 y la secuela de detenciones y torturas que desencadenaron, intensificaron aún más el trabajo asistencial y de concienciación política desarrollado por estos grupos de mujeres de presos. Especial mención merece la manifestación que organizaron en 1964 para protestar por la suspensión de las visitas a las que tenían derecho con motivo de la festividad del día de la Merced, una medida tomada por la dirección del penal como represalia al plante que habían protagonizado los presos al negarse a asistir al oficio religioso.

“Ochenta mujeres (…) y niños había un montón (…) Hicimos nuestra pancarta (…) esto fue a la puerta del penal que no nos dejaron verlos, porque ellos también tuvieron un plante por no oír misa. Por que ellos reclamaban la libertad de conciencia y entonces no nos dejaron verlos (…) Nos fuimos a Burgos, hicimos una pancarta, la llevaban los niños en la cabecera y pasamos pues hasta el Espolón, que el Espolón es el paseo principal donde, además, era un día de fiestas [y] estaban toda la (…) elite de Burgos en las terrazas de los bares (…) Y aquello fue muy emocionante porque nos salió el jefe de policía (…) temblándole los dientes y tal, porque delante de la gente no se atrevía a hacernos nada porque éramos niños y mujeres. Pero nos dijo que nos disolviéramos (…) Dijimos que no (…) que no nos habían dejado ver [a los presos] ni nos habían admitido las comidas y que nosotros queríamos saber que pasaba y que estábamos dispuestas a ir donde fuera, que nos íbamos al gobierno civil” (15)

Este intenso activismo hizo más visible el trabajo desarrollado por estos grupos y contribuyó a reforzar los lazos de solidaridad interna, surgiendo, además, más allá del apoyo a los padres, esposos o hermanos encarcelados, intereses y complicidades comunes: “las reuniones que teníamos las mujeres de presos eran para hablar de las cárceles pero el tema estaba tan sabido que empezamos a discutir otras cosas”. (16)

Paralelamente a estos grupos, Carmen Rodríguez y Dulcinea Bellido intentaron mantener la conexión con círculos de mujeres intelectuales más o menos próximas al PCE. Probablemente contagiadas por el interés de la dirección comunista por atraerse a las elites culturales, participaron en torno a 1964 en una especie de tertulia organizada por Eva Forest en un café de Madrid. En estas reuniones a las que asistían jóvenes universitarias como Manuela Carmena o Cristina Almeida, se realizaron lecturas colectivas de El segundo sexo de Simone de Beauvoir y se trataron temas específicos de las mujeres. De forma simultanea a esta especie de seminario, Dulcinea Bellido promovió encuentros entre mujeres comunistas o muy cercanas al partido, en donde se empezaron a plantear debates que podríamos considerar prefeministas. En ellas participaron, entre otras, Mónica Acheroff, Elena García, Aurora Ozaita y la propia Carmen Rodríguez. Durante cierto tiempo, estos grupos funcionaron de forma independiente con el único nexo que proporcionaba la participación de Dulcinea Bellido en todos ellos. Muy pronto, sin embargo, surgieron las contradicciones. Carmen Rodríguez fue una de las primeras en mostrar el malestar por los temas tratados, muy en sintonía con las dudas que estaban comenzando a surgir en la dirección del PCE:

“Se demostró enseguida que al PCE en aquel momento no le gustaba la orientación que estos dos grupos de mujeres autónomo[s] (…) y sobre todo leyendo a Simone de Beauvoir y todo esto. En cambio si les agradaba cuando en casa de Carmen o de Simón nos reuníamos por ejemplo Soledad Real, ella, (…) Cefi y yo, cuatro, para cosas de las cárceles (…). En varias ocasiones la dirección del PCE de Madrid se reunión con el grupo de militantes comunistas y les advirtió de que, en su opinión, con esas reuniones estaban bordeando el feminismo, un movimiento social etiquetado de burgués por los ideólogos del PCE y, por tanto, alejado de lo que debían ser los auténticos intereses de las mujeres comunistas.” (17)

El PCE a pesar de sus llamamientos para incorporar a las mujeres a la movilización contra la dictadura y la autocrítica retórica de ciertos documentos en los que se lamentaba la escasa promoción femenina en el partido, mantuvo la tesis de que sólo desde la lucha de la clase trabajadora en su conjunto sería posible el triunfo del socialismo y fin de todo tipo de esclavitud, incluida la sufrida por las mujeres. Desde este reduccionismo común a toda la izquierda marxista, se ridiculizaron las luchas sufragistas y se estigmatizó al conjunto del feminismo tachándolo de burgués y de ser ajeno a la tradición obrerista de la izquierda. Además, se utilizó el latiguillo ideológico para justificar el mantenimiento de un discurso conservador en cuestiones de género dentro del PCE y, en última instancia, para reservar a los varones el papel de vanguardia en la lucha contra el capitalismo y contra la dictadura. A las mujeres se les reservaban a lo sumo un papel de cooperante. Como señalaba la activa militante del PCE zaragozano, Maruja Cazcarra, a las mujeres se las solía utilizar de recaderas: “escóndete el Mundo Obrero debajo de la falda y ves a llevárselo a fulanito; o ves a tal sitio y dile a fulano que tal día a tal hora lo voy a ver en tal sitIo.” (18)

Con estas contradicciones latentes, se fue fraguando entre las mujeres mas politizadas la necesidad de volver a intentar crear una organización de mujeres. En Madrid, fue Dulcinea Bellido la persona que trató de conciliar los distintos intereses de las mujeres que venían reuniéndose en grupos informales y quien inició contactos con mujeres de procedencia diversa. Su prestigio como luchadora, su demostrada lealtad al partido y el ser mujer de un preso tan destacado como Luis Lucio Lobato, le permitió eludir las presiones del PCE y continuar incorporando una a una y a través de contactos personales a más mujeres a las dos grupos de trabajo que finalmente se consolidaron: el que se centraba el trabajo solidario y en la concienciación política; y el que se interesaba de forma especial por las problemáticas específicas que afectaban a las mujeres:

“Dulcinea en ese momento tiene muy claro que si se hace una organización de mujeres lo fundamental es para que vaya por ese camino (…). Es decir, por el camino de jugar por los derechos de la mujer, por la emancipación (…) En un principio no se habla de feminismo (…) pero, vamos, la semilla del feminismo estaba ahí, faltaba eso, desarrollarlo (…). Y que el tema de las cárceles y de la solidaridad había que hacerlo (…) pero desde luego no era el núcleo básico de lo que tenía que ser una organización de mujeres (…) Eso se consigue gracias a ella. Y no se puede decir que en ese momento el ser mujer de dirigente ayudara, porque el dirigente estaba en la cárcel y Dulcinea era ya la que había ido ascendiendo dentro del partido. Por lo tanto, era ella la que iba marcando las propias pautas. Yo creo que si no hubiera habido [una] Dulcinea, una organización de mujeres, por las mujeres y para las mujeres hubiera tardado mas tiempo en salir (…) Yo creo que es una mujer muy importante en la creación del Movimiento Democrático de Mujeres, en todo el desarrollo del MDM y en la lucha que llevó dentro del partido enfrentándose a toda la dirección porque ella ya estaba en el comité provincial (…) de Madrid.” (19)

A pesar de todas las dificultades, la bola de nieve creció poco a poco. Durante 1963 y 1964 comenzaron a participar en las reuniones de las células de mujeres, entre otras, Aurora Villena, Vicenta Camacho, Isabel Pérez, Josefina Samper, Elena García, Natalia Calamai, Isabel Herranz y Mari Sánchez. La gran mayoría de ellas se incorporaron al grupo de mujeres dedicadas a la solidaridad que se reunía en el barrio de Usera; pero otras, como Rosa Roca, fueron captadas personalmente por Dulcinea Bellido para participar en los debates sobre la situación de las mujeres.

Finalmente el Movimiento Democrático de Mujeres nació en Madrid en 1964, en una reunión convocada al efecto a la que asistió el dirigente comunista Francisco Romero Marín. (20) En realidad y a pesar de las discrepancias puntuales que pudieran existir entre algunas dirigentes de la nueva organización y la dirección comunista, existía una plena coincidencia en los objetivos a conseguir: crear un frente amplio de mujeres antifranquistas liderado por las comunistas. Pero, además, algunas de las promotoras de este nuevo encuentro, entendieron que ese compromiso contra la dictadura de Franco era compatible con la profundización en los debates sobre la situación de las mujeres. De hecho, el interés por combinar estos dos campos de actuación, el político y el feminista, fue la seña de identidad del MDM durante todos sus años de actividad. Una tarea difícil, que no siempre fue entendida por todas las militantes y que estuvo condicionada tanto por la tutela que el PCE siempre ejerció sobre el MDM, como por las distintas coyunturas por las que atravesó el movimiento antifranquista. Esto último es esencial para entender la evolución del MDM y muchas de las contradicciones que se plantean entre sus militantes ya que, incluso entre las dirigentes que estaban comenzando a sumergirse en las aguas del feminismo, la lucha contra la dictadura siempre fue una cuestión prioritaria.

No obstante, muy pronto entre una minoría dirigente del MDM, se fraguó el convencimiento de que, además de la dictadura, había otros muros que derribar, que la batalla de las mujeres debía ser liderada por ellas mismas y que era necesario atender a cuestiones hasta entonces consideradas secundarias por la izquierda. No se trataba únicamente de politizar a las mujeres para que participaran en la movilización solcial, era necesario reflexionar sobre los problemas que les afectaban y trasladar esos debates al PCE, cuestionando la hegemonía masculina en la organización y el lugar subalterno que ocupaba la militante.

A nivel orgánico, esta minoría dirigente del MDM insistió mucho en la definición del MDM como una organización unitaria de masas, interclasista y pluralista, y en la que cabían mujeres de distintas ideologías y credos religiosos. De hecho, una de las prioridades del MDM fue el atraerse a las mujeres mas activas del movimiento católico y tanto en la documentación interna, como en el boletín La Mujer y la lucha que comienza a editarse en Madrid en febrero de 1968, se rechaza frontalmente la posibilidad de que el MDM se identifique con unas siglas políticas:

"El MDM está compuesto por mujeres de diversas ideologías y creencias, de mujeres que militan en otros movimientos y de mujeres cuya única participación la realizan aquí, en el nuestro. Aún a riesgo de ser reiterativas, nos interesa aclarar mucho estas ideas, para que, ni individual, ni colectivamente, pueda caerse en el error de identificar el MDM con ningún grupo, partido o movimiento, sea del cariz que sea. Partiendo de esta base, será mucho más fácil a muchas mujeres integrarse sabiendo que nadie va a interpretar su integración como un juego a otras fuerzas.” (21)

A pesar de estas declaraciones, no todas las mujeres que participaron en el MDM entendieron en que consistía el pluralismo controlado que defendían sus líderes. Para algunas, el MDM era una prolongación del partido y no comprendieron la insistencia de ciertas compañeras en evitar convertirse en una especie de sección femenina del PCE. Por otro lado, es necesario dejar claro que las comunistas controlaron en todo momento la dirección del movimiento. Incluso en los barrios donde quedaron en minoría cuando el MDM comenzó a crecer con la incorporación de mujeres de procedencia diversa, las comunistas mantuvieron, gracias a su actuación coordinada y a su capacidad de trabajo, la mayoría en la comisión ejecutiva y el secretariado, es decir, los órganos desde donde se dirigía la organización:

“Nos vemos en el barrio. Mucho en mi casa cuando era ampliada la reunión de mujeres y luego nos solíamos ver las que éramos sólo el partido (…) [En] las reuniones solíamos ser diez o doce muchas veces y cuando éramos del partido tres o cuatro.” (22)

Desde luego, el perfil de organización que he venido dibujando hasta aquí se refiere a los grupos del MDM que van surgiendo en Madrid, auténtico epicentro del movimiento de mujeres que luego se irradió a otras ciudades de España. En la capital, a lo largo de 1965 y 1966, el MDM fue creando grupos de mujeres en los barrios, una tarea que compleja, debido al carácter clandestino de la organización, pero que se vio facilitada por la temprana incorporación de activistas procedentes del mundo católico. Gracias a ellas y a la colaboración de sacerdotes progresistas, el MDM tuvo acceso a los locales de las iglesias y a los que pertenecían a los grupos y asociaciones religiosas. El primer grupo estable del MDM comienza a reunirse a finales de 1964 en unos locales religiosos en Usera. Poco después, se crea el de Carabanchel con un importante componente católico. A partir de estas dos células, el MDM se extendió a otros barrios hasta lograr crear un movimiento que estuvo bien estructurado. Cada grupo de barrio nombraba una comisión ejecutiva que enviaba una representante a la Coordinadora del MDM de Madrid. Además, una vez que se habían consolidado en una zona, se intentaba extender el movimiento hacia barrios o pueblos próximos, enviando activistas para que contactasen con personas que hacían de “soportes” de la organización en esos lugares. En 1969, por ejemplo, estaban funcionando un buen número de comisiones en los Carabancheles, Usera, Villaverde, Orcasitas, Zofio, Getafe, Prosperidad (que coordinaba grupos en Manoteras, Hortaleza y Centro), Ventas (que incluía una amplia zona desde la Concepción hasta San Blas), Moratalaz (que mantenía contactos con apoyos en Vallecas y La Elipa), y Tetuán (que extendía su influencia hacia Fuencarral y el Barrio del Pilar). En todo caso, siempre hablamos de grupos pequeños en cada zona, aunque formados por militantes disciplinadas, muy comprometidas y con gran capacidad de trabajo y movilización:
 
“En cuanto a trabajos, unas veces marca la tónica un barrio y otras las marcan otros. Hay trabajos interesantes de verdad por la movilización de las mujeres de los mismos que consiguen dos o tres mujeres del Movimiento. Tal es el caso de Orcasitas, donde en día y medio y para una denuncia al periódico de las condiciones de vida del barrio se han recogido un montón de firmas- 200 firmas- y lo van a llevar ellas mismas, se pretende que en una comisión muy amplia.
Otro semejante ha sido entregado en Carabanchel con quinientas firmas de mujeres de la barriada pidiendo zonas verdes para los niños y escuelas Otros trabajos son mas arduos pero hay compañeras que son la tenacidad en persona. Tal es el caso de las mujeres de los despedidos.” (23)
 
Los testimonios orales nos dicen que el MDM podía contar en Madrid a la altura de 1966 con sesenta o setenta mujeres, un número muy estimable teniendo en cuenta el ambiente represivo de la dictadura y las restricciones de género impuestas por el estado nacional- católico, pero a todas luces insuficientes para una organización que aspiraba a movilizar a “las masas femeninas”. De ahí que la gran apuesta del MDM desde 1966 fuera el intento de infiltración que protagonizaron durante dos años largos en la Federación de Asociaciones de Amas Casa, una organización afín al Movimiento, dirigida con mano férrea por Ascensión Sedeño. Esta aventura terminó fracasando al ser expulsadas una parte de las militantes del MDM en 1967 y tras abandonar la asociación el resto después de una tumultuosa asamblea en febrero del 1968. Para algunas protagonistas de estos hechos, se quiso ir demasiado deprisa en la estrategia de caballo de Troya planeada por el MDM y se desaprovechó la oportunidad de instrumentalizar una organización desde la que actuar desde la legalidad. Sin embargo, como he demostrado en otro lugar, la infiltración estuvo condenada al fracaso ya que los servicios de información de la policía, alertados por Sedeño, estuvieron desde el principio al tanto de las maniobras de las mujeres democráticas. (24)

A pesar de este contratiempo, durante 1967, 1968 y 1969 se incorporaron al MDM un buen número de mujeres de distintos ámbitos, muchas de ellas con formación universitaria. Católicas muy activas como Rosa Pardo o Paloma González Setién; mujeres de procedencia socialista como Carlota Bustelo, Helga Soto o Graciela Uñá; (25) jóvenes sin partido pero que poco a poco entraron en la órbita comunista como Enriqueta Bañón, Mercedes Comabella o Merche Pintó; y otras muchas militantes o afines al PCE como Lourdes González-Bueno, Carmen Segurana, Ángela Fernández, Pilar Fernández o Guadalupe Pérez. La mayoría de ellas pertenecían a una generación de mujeres más jóvenes que incorporaban nuevas inquietudes y puntos de vista a la organización. (26) Algunas de ellas recogieron el testigo del “feminismo intuitivo”, rudimentario y poco elaborado que habían comenzado a esbozar Dulcinea Bellido, Rosa Roca o Manuela Galeote e iniciaron un aprendizaje que, después de un accidentado periplo, les llevará al feminismo.

En este proceso, la propia dinámica de trabajo en el MDM y los conflictos de género entre camaradas que fueron surgiendo desde los años setenta, llevó a muchas de ellas a impugnar el lugar subsidiario que las mujeres ocupaban en el proyecto revolucionario y la continua postergación de la liberación femenina. Para frenar las críticas que estas actitudes les acarrearon, utilizaron todos los medios a su alcance. Desde el boletín La Mujer y la lucha defendieron al feminismo de los ataques de aquellos que “simplemente no saben en qué consistió”; y sus informe internos demuestran que trabajaron para desterrar el sentimiento de “militancia vergonzante” que embargaba a algunas camaradas del MDM que tenían la sensación de que, al trabajar con los grupos de mujeres, estaban dedicando su tiempo “en algo de menor importancia, secundario”. Rebatieron a quienes creían que una transformación de la estructura económica llevaba, “como si fuera un milagro, a un cambio total de estructura mental”, (27) y se enfrentaron a quienes pensaban “que la bandera de la lucha contra la discriminación de la mujer”, se debía “arriar hasta el socialismo”. En su opinión, los defensores de estas tesis eran los responsables últimos de que en “los sectores progresistas se asigne a la mujer un papel lastimoso en la lucha”. (28)

Estas críticas iban dirigidas tanto hacia los sectores del PCE que consideran secundarias las reivindicaciones de las mujeres, como a aquellos otros grupos ortodoxos que surgen a finales de la década de los sesenta a la izquierda del PCE. En esos años, el crecimiento de los grupos de mujeres democráticas coincide con la irradiación al MDM de los conflictos que convulsionaron a la izquierda en los últimos años de la dictadura. Cuando surgieron los problemas, la dirección del MDM luchó por conservar el carácter unitario del movimiento y se enfrentaron a quienes, desde distintas posiciones, intentaron debilitarlo. La primera crisis se plateó en 1971 cuando, a raíz de la creación de la ORT, algunas mujeres vinculadas a esta formación abandonaron el MDM. (29) Una segunda ruptura se produjo alrededor de 1973 y fue protagonizada por un grupo de trotskistas. Poco después fueron ciertos sectores del PCE quienes, modificando la actitud de “dejar hacer” a las comunistas dentro del MDM, reclamaron la disolución de los movimientos sectoriales y la integración de las mujeres en un nuevo diseño territorial del partido que, en opinión de la dirección comunista, se adaptaba mejor a las necesidades del partido en el escenario de la transición. (30)

En resumen, las mujeres del MDM tuvieron que hacer frente entre 1970 y 1975 a las críticas tanto de las organizaciones de extrema izquierda, como a las que se les lanzaban desde los grupos del feminismo radical que comenzaron a surgir cuando agonizaba el dictador. Así, a las acusaciones de reformistas y de feministas pequeño-burguesas formuladas por los primeros, se unieron las de antifeministas que les dedicaban los colectivos feministas de Madrid y Barcelona en los que militaron Cristina Alberdi, Lidia Falcón, Victoria Sendón o Carmen Alcalde, entre otras. Ante este doble frente, las ideólogas del MDM tuvieron que moverse en un espacio ideológico muy estrecho: frente a los ataques de los grupos izquierdistas, respondieron reivindicando la tradición del sufragismo y poniendo el énfasis en un discurso que insistía en las peculiaridad de la discriminación que sufrían las mujeres; mientras que ante las presiones que recibían de los grupos del feminismo radical echaban mano del arsenal teórico del marxismo, reafirmando su compromiso con los sectores populares que representaban las amas de casa, defendiendo la movilización social contra la dictadura como elemento inseparable en el proceso de concienciación feminista y acusando a los colectivos radicales de elitistas, minoritarios y de ignorar en sus disquisiciones teóricas las verdaderas necesidades de las mujeres. En cuanto al viraje del PCE, el MDM de Madrid decidió continuar con su trabajo y, tras intensos debates y algunos abandonos, no sólo reforzó su autonomía, sino que redobló los esfuerzos en la coordinación de los grupos de mujeres de distinto signo que comenzaron a surgir desde 1974 y en la preparación de las I Jornadas por la Liberación de la Mujer celebradas en diciembre de 1975.
 
LA DIVERSIDAD TERRITORIAL DEL MOVIMIENTO DEMOCRÁTICO DE MUJERES

Desde luego, Madrid no es España y sería un error definir al MDM a partir de la evolución de los grupos de mujeres de la capital, mas aún en una organización que nació con vocación estatal y que convocó cuatro Reuniones Generales entre 1970 y 1975. Con ellas se intentó dotar al movimiento de un carácter estatal, impulsar un discurso político coherente y articular unas estrategias comunes. Los informes de la Reuniones Generales y las propias publicaciones clandestinas que se han conservado, demuestran que fueron muchos los grupos del MDM que surgieron en esos años. Sin embargo, sólo en algunas ciudades lograron consolidarse y tener alguna relevancia y, dentro de éstas, sólo en unas pocas se inició la búsqueda de un discurso reivindicativo que, sin renunciar a las líneas generales del pensamiento marxista, incorporase las experiencias feministas que llegaban del exterior. Este es el caso de Valencia, donde en 1971 había organizadas comisiones en los barrios de Malvarrosa, Benimamet, Burjasot, Cuart y Varona. También se había creado una comisión de solidaridad, una pro- amnistía y otra encargada de organizar charlas culturales en colaboración con el Ateneo Mercantil de la ciudad. Desde estas comisiones, se visitó a la Inspectora General de Enseñanza, a los concejales del ayuntamiento, se realizaron escritos para pedir escuelas, semáforos y un servicio médico de urgencia. También colaboraron en la preparación de actos culturales con el Grupo Cultural del Ateneo Mercantil “Mujer de Hoy”, formado por mujeres intelectuales. Y se plantearon de forma pionera debates relacionados con la desigualdad jurídica de las mujeres, la discriminación laboral, la educación de los hijos e hijas y la anticoncepción. También lograron publicar varios números de la revista Avanzando, desde la que, entre otros temas, divulgaron cuestiones feministas. Rosalía Sender y Ana Rodríguez, junto a otras muchas, dirigieron este proceso de apertura al feminismo en Valencia.

Una tarea similar emprendieron Carmen Segurana en Vigo o Marisa Castro en Oviedo. Desde las páginas de Mundo Femenino y A Muller e a Lloita, trasladaron las reflexiones de Simone de Beauvoir, de Betty Friedan y de otras escritoras feministas. También desde las páginas de esas publicaciones y en la propia documentación interna de esos grupos, se profundizó en un discurso critico que denunciaba la actitud intervencionista de algunas direcciones provinciales, calificándola como “un error garrafal” cometido por unos responsables políticos obstinados en trasladar las formas de trabajo partidista a los movimientos sociales de masas.

De forma paralela al aprendizaje del feminismo, en los grupos más dinámicos del MDM se comenzó a gestar un movimiento de contestación respecto a ciertas actitudes del PCE. En este sentido, la hegemonía que siempre mantuvieron las comunistas en el MDM no sirvió únicamente para arrastrar a los grupos de mujeres del MDM hacia las estrategias del partido, sino que también posibilitó la crítica interna e impulsó el debate en torno a ciertas cuestiones de género. La actuación coordinada de las comunistas en el MDM, realizando reuniones regulares al margen del MDM, sirvió, paradójicamente, para crear espacios de refuerzo para muchas militantes. Así, en la Reunión General de mujeres comunistas celebrada en 1971, se animaba a las asistentes a impulsar el trabajo de las comunistas en los grupos de mujeres y a rechazar cualquier intento de presión ejercido por las direcciones locales o regionales del PCE. (31)

En otros lugares, en cambio, estos objetivos no fueron fáciles de cumplir y entraron en colisión con las directrices marcadas por el PCE o el PSUC. En Barcelona, por ejemplo, donde el MDM se creó poco después que en Madrid, la dirección del PSUC intentó dirigir el trabajo de la incipiente organización de mujeres. El Moviment Democràtic d´Dones estuvo formado por mujeres próximas al PSUC, muchas de ellas esposas de militantes del partido o de activistas de Comisiones Obreras, y dirigido por destacadas comunistas de los círculos universitarios e intelectuales como Maria Rosa Borras, Giulia Adinolfi, Ana María Morató o María Rodríguez. Sin embargo, el conservadurismo ideológico en cuestiones de género y el dogmatismo de algunos planteamientos en el PSUC, dinamitó, por ejemplo, la estrategia de infiltración del MDM en la sección de la Mujer de la Asociación de Amigos de las Naciones Unidas. (32) Los conflictos que surgieron entre las comunistas a raíz de esta malograda experiencia, provocaron duros enfrentamientos dentro de la célula de mujeres del PSUC y en el propio MDM. En resumen, hacia 1969 la organización en Barcelona estaba herida de muerte. Precisamente cuando despegaba en otras partes de España, el paternalismo y la incomprensión del PSUC hacia el movimiento de mujeres, terminó abortando la experiencia del MDM en una de las primeras ciudades en donde había surgido. (33)

Como he señalado anteriormente, el viaje hacia el feminismo que terminó convirtiéndose en la seña de identidad del MDM madrileño apenas si se inició en algunos grupos del MDM. Es el caso de Zaragoza, donde el MDM se creó en 1966 a partir de un pequeño grupo de mujeres del PCE dedicadas a la solidaridad con los presos. Como ocurrió en otros lugares, intentaron ampliar su influencia atrayéndose a mujeres de los círculos católicos, buscando la protección de sacerdotes progresistas e infiltrándose en el grupo de amigos de Cuadernos para el Diálogo. De esta manera, el grupo originario creció pasando de las quince militantes activas de los primeros años, a sesenta en 1970. Mujeres como Maruja Cazcarra y Concha López impulsaron la movilización vecinal femenina a partir de las reivindicaciones de mejora de infraestructuras y equipamientos en barrios obreros como el de Oliver o el Picarral. Realizaron manifestaciones y recogidas de firmas denunciando la falta de saneamientos, guarderías, semáforos y parques; y organizaron boicots a los mercados para protestar por la subida de los precios y la congelación de los salarios. Pero fracasaron en su intento de infiltrarse en las asociaciones de amas de casa franquistas y no lograron que se autorizaran los estatutos para crear una asociación de amas de casa. Tampoco editaron un boletín y no pudieron extender el MDM a Huesca y Teruel. Dedicaron la mayor parte de sus energías en el trabajo solidario con los presos y en el político apoyando las huelgas, denunciando la represión policial y reclamando el restablecimiento de las libertades democráticas. En resumen, se centraron en la acción política y asistencial, mantuvieron una estrecha vinculación con el PCE y su discurso sobre los derechos de las mujeres se limitó a reclamar la igualdad salarial y jurídica con el varón.

A pesar de estas diferencias, los grupos del MDM de toda España desplegaron una intensa actividad entre 1968 y 1975. Por un lado, continuaron prestando una valiosa ayuda a los presos y a sus familias, unas tareas que se integraron de forma orgánica a la actividad cotidiana del MDM con la creación de comisiones de solidaridad; por otro, se intensificó la movilización vecinal denunciando las carencias en infraestructuras y equipamientos en los barrios. Unas acciones con las que se pretendía atraer a las mujeres a la protesta política y trasladar a los barrios la conflictividad social y la disidencia contra la dictadura. En todo caso, lo relevante es que las mujeres democráticas, como mucho antes hicieron las esposas de presos, desafiaron al franquismo con acciones en las que se buscó la máxima visibilidad y en las que se asumió la probable respuesta represiva del Régimen. En este sentido, se podría afirmar que a través de su trabajo con las mujeres de los barrios obreros, fueron pioneras en la movilización vecinal.

La organización del MDM de Madrid fue la que llevó la iniciativa en este proceso. En octubre de 1967 se elaboró un documento firmado por 2.300 mujeres de todos los puntos de Madrid” en el que se hacía “responsable directo al Gobierno de la subida de los precios” y de la “precariedad económica” en que vivían las familias trabajadoras. (34) En los años siguientes, se organizaron manifestaciones relámpago contra la carestía, a favor de la amnistía y contra la guerra del Vietnam; se realizaron micromítines en iglesias y en las plazas y calles de la cuidad denunciando la represión y solidarizándose con las huelgas que comenzaban a extenderse por distintas zonas del país. Desde La Mujer y la lucha ya se planteaba a comienzos de 1968 la posibilidad de que las amas de casa organizaran boicots a los mercados, como forma de “exteriorizar nuestra protesta colectiva” no sólo ante la carestía, sino ante todas las situaciones de injusticia social promovidas por la dictadura:
 
“¿Dónde vamos todos, o casi todos los días? Al mercado. Pues demostremos allí, todas juntas QUE NO ESTAMOS DISPUESTAS A SOPORTAR LA SITUACIÓN. Si es preciso, lleguemos al boicot de mercado. ¿CÓMO? Es bastante sencillo. Decidamos, de común acuerdo todas las amas de casa de Madrid, dejar de ir al mercado un día determinado. Dejemos los mercados, las tiendas vacías un día. Demostremos a todos y a nosotras mismas, que somos capaces de luchar por una vida mejor”. (35)

Con todo, la actuación clandestina a la que se veían obligadas las activistas del MDM limitaba enormemente su acceso a las mujeres que no estuvieran concienciadas previamente. De ahí, que se aprovechasen las luchas entre las familias franquistas para intentar actuar desde la legalidad. Fue un sector del falangismo, por aquellos años enfrentado al Opus Dei, el que planteó la necesidad de modernizar el tejido asociativo, flexibilizando los requisitos para crear asociaciones desde la Delegación de Familia. Fue así como militantes del MDM lograron la autorización de varias asociaciones de amas de casa: en Tetuán y Getafe en 1969 y en Ventas, Chamartín y Moratalaz en 1970. Sin embargo, lo que parecía iba a ser una forma rápida de extender el asociacionismo femenino, se frenó desde las instancias oficiales al denegarse las solicitudes presentadas en otros barrios.

Ante este contratiempo, las mujeres democráticas respondieron infiltrándose en 1972 en la recién creada Asociación Castellana de Amas de Casa y consumidoras, una organización en la que convivían “mujeres del Opus Dei y de diversos grupos falangistas”. (36) En esta ocasión, la estrategia “entrista” se vio facilitada por la presidenta de esta asociación, Carmen Jiménez Sabio, que al contrario que la mayoría de sus socias, demostró un talante abierto iniciando contactos con los grupos de amas de casa próximos al MDM. Poco a poco, la afiliación de mujeres procedentes del MDM permitió que la Asociación Castellana estuviese controlada por mujeres progresistas. De hecho, el local de la asociación en la calle Goya, se convirtió en el centro de coordinación de lo que podríamos considerar el grupo de asociaciones de amas de casa vinculadas al MDM. Allí se impartieron charlas y se celebraron asambleas y reuniones con otras entidades asociativas. Además, la cobertura legal de la Asociación Castellana hizo posible la expansión de los grupos de mujeres a otras zonas de la capital y a los pueblos de la periferia donde no existían. Desde marzo de 1974 hasta diciembre de 1975 se crearon 19 delegaciones: Alcobendas-San Sebastián de los Reyes, Torrejón de Ardoz, Parla, Vallecas, Leganés, Carabanchel Alto, Usera, Legázpi, Alcorcón, Coslada, Carabanchel Bajo, Vicálvaro, Entrevías- Pozo, San Cristóbal de los Ángeles, Hortaleza, Palomeras Altas, San Fermín, Móstoles y Villaverde Alto. Entre todos los grupos, la Asociación Castellana llegó a tener 776 socias en 1975.

Con esta expansión, es muy probable que sea ajustada la cifra que proporciona la Merche Comabella cuando afirma que a finales de 1975, existían en Madrid alrededor de cuarenta grupos próximos al MDM, entre comisiones de la mujer en las asociaciones de vecinos y asociaciones de amas de casa. (37) De esta manera, el MDM fue delegando en manos de las asociaciones de amas de casa las tareas de movilización social desde la legalidad. Conscientes de que el programa reivindicativo de estas asociaciones debía ser moderado para “no asustar” a las mujeres, el MDM fue asumiendo tareas de reflexión teórica y de coordinación con estos grupos afines.
 
CONCLUSIONES

Como he intentado demostrar a lo largo de esta comunicación, el MDM fue la organización donde se encontraron varias generaciones de mujeres que lucharon contra la dictadura. Desde su creación el MDM apoyó el trabajo de centenares de mujeres en las tareas de solidaridad con los presos y lideró lo que Giuliana Di Febo define como la mayor movilización de las masas femeninas desde la posguerra. (38) La dimensión de la entrega y el sacrificio personal de muchas de las militantes del MDM, deberían ser suficiente argumento para reclamar algunas páginas en la historia del antifraquismo. Pero, además, el MDM como organización de mujeres que desborda las pretensiones iniciales del PCE y se embarca en un tortuoso viaje hacia el feminismo, merece también ocupar un lugar destacado en la historia este movimiento en España. En este sentido, el trabajo desarrollado por el MDM desde 1964 involucrando a miles de mujeres en la reivindicación de sus intereses estratégicos de género y su capacidad para divulgar entre las clases populares un feminismo moderado, dotaron al movimiento feminista de una base social que le proporcionó visibilidad y capacidad de presión durante los primeros años de la transición a la democracia.

---------------------------

(1) ARRIERO RANZ, Francisco: “Contra Franco y algo más: El tortuoso viaje del movimiento democrático de mujeres hacia el feminismo (1964-1975)”. En BUENO, Manuel (coord..): Comunicaciones del II Congreso de Historia PCE. De la resistencia antifranquista a la creación de IU. Un enfoque social”. CD, Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM), 2007


(2) Entre las últimas investigaciones sobre el movimiento feminista en España destacan, Asociación “Mujeres en la Transición democrática. Españolas en la Transición. De excluidas a protagonistas (1973-1982). Biblioteca Nueva, Madrid,1999; CARBAJO VÁZQUEZ, Judith. Mujeres, movimientos sociales, asociaciones profesionales y poder político (1965-1975), en CUESTA BUSTILLO, Josefina (dir.). Historia de las mujeres en España. Siglo XX. Madrid, Instituto de la Mujer, 2003, Vol. II. pp. 469-509; LARUMBE, Mª Ángeles. Una inmensa minoría. Influencia y feminismo en la Transición. Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, Colección Sagardiana, 2002; LARUMBE, Mª Ángeles. Las que dijeron no. Palabra y acción del feminismo en la transición. Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2004; AGUSTÍN PUERTA, Mercedes. Feminismo: identidad personal y lucha colectiva (análisis del movimiento feminista español en los años 1975 a 1985). Granada, Universidad de Granada, 2003.

(3) ABAD BUIL, Irene, Movimiento democrático de mujeres. Un vehículo para la búsqueda de una nueva ciudadanía femenina en la transición española, Actas del congreso La transición de la dictadura franquista a la democracia, Centre d´Estudis sobre les Époques Franquista i Democràtica, Universitat Autònoma de Barcelona, 2005, p. 246.

(4) CABRERO BLANCO, Claudia. Espacios femeninos de lucha: “rebeldías cotidianas” y otras formas de resistencia de las mujeres en la Asturias del primer franquismo, V Encuentros de Investigadores del Primer Franquismo. Albacete, 2003. Comunicaciones en formato CD.

(5) BORDERÍAS, Cristina, BORREL, Mónica, IBARZ, Jordi y VILLAR, Conchi. Los eslabones perdidos del sindicalismo democrático: la militancia femenina en la CCOO de Catalunya durante el franquismo, Historia Contemporánea, 26, 2003, p. 171- 172.

(6) Mujer, nº 1, septiembre de 1959. Archivo Histórico del Partido Comunista de España (AHPCE).

(7) Aurora Ozaita recuerda que en esa manifestación participaron alrededor de de cien mujeres. Entrevista a Aurora Ozaita”, CIFFE, (en catalogación). Archivo General de la Guerra Civil Española (AGGCE).

(8) “Carta a todos los Comités del Partido sobre las medidas para acelerar la reconstitución de la Unión de Juventudes Comunistas de España” (copia), de 25- 07-1962, Fondo de Cultura, Ministerio de Información y Turismo, Oficina de Enlace, caja 643. Archivo General de la Administración (AGA).

(9) Entrevista a Ana Guardione, CIFFE, (en catalogación). AGGCE.

(10) Se trata de mujeres muy próximas personal e intelectualmente con destacados miembros de la disidencia cultural como Javier Pradera, Chicho Sánchez Ferlosio, Alfonso Sastre o Manuel Moreno Galván.

(11) Entrevista a Gabriela Sánchez Ferlosio, CIFFE, (en catalogación). AGGCE.

(12) Entrevista a Ana Guardione. CIFFE, (en catalogación). AGGCE.

(13) “Mujeres Madrileñas! La dictadura paga salarios de hambre, aumenta constantemente los precios de los artículos de primera necesidad, y nos priva de libertades democráticas. Protestad en los mercados y ante las Tenencias de alcaldía contra los precios escandalosos de las patatas, del aceite, etc., y exigid un salario mínimo diario de 150 Ptas. para vuestros maridos. Sólo la lucha unida y la protesta colectiva nos permitirá arrancar salarios dignos y mejores condiciones de vida. ¡Adelante Mujeres Madrileñas! UNION DEMOCRÁTICA DE MUJERES. Madrid, Mayo 1962”. “Mujeres Madrileñas”. Mayo de 1962, octavilla. Mujeres, caja 117.

(14) Entrevista a Manola Rodríguez, CIFFE, (en catalogación). AGGCE.

(15) Entrevista a Natalia Joga, CIFFE, (en catalogación). AGGCE.

(16) Entrevista a Natalia Joga, CIFFE, (en catalogación). AGGCE.

(17) Entrevista a Dulcinea Bellido, CIFFE, (en catalogación). AGGCE.

(18) Entrevista a Maruja Cazcarra, CIFFE, (en catalogación). AGGCE.

(19) Entrevista a Merche Comabella, realizada por el autor, septiembre, 2006.

(20) Testimonio de Aurora Villena, en ROMEU ALFARO, Fernanda. Silencio Roto… Mujeres contra el franquismo. Oviedo, edición de la autora, 1994, p. 160.

(21) “Aclaremos ideas”, La mujer y la lucha, nº 18, noviembre/diciembre de 1969, p. 1. AHPCE.

(22) Entrevista a Arora Ozaita, CIFFE, (en catalogación). AGGCE.

(23) “Informe de la organización de Mujeres de Madrid”, 3-1-1969., Mujeres, caja 117 p.1. AHPCE.

(24) ARRIERO RANZ, Francisco. El Movimiento Democrático de Mujeres: de la lucha antifranquista a la conciencia feminista (1964-1975), Actas del congreso La transición de la dictadura franquista a la democracia, Centre d´Estudis sobre les Époques Franquista i Democràtica, Universitat Autònoma de Barcelona, 2005, pp. 257-259.

(25) Entrevista a Vicenta Camacho, CIFFE, (en catalogación). AGGCE.

(26) Merche Comabella cifra en unas 300 las mujeres vinculadas al MDM madrileño a comienzos de los setenta. Entrevista a Merche Comabella, realizada por el autor, septiembre, 2006.

(27) “El papel de la mujer en la lucha por la libertad y la democracia, La mujer y la lucha, mayo de 1971. p. 2

(28) “Aquí y ahora”, La mujer y la lucha, 1975, p. 3.

(29) “Documento de la ORT de las 3 de la coordinadora. MDM”. Mujeres, caja 11714-10-1971. AHPCE.

(30) Entrevista a Merche Comabella, realizada por el autor, septiembre, 2006. AHPCE.

(31) “Carta de Ana”, 22-02-71. Mujeres, caja 117, p. 1. AHPCE

(32) Lidia Falcón, protagonista de los enfrentamientos a los que me refiero, retrata a las mujeres del PSUC como dogmáticas seguidoras de las directrices del partido y como antifeministas viscerales, obsesionadas con boicotear su trabajo en la sección de mujer de la AANNUU. Otros testimonios, en cambio, insisten que el personalismo de Falcón influyó mucho en esta crisis. FALCÓN, Lidia. Memorias políticas (1959-1999), Madrid, Planeta, 1999, pp. 127-137.

(33) Una situación que fue denunciada por la intelectual del PSUC Giulia Adinolfi en una fecha tan temprana como 1967. Lluïsa Vives (Giulia Adinolfi), "Per un plantejament democràtic de la lluita de les dones", Nous Horitzons, nº 12, 1967.

(34) “Toma de conciencia”, La mujer y la lucha, febrero de 1968, p. 3

(35) “Un año difícil”, La mujer y la lucha, abril de 1968, p. 3

(36) SALAS, Mary y COMABELLA, Merche. “Asociaciones de mujeres y movimiento feminista”, en Asociación “Mujeres en la Transición democrática, Españolas en la Transición. De excluidas a protagonistas (1973-1982), Biblioteca Nueva, Madrid, 1999, p. 42.

(37) Entrevista a Merche Comabella, realizada por el autor en octubre de 2005.

(38) DI FEBO, Giuliana: Resistencia y movimiento de mujeres en España (1936- 1976), Barcelona, Icaria, 1979, p. 158























































































































































































No hay comentarios:

Publicar un comentario