El 18 de julio... la conspiración

TALLER DE HISTORIA DEL PCE "MARUSIA"
Julio Aróstegui[1]
Sería erróneo representarse el movimiento de julio del 36 como una resolución desesperada que una parte del país adoptó ante un riesgo inminente: los complots contra la República son casos coetáneos de la instauración del régimen.
MANUEL AZAÑA: Causas de la guerra de España
[2]
Cuando se trata de explorar las causas profundas de la sublevación militar contra el gobierno de la República en el verano de 1936, es preciso adentrarse en la investigación no en uno sino en varios, y superpuestos, plazos y perspectivas temporales de la situación en que el hecho se produjo. Hemos empezado la descripción histórica del acontecimiento en la más inmediata de esas perspectivas, la del momento de su misma ocurrencia. A partir de ahí es preciso profundizar en el tiempo. Por lo pronto, en una segunda visión algo más amplia en su perspectiva, deberíamos detenernos en las nuevas condiciones que se presentaron en la vida de la República al comenzar el año 1936, cuando la densa vicisitud española se vio inmersa en una nueva realidad política: la del triunfo en unas elecciones legislativas de un “frente electoral de izquierdas”, en el mes de febrero, cosa que colmó los anhelos de muchas gentes y despertó los temores de otras no menos numerosas.
Los triunfos electorales de unas y otras fuerzas en el tiempo de la República se presentaron siempre en forma de balance o vaivén sucesivos entre izquierda y derecha. Todas las fuerzas sociales y políticas que vivieron la República fueron muy conscientes de lo que esas elecciones al comenzar el año 1936 significaban: una “rectificación” decisiva de ella, que traería consigo bien el reforzamiento de las iniciativas reformistas -¿tal vez revolucionarias?- que reprodujesen las que alentaron los primeros tiempos de la República colmando las expectativas de amplios sectores de la población, bien una modificación fundamental de la esencia misma del régimen republicano, un cambio en su constitución y en el sistema de poder y en el orden social. Podría hablarse de un nuevo “plebiscito” como fue aquel del 12 de abril de 1931. Lo ocurrido en el mundo político en febrero de 1936 fue, no cabe duda, decisivo. Por ello, desde siempre, la guerra civil española se ha entendido ligada en lo inmediato al resultado de aquella contienda electoral que cambió los destinos de la República.
El acontecimiento mismo de la sublevación, descrito en el capítulo precedente, nos prepara el terreno para poder analizar ahora sus orígenes más cercanos. Así, al continuar preguntándonos acerca del porqué de aquel hecho, habremos de empezar hablando de la más cercana de sus causas, es decir, de lo que vino a ser factor imprescindible para el acontecimiento posterior: la conspiración puesta en marcha por elementos militares que contaron con apoyos civiles notables desde marzo de 1936, si es que nos detenemos más en los precedentes de conspiración del mismo tipo, no sólo para acabar con el gobierno, sino, más allá de ello, para suspender la vida misma de la República. De esta forma, seguiremos buscando cómo pudo producirse el levantamiento de julio, para acabar después intentando encontrar por qué razones, justamente, los conspiradores pusieron en marcha una conspiración; qué les espoleaba a ello; qué objetivos preveían alcanzar.
I. LA REPÚBLICA DEL FRENTE POPULAR
El triunfo de la coalición electoral de las izquierdas, conocida pronto como Frente Popular, en las elecciones de 1936 marcó una inflexión decisiva en la vida de la IIª República desde el momento mismo en que se produjo, como reconocieron todas las fuerzas actuantes en el escenario político. Para los triunfadores, era evidente que el acontecimiento significaba la “recuperación” del régimen, el ansiado “rescate” de la República, que forzaría la vuelta al primer plano de la política española de los más genuinos ideales que habían alumbrado el 14 de abril de 1931. Pero no es menos claro que las reacciones entre los líderes principales del conservadurismo republicano, del centro político que se había intentado crear y de las extremas derechas antirrepublicanas, y entre buena parte de los altos mandos militares y otras corporaciones, como la Iglesia, ante el triunfo de la coalición expresaron una enorme preocupación, rechazo y propuestas de movimientos fuera de legalidad para anular el resultado electoral. En definitiva, era la conciencia de la importancia de la derrota, en una confrontación que se había interpretado como un auténtico referéndum sobre el futuro, lo que espoleó a los líderes políticos perdedores y a ciertos militares a tantear soluciones de fuerza.
Fue tal la significación atribuida al triunfo en las urnas en unas elecciones legislativas de las izquierdas unidas en amplia coalición electoral que las reacciones se presentaron de inmediato. La coalición estaba formada por los partidos republicanos de izquierda, los partidos obreros y el sindicato socialista. La CNT no se integró en la coalición dados los principios doctrinales del anarcosindicalismo. Desde la noche misma del domingo día 16, el desbordamiento del entusiasmo de los medios más populares en las calles, acompañado de acciones expeditivas para cumplir de inmediato ciertos aspectos del programa político triunfante -sacar a los presos políticos de las cárceles, entre otros-, dieron a la situación una apariencia de desbordamiento hacia la anarquía que asustó realmente a la opinión conservadora. Podría decirse que en la Puerta del Sol de Madrid y en otros muchos lugares se vivió aquel día un nuevo júbilo como el del 14 de abril.[3]
Que aquellas elecciones convocadas para febrero de 1936 eran cruciales lo sentían igualmente las derechas y las izquierdas, los grandes poderes y la ciudadanía común. Había conciencia de que en las elecciones se jugaba el destino de la República. La campaña electoral había sido intensa y, en algunos casos, accidentada. Pero antes de la votación no había vaticinios claros acerca de quién se alzaría con el triunfo electoral. Ciertamente, la opinión y las posturas políticas en la España del momento estaban muy divididas. Es indudable que el día 16 de febrero de 1936 se introdujo una realidad nueva que, sin que los que la vivieron con alegría o con aprensión fueran presumiblemente conscientes de ello, estaba llamada a determinar la vida de la República y el curso mismo de la historia española en el siglo XX. Durante el gobierno del Frente Popular se decidió, sin duda alguna, el futuro de la democracia en España.
La historia inmediata del proceso electoral que llevó al gobierno del Frente Popular arranca de la disolución del Parlamento existente nacido tras las elecciones de la disolución del Parlamento existente nacido tras las elecciones de noviembre de 1933, y fue decretada por el presidente Niceto Alcalá Zamora en diciembre de 1935, cuando el gobierno estaba presidido por Joaquín Chapaprieta. La inestabilidad política de los gobiernos de coalición radical-cedista se había venido acusando a lo largo de todo el año 1935[4] y, en definitiva, la CEDA con Gil Robles a su frente había venido insistiendo en la necesidad de que esa formación pasase a presidir el gobierno. El presidente de la República prefirió la disolución de las Cortes dando la situación política por agotada. La misión de organizar las nuevas elecciones y de constituir una gran agrupación “de centro” fue encargada finalmente a un gobierno en funciones presidido por Manuel Portela Valladares.
Por todo esto, es importante conocer, aunque sea de forma somera, cómo se llegó a la coalición de las izquierdas que resultó vencedora, la que se conocería como Frente Popular, dado que sobre la interpretación de su origen y su triunfo se han basado con frecuencia las visiones posteriores sobre la crisis final de los años treinta.
La disolución de las Cortes en diciembre de 1935
El gobierno presidido por Joaquín Chapaprieta había empezado a naufragar a partir de los escándalos diversas que se derivaron de las actuaciones económicas y políticas de determinados elementos del Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux, que formaba parte de la coalición gubernamental.[5] Tras los repetidos ataques políticos desencadenados por el jefe de la CEDA, José María Gil Robles, el 9 de diciembre se planteó la crisis. La formación de un nuevo gobierno fue laboriosa e implicó muy diversas maniobras políticas. Para unos la solución era la continuación de las Cortes existentes con un nuevo gobierno, opinión mantenida por el bloque gubernamental con el propio Gil Robles a la cabeza. Pero los seguidores y partidarios de Alejandro Lerroux no participaban plenamente de esa opinión. El presidente de la República se resistiría sistemáticamente a entregar el poder a un líder de la significación de Gil Robles y, en principio, encargó la formación de un nuevo gobierno a Martínez de Velasco, líder del antiguo Partido Agrario.
Pero, en todo caso, la crisis de diciembre de 1935 no era de las resolubles mediante un simple cambio de gobierno. Su origen estaba, sin duda, en la nueva situación política creada con la entrada en el gobierno de la CEDA, hecho cuya posibilidad había sido ya desencadenante del proceso revolucionario de octubre de 1934. La CEDA era el principal partido de la coalición de centro-derecha que había ganado las elecciones de 1933, pero la presidencia del gobierno por su propio líder era problemática pues se trataba de un partido que persistió en no considerarse republicano sino “accidentalista” con respecto a las formas de gobierno. La inestabilidad política y la crisis de gobierno, por las propias contradicciones internas en el boque gubernamental entre la CEDA y los republicanos radicales, se fueron haciendo más frecuentes, especialmente a lo largo de 1935.[6]
Martínez de Velasco contó con algunos apoyos, pero también con fuerte oposición en la que, por supuesto, figuraban Gil Robles y algunos personajes significativos como el catalanista Francisco Cambó. Es posible que el propio Alcalá Zamora no estuviese muy convencido de la viabilidad de su encargo. Pero el Presidente de la República era abiertamente contrario a un gobierno en que Gil Robles fuese el eje. Fracasado el intento de Martínez de Velasco, se hizo un nuevo encargo a Miguel Maura, con el que Alcalá Zamora había tenido coincidencia política una vez instaurada la República en 1931. Fue el día 12 de diciembre. El presidente le prometió el decreto de disolución de las Cortes para más adelante, “cuando fuese oportuno”. Maura llegó a tener diseñado sobre el papel un gobierno de amplia coalición, pero no pasó de ahí. Los jefes de los partidos se opusieron a que algunos de sus seguidores formaran parte de él (así Melquíades Álvarez, líder del Partido Reformista, en el caso de Filiberto Villalobos ministro ya con anterioridad).[7]Tras un nuevo y efímero encargo a Chapaprieta, el presidente optó por emprender un nuevo camino que, seguramente, era el que con más gusto quería andar.
El día 14 de diciembre, recibe Manuel Portela Valladares el encargo que sería definitivo. Había llegado a Madrid el día 11 y, según el propio Portela, Alcalá Zamora le había manifestado que era preciso formar con urgencia un gobierno porque el anterior presidente del consejo de ministros, Chapaprieta, y el ministro de la Gobernación habían dicho que “para aquella noche se esperaba una sublevación militar”.[8] Portela se hallaría en este caso dotado además del gran talismán: el decreto de disolución de las Cortes. Cambó escribiría en el ABC del día 17 interesantes apreciaciones sobre la nueva situación.[9] Entre otras la de que debía apoyarse la solución propuesta por don Niceto porque con ello se impediría que el presidente se escorase peligrosamente a la izquierda. Y añadía: “Hacer inevitable una situación de izquierdas, es hundir el régimen y abrir un período revolucionario de gravedad extrema”; “si las izquierdas se hubiesen apoderado del Poder, hubiera sido para no dejarlo por ningún camino legal ni constitucional”. Es evidente que pesaba el recuerdo de octubre de 1934. Calvo Sotelo y Gil Robles darían también en la prensa sus propias versiones sobre la crisis. El más furibundo en contra la solución adoptada sería, sin duda, Calvo Sotelo que escribiría “ha muerto el accidentalismo por todos los costados”.
Fue o pretendió ser, lo que se conocería como “gobierno de centro”, hechura del presidente de la República, que tuvo en los meses subsiguientes enormes dificultades para conseguir apoyos para concurrir a las elecciones con alguna posibilidad de convertirse en el eje de una nueva mayoría gubernamental. Gil Robles saldría del puesto clave de ministro de la Guerra. En ese momento le visitarán muchas personas y un nutrido grupo de jefes y oficiales del Ejército organizan un homenaje en su honor en el que tomaría la palabra en los términos más elogiosos el jefe del Estado Mayor, general Franco. Hay quien se ha preguntado por qué considerando Gil Robles que la decisión de Alcalá Zamora de promover un gobierno a su hechura y disolver las Cortes era un golpe de estado por qué no promovió otro él mismo...[10] Pero se asegura también que Gil Robles estaba vigilado por la Guardia Civil por orden de Portela, junto a otros personajes y que de ello dio cuenta al presidente de la República. Y que a los generales Franco, Goded y Fanjul “no les faltó voluntad y deseo” de dar tal golpe. El general Goded con el asentimiento de Fanjul y de Franco hizo “consulta a elementos significados de Madrid”. Hubo algunas adhesiones pero también vacilaciones. Sin embargo, Franco negó en carta a Gil Robles en 1937 que él hubiese propuesto a Gil Robles el plan para un golpe de Estado.[11]
Portela Valladares constituyó un gobierno con muchos miembros que no tenía representación parlamentaria. Tras dificultades y diversas modificaciones, y una vez en posesión del decreto de disolución de las Cortes, el día 30 de diciembre se conforma un gobierno, el segundo y último presidido por él, que llegaría hasta las elecciones. Lo componían el mismo Portela que retiene la cartera de Gobernación, Manuel Becerra en Justicia y Trabajo, Urzáiz en Exteriores, Rico Avello en Hacienda, el general Molero en Guerra y el almirante Azarola en Marina, Filiberto Villalobos en Instrucción Pública, Álvarez Mendizábal en Agricultura, Industria y Comercio y Cirilo del Río en Obras Públicas y Comunicaciones. Un conjunto de segundones para una obra centrista casi imposible.
En definitiva, la crisis de diciembre del 1935 representa el final de un ciclo político, el de la difícil y, a la postre, fracasada tentativa de conseguir desde el centroderecha una estabilidad en la vida política republicana donde no fuese clave, como lo fue de hecho, la pugna por desvirtuar la propia existencia y la viabilidad de un régimen reformista y modernizador. La convivencia de la gran derecha accidentalista, la CEDA, y el centrismo propiamente republicano derivó hacia una creciente pugna entre ambos. Durante ese tiempo, la izquierda burguesa y la obrera que había sostenido en coalición la República en su primer bienio, tras el descalabro de las elecciones de 1933 al que les arrastró también su disidencia interna, buscó una nueva fórmula de unidad que desembocaría en un pacto de unidad, el del frente electoral de izquierdas o Frente Popular. La cuestión está en que al llegar diciembre de 1935 la solución a la inestable situación de centroderecha se quiso propiciar desde la Presidencia de la República mediante la artificial creación de un gran bloque de centro donde la CEDA no fuese ya el eje. De ahí, la disolución de las Cortes y la puesta en marcha de un gran proceso electoral. Con independencia de cuál fuese su resultado, ello abría, como hemos señalado, un nuevo momento político en la vida de la IIª República española.
La constitución del Frente Electoral de las Izquierdas
Difícilmente podríamos aquí exponer en toda su amplitud el recorrido político que llevó a la constitución de un “Frente Electoral de las Izquierdas”, “Bloque Popular”, como le llamó el Partido Comunista, u otro cualquiera de los nombres que se dieron al proyecto de coalición electoral de partidos republicanos de izquierdas y, fundamentalmente, el Partido Socialista como eje de los grupos obreros, en los albores del año 1936. En cualquier caso, la presencia en las elecciones previstas para el domingo 16 de febrero de aquel año de una gran coalición de la izquierda, republicana y obrera, resultó decisiva para estas fuerzas, puesto que la ley electoral primaba enormemente la afluencia a las urnas bajo la forma de estas grandes coaliciones. En consecuencia, la estrategia de amplia coalición electoral acabó siendo también la adoptada por el conjunto de las derechas de diverso signo, que acudiría por su parte coaligada en un “Bloque Nacional” a las urnas. Fuera de las grandes coaliciones quedarían las posiciones centristas y nacionalistas, mientras que Cataluña la dinámica electoral tendría particularidades propias, constituyéndose igualmente un Front d’Esquerres.
Es por ello que los orígenes de lo que acabaría llamándose Frente Popular, bajo la influencia del pacto que fue anteriormente adoptado en Francia con ese mismo nombre, y su definitiva constitución, son una clave ineludible para medir las condiciones de la política española tras la revolución de octubre de 1934, la hondura de las tensiones políticas y sociales a medio y corto plazo, y, por tanto, no pueden dejar de tratarse aunque sea de forma algo esquemática. Entre otras razones porque la naturaleza, orígenes, objetivos y comportamiento en el gobierno, tras unas elecciones insistentemente acusadas de fraudulentas por los perdedores, de ese Frente Popular constituyeron un complejo argumental sistemáticamente empleado por los enemigos de la República para procurar y justificar su destrucción. Mientras, los frentepopulistas mismos lucharon siempre por mostrar la limpieza de sus orígenes, la licitud, la conveniencia y la disposición para “recuperar la República” que el Frente Popular tuvo, no menos que la legalidad de su triunfo electoral y su llegada al poder. En la vida política española de los años republicanos las vicisitudes del Frente Popular y las de sus enemigos son una parte esencial para la explicación de por qué el 18 de julio.
La política que a lo largo de todo el año 1935 llevó a las izquierdas republicanas burguesas y a los socialistas, partido y sindicato, a buscar una nueva gran coalición estaba inspirada en el recuerdo de la obra reformista de gran calado puesta en marcha en el primer bienio republicano, 1931-1933, aunque unos y otros negasen que se pretendiese volver a ella. la obra reformista se había llevado a cabo por ese mismo tipo de coalición de republicanos y socialistas, pero la iniciativa que se planteaba ahora no recogía en forma alguna a los mismos grupos que tuvo entonces. Pasaba a primer término, además, la necesidad de grandes cautelas ante los errores, la desunión y los excesos de confianza que habían llevado a su ruptura entonces y, en definitiva, a la derrota de las izquierdas en 1933, y más tardíamente al desbordamiento insurreccional de octubre de 1934 ante la presunción de un desmantelamiento del propio régimen al producirse la entrada de la CEDA en el gobierno. La búsqueda de una nueva gran coalición política estaba orientada, en definitiva, por lo que Azaña y el socialismo moderado, Indalecio Prieto en particular, calificaron de recuperación o rescate de la República.
Los orígenes reales de una nueva alianza electoral y política de las izquierdas se han pretendido apropiar por algunos personajes como obra suya y han sido tergiversados muchas veces haciéndolos dependientes directamente de la nueva orientación de la Internacional Comunista, plasmada en su VIIº Congreso, de 1935, que definió, precisamente, la política de Frentes Populares como la táctica a desarrollar por los partidos comunistas consistente en la búsqueda de alianzas con las burguesías liberales para oponerse a la amenaza del fascismo. Martínez Barrio escribió un opúsculo en el que, partiendo de lo que significó 1934, pretendía que la iniciativa para la nueva alianza partió de un documento suscrito por los líderes de los tres partidos fundamentales de la izquierda republicana en abril de 1935. En el resto de la obra detalla las tareas llevadas a cabo por los republicanos para la consecución del pacto.[12] Por su parte, el socialista Juan Simeón Vidarte, secretario de la Comisión Ejecutiva del PSOE, se ha atribuido a sí mismo la idea de la alianza expuesta en una carta enviada a Prieto a su exilio de Ostende el 20 de marzo de 1935. Su relato insiste mucho más en el protagonismo socialista.[13] Las cosas fueron más complejas.
Pero, en todo caso, poco tuvieron que ver los orígenes del Frente popular en España con las tácticas de la Internacional, aunque, naturalmente, no dejara de haber influencias y conexiones. El papel del Partido Comunista de España en la formación del Frente Popular dista de ser central, fue tardía y relativamente marginal, pues el partido, como otros pequeños partidos obreros nunca participó directamente en las negociaciones. Ello no oculta que las tendencias “unitarias” en la izquierda obrera de inspiración, sobre todo comunista, son anteriores a la revolución de octubre y se manifiestan en el “frentismo” de inspiración comunista o en las Alianzas Obreras que inspira el socialismo.[14] La insurrección de octubre, su fracaso generalizado y su sangrienta derrota en los dos núcleos clave de Asturias, con el aplastamiento del levantamiento obrero, y Cataluña con la revuelta política igualmente vencida y en la que el gobierno quiso ver la implicación de Azaña, dejaron, indudablemente, una huella profunda en las políticas de la izquierda. Después de estos hechos, el Partido Socialista que tuvo un protagonismo destacado en la insurrección, y una notable culpa de su fracaso, perdió su capacidad de acción para promover una unidad eficaz de las izquierdas obreras. Se hizo cada vez más fuerte la conciencia de que la recuperación del poder era inviable sin la composición de una alianza más amplia puesto que su ausencia fue la causa decisiva de la derrota electoral de 1933.
Las maniobras de la CEDA en 1934 de aproximación al poder, tras su victoria relativa en las elecciones de 1933, hicieron creer a las izquierdas que la República estaba en peligro. Gil Robles hizo caer al gobierno Samper y exigió la entrada de su partido en el gobierno en septiembre de 1934. La decisión del presidente de la República de permitir ese acceso al poder fue la chispa para la revolución de octubre. Derrotada ésta, la influencia de la CEDA fue creciendo hasta constituir un bloque contrarrevolucionario, mientras las cárceles estaban llenas de los detenidos por la represión de los hechos de octubre y muchos cargos municipales y empleados públicos fuera de sus funciones como condena por su intervención. Tanto el republicanismo de izquierda, cuya cabeza visible era Azaña, como el socialismo de tendencia más parlamentaria, pactista y moderada, que lideraba Prieto, comprendieron desde la primavera de1935 que la vía política para enfrentarse a la obra de destrucción de las reformas que había emprendido la CEDA, era reconstruir una alianza electoral. Pero en este táctica tendría también una parte el intento, fracasado a la postre, de acercamiento entre los partidos socialista y comunista, con la táctica del “frente único por la base”, tal como había ocurrido en Francia desde 1934. Desde ahí la alianza debería ampliarse hacia los partidos burgueses de la izquierda.
Las iniciativas republicanas empiezan ya en 1934 y tienen como primer acto la recomposición y unificación de partidos políticos, disminuyendo su número. Azaña consigue la integración en su partido de la ORGA (Organización Regionalista Gallega Autónoma) que presidía Santiago Casares Quiroga y del Partido Republicano Radical Socialista Independiente, de Marcelino Domingo, en abril de 1934. Diego Martínez Barrio, prohombre del Partido Radical de Lerroux, se separa a su vez de éste, en el mes de septiembre, para crear Unión Republicana. Izquierda Republicana, con Azaña, y Unión Republicana, de Martínez Barrio, serían desde ahora los dos grupos fundamentales de la izquierda republicana española. Junto a ellos quedaba el Partido Nacional Republicano, de Felipe Sánchez Román, que tendría también un papel en el progreso hacia la alianza.
Los proyectos de crear la coalición electoral se aceleraron en la primavera de 1935. Los requerimientos de los republicanos al partido socialista encontraron una respuesta favorable en el sector moderado. Prieto mostró su completa conformidad en su respuesta a la pregunta que le hacía Vidarte. Mientras, los republicanos trabajarían entonces en la redacción de un plan de gobierno que nunca vio la luz.[15] Azaña se orientó a conectar con Indalecio Prieto y entre ambos se cruza una abundante correspondencia política donde el tema es la creación de la alianza electoral. Pero mientras Prieto y el ala del PSOE que le apoyaba eran muy favorables a la propuesta, Caballero y la “izquierda” del partido la rechazaron, en principio, con gran contundencia.[16] La unidad del partido era muy problemática tras las consecuencias de la revolución de octubre. De hecho, en diciembre de 1935, Largo Caballero y sus seguidores, la izquierda socialista, saldrían de la Comisión Ejecutiva y del Comité Nacional del PSOE y concentrarían su fuerza en el sindicato, la UGR, y en las Juventudes.
Las reticencias del izquierdismo socialista frente a un nuevo pacto de los grupos obreros y el republicanismo de izquierda acabaron cediendo. Largo Caballero entendió que para ganar unas elecciones no había otro camino y que la victoria era imprescindible para sacar a los presos políticos de las cárceles. Por ello aceptó que a colaboración fuese, cuando menos, de orden electoral y que la amnistía de los represaliados fuese una petición programática esencial. En este panorama de propuestas, irrumpiría el Partido Comunista con su estrategia de Frente Popular antifascista, ya ensayada en Francia como producto de la nueva posición de la Internacional en su VIIº Congreso.[17] A finales de diciembre de 1935, las fuerzas que habrían de cerrar el pacto se decidirían definitivamente por él ante la disolución del Parlamento y la convocatoria de elecciones.
En las negociaciones directas entre grupos obreros y republicanos el socialismo asumiría la representación de los partidos obreros y esa representación correspondió ejercerla a Largo Caballero. Las conversaciones definitivas entre los socialistas, Cordero y Vidarte, y los representantes republicanos se realizaron en la segunda mitad de diciembre de 1935. En la última decena del mes se constituiría un Comité Electoral entre socialistas y republicanos. Largo Caballero, que no estaba en tal Comité, serviría de interlocutor ante él de los grupos obreros en su conjunto, la UGT y las Juventudes Socialistas.
Los dos grandes partidos republicanos, Izquierda Republicana y Unión Republicana estarían representados por sus líderes, Azaña y Martínez Barrio. Felipe Sánchez Román y su grupo, el PNR, seguirían en las conversaciones sólo hasta poco antes de firmarse el pacto, pues Sánchez Román, que había tenido una decisiva participación en su redacción, no quiso incorporarse definitivamente a la coalición. El PSOE y la UGT serían el otro polo y sus negociadores representarían al PCE, el POUM, el pequeño Partido Sindicalista, de Pestaña, y a las Juventudes Socialistas. Los anarquistas quedarían excluidos pero no mostrarían una oposición frontal a la coalición.
El pacto electoral de las izquierdas quedó reflejado en el Manifiesto publicado el 15 de enero de 1936 y resultó a la postre mucho más moderado que las diversas propuestas previas que llevaron a él, incluido el documento que Prieto había ya propuesto en 1934 y que era mucho más radical, o lo que proponían los comunistas. La enérgica continuación e la reforma agraria, incluido el rescate de los bienes comunales, la amnistía para todos los delitos políticos y sociales y la rehabilitación de los empleaos eran los dos puntos fuertes. En el camino quedaron nacionalizaciones -de la tierra y de la banca-, desmilitarización de las fuerzas del orden público, control obrero en la industria, etc., y cualquier tipo de socialización. El Manifiesto se disponía en ocho grandes bloques y en ellos figuraban también explícitamente aquellas propuestas obreras que los republicanos no aceptaban -nacionalizaciones, confiscaciones de tierras, subsidio al paro-. Un programa de reformismo, radical en algunos extremos, no en todos, la insistencia en las reformas ya ensayadas cuatro años antes en la enseñanza, la reforma fiscal, las nuevas leyes de arrendamientos eran los puntos fundamentales. Todo muy lejos de cualquier propuesta “revolucionaria”.
El pacto se hizo con el acuerdo aceptado por todos de que el gobierno correspondería a los republicanos y no a los socialistas y demás grupos obreros que ejercerían el apoyo parlamentario. En esto no hubo discrepancias, no fue una imposición del ala izquierda del PSOE como se ha dicho a veces. Pero es cierto que Largo mantenía, desde mucho antes, que nunca haría una nueva alianza “de gobierno” con el republicanismo, que quería estar libre de compromisos; otra cosa era la alianza electoral y la parlamentaria. En definitiva, las tres grandes fuerzas que apoyaban el pacto, el republicanismo y el socialismo moderado, la izquierda socialista representada por Largo Caballero y los comunistas que derivaban su posición de la de la Internacional, tenían realmente concepciones distintas de lo que el pacto significaba. Esa sería, en el futuro, la clave de su debilidad. El Frente Popular, como empezó a ser llamado de inmediato, ya en la campaña electoral, estaba obligado a ir más allá de lo que se había hecho en el primer bienio y por ello no podía limitarse a ser una coalición electoral sino que tenía que ser un pacto de gobierno.
La campaña electoral y las elecciones de 1936
La práctica totalidad de los autores que han estudiado las elecciones legislativas del 16 de febrero de 1936 coinciden en que se trató del proceso electoral más trascendental que se había dado hasta el momento en la España contemporánea. Ahora se sabía a ciencia cierta que se jugaba el destino del régimen. Pero, de forma muy distinta a lo ocurrido con las municipales de 1931, las consecuencias de estos comicios nadie esperaba que podrían desbordar su propio objetivo. A la pugna no sólo concurrían las izquierdas y las derechas en amplias coaliciones, sino que estaba presente también el empeño de un hombre, el propio presidente Alcalá Zamora, que pretendió que la disolución de las Cortes y las elecciones sirviesen para crear un centrismo republicano consolidado en el que él habría tenido un papel estelar. Ésa era la consigna que tenía Portela Valladares, jefe del gobierno que debía organizar la consulta.
La tremenda polarización del país se vio ya en la campaña electoral durante el mes que precedió a las elecciones. Mientras las izquierdas habían construido su coalición las derechas no habían permanecido tampoco inactivas. A lo largo de 1935 se había ido perfilando las posiciones de una cada vez más presentes y agresivas extremas derechas. Las posiciones anti-liberales del monarquismo de Goicoechea y Calvo Sotelo, el Tradicionalismo renovado de Fal Conde y el viejo carlismo navarro, el fascismo españolizado de Primo de Rivera y Falange Española y de las JONS constituían nuevas y potentes fuerzas antirrepublicanas. Las derechas en su amplio espectro no tardaron en entender el Frente Popular como una gran coalición revolucionaria. Éste, a su vez, identificaba cada vez más al enemigo con el fascismo.
La campaña electoral no sólo fue dura y agitada sino que introdujo bastantes elementos nuevos en la historia electoral española. por lo pronto, los recursos económicos que se destinaron a sufragar los partidos y grupos, en especial de las derechas con muchas más disponibilidades económicas. La modernidad técnica de la campaña y la propaganda, donde la CEDA de Gil Robles fue a la cabeza también por la eficiencia y agresividad de sus eslóganes, la profusión de propaganda escrita, la espectacularidad de sus mítines y el cultivo de la figura del líder. El principal eslogan de este grupo “¡A por los 300!” (diputados) fue el más impactante. Como han dicho algunos comentaristas y periodistas, la profusión en el alarde pudo hasta resultar contraproducente para la fuerza que lo mantenía.
Las figuras de los líderes fueron magnificadas de forma especial. Gil Robles era, en este momento, la esperanza indiscutible de las derechas; era el hombre de la “táctica”, del intento de cambiar profundamente la República, sometiéndola a designios autoritarios, desde dentro de ella, por la vía electoral. De Gil Robles era la idea de enfrentarse a las izquierdas a través de un gran bloque. Pero se trataba de una idea basada sólo en el interés electoral, mientras la derecha monárquica que dirigía Calvo Sotelo quería una alianza de mayor alcance.[18] En el otro extremo, Largo Caballero era el líder preferido de las masas obreras. Los mítines electorales de Caballero fueron resonantes. En el cine Europa, de Madrid, el más concurrido de los escenarios electorales, Caballero habló tres veces durante la campaña, el 12 y 22 de enero y el 9 de febrero.[19]
El 23 de ese mismo mes hablaba Gil Robles en el teatro Rojas, de Toledo en un discurso fundamental para su política en la campaña. Allí fue recibido una vez más con gritos de “¡jefe!, ¡jefe!” y con otro más peculiar que decía “¡a por él!”, referido al presidente de la República, el hombre que había impedido, hasta llegar a la disolución de las Cortes, que el jefe de la CEDA llegara a presidir un gobierno. El grito se repetía cada vez que el líder derechista nombraba al presidente y aludía a la operación Portela.[20] Gil Robles mantuvo siempre la inoportunidad de aquella disolución del Parlamento que le privó de su mayoría y se negó a aceptar cualquier colaboración con la operación centrista auspiciada por el presidente.
Entre los oradores republicanos, Azaña volvió a ser el más brillante y escuchado. También en el teatro Rojas de Toledo hablaría del compromiso de la coalición de izquierdas de instaurar una “política republicana, desarrollada por un gobierno republicano y con el apoyo del proletariado español”. Esto respondía exactamente, como sabemos, al espíritu del pacto de las izquierdas. Pero la propaganda de las derechas insistió desde muy pronto en que el pacto del Frente Popular no representaba sino la situación en que el republicanismo de izquierdas funcionaba como testaferro del marxismo proletario. Los discursos de Azaña insistían en que el pacto de las izquierdas distaba de pretender revolución alguna, prometiendo que la reforma agraria se concentraría en pocas provincias para acabar en ellas la obra y ver experimentalmente su resultado. Siempre se ha resaltado que aquella campaña electoral polarizada y, en especial, las grandes promesas de la izquierda suscitaron una movilización popular que nunca antes se había producido. Lo mismo ocurrió en torno a las candidaturas de la derecha, pero la personificación en el “jefe”, Gil Robles, que llegó a proclamar “dadme la mayoría y os daré una nueva España”, puso más en juego su propio futuro político.
El líder de Renovación Española, Calvo Sotelo, entre tanto, no poseía aún el relieve que tendría en el futuro y se empeñó en un discurso catastrofista de continua denuncia de la “revolución”. Mientras Largo Caballero o José Díaz, secretario general del PCE, hablaban en sus discursos de una revolución social futura y, por supuesto, sin fecha, Calvo Sotelo denuncia el peligro inminente de una revolución en marcha.[21] Por lo demás, Calvo Sotelo se embarca en una continua apelación a la licitud de la violencia, al papel del Ejército en la defensa contra la revolución. En realidad, el recurso a la violencia no fue ajeno a ninguna de las soflamas electorales de las posiciones más radicales, pero parece claro que la derecha tenía una idea más inmediata y elaborada de su instrumentalización. Estas apelaciones aparecerían en aquellas localidades donde los enfrentamientos sociales eran más palmarios: en el medio rural, sobre todo, en zonas como Andalucía y en otras donde quedaban graves secuelas de enfrentamientos, como Asturias.
La formación de un Frente Electoral de Izquierdas en España y la reorganización también de las fuerzas políticas de la derecha, en un amplio espectro de ellas, el intento de crear fuerzas más sólidas en el centro del espectro político, fueron los hechos que determinaron la política española desde fines de 1935 y los que llevaron a la República a una polarización de las fuerzas desconocida antes. Pero en la mente de los republicanos como Azaña estaba que la movilización popular debería terminar en cuanto la coalición triunfase.
La votación misma y su resultado es otro de los asuntos que más sujetos han estado a la controversia, a las confrontaciones de todo género, desde que se produjeron. La cuestión es que los perdedores convirtieron en objetivo de combate permanente la denuncia del supuesto fraude generalizado en el recuento de los votos y en los resultados proclamados. Los resultados de la votación habrían quedado completamente falseados por la falsificación del acceso a la votación misma, del recuento, de las Actas de los diputados y, en consecuencia, de la proclamación de éstos. A veces se ha aludido a los incidentes que tuvieron lugar en la propia Comisión de Actas del Congreso que presidiría, hasta que dimitió de ella, el socialista Indalecio Prieto. La denegación de validez de los resultados llegó a convertirse en un gran argumento, el central, en la tesis de la “ilegitimidad de los poderes” derivados del resultado de la votación, y sirvió nada menos que para justificar la tarea de destrucción de la República.
La verdad histórica no corrobora en modo alguno la negación de la legitimidad y legalidad de aquellas elecciones. El primer estudio serio de las elecciones y sus resultados fue el de Venegas.[22] Venegas, un republicano en el exilio de posguerra, hace un estudio bastante objetivo, en el que empieza diciendo que los sublevados pretendieron sostener la legitimidad de sus actos precisamente por los fraudes cometidos el 16 de febrero de 1936. Y ésa fue también una de las razones fundamentales de la Iglesia y su actitud, la de la ilegalidad del resultado del 16 de febrero, cosa en la que insisten los “teólogos del alzamiento”.[23] Por ello, dice Venegas, “no es ocioso documentar lo ocurrido”. Venegas empieza ejemplificando bien el funcionamiento de la ley electoral republicana. Analiza la actuación de la Comisión de Actas y la proclamación de los resultados y las repeticiones de elecciones que hubieron de efectuarse por no haber obtenido los candidatos los porcentajes pertinentes o por fraudes manifiestos como fue el caso de Granada que obligó a la anulación de las elecciones. Venegas enumera los resultados provincia a provincia y, al final, reproduce una lista de los diputados de aquellas Cortes, con algunos errores inevitable y con incertidumbre de la suerte que habían corrido muchos de ellos con la guerra.
Desde entonces hasta el completo y exhaustivo estudio que dirigió Javier Tusell, y que ya hemos citado, se produjeron y publicaron muchos pronunciamientos y análisis sobre las vicisitudes de aquellos comicios. A pesar de irregularidades parciales, incidentes, la obligación de repetir las elecciones en lugares como Cuenca o Granada, los análisis objetivos han mostrado que los comicios en su conjunto siguieron las normas que permiten considerarlos perfectamente válidos y que una inmensa mayoría de las reclamaciones e impugnaciones procedían de la lógica de los perdedores sobre la utilidad de arrojar dudas acerca de la limpieza de las elecciones.
Tal vez, una de las irregularidades de la campaña fueron las cortapisas que el gobierno puso a la campaña de la derecha. Ese gobierno era el del centrista Portela Valladares. La razón política de esa obstrucción puede considerarse evidente: la inquina derivada del proyecto centrista frente a las aspiraciones de las derechas.[24] Algunos de los apologistas de la sublevación posterior dirían que llegaron a prohibirse a las derechas el uso del avión en la campaña, de la radio y de los discursos al aire libre,[25] teniendo en cuenta, se añade que las derechas eran “las únicas que podían derrochar e grande muchos de aquellos medios”. Los problemas de irregularidades más palpables llevaron a la anulación de las elecciones en Granada, Cuenca, Cáceres.
Los datos finales sobre el resultado de las elecciones parecen estar hoy perfectamente dilucidados.[26] Las cifras son las siguientes; votantes: 9.864.783 (72% del censo electoral); votos obtenidos por el Frente Popular: 4.654.116 (34% aprox.); votos obtenidos por la derecha: 4.603.116 (33% aprox.); votos del centro: 526.615 (5% aprox.). Todas las fuentes consultables muestran que realmente la masa del obrerismo anarquista acudió a las urnas, en contra de la disposición doctrinal contraria a ello mantenida por el ideario anarquista. El mundo obrero sabe bien lo que se jugaba ahora. Con esos resultados tan extremadamente ajustados en la diferencia de votos entre derecha e izquierda, la trascripción a escaños en función de la ley electoral era muy favorable a quien había conseguido una pequeña diferencia de votos. Una vez que se repitieron las elecciones en las localidades donde se decretó, el Parlamento quedó compuesto así: la izquierda 278 diputados, la derecha 124 diputados y el centro 51.
La composición del Parlamento distaba de recoger la verdadera división del país, puesto que la ley electoral primaba grandemente a las mayorías que para producirse necesitaban de amplias coaliciones de partidos. La escasa diferencia de votos era un factor, naturalmente, que espoleaba el desencadenamiento de la gran disputa en relación con la pureza del desarrollo y recuento. Portela Valladares mantiene que las derechas no esperaban estos resultados, pese a que Gil Robles estimó que las elecciones se habían hecho de forma correcta en general. En cualquier caso, acto seguido de conocerse los resultados, las acciones se desbordaron en las calles y comenzaron las febriles conversaciones que recogían y mantenían a intención de ciertos políticos y militares de anular el resultado de las urnas.
2. LA CONSPIRACIÓN CONTRA LA REPÚBLICA
Con algunos precedentes anteriores, que pueden rastrearse desde 1931, las maniobras conspirativas para derribar el gobierno de la República que se desenvuelven desde el mes de marzo de 1936 tuvieron efectivamente en el momento mismo del triunfo electoral del Frente Popular y algunos de sus primeros episodios los hemos descrito ya. Ello con independencia de los amagos, también comentados, en torno a la crisis de gobierno de diciembre de 1935 que llevó a la disolución del Parlamento y a la entrada en periodo electoral. Es curioso que en este escenario donde se van desenvolviendo las progresivas decisiones de apelación al recurso, más o menos directo y decidido, a la insurrección, aparecen siempre los nombres de algunos destacados personajes: Gil Robles, Calvo Sotelo, Primo de Rivera, junto a los de militares como Franco, Goded, Fanjul... Las dudas que en febrero de 1936 pudiesen haber mostrado determinados altos mandos militares, los accidentalistas políticos de la CEDA, los monárquicos o los fascistas, serían pronto definitivamente superadas para apelar resueltamente a la vía insurreccional centrada en el Ejército que figuraría como eje de todo este gran movimiento.
Existen abundantes y variadas versiones, más o menos directas, de la crónica -crónica porque pocas de ellas pueden ser tenidas por verdadero relato historiográfico- de la conspiración antirrepublicana que se desenvolvió durante la primera mitad del año 1936 y que desembocó en una sublevación militar, apoyada por ciertos dirigentes y contingentes civiles. Es escasa la documentación de archivo que conocemos, si no son informes a posteriori, manifiestos o correspondencia entre personajes y protagonistas.[27] Pero de la lectura del numeroso conjunto de obras testimoniales existentes sobre el curso de la conspiración desde el momento en que triunfó la coalición de izquierdas, se pueden obtener, para empezar, dos convencimientos importantes.
El primero es el de la gran divergencia entre ellas para sacar conclusiones claras acerca de este momento de la historia de la República. Los testimonios son siempre parciales, iluminan algún paisaje preciso del movimiento conspirativo y dejan en la oscuridad otros. Aunque muchas veces haya coincidencia en los hechos narrados siempre se observa que existe una muy diversa valoración de ellos. Pero el segundo convencimiento deriva, precisamente de esa disparidad. Y lo que tenemos que señalar en este caso es algo a lo que no se ha prestado atención detenida: en realidad, los mismos conspiradores militares, y más aún los civiles, distaron de conseguir una unidad de criterios e, incluso, una verdadera unidad de mando. Por ello, cada uno, o sus seguidores, cuenta la historia a su manera. Hay notables discrepancias entre los testimonios -por aludir a algunas obras clásicas- de Bertrán Güell o Iribarren, de Lizarza, de Bolín o Maíz, de Gil Robles o de la HCE.
A partir de una masa testimonial que de forma más o menos directa y central se refiere a la conspiración y que en modo alguno puede considerarse satisfactoria, y de alguna documentación de archivo conservada, que no excluye tampoco ciertas confusas relaciones con potencias extranjeras, puede reconstruirse hoy, creemos, una visión ajustada de lo que fue la conspiración que llevó al alzamiento.
Primeras reacciones al triunfo: revoloteo de insurgentes
El presidente del gobierno, Manuel Portela Valladares, recibió, ya en la madrugada del lunes 17, la visita del político que había sido el gran derrotado en ellas, José María Gil Robles.[28] Dos días después, el miércoles 19, Portela, según las memorias de quien había sido su gran mentor, Niceto Alcalá Zamora, acabó presentando una “dimisión-huida”.[29] En su propio relato, Portela cuenta su entrevista con Gil Robles en la madrugada del 16 al 17, el consejo de ministros del día 17 a las diez de la mañana con la nota de prensa hecha pública y la primera visita que le hace el general Franco, jefe del Estado Mayor del Ejército, a las 7 de la tarde de ese mismo día en el Ministerio.[30] Las presiones para que se mantenga en el poder y, en el caso de Gil Robles, las prevenciones acerca de que pudiese instaurarse una dictadura, son muy fuertes.
Según Portela, Gil Robles consideraba que los comicios se habían desarrollado “aparentemente normales” y que no parecía que hubiese de discutirse el resultado, al menos en público... Pero en aquel momento empiezan a producir motines relacionados con la salida de los presos políticos ante la cárcel Modelo de Madrid y ante la de San Miguel de los Reyes, en Valencia. El general Franco, con el alto cargo que aún ostentaba, tuvo un importante protagonismo en las pretensiones de dictar medidas de emergencia. Franco, en la noche del 16, habló con el general Pozas, director general de la Guardia Civil, pidiendo ya una acción para declarar el estado de guerra.[31] Pozas no se sentía tan alarmado. Las actividades de Franco no acabaron ahí, pues llegó a ordenar por teléfono que se declarase el estado de guerra en Asturias y Barcelona “como regiones (sic) más delicadas”, según él porque había sido un acuerdo del Consejo de Ministros revocado después.[32] Lo único que consiguieron fue que el gobierno decretase el estado de alarma. Al fin, el presidente de la República, Alcalá Zamora, autorizaría a Portela para decretar el estado de guerra en las provincias donde lo juzgase indispensable. En cualquier caso, algunas guarniciones militares aisladas, Zaragoza y Alicante, se apresuraron a declarar el estado de guerra sin autorización de nadie para ello, una medida que fue anulada de inmediato desde el gobierno. Franco mismo se adelantó por su cuenta a dar órdenes a los generales jefes de las Divisiones Orgánicas, que luego hubieron de ser desautorizadas por el propio Portela.[33]
El día 17, el propio Franco no consiguió, en definitiva, convencer a Portela para tomar medidas de excepción que, de hecho, habrían equivalido a un golpe de Estado. El caso es que el general mismo tampoco creía que en aquel momento pudiera dar tal golpe el Ejército sin más apoyo: “no tiene aún la unidad moral necesaria”, diría. Calvo Sotelo insistiría en el sentido de adoptar medidas de fuerza, pidiendo a Portela que resignase el poder en manos fuertes. Por su parte, los generales Pozas y Núñez del Prado advertían al presidente del gobierno de que Franco y Goded estaban en contacto subversivo con algunas guarniciones. En efecto, la conexión entre Franco, Goded, Fanjul, Francisco del Barrio y el teniente coronel Valentín Galarza era un hecho, pero el convencimiento final sería que no contaban con fuerzas suficientes para intentar nada, sobre todo sin la Guardia Civil y las Fuerzas de Asalto. Aún volverían a insistir ante Portela tanto Franco como Gil Robles, e incluso José A. Primo de Rivera llegaría a pedir al ministro de la Gobernación -que era el propio Portela- fusiles para la Falange.[34] Las reacciones inmediatas de carácter subversivo frente al resultado de las elecciones acabaron ahí, pero el hecho es que esta avalancha de reacciones, entre el pánico y la amenaza de la fuerza, fue claramente anterior a cualquier obra de gobierno de la coalición triunfante.
El día 18, martes, se produjo una segunda entrevista de Portela con Gil Robles, a las 8,30 de la tarde en la carretera entre Chamartín y Alcobendas.[35] Gil Robles insistiría entonces en que Portela no hiciese la transmisión de poderes a la coalición triunfante, cosa a la que estaba absolutamente decidido. Gil Robles, con indudable buen sentido, argumentaba que esa transición no debía hacerse hasta que no se hubiesen constituido las Cortes. Parece indudable que Portela estaba dominado por el miedo y se negaba a hacer frente a una situación que juzgaba peligrosa sabiendo que no iba a disponer del poder. Aquel mismo día se entrevistaría también con Diego Martínez Barrio, destacado líder republicano disidente del partido de Alejandro Lerroux, el Republicano Radical, y jefe ahora de Unión Republicana. Resulta que las derechas de momento se volvían gubernamentales y querían sostener a toda costa el gabinete, lo que irritaba al bando contrario.
El propósito pertinaz de Portela Valladares fue siempre el de dimitir el día 20 en que debían hacerse públicos los resultados oficiales de las elecciones. Pero el 19 aparecen en la prensa rumores de golpe militar y alusiones a que el general Franco se propone sublevarse.[36] A las diez y media de la mañana de ese día se reunió el gobierno. Los ministros se muestran unánimes en la decisión de dimitir, en el momento en que se tienen noticias confusas del incendio de la cárcel en Vizcaya o Santander. Portela piensa entonces, con bastante lógica, que o se emplea la fuerza o es preciso materializar la dimisión del gobierno. Al terminar el Consejo de ministros, Portela se dirigiría al ministerio de la Gobernación. Allí le estaba esperando de nuevo el general Franco.[37] Éste proponía ahora la declaración del estado de guerra asegurando que el ejército estaría unido en torno a ello, ante la prolongación de desórdenes populares. Dijo que las tropas de la Legión y de Regulares indígenas de Maruecos obedecerían la orden.
Cuando Portela se dirigió a entrevistarse con el presidente de la República, éste le insistió en que dilatara su intención de dimitir y publicase la declaración de estado de guerra. Pero Portela permaneció firme en su decisión. De inmediato se incorporaron a la reunión el resto de los ministros. El presidente acabó aceptando la dimisión de todos ellos y lamentó no poder nombrar en ese momento a un militar nuevo jefe de gobierno.[38] A las dos de la tarde del miércoles día 19 se anunciaba la dimisión del gobierno. Era muy acertado el comentario que Azaña introduciría después en su diario a propósito de su subida al poder de forma tan precipitada como representante de la coalición ganadora: “nos hicieron segar la hierba en verde”.[39] A todo ello debe sumarse la muy dudosa actuación de las autoridades que habían presidido la contienda electoral, empezando por el jefe del gobierno, Portela Valladares, el hombre que Niceto Alcalá Zamora había empleado como ejecutor de sus planes políticos de estabilización de la República, cuya escasa autoridad moral era paralela a la política.
Los primeros pasos: de febrero a abril de 1936
Una vez que el gobierno del Frente Popular presidido por Manuel Azaña[40] hubo tomado posesión, el día 19 de febrero, las medidas de cambio no se hicieron esperar. La inmediata remoción por el gobierno de algunos altos mandos militares (Franco, Goded, Mola, entre otros) fue la ocasión para una importante reunión de algunos de ellos, con carácter también conspirativo, que tuvo lugar en Madrid el 8 de marzo siguiente. Todo parece indicar que hasta ese momento, y durante algunas semanas después de él, fueron los generales Goded, Rodríguez del Barrio y Varela las piezas claves de un incipiente movimiento conspirativo que prolongaba los amagos de los días 17 a 19 anteriores. Cuestión distinta, y no satisfactoriamente documentada, es la existencia de una verdadera Junta de generales, a la que han aludido algunos testimoniantes con ánimo evidentemente magnificador de su propia intervención en el asunto, aunque desde luego sí se designó una junta directiva del movimiento. Se ha dicho también que en una fase más avanzada de la conspiración habría existido en Madrid una “junta de generales directamente dependiente de Mola”, un dato que parece mezclar momentos diversos de la conspiración.[41] La citada reunión, en casa de un militante de la CEDA, José Delgado y Hernández de Tejada, tuvo gran importancia por diversos motivos: el número y calidad de sus asistentes, la concreción real de unos elementos directivos de la conspiración y la fijación de unos primeros criterios comunes sobre las condiciones, característica y objetivos de una sublevación posible.
Resulta interesante, por otra parte, que la principal fuente para el conocimiento de lo tratado en esa reunión sea, precisamente, Gil Robles, jefe político del anfitrión de ella.[42] La reunión, provocada por el general Mola cuando estaba de paso hacia su nuevo destino en la Comandancia Militar de Navarra, según Gil Robles, contó con la presencia de los generales Franco, Mola, Orgaz, Villegas, Fanjul y Varela, más el teniente coronel Valentín Galarza, pero parece mucho menos probable la presencia de otros, como Kindelán, de la que habla algún autor.[43] Las tomas de posición parecen haber sido allí muchas; entre ellas destacan la aceptación implícita de la jefatura de Sanjurjo -cuyo portavoz era entonces Rodríguez del Barrio-,[44] la designación más o menos formal de una junta que operaría en Madrid, la decisión de que cualquier movimiento no tuviera un signo político determinado y la discusión de algunos planes, en el estilo clásico del pronunciamiento, que no sabemos con seguridad con qué grado de aceptación contaron. Los reunidos, en todo caso, acordaron mantenerse en contacto y es en ese sentido en el que debe valorarse la intervención de la UME.[45]
De otro lado, a partir de abril la dinámica de la política española entró en una fase distinta. Desde que Manuel Azaña se hizo cargo de la presidencia del gobierno, el día 19 de febrero, empezaron a producirse las medidas gubernamentales que se contenían en el programa del Frente Popular. La primera de ellas fue la amnistía general para los presos políticos desde 1934. La forma en que la excarcelación se produjo en algunos lugares fue uno de los hechos que más inmediata alarma produjeron entre la derecha sociológica del país. Pero el programa del Frente Popular contenía extremos de indudable mayor alcance. La obra legisladora de las Cortes de 1936 es, por tanto, una clave esencial para entender el crecimiento no ya de una oposición política, sino del proceso conspirativo que había optado por la vía de la sublevación militar frente al régimen. La reposición de las autoridades, municipales y regionales, que ejercían antes de los sucesos de octubre de 1934 -entre ellas la Generalitat catalana-, la reactivación de la reforma agraria y la reposición de la ley de 1932, la ley sobre rescate de bienes comunales, la legalización de ocupaciones de tierras, son otros tantos hechos que nos ayudan a explicar el recrudecimiento del conflicto social en sus viejos términos.[46]
Sería a comienzos de este mes de abril cuando se iniciase el proceso político más significativo del período: la destitución de Niceto Alcalá Zamora como presidente de la República. El día 7 se presentaba ante las Cortes un escrito cuyas firmas encabezaba Indalecio Prieto, con la propuesta de la declaración de improcedencia, con arreglo a la Constitución, de la segunda disolución de las Cortes decretada por el presidente durante su mandato, es decir, la de diciembre de 1935. La aceptación de tal proposición llevaría aparejada la destitución de Alcalá Zamora. Era éste un asunto cuya justificación jurídica era opinable y que no podía entenderse más que como una maniobra política. Las izquierdas en el poder no podían convivir con la presidencia de Alcalá Zamora, a quien tampoco apoyaban en forma alguna las derechas, y que era considerado como un obstáculo para toda la tarea reformista del programa frentepopulista.
El comportamiento caciquil de Alcalá Zamora le había desacreditado, sin duda, ante fuerzas políticas diversas, de la CEDA al PSOE.[47] Ni una sola voz defendió a Alcalá Zamora en las Cortes. La proposición en su contra se aprobó por 238 votos contra 5, con la abstención de las minorías derechistas. La destitución de Alcalá Zamora, en todo caso, fue vista por el conservadurismo como un paso más, y muy amenazador, en lo que se creía una ofensiva definitiva contra los viejos grupos dominantes. Y ahora, además, en alianza con el proletariado más radical. Por ello, la contraofensiva de la derecha tendía a destacar el peligro de la revolución del proletariado, acusando a la izquierda burguesa de debilidad cuando no de connivencia.
El 15 de abril solicitaba el gobierno la confianza de las Cortes y Azaña reafirmaría su programa político de acceso al poder político de acceso al poder político de nuevas clases sociales, al tiempo que deploraba la apelación cotidiana a la violencia física. Los discursos parlamentarios de aquel día fueron de gran significación. El discurso de Azaña en esta ocasión es un testimonio clave de lo que el reformismo burgués se planteaba como objetivo en esta nueva etapa de gobierno. Ese mismo día, Calvo Sotelo había expuesto un primer balance de hechos violentos desde el triunfo del Frente Popular. Calvo Sotelo hablaba ya del peligro comunista, “110 diputados que quieren instaurar el comunismo en España”, diría, aludiendo, sin duda, a los de filiación socialista y comunista y propondría un remedio, una “fórmula de Estado autoritario y corporativo”. La relación que establece entre una cosa y otra no parece dudosa.[48] Calco Sotelo estaba ya al tanto de la conspiración militar. Gil Robles hablaría de guerra civil,[49] cuando Azaña había dicho el día 3 anterior que “no veníamos a presidir tal cosa”.
Las fechas primeras para las que se fijó un proyecto de insurrección fueron las de 19 ó 20 de abril siguiente y su objetivo consistía en una operación sobre el Ministerio de la Guerra y la Capitanía de Madrid. Pero el intento nunca tuvo lugar. Días antes se produjo la tormentosa celebración del quinto aniversario de la República y el entierro de una de las víctimas de los disturbios, un alférez de la Guardia Civil, en cuyo transcurso hubo nuevos enfrentamientos y víctimas. El proyecto insurreccional se encuentra, probablemente, relacionado con los propósitos de asalto a ciertos centros de Madrid, cuestión que acarreó además la detención y deportación de Orgaz y Varela a Tenerife y Cádiz, respectivamente. Nos encontramos con este hecho ante una nueva situación bastante confusa y narrada de manera muy diversa por los autores. No hay coincidencia en cuanto a las maniobras previas al intento -reuniones, planes efectivos fuera de Madrid, nómina de generales comprometidos-, pero sí en el hecho de que el mando supremo de la intentona lo ostentaría el general Rodríguez del Barrio, quien alegando una enfermedad, al parecer cierta, se apartó definitivamente de la conjura en el último instante.
Eliminados o muy vigilados los más importantes elementos directivos en Madrid, vista la ineficacia de algunos como Villegas, Fanjul o Rodríguez del Barrio, el plan de una sublevación con centro en Madrid fue prácticamente abandonado. Sanjurjo quedaba sin los dos hombres que habían sido sus principales portavoces en Madrid, Varela y Rodríguez del Barrio, e, inevitablemente, las miradas se volvieron hacia un decidido opositor a la República, Emilio Mola, hombre igualmente ligado a Sanjurjo por una vieja amistad y colaboración, y más aún hacia la mejor disposición insurreccional que se veía en las guarniciones del norte. Sería también a finales de abril cuando la masa de las fuerzas políticas antirrepublicanas entraría en contacto, de una u otra forma, con la conspiración, aunque algunos de ellos, como veremos, se habían adelantado.
La interinidad en la presidencia de la República no favorecía tampoco la normalización política. La búsqueda de un candidato entre las fuerzas de izquierda fue un proceso complejo y fomentó aún más la discordia interna en el socialismo. La aceptación por los socialistas de la candidatura de Azaña fue precedida de una fuerte oposición del ala caballerista del partido. La elección de nuevo presidente tuvo lugar el 10 de mayo y el elegido fue Manuel Azaña, al fin candidato único. Ahora bien, la elección de Azaña para la presidencia venía a plantear más problemas que los que resolvía.[50] Su sustitución al frente de la jefatura del gobierno obligaba a un replanteamiento de la estrategia misma del Frente Popular. Dentro del republicanismo de izquierda no existía una figura capaz de de sustituirle sin que la diferencia fuera más que ostensible, como ya señalaría Largo Caballero.[51] Pero en el sector obrero de la coalición, la fuerza de la posición de Largo Caballero, contraria a la asunción en aquel momento de cualquier responsabilidad gubernamental, hacía muy problemático un cambio en los papeles que el republicanismo y el obrerismo se habían adjudicado.
Estamos en este asunto ante uno de los episodios más controvertidos de la historia de la República española en la primavera de 1936. La idea de Azaña de un gobierno presidido por Prieto podía ser clave en una nueva estrategia frentepopulista. Pero el partido socialista, escindido en su seno, le era enormemente difícil aceptar esa solución. Las enconadas luchas entre las alas del partido a favor y en contra de la posibilidad de que Prieto accediese a la jefatura del gobierno fueron un espectáculo deplorable y no pocos autores han visto en ello una premonición de la imposibilidad de la República de hacer frente decididamente a los proyectos insurreccionales.[52] El intento de crear un gobierno presidido por Indalecio Prieto contó con la más fuerte oposición en los sectores del socialismo adictos a la política de Largo Caballero. ¿Qué habría ocurrido de haber accedido realmente Prieto a la presidencia del gobierno de la República en aquel momento de mayo de 1936?[53] Cualquier disquisición sobre ello no puede pasar mucho más allá de la historia-ficción, pero la posibilidad misma ha resultado siempre tan atrayente que ha volcado sobre ella multitud de especulaciones.
En definitiva, el Frente Popular demostró ya claramente que había sido un instrumento electoral eficaz, pero no era menos claro que no era una coalición de gobierno sólida. La presidencia del gobierno siguió, pues, en manos republicanas siendo encomendada a un hombre de la confianza de Manuel Azaña, Santiago Casares Quiroga, antiguo líder de la ORGA.[54]
Emilio Mola al frente de la conspiración
La historia de la conspiración muestra un fenómeno no difícil de percibir: el de que hubo dos líneas conspirativas que sólo ya en el momento del alzamiento llegaron verdaderamente a fundirse para la acción. Una, la representada por Mola sobre la que se alzaría la figura indiscutida de Sanjurjo. Otra, la que se aglutinaría en torno a Franco, indudablemente el general más prestigioso del momento y el más respetado después de Sanjurjo. La línea franquista practicó, en cierto modo, una vía particular, algo retraída, constantemente cautelosa y recelosa, de forma que, por estas y otras razones, Mola acabó siendo el verdadero organizador y el sostén fundamental de la conspiración. La existencia de dos líneas es percibida por Guillermo Cabanellas, aunque en un pasaje confuso y retórico como toda su obra. Cabanellas señala, además, que era perceptible que un grupo lo integraban “militares retirados del Ejército o en disponibilidad”, mientras en el otro “se encuadraban generales, jefes y oficiales con mando efectivo”. Los “eternos conspiradores” se encontraban en el primero, “en tanto que al segundo, cuya cabeza visible es el general Mola, se va plegando un número cada vez mayor de generales en actividad. Sanjurjo termina por convencerse de que los únicos que tienen posibilidad de sacar los soldados a la calle son los generales con mando de tropa”.[55]
No tenemos una evidencia plena acerca del momento preciso en que Mola pasó a ejercer una dirección efectiva, más o menos aceptada por los demás comprometidos, en la preparación de la sublevación. Mola se hizo cargo del gobierno militar de Pamplona el 14 de marzo. Desde muy pronto entraron en relación con él oficiales de aquella guarnición, ligados a la UME -Lastra, Vicario- y que ya conspiraban desde antes. Mola fue muy hermético en los primeros tiempos sobre su verdadero pensamiento, que no era desconocido para muchos. Queipo de Llano, que gozaba de gran movilidad por su condición de director del Cuerpo de Carabineros, le sondeó sobre sus verdaderas intenciones en una conversación en Pamplona el 13 de abril. Pero Mola no se fiaba de él y no dejó traslucir nada.
Unánimemente aceptado o no, después del 20 de abril Emilio Mola, desde la jefatura de la Comandancia Militar de Navarra, con sede en Pamplona, se convirtió en el eje indiscutible, y de extraordinaria eficacia, de la puesta en marcha de la sublevación militar y su protagonismo no hizo sino acrecentarse. El primer documento que el general hizo circular entre las guarniciones era, precisamente, de la última decena de abril. Está claro que pretendía aunar esfuerzos ya existentes, pero dispersos: de los generales con sede en Madrid, de los promovidos en al algunas guarniciones de provincias, de la UME, los esporádicos de ciertos grupos políticos o personalidades, más los del entorno inmediato del propio general. Sin embargo, una importante fuente profranquista señala que, por entonces, Mola no era más que el organizador del movimiento en el norte y que fue sólo tras el fracaso de un proyecto de golpe planeado para coincidir con la toma de posesión del nuevo presidente de la República cuando “tomó a su cargo el prepararla [la conspiración] en toda la Península”.[56]
El aludido primer documento secreto de Mola se llamaba Instrucción Reservada núm. 1, y a su pie aparece por vez primera la firma El Director.[57] No se trataba de un plan militar, sino de una descripción detallada del aparato organizativo de la conspiración, que empezaba con unas declaraciones de principios como si el movimiento partiese de cero. Seguramente ésa era la visión del asunto que el propio Mola tenía. Se decía que el gobierno era “prisionero de las organizaciones revolucionarias” y que no existía otro medio de evitar el caos que “la acción violenta”. En consecuencia, era forzoso organizarse para la rebeldía. Era significativo el hecho de que, según hemos comentado, Mola preveía una organización doble, “militar y civil”, la primera sobre la base de las divisiones orgánicas militares, la segunda de base provincial. Se prestaba gran atención al papel que una y otra habrían de jugar en la preparación y se describía primero la organización de unos comités provinciales civiles y su cometido. Se hablaba de “grupos políticos, sociedades e individuos aislados”, y de “milicias afectas a la causa o milicias contrarrevolucionarias”. Producido el movimiento, ambos tipos de comités se fundirían en uno solo. Los comités militares tendrían por misión las propias de la insurrección armada, auxiliados siempre por los civiles y, en su caso, por milicias. Se decía en la Base 5.1 que “la acción ha de ser en extremo violenta, para reducir lo antes posible al enemigo...”, encarcelando y aplicando castigos ejemplares a las directivas de “partidos políticos, sociedades o sindicatos no afectos al movimiento”.
La Base 6ª preveía el establecimiento, tras el triunfo, de una “Dictadura militar”. Por fin, la Base 9ª, y última, decía que “los Comités Civiles sólo han de tener conocimiento de su organización particular”. Hemos dedicado relativa atención a este documento, porque lo juzgamos enteramente decisivo para calibrar el carácter de esta última conspiración antirrepublicana. Es cierto que Mola diseñaba un frente cívico-militar pero no lo es menos que ése nunca llegó a funcionar. Esos comités no existieron como tales. Por lo demás, está perfectamente claro que el objetivo político de la insurrección no era otro que la Dictadura militar, cuyos cometidos inmediatos serían descritos por Mola en documentos posteriores. Un mes después de esta primera Instrucción, a fines de mayo, emitiría Mola una serie más de ellas que culminarían con un documento político, el llamado El Directorio y su obra inicial, que estaba fechada el día 5 de junio. En algo más de un mes los trabajos conspirativos habían avanzado bastante, pero seguramente no tanto como el general director habría deseado, sobre todo en el terreno militar.
Mola no contaba con el apoyo unánime de los conspiradores militares. Se sabe, al menos, de dos proyectos más de golpe en los que el director no tenía participación. Uno fue planeado con ocasión de la toma de posesión de Azaña como presidente, que describe la Historia de la Cruzada Española, que habría de efectuarse en Madrid. Sus directores serían los antiguos componentes de la junta de Madrid, Villegas y Fanjul, y el golpe se frustró “por dificultades de última hora”.[58] Un nuevo intento se fraguaría en la guarnición de Valencia a fines del mes. La noche del día 29 de mayo la pasó Mola en tensión, junto al coronel García Escámez, esperando aviso de la sublevación de Valencia. El aviso no llegó.[59]
Es muy posible que fuese a raíz de esta nueva y falsa alarma cuando Mola asentara sobre nuevas y más firmes bases su dirección. Diversas fuentes especifican que el general entró entonces en contacto directo con Franco, a través de una carta a Tenerife, y exigió de los generales de Madrid -Saliquet, Rodríguez del Barrio, Ponte y González Carrasco- que aceptasen su decisión de “asumir de modo expreso la dirección”. Se ha asegurado también que, a la vista de los reiterados fracasos de los generales madrileños, “el general Franco propuso a Mola que asumiese la dirección de la conspiración en España”.[60]
De otra parte, sería también en los últimos días de mayo cuando el director estableció contacto directo y conspirativo con Sanjurjo, residente en Estoril, y ese contacto se produjo como consecuencia de los requerimientos hechos a Sanjurjo por la alta dirección carlista. Ello nos da ocasión para analizar el papel de los grupos políticos de esta etapa de la conspiración. Los conspiradores militares mantuvieron contactos, más o menos estrechos y continuados, con la Comunión Tradicionalista, Falange, CEDA, Renovación Española y Acción Española, al menos. La verdadera historia de estos contactos hay que extraerla de una maraña de pretendidos protagonismos o, por el contrario, ocultaciones, de falsas atribuciones y de errores deslizados en toda clase de testimonios sobre la secuencia de los hechos y sus protagonistas.
Es evidente que los contactos fueron multidireccionales a partir de febrero de 1036: representantes políticos entre sí, jefes y oficiales -pertenecientes o no a la UME- con políticos y con generales, todos ellos a través de una compleja red de enlaces de toda condición. Pero también debe señalarse que de la existencia de una conspiración en marcha estaban al corriente otras muchas gentes, la apoyaran o no: periodistas, políticos, diplomáticos, etc. De forma que raro es el testimonio de la época que no tiene algo que decir sobre aquella situación y aquella oleada de rumores. Sin que podamos calibrar, en todo caso, si el hecho era “un secreto a voces”, no cabe duda de que los gobernantes tenían la suficiente información para haber tomado con mucha mayor seriedad la posibilidad de un golpe. También está claro que, a medida que la organización avanzaba, y especialmente en el mes de junio, el núcleo de todo el movimiento pasa a ser controlado por Mola y su red conspirativa, a la que se van plegando todos los demás elementos, sin que parezca haber otra sede con cierto protagonismo, salvo la organización madrileña de la UME reunida en torno a la actividad del teniente coronel Valentín Galarza, el técnico.
Fue el carlismo el grupo que de manera más sistemática y orgánica, y más temprana, buscó la connivencia militar para planificar la insurrección.[61] El carlismo orientó sus negociaciones hacia Sanjurjo, y complementariamente hacia Varela, a comienzos del mes de marzo. Manuel Fal Conde, secretario general de la Comunión Tradicionalista desde mayo de 1934, fue el máximo promotor de una eficaz organización paramilitar -el Requeté- del carlismo. El triunfo del Frente Popular hizo optar ya claramente a la dirección falcondista por la vía insurreccional. Pasadas las elecciones, Fal creó una Junta Carlista de Guerra que instaló en una finca francesa cercana a la frontera navarra. Fal y sus colaboradores, con el apoyo y dirección suprema de don Javier de Borbón-Parma, sobrino y heredero del pretendiente carlista don Alfonso Carlos de Borbón, emprendieron la planificación autónoma de una insurrección antirrepublicana que, en todo caso, habría de ser militarmente dirigida y estrechamente apoyada por las fuerzas armadas. En el mes de marzo, Fal Conde se entrevistó con Sanjurjo en Portugal. Para entonces, la Junta Militar Carlista había elaborado un plan de insurrección, conocido como de los tres frentes, que habría de realizarse por las milicias carlistas y el Ejército. Don Javier de Borbón afirma, por su parte, haberse entrevistado también con Oliveira Salazar, jefe del gobierno portugués.[62]
Fal Conde presentó a Sanjurjo un plan de acción cuya primera alternativa era sumarse a una sublevación militar que acaudillase el general en persona. De no darse esa situación, los carlistas proponían a Sanjurjo que él dirigiese una sublevación con milicias del partido. Sanjurjo se mostró cauto ante estas proposiciones, que le fueron repetidas en mayo por Fal Conde y Javier de Borbón-Parma, y dijo que sería vana cualquier acción sin el Ejército, pero que si los generales con quienes tenía compromisos fallaban, el plan sería cuestión a estudiar, “pero desde luego poniéndose de acuerdo con las guarniciones del norte”.
Más adelante, en el mes de mayo, Fal Conde y Javier de Borbón Parma expusieron a Sanjurjo sus planes políticos. Sin ninguna duda, la idea de los carlistas era la más clara y terminante acerca del tipo de solución política que habría de sustituir a la República. Hablaron de una Regencia, desempeñada por Javier de Borbón, que daría paso a unas elecciones en las que la nación decidiría el régimen político a establecer. Se trataba, sin duda, de una manera suave de exponer a Sanjurjo un plan de instauración monárquica a favor de la rama carlista. En todo caso, Sanjurjo orientó a los carlistas hacia el entendimiento con Mola y, a través de ellos, envió él mismo una nota al general director. Así, a fines de mayo, se abría una particular línea insurreccional por la conjunción Sanjurjo-Mola-carlismo. Mola, como veremos, entendía la situación de otra forma, y tardaría aún algunos días en establecer contacto con la alta dirección carlista.[63]
Otro grupo político con el que la conspiración militar sostuvo también relaciones fue Falange Española. Las proclividades del falangismo a instrumentar a las fuerzas armadas de favor de una acción insurreccional eran bastante anteriores. Pero Falange tenía sus propias ideas, y no muy favorables, sobre la capacidad política de los militares.[64] También el fascismo español atravesó el sarampión de la planificación de una insurrección autónoma, como en aquel plan que habría de tener como base una concentración en Toledo y un contacto con fuerzas militares a través de Moscardó. Falange mantuvo contactos con muchos militares, con la UME y con otras fuerzas políticas[65] y acabó integrándose en el plan dirigido por Mola. Éste consideraba que falangistas y carlistas podían constituir el grueso de los auxilios armados civiles reputados como imprescindibles. Los enlaces falangistas no entraron, sin embargo, en relación directa con Mola hasta el mes de junio. El día 1 de ese mes, Rafael Garcerán se entrevistaría con Mola en Pamplona y pondría a su disposición las milicias falangistas.[66] José Antonio Primo de Rivera se entrevistó con Franco el 12 de marzo, en casa de Ramón Serrano Suñer, según cuenta este mismo. El jefe de Falange estaba ya decidido por la sublevación, pero el general estaba preocupado por la ocasión propicia. No hubo acuerdo alguno. Primo de Rivera sería encarcelado poco después y desde entonces la incorporación de Falange a la conspiración habría de hacerse mediante intermediarios -Hedilla, Garcerán, Fernando Primo de Rivera- y su interlocutor sería ya Mola.
La relación de CEDA con la conspiración militar se muestra más problemática porque las fuentes son menos abundantes y menos fiables. Las más importantes en la inmediata posguerra[67] señalan unánimemente los contactos que José Mª Gil Robles y otras personas de su grupo tuvieron con los conspiradores y las ayudas que les prestaron. Pero los escritos del propio Gil Robles, desde 1968, han tratado en buena manera más de acomodar su versión a la buena imagen, ambigua desde luego, del personaje que a aquilatar correctamente la entidad de esa colaboración. Esta posición de Gil Robles ha sido fuertemente discutida[68] y el viejo líder cedista nunca expuso una contrargumentación suficiente y convincente. Hay pruebas suficientes -y aquí aduciremos algunas- de que Gil Robles estaba al tanto de los manejos, de que los aprobaba y ayudaba y de que, en definitiva, tenía formado su propio criterio sobre los objetivos a cubrir por la sublevación. Pero parece claro que el dirigente cedista no comprometió a su partido en el movimiento, se negó a la creación de milicias y no se incorporó, por tanto, de manera orgánica a la conspiración.
Gil Robles pretendió continuar con la actividad parlamentaria, pero conocía la conspiración. Él afirma, no obstante, que “conmigo no se contó para nada”, lo que, en una fase avanzada de la conspiración no responde a la verdad, como él mismo relata aunque con confusiones.[69] No sólo prestó apoyo económico a los conspiradores, medio millón de pesetas de los fondos electorales de la CEDA que se entregaron a Mola en los primeros días de julio a través de Rafael Aizpún y Francisco Herrera Oria,[70] sino que Gil Robles, con el mismo Herrera y Juan Ignacio Luca de Tena, actuó de enlace entre Mola y los carlistas. Las cartas cruzadas con Mola en el mes de diciembre de 1936 y enero de 1937 prueban más que de sobra esta relación económica con los conspiradores, aunque los corresponsales dan versiones contradictorias acerca de si el dinero fue pedido u ofrecido a Mola, pero existen datos de otro tipo de actividades.
En efecto, la correspondencia de Gil Robles y Francisco Herrera Oria en los meses de septiembre y octubre de 1936 da algunos datos sobre ello.[71] El 26 de septiembre, desde Biarritz, Herrera dice a Gil Robles cosas como “he visto con satisfacción que tienes muy buen cartel cerca de los generales con quienes en mis dos viajes por la zona nuestra he tenido ocasión de hablar pero no he de ocultarte que en el resto del ejército no es favorable el juicio que tienen de tu política pasada”. Según Herrera, ocurría esto mismo con Falange y, por todo ello, aprobaba que Gil Robles se hubiese retirado del primer plano de la política y se permitía aconsejarle “que disolvieras las Milicias de Acción Popular... y aun disolver el partido de Acción Popular que ha llegado a su fin antes de que te lo disuelvan”.
El 21 de octubre, desde Salamanca, le dice cosas aún más enjundiosas:
"Aun en la preparación de este Movimiento y venciendo resistencias me preocupé que a la par que fuese un movimiento salvador de España fuera la consagración de tu vida política y tú sabes que a Mola propuse que aceptase tu colaboración política y esta colaboración la concreté en una reunión de Diputados de Derechas en Burgos el día 17 de julio [;] allí reunidas las Cortes de Burgos, declararían facciosos al gobierno y al Parlamento de Madrid, apelando al pueblo y al ejército contra ellos. Te lo propuse y si hubieras aceptado creo hubieras sido el futuro Jefe del Estado. Yo en el movimiento acepté gustoso el único papel que podía obligarme a permanecer en Madrid, sabiendo de antemano que podía costarme la vida".
A vuelta de correo, el día 22, Gil Robles contesta desde Lisboa con una carta en la que son visibles las diferencias entre uno y otro de los antiguos correligionarios. Respecto a ese proyecto de reunión en Burgos, de las que hay ciertamente pocas noticias, Gil Robles dice que
"Jamás entendí que Mola desease esa reunión, difícil de celebrar el día 17 de julio, ya que una convocatoria a un centenar de personas, días antes del movimiento, hubiera descubierto los planes militares... Conviene además que sepas que cuando yo he propuesto más tarde algo parecido, con aprobación previa de personas muy cercanas al mando, recibí de Renovación y Tradicionalistas unas contestaciones lamentables, por la mezquindad espiritual que revelaban... No sé si tal reunión me hubiera valido ser, como tú apuntas el Jefe del Estado. De ser así celebro no haberla intentado siquiera".[72]
Esta correspondencia revela que el grado de implicación de Gil Robles en los manejos de la conspiración, y, más presumiblemente aún, de sus amigos políticos es superior a lo manifestado por él y que en las iniciativas propuestas a Mola figuraba ésta de una especie de rebelión Parlamentaria. La deposición del político en la Causa General incoada en la posguerra es distinta de la que el mismo ha señalado en algún escrito y revela también, contra lo que él pretende ocultar, su implicación en la conspiración.[73]
Manuel Fal Conde, el dirigente carlista, relató la visita que le hicieron en San Juan de Luz, el 5 de julio de 1936, Gil Robles, Herrera Oria y Luca de Tena,[74] comisionados por Mola para convencer al carlista y sus milicias a la insurrección. Fal Conde recibió esta visita con evidente desagrado y manifestó en carta a Sanjurjo que Gil Robles le había expuesto que “después de una corta actuación militar, se formará un gobierno de partidos de derechas que se repartirán los gobiernos civiles” (sic). A Fal Conde esa proposición le pareció repugnante. La versión de Gil Robles es distinta y señala en su libro testimonial como fecha de su visita el 12 de julio, cosa errónea, pero nunca desmintió la visita según la declaración de Val, hecha también en 1968, el mismo año de la publicación de la gruesa obra de Gil Robles. En definitiva, éste no sólo tenía su propia visión de la trayectoria de la sublevación, sino que, sin duda, había cambiado impresiones con bastantes de los conspiradores. Consumada la sublevación, sin embargo, no jugó papel alguno en los acontecimientos posteriores y, además, abandonó el país. Las fuerzas de la CEDA que se incorporaron al levantamiento lo hicieron a través de movimientos, como la creación de algunas unidades combatientes, sin una dirección única ni un plan determinado.
La presencia del monarquismo alfonsino y del monarquismo que había evolucionado hacia posiciones autoritarias, corporativistas y parafascistas en la conspiración es posiblemente una de las más activas pero también de las más dispersas. Se trata, como ya sabemos, de la corriente política que más tempranamente estuvo implicada en conspiraciones antirrepublicanas, desde 1931.[75] Después de agosto de 1932, el monarquismo replantearía su actividad sobre otras bases, las de la preeminencia de la acción civil, pero sin abandonar nunca las tareas conspirativas. Ese asunto habría de verse siempre favorecido por la presencia de un elevado número de militares promonárquicos. Personajes como Antonio Goicoechea, Vegas Latapié, Ansaldo, el marqués de Quintanar, Sainz Rodríguez, entre otros muchos, desarrollaron labores claves en una actividad conspirativa que prácticamente no tuvo solución de continuidad desde 1932.[76] Sus contactos con el extranjero fueron también frecuentes y se realizaron en ciertos casos en compañía de los carlistas.
El monarquismo alfonsino en su conjunto se encontraba aquejado de un problema de fondo como grupo representativo de una opinión política y de unos sectores sociales. El alfonsismo significaba, en principio, una adscripción liberal, pues ése era el significado de la monarquía borbónica en la edad contemporánea. Pero sus mentores habían derivado ahora hacia posiciones cercanas al fascismo, en connivencia con la extrema derecha más acrisolada. Era uno de los soportes de una publicación de esa orientación como era Acción española. Su crisis de representatividad era evidente y se acusó después del triunfo del Frente Popular en que aún giró más hacia la extrema derecha.
Por esta razón, ese movimiento político no hizo sino transferir al Ejército tal representación y apoyar incondicionalmente un golpe militar. Según alguna fuente, Calco Sotelo había apelado al Ejército incluso a través de octavillas por los cuarteles y en los cafés.[77] Por su parte, los carlistas siempre dijeron de este monarquismo que era un ejército sin tropa, un conjunto de ideólogos y plutócratas que no dirigían masa alguna. Su función en la conspiración se ajustó, pues, a esas características, pero su red de influencias y predicamento en el Ejército fueron muy importantes. En cualquier caso, el monarquismo de adscripción alfonsina, o Renovación Española, no estuvo ligado tampoco de manera directa como grupo a los proyectos de Mola.
La intervención directa de José Calvo Sotelo en los preparativos de la sublevación no podemos aquilatarla de manera exacta, aunque evidentemente sus posiciones eran un faro ideológico para todo el espíritu de la conspiración. La actuación de los monárquicos corporativistas tiene más importancia por los movimientos de sus personalidades, entre las que figuran bastantes pertenecientes a la nobleza, y por haber allegado, según Gil Robles, “cuantiosas aportaciones económicas, de las que se hizo depositario en el extranjero el conde de los Andes, residente en Biarritz, y en el interior del país al marqués de Arriluce de Ibarra”.[78]
Algunos autores han hablado de los contactos de los conspiradores con los nacionalistas vascos, como es el caso de Gil Robles o de Melchor Ferrer. La presencia de nacionalistas vascos en conspiraciones antirrepublicanas es documentable desde sus contactos con ciertos movimientos monárquicos en 1931, pero lo absolutamente cierto ahora es que el carlista Gaiztarro convocó en San Sebastián a los representantes locales de Renovación española, CEDA, Falange y Partido Nacionalista Vasco, en el mes de abril. En nombre de los nacionalistas se presentó el luego miembro del gobierno vasco y más tarde furibundo separatista abertzale Telesforo Monzón que, según se cuenta, dijo tener dispuestos hombres pero no con armas. Preguntado si el nacionalismo apoyaría una dictadura militar, Monzón respondió, de forma no muy terminante, que no les repugnaba la idea.[79]
Ahora bien, el carlista Melchor Ferrer afirma que “se hicieron gestiones para incorporar el movimiento por España a las juventudes nacionalistas vascos. Se llegó a un comienzo de entendimiento. Los políticos nacionalistas se interfirieron...” y no se llegó a ningún acuerdo.[80] Un escritor pronacionalista vasco, Juan de Iturralde, reproduce la versión del libro de Sierra Bustamante, para apoyar su propia tesis de que los nacionalistas sólo estaban dispuestos a colaborar en una “actuación defensiva de los católicos vascos frente a posibles desmanes izquierdistas”.[81] Todo parece indicar que los recelos mutuos y el oportunismo nacionalista impidieron llegar a acuerdo alguno, aunque los nacionalistas recibieron una reducida entrega de armas y dinero.
A la altura del 31 de mayo, Mola había hecho circular ya sus principales instrucciones militares para todas las divisiones orgánicas y las especiales para Navarra. Había respondido a la nota del general Sanjurjo, en la que éste se ofrecía a marchar a Navarra si se le requería para ello o Mola era destituido de su mando. El día 30 Mola enviaba a Estoril a un enlace, Raimundo García, Garcilaso, director del Diario de Navarra, antiguo corresponsal de guerra en Marruecos, amigo de Sanjurjo y diputado a Cortes.[82] Raimundo García, que había emprendido una importante campaña de opinión en Navarra desde su periódico, era portador de una nota de Mola a Sanjurjo en la que, según éste, el director le advertía que se encontraba muy vigilado, pero resuelto a levantar toda la región con el Ejército y con los núcleos carlistas. Que todo lo hacía por y para Sanjurjo, y que contaba con las guarniciones de Navarra, Vascongadas, Burgos y Logroño. Según el mismo Sanjurjo, pues, Mola reconocía la jefatura explícita del general exiliado.
Pero, ¿quién era este general Sanjurjo, aceptado sin discusión como la cabeza militar de cualquier insurrección? José Sanjurjo y Sacanell nació en Pamplona en marzo de 1872. Su padre murió un año después combatiendo como oficial en las filas del ejército carlista en la guerra que duró hasta 1876. Sanjurjo tenía una clara ascendencia familiar ligada al carlismo. Era carlista su padre, pero, también, su apellido materno, Sacanell, le hacía descendiente de un personaje importante en las disputas por la sucesión del trono de Fernando VII y luego en la corte del primer pretendiente carlista, Carlos María Isidro de Borbón (Carlos V) en los años treinta del siglo XIX.
Estudió en un colegio de huérfanos militares e ingresó, en 1890, en la Academia Militar de Toledo. Recién obtenido el despacho de segundo teniente de Infantería fue destinado a Cuba. Vuelto a la Península con el grado de capitán, recorrió diversas guarniciones hasta que, en el verano de 1909, se presentó voluntario para combatir en Melilla. En las sucesivas campañas marroquíes Sanjurjo se distinguiría como uno de los oficiales más capaces y populares del Ejército. Comandante por méritos de guerra en 1909, ingresó en las Tropas Regulares indígenas en 1914 y ese mismo año ascendió a teniente coronel por méritos de guerra y se le otorgó la Laureada de San Fernando. En 1918 ascendió a coronel y dos años después a genera de brigada. Tras una breve temporada como gobernador militar de Toledo, volvió a Marruecos, donde participó en las operaciones de Xauen y el Monte Gurugú y fue designado comandante de la zona de Melilla. Ascendió a general de división en 1923, fue gobernador militar de Zaragoza y en mayo del año siguiente regresó al Protectorado.
José Sanjurjo era, pues, la viva imagen, como lo era también Franco, del militar “africanista”, y no es menos significativo el hecho de que obtuviese el título nobiliario de marqués del Rif. En 1928 fe nombrado director general de la Guardia Civil, un puesto de notable responsabilidad e influencia habida cuenta de que, de hecho, la Guardia Civil era el cuerpo de carácter militar más aguerrido y disciplinado entre los españoles. Sanjurjo jugó como director de la Guardia Civil un importante papel en el triunfo republicano, al asegurar al entorno del rey Alfonso XIII que éste no podría contar con el Instituto armado y acatar la autoridad del gobierno provisional el 14 de abril de 1931. Pero afectado por los sucesos de Castilblanco y Arnedo, donde intervino la Guardia Civil con sangriento resultado, fue destinado por Azaña a la Dirección General de Carabineros (febrero de 1932).
Considerándose perjudicado, Sanjurjo evolucionó en sus convencimientos, entró en tramas conspirativas antirrepublicanas y aceptó participar en un levantamiento antigubernamental de carácter netamente monárquico, aunque no carlista.[83] El 10 de agosto de 1932 se sublevó en Sevilla, al tiempo que se intentaba la sublevación también en Madrid. Fracasado el pronunciamiento, fue condenado a muerte y, tras ser indultado por el presidente de la República, Alcalá Zamora, encarcelado en el penal de El Dueso (Santander). Acogido a la amnistía de 1934, se estableció en Portugal, concretamente en Cascais donde entró en contacto con diversas redes de los conspiradores del año 1936, especialmente con los carlistas y con Mola. Reconocido como líder natural de la sublevación y jefe de un futuro gobierno golpista, Sanjurjo se dispuso a volar hacia Pamplona el 20 de julio, pero la avioneta que debía conducirle desde Estoril, pilotada por un conocido monárquico, militar adscrito a la aviación, Juan Antonio Ansaldo, se estrelló apenas había despegado, según todos los indicios por sobrecarga del aparato.
El “director” y su obra
El mes de junio fue, por todos los conceptos, el momento determinante de la conspiración. Fue entonces cuando Mola estableció los más estrechos contactos con generales ganados últimamente para la conjura: Cabanellas, Kindelán, De Benito, Saliquet. Se entrevistaría de nuevo con Queipo de Llano, mientras Fanjul iría a Pamplona en ocasión de las fiestas de San Fermín, en los primeros días de julio.
Sin embargo, todas las fuentes coinciden, y las instrucciones de MOLA lo confirman, en que las asistencias encontradas en el Ejército eran muy desiguales y que el mecanismo organizativo de la conspiración tenía puntos débiles. Mientras la adhesión de Cabanellas era de una extrema importancia, por tratarse del único jefe de división orgánica -la Vª, Zaragoza- adherido que ponía al servicio de los conspiradores importantes recursos militares, los enlaces de Mola constatan el espíritu poco decidido que prevalecía en Andalucía, la falta de elementos en Madrid y la escasa decisión en Levante y Cataluña.
Según Bertrán Güell, la primera previsión para la sublevación diseñaba la convergencia sobre Madrid desde las guarniciones con la siguiente disposición:
"Las fuerzas de Aragón atacarían Madrid por Guadalajara; Navarra y Logroño por Somosierra; Burgos y Valladolid por el Alto del León y Navacerrada y Valencia por Tarancón. El mando concedía gran importancia a la rapidez con que las fuerzas pudieran atacar a Madrid, pues daban ya por seguro el fracaso en la capital, a causa de las escasas adhesiones que allí se tenían".[84]
En todo caso, en la primera mitad de junio se había establecido ya un organigrama de los mandos de la sublevación en las distintas regiones.[85] Goded iría desde Palma de Mallorca a Valencia; González Carrasco, a Barcelona; Queipo, a Valladolid; Villegas -después Fanjul- sublevaría Madrid; González de Lara, Burgos; Cabanellas continuaría en Zaragoza, y en Andalucía se sublevarían López Pinto y Varela, en Cádiz; Patxot, en Málaga, y el coronel Cascajo, en Córdoba. No se preveía nada en Sevilla, y en cuanto a Marruecos, la pieza clave sería Yagüe, pero el mando definitivo lo tomaría Franco. Un organigrama que cuando llegase el momento de la acción experimentaría algunas variaciones importantes.
Gracias a un informe del general García y Gómez Caminero, Inspector general del Ejército, el gobierno comenzó a tener evidencia de las actividades de Mola a mediados de mayo, y decidió enviar una inspección policíaca a Pamplona dirigida por el propio Director General de Seguridad, José Alonso Mallol. Mallol llegó a Pamplona el 3 de junio y efectuó la inspección el día 4. La ineficacia de este funcionario era, con seguridad, clamorosa, y la desidia o connivencia de sus servicios evidente. De hecho, Mola -cuyas relaciones con la policía se habían forjado desde ese mismo puesto de la Dirección General en 1930- había sido advertido de la inspección por un policía de Madrid, antiguo colaborador suyo, Santiago Martín Báguenas, y Mallol no pudo comprobar ninguna anormalidad.
El hecho es, por tanto, significativo por muchos conceptos, casi todos negativos, para juzgar de la eficacia del gobierno y especialmente de su presidente y su ministro de la Gobernación. Pero es que, además, el resultado negativo de esta inspección contribuyó a afianzar una falsa impresión en el gobierno sobre el verdadero cerebro de la conspiración. Cuando, días más tarde, a mediados de mes, el alcalde nacionalista de Estella, Fortunato Aguirre, denunciara a Madrid reuniones de Mola con militares en el monasterio e Irache e intentara tomar precauciones, fue tajantemente desautorizado. El mismo día en que Alonso Mallol efectuaba su inspección, Mola se entrevistaba fuera de Pamplona con el dirigente carlista alavés, activo conspirador por sus propios medios, José Luis Oriol, que no sólo le ofrecería su fortuna personal, sino también el apoyo de los requetés alaveses, sin contar con la alta dirección carlista.[86]
El día 5 de junio firmaba Mola otro documento político de gran interés, que es, además, el único que expone un programa de los objetivos de la sublevación. Establecía en él Mola que, triunfante el movimiento nacional (sic), se establecería un directorio integrado por un presidente y cuatro vocales militares que se ocuparían de Guerra, Marina, Gobernación y Comunicaciones. Tal directorio “ejercerá el poder con toda su amplitud” y gobernaría mediante decretos-leyes que “serán refrendados en su día por el Parlamento constituyente, en la forma que oportunamente se determine”. Al frente de los demás ministerios figurarían consejeros técnicos.
Enumeraba luego Mola una relación de los dieciocho primeros decretos-leyes que el directorio emitiría. El interés de esa relación es obvio. Había unos de carácter político: eliminación -suspensión, dice- de la Constitución y de todo el régimen republicano y asunción por el directorio de todo el poder, salvo el judicial. Pero la Dictadura podría imponer “sanciones de carácter dictatorial” sin intervención de los tribunales de justicia. Mola define ese poder como Dictadura Republicana y habla, asimismo, de un “nuevo sistema orgánico del Estado”. Se exigirían responsabilidades a los gobernantes y se disolverían “todas las sectas y organizaciones políticas que reciben su inspiración del extranjero”.
Venían luego las disposiciones de carácter económico y social: plan de obras públicas y riegos, subsidio de paro, saneamiento de la Hacienda, ordenación de la industria de guerra. Y, además: separación de la Iglesia y el Estado y libertad de cultos, extinción del analfabetismo, reducción del problema agrario mediante comisiones regionales que fomentarían la pequeña propiedad y la explotación colectiva donde ello fuera posible, creación de un carné electoral y restablecimiento de la pena de muerte para delitos de sangre. El párrafo final del documento no era de menor interés. Se decía que el directorio se comprometería a “no cambiar en su gestión el régimen republicano”, a mantener las reivindicaciones obreras legalmente logradas, reforzar el principio de autoridad, crear milicias nacionales y crear, en definitiva, un Estado fuerte y disciplinado.
Parece ocioso insistir en que este documento es crucial para comprender el sentido del proyecto de Mola, cuyo grado de aceptación por el conjunto de los conspiradores, sin embargo, desconocemos. Lo que sí parece claro es que se trataba de una clara contrapropuesta a las presiones carlistas -y los carlistas podían presionar en función del fundamental apoyo que podían prestar al alzamiento en Navarra- a favor de una Regencia y una orientación monárquica del levantamiento. Era, en suma, un documento tan terminante como completo e, incluso, contradictorio en algunos aspectos. Destruía y pretendía conservar, al mismo tiempo, el régimen republicano. Y, además, hablaba de un nuevo sistema orgánico del Estado. Junto a medidas económicas que eran meros tópicos al uso, hablaba de reforma agraria y de mantener las reivindicaciones obreras. El documento negaba, pues, implícitamente toda posibilidad de restauración monárquica inmediata y remitía el asunto a un Parlamento constituyente.
No resulta dudoso que este manifiesto refleja muy bien su génesis como producto de una decisión militar pero, tal vez, con intervención de civiles, como denunciaría el dirigente carlista Fal Conde, que consideraba responsables de ese documento “que Quintana (Mola) había convenido con otros compañeros...” a Cabanellas, Miguel Maura y, posiblemente, Gil Robles. Mola negaría luego, en nota a Fal Conde, esas intervenciones.[87]
El documento de 5 de junio es, pues, de un valor excepcional para calibrar exactamente la trastienda política de la conspiración, al menos a la altura de junio de 1936. No era una sublevación monárquica, tenía inspiraciones fascistas, rechazaba el integrismo católico y presentaba ciertos pujos regeneracionistas. Era, en último análisis, un completo galimatías propio de la mentalidad típica del Ejército en los años veinte y treinta, con ciertas concepciones, tal vez debidas a políticos de la derecha autoritaria pero no militarista. El modelo o arquetipo final de todo este asunto, ya lo hemos dicho, hay que verlo en el mimetismo de las sumarias ideas, pero el pleno instinto de conservación del orden oligárquico, que mostró la dictadura de Primo de Rivera trece años antes. En el documento cabía toda la oligarquía española creada por la Restauración, con el Ejército como supremo árbitro y garantía del orden. Pero no se contaba con la Iglesia.
Desde primeros de junio, Mola habría de afrontar problemas en dos frentes: uno, el militar, donde las dificultades estaban ya previstas; otro, el político, donde la actitud de la dirección suprema de la Comunión Tradicionalista y, sobre todo, de su máximo dirigente político, Manuel Fal Conde, plantearía a Mola serios problemas tácticos, no políticos, puesto que el general consideraba imprescindible la participación en la sublevación en el norte y, en concreto, en Navarra, de las milicias carlistas. La cuestión es que Fal Conde ponía como condición para esa participación la conclusión de un verdadero acuerdo político al que Mola no estaba dispuesto a acceder. Él quería voluntarios para sumar al Ejército regular, pero en modo alguno un compromiso político-ideológico. Durante un breve período mostraría también sus reticencias políticas el jefe de Falange, José Antonio Primo de Rivera.
Entretanto, la red de enlaces militares de Mola funcionaba con indudable eficacia. En ella figuraban, dependiendo estrechamente del director, los comandantes Esparza y Fernández Cordón, los capitanes Barrera, Lastra, Lorduy y otros. Esta red se apoyaba en la creada en Madrid, en torno a la UME, donde desempeñaban un fundamental papel los tenientes coroneles Valentín Galarza, al que por algo acabó llamándosele precisamente “el técnico” y Álvarez Rementería, y desde aquí se completaba el contacto con las guarniciones de Marruecos y con Franco.
A su vez, esta red se doblaba con la de los agentes civiles, pertenecientes a diversos grupos políticos, y con los contactos que esos grupos establecen por su cuenta con mandos militares a escala regional, provincial o local. Así pueden señalarse las diversas actuaciones de hombres como Raimundo García Garcilaso, Bartolomé Félix Maiz, los falangistas Hedilla, Garcerán, Andino, Conde de Mayalde, Fernando Primo de Rivera, los carlistas Lizarza, Zamanillo, González de Gregorio, los monárquicos Vegas Latapié, Luca de Tena, Sangróniz, entre otros muchos.
Ahora bien, otro asunto importante que permanece en bastante oscuridad, en medio de las discrepancias de los diversos testimonios, es el momento preciso en el que Mola pensaba en este tiempo para lanzar la sublevación. Lo que sabemos bien es que, fuese cual fuese la fecha inicial fijada, ésta sufrió varios y sucesivos aplazamientos que tuvieron su origen tanto en dificultades de organización militar como en la falta de entendimiento político.
En efecto, para primeros de julio se había elaborado ya una nueva combinación de los mandos supremos de la sublevación en las distintas regiones que alteraba la existente semanas antes. Gil Robles achaca el cambio de plan a la intervención de los generales Ponte, Saliquet, Fanjul, Villegas y González Carrasco, en una reunión entre ellos el 23 de junio.[88] Fue entonces cuando Queipo de Llano quedaría encargado de Andalucía y Saliquet de Valladolid. Franco sublevaría Marruecos, si bien seguía en pie la incógnita que se desprendía de su actitud cautelosa.[89] También era un problema el destino definitivo del general Goded. El asunto era problemático porque la guarnición catalana y barcelonesa, alentada por la UME, se oponía a que González Carrasco dirigiera el golpe en Barcelona. Allí hubo de ser destinado Goded, mientras a Valencia se enviaba a un humillado González Carrasco con el resultado de su absoluta ineficacia. También se discutía la jefatura en Madrid.
El problema fundamental, y el más persistente, para Mola fue el derivado de sus negociaciones con los carlistas. Tras su relación con Sanjurjo, no quedaba sino el enlace directo entre el general director y el jefe delegado de la Comunión Tradicionalista. Ese enlace, a pesar de lo dicho y repetido en numerosas obras, tuvo lugar, por vez primera, el 15 de junio, en la conocida entrevista del monasterio de Irache.[90] Mola conocía previamente un documento presentado por los carlistas, a través de emisario, que en ocho puntos desarrollaba los objetivos del carlismo. Proponían los carlistas la derogación de la Constitución, la disolución de todos los grupos políticos, “incluso los que hayan cooperado”. Proponían la instauración de una Dictadura pero sólo “de duración temporal... hasta llegar a unas elecciones”. En cualquier caso, insistían, el directorio se compondría de “un militar y dos consejeros civiles designados previamente por la Comunión Tradicionalista”. Se aceptaban los ministros técnicos y se hacía, por último, la importante declaración de que se da por supuesto que el movimiento será con la bandera bicolor. Mola respondió haciendo conocer a Fal Conde la nota de 5 de junio, la llamada El Directorio y su obra inicial.
Las dificultades y el acuerdo final
La nota carlista era de una claridad meridiana y sus posiciones tan lejanas de las de Mola que ello marcaría el curso de las negociaciones hasta el final. Como ya hemos expuesto, el carlismo tenía una idea muy clara de lo que pretendía. Rechazaba el nuevo golpe de Estado y una Dictadura indefinida y de carácter exclusivamente militar. Fal Conde nunca propuso a Mola la instauración de la Monarquía directamente y por escrito, y menos de la Monarquía “tradicional”. Pero el asunto de la bandera era suficientemente explícito. La dictadura era concebida como una fase transitoria, los consejeros civiles tenían un papel bien claro[91] y el carlismo creyó contar siempre con la baza de Sanjurjo como jefe supremo de la rebelión.
Aunque las veleidades políticas del “simplote” Sanjurjo eran conocidas y temidas por la dirección carlista, él era la única garantía de una instauración monárquica en sentido carlista.[92] Todos los documentos de Fal Conde muestran claramente que el carlismo no estaba dispuesto a colaborar en un golpe que no significara la eliminación radical de la República, “el régimen político imperante”, de forma que por algún camino pudiera éste “asegurar un mínimum de bienes materiales con renuncias definitivas a bienes más altos”. Se rechazaba de plano, pues, la idea de una Dictadura republicana. Para Fal Conde lo que los militares tramaban no eran más que “disparates republicanos”.[93]
Comprobada la falta de acuerdo entre Mola y la dirección carlista, cada uno de estos dos proyectos siguió, por el momento, su propio camino. Los carlistas, que según los dirigentes navarros podían ofrecer a Mola hasta ocho mil hombres en Navarra, siguieron con sus planes autónomos de sublevación, intentando acopios de armas, en contacto con Sanjurjo y perfeccionando su propia organización. Mola emitió nuevas instrucciones: sobre aviación, marina, actuación en Marruecos; respectivamente fechadas el 20 y 24 de junio. Que el progreso era lento y difícil lo prueba el hecho de que el 20 de junio escribiera: “Ha de advertirse a los tímidos y vacilantes que aquel que no está con nosotros, está contra nosotros, y que como enemigo será tratado”. A la vista de esas dificultades, Mola hubo de abandonar su idea de que la sublevación tuviera lugar en la última decena de junio y, más aún, hubo de emitir un nuevo documento, el 1 de julio, el último de los suyos antes de sublevarse, de gran significación.
La otra fuerza orgánicamente conspirativa, Falange Española, atravesó también dificultades internas y de enlace con la conspiración general, como muestra la circular de su jefe desde la prisión de Alicante el 24 de junio. El hecho de que su jefe estuviera preso da a la intervención falangista un carácter peculiar. El 4 de mayo, en su Carta a los militares de España, Primo de Rivera incitaba a los militares a la rebelión y su texto tuvo una gran acogida, como se deduce de ciertos testimonios.[94] La confianza en la acción militar debió irse debilitando en el jefe fascista que, sobre todo otro género de dificultades, tenía la de carecer de buena información. En la cárcel recibió correspondencia y fue visitado por muy diversas personas, pero parece claro que no podía captar enteramente el carácter global de lo que se tramaba. Así, en la citada circular habla de “más o menos confusos movimientos subversivos”. Por ello llamaba la atención a sus propios militantes sobre la necesidad de no dejarse arrastrar. Procurando halagar al Ejército decía, no obstante, que “la formación política de los militares suele estar llena de la más noble ingenuidad” y emitía luego más juicios críticos. Primo de Rivera se negaba también a que la Falange fuera instrumentada a favor de uno de esos movimientos subversivos a los que se refería, porque ello “arrastraría su total desaparición, aun en caso de triunfo”. En consecuencia, establecía en cuatro puntos normas de actuación para los cuadros del partido y ordenaba no comprometerse a nada sin orden expresa de la jefatura central y amenaza de expulsión a todos cuantos contravinieran esta orden.[95]
Cinco días después, el 29 de junio, una nueva circular matizaba y contradecía en parte la anterior, hasta el punto de que ciertos autores han expuesto sospechas sobre la autenticidad,[96] o han achacado el cambio a mejores informaciones o a la visita a la cárcel del conde de Rodezno. Decía Primo de Rivera que se admitiría el pacto con el jefe superior militar en cada territorio o provincia; que Falange aportaría sus milicias con sus propios mandos naturales, y, lo que era más importante, que ello se haría con la promesa militar de que el mando no sería entregado a personas civiles hasta al menos tres días después del triunfo. ¿Conocía algo Primo de Rivera del pensamiento de personas como Gil Robles? ¿Es por ello que Gil Robles sospecha de la autenticidad de esta circular?.
El 1 de julio emitía Mola su Informe Reservado, en el que reconocía que “el entusiasmo por la causa no ha llegado todavía al grado de exaltación necesario”.[97] Se refería luego a las dificultades para llegar a un acuerdo con los carlistas -a los que llama “una fuerza nacional indispensable para la acción en ciertas provincias”-y Mola les acusaba claramente de que “la colaboración es ofrecida a cambio de concesiones inadmisibles”. No se podía, dice, “hipotecar el porvenir del nuevo Estado”. En cuanto a Falange, se limitaba a señalar que las “oficiosidades de ciertos elementos” habían obligado a su director (Primo de Rivera) a dar la orden de que se entendieran “con quien deben entenderse” y que por entonces la inteligencia era ya absoluta. Falange había acabado aceptando las condiciones de Mola. En ese momento, pues, el problema central de Mola era la incorporación de los requetés, o milicias carlistas, cuando ya tenía decidido que la sublevación fuera en la primera decena de julio. Por eso la reanudación de las conversaciones con los carlistas era esencial.
En la última decena de junio habían ocurrido algunos acontecimientos que afectaban al plan carlista. No se conseguía el embarque definitivo hacia Portugal de las armas compradas en Bélgica, Sanjurjo era del último que llega,[98] había preocupación por Marruecos, donde, al parecer, la dirección de Sanjurjo era rechazada, y en esas condiciones Fal Conde aceptó una nueva entrevista con Mola que había gestionado Antonio Lizarza. Fal no pudo a última hora asistir a ella y en su nombre se presentó José Luis Zamanillo en la localidad de Echauri. La entrevista no sirvió para reiterar las posiciones anteriores y de nuevo no hubo acuerdo. Los acontecimientos iban entonces a precipitarse.
Fal Conde envió a Sanjurjo copia puntual de los documentos cruzados entre Mola y los carlistas. Pero entre el 2 y el 9 de julio se intercambiaron igualmente entre Mola y Fal Conde una serie de notas de creciente dureza que culminaron en la de ruptura definitiva de las negociaciones en decisión del primero que envió una nota en ese sentido el día 9. Allí decía Mola algo, entre otras cosas, de gran interés y sin el menor disimulo: “Recurrimos a ustedes porque contamos únicamente en los cuarteles con hombres uniformados, que no pueden llamarse soldados. De haberlos tenido nos habríamos desenvuelto solos”.[99] Era la hora de las verdades dichas con mal humor...
Tal era, pues, la idea que se hacía Mola del frente cívico-militar sobre el que, según ha pretendido La Cierva hace tiempo, se apoyaba la sublevación. Entonces fue cuando en el entorno de Mola se produjo un movimiento que pretendía, ya que no se había podido convencer al carlismo, ni aislarle -que, tal vez, era lo que pretendió desde siempre Gil Robles-, dividirle. En efecto, ése es el sentido claro que tiene la propuesta que haría Raimundo García Garcilaso al conde de Rodezno, personaje de gran fuerza caciquil en Navarra y de bastante influencia en el carlismo del que era uno de los dirigentes históricos.
En entrevista con Mola, el mismo día 9 de julio, Rodezno recomendó al general que se entendiera directamente con la Junta Regional Carlista de Navarra, prescindiendo de la dirección nacional. Así lo hizo Mola, a través de intermediarios, y la Junta navarra se presentó en San Juan de Luz el día 12 de julio a entrevistarse con don Javier de Borbón-Parma y Fal Conde.
Pero antes de que ello ocurriera, Antonio Lizarza había regresado de Estoril, adonde había sido enviado por Fal Conde para dar cuenta a Sanjurjo de la ruptura de las negociaciones con Mola. Lizarza trajo consigo la célebre y conocida carta del general exiliado dirigida a Mola y con copia para Fal, en la que se presentaba como árbitro de las diferencias. Fechada el día 9 de julio, Mola la recibiría el 11. Esta carta expresaba la quintaesencia del pensamiento de Sanjurjo.[100]
Empezaba banalizando el tema de la bandera afirmando que no era más que “cosa sentimental y simbólica”, cuando en realidad esta disputa significaba monarquía frente a república. Sanjurjo proponía que el asunto se discutiese posteriormente, como ya había propuesto Mola antes. Comprendía Sanjurjo la posición de Mola pretendiendo no enajenarse ninguna adhesión por ese asunto, pero añadía que eso no quería decir que “todos los adheridos tengan el derecho de hacer cambiar la opinión de la mayoría de nosotros”, pues es bien sabido que a algunos de ellos, dice, se les ha llamado simplemente “por presentar al Ejército más unido”.
Se crearía, continuaba Sanjurjo, un gobierno “puramente apolítico”, de militares, asesorado por un consejo de “hombres eminentes”. Se revisaría todo lo legislado en materia religiosa y social hasta el día. Deberían cesar las actividades de los partidos políticos. Y, en definitiva, habría que ir a la estructuración del país “desechando el sistema liberal y parlamentario” adoptando las normas de algunos países “para ellos modernas, pero seculares en nuestra patria”, lo que era una clara alusión a los regímenes fascistas. El Gabinete militar duraría hasta “encauzar al país por las normas indicadas”. Lo que este texto representa como precedente de las orientaciones políticas que los sublevados darían a su acción prácticamente no necesita ninguna explicación. La mentalidad de los militares africanistas queda aquí meridianamente reflejada.
Tan políticamente sesgado debió parecerle a Mola el escrito de Sanjurjo que empezó rechazándolo por no creerlo auténtico, o, al menos, eso dijo. Pero Fal comprendió rápidamente su importancia. Cuando los emisarios de los carlistas navarros se presentaron ante Fal Conde el día 12 de julio -los hermanos Baleztena, José Luis Arellano, Martínez Berasain, Sagüés y Arraiza- éste pensó que toda su obra podía quedar hundida. Los navarros querían simplemente incorporarse a la sublevación sin más dilaciones ni condiciones, a salvo de una única: la de asegurar el predominio político carlista en Navarra. Fal y Javier de Borbón-Parma les advirtieron que para ello era preciso el permiso del pretendiente don Alfonso Carlos, que estaba por entonces en Viena. Sólo se les concedió un permiso condicionado a lo que dijera después el jefe dinástico.
Éste, sin embargo, respondió apoyando la posición de Fal de exigir condiciones precisas a Mola. Hubo una segunda reunión con los navarros, en cuyo transcurso Antonio Lizarza se presentó con la precisión de que cuando supo que la Junta Nacional había llegado a un acuerdo con Mola, él, como jefe regional del Requeté, había dicho que éste no se sumaría. Entonces, Lizarza procedió además a forzar presión sobre Mola de los militares de su entorno para que aceptara los términos políticos de la carta de Sanjurjo.
Al parecer, según Lizarza, Mola habría aceptado. Esto se conocía en San Juan de Luz la noche del 14 de julio. El carlismo se encontraba en este momento, como diría Fal Conde, “dividido de manera gravísima en la misma provincia”. Todo ello cuando la sublevación tenía fijada la fecha del 17 para su comienzo en África, después de que la fecha del 14 sufriera una precipitada contraorden.[101] Pero un suceso excepcional vino a poner fin a este cúmulo de negociaciones y dificultades: ese mismo día se había conocido también el asesinato de José Calvo Sotelo.
En estas condiciones fueron los dirigentes carlistas los que se adelantaron a enviar una nota a Mola, presionados por su misma división, por la nueva circunstancia del asesinato de Calvo Sotelo y por la inminencia del comienzo de la sublevación. Esta trascendental nota decía que el carlismo se sumaba al movimiento militar “supuesto que el excelentísimo señor general director acepta como programa de gobierno el que en líneas generales se contiene en la carta dirigida al mismo por el excelentísimo señor general Sanjurjo, de fecha 9 último”. Por tanto, este texto es anterior al compromiso de Mola de ajustarse a las directrices de Sanjurjo, contrariamente a lo que expusieron en plena guerra civil ciertos hagiógrafos carlistas. El compromiso efectivo de Mola de ceñirse a lo expuesto por Sanjurjo llegó a manos carlistas en la madrugada del 15 al 16 de julio.[102] En definitiva, fueron los carlistas los que se adelantaron con una propuesta de solución al pleito, y tal solución significaba simplemente el aplazamiento de una auténtica decisión política que se dejaba en manos de Sanjurjo. Acto seguido, la alta dirección carlista dio orden de movilización para que el Requeté se sumara al alzamiento militar.
Mientras tanto, Falange, por intermedio de Rafael Garcerán, había puesto también a Mola un plazo para ordenar la sublevación manifestando que, en caso contrario, se sublevaría ella sola.[103] Si bien los problemas políticos atenazaban al director, no cabe duda de que el aparato militar había avanzado en su preparación y que en estas primeras semanas de julio estaba ya claro que la señal del alzamiento y la iniciativa militar fundamental habían de venir de Marruecos. Mola había perfeccionado su red de enlaces con Yagüe, pero, además, las maniobras militares celebradas en Ketama, el Llano Amarillo, habían servido, según vimos en su momento, para sellar las connivencias de los jefes oficiales comprometidos. El 12 de julio, las cosas estaban dispuestas para la sublevación en el Protectorado. Es entonces cuando, según la versión última de Serrano Suñer,[104] las dudas de Franco le llevan a comunicar que se aparta de la sublevación. Al conocer Mola la noticia de la defección de Franco, se dispuso a introducir algunas modificaciones, como la de enviar a Sanjurjo a África.
En definitiva, el asesinato de Calvo Sotelo no fue ni mucho menos el origen del alzamiento, una idea que llegó incluso a ser enseñada en las escuelas primarias de la España de la inmediata posguerra, pero lo fundamental es que sirvió para despejar algunas incógnitas y acelerar decisiones. Como hoy es bien sabido, no fue determinante de ningún aspecto clave de los planes de sublevación. Lo cierto es que la presión del hecho influyó, como hemos visto, en la decisión carlista y propició también la rectificación de Franco, aunque los testimonios sobre todo este asunto de la decisión final de Franco nunca han estado enteramente claros ni él mismo contribuyó a clarificarlos.[105]
Sólo el jueves 16 de julio de 1936 puede decirse que todas las piezas del entramado estaban en su sitio. Franco y su entorno y apoyos habían dispuesto ya los medios -como sabemos, el avión Dragon Rapide para marchar de Canarias a Marruecos- desde días antes. El diplomático Sangróniz le llevó las últimas noticias sobre la marcha de la sublevación antes de llegar a Marruecos. Hasta el día 15 no había recibido el teniente coronel Valentín Galarza, en Madrid, las órdenes definitivas para los levantamientos en las diversas guarniciones. En general, en la Península el día previsto era el sábado 18. En Marruecos se produjo la primera sublevación en la tarde anterior, la del viernes día 17. En Navarra, punto clave, la gran concentración para tomar las armas se produjo en la Plaza del Castillo el 19, domingo.
¿Trama militar, trama civil?
Una de las notas de la conspiración que se han prestado a tergiversaciones interesadas, por parte de los sublevados y sus corifeos sobre todo, es el papel respectivo jugado en todo el proceso por el aparato militar y sus apoyos civiles o, lo que es lo mismo, si existió una perfecta ligazón y equilibrio entre acciones militares y civiles en el movimiento de la sublevación o la dirección correspondió netamente a uno de esos estamentos. La verdad de esa relación, sin embargo, apenas ofrece dudas. La sublevación fue una iniciativa y un movimiento militar que, no obstante, como siempre ocurre, contó con apoyos, connivencias e incitaciones procedentes del mundo civil, y no sólo de sus instancias políticas.
Ya hemos visto la manera en que Mola definía en varios momentos de la conspiración el papel de los civiles. En sus instrucciones establece que los civiles sólo debían conocer su organización particular en cada provincia. Mola, antiguo policía y desconfiado permanente de la política, no confiaba en forma alguna, ni los necesitaba más allá de lo que confiesa a Fal Conde, en los políticos. No obstante, hay quienes han hablado de un movimiento “cívico-militar”. Así le llamaba, por ejemplo, la carta colectiva del episcopado en 1937.
No hay ninguna evidencia histórica seria que apoye la tesis de que la conspiración y la sublevación subsiguiente se apoyaron en la existencia de un pretendido frente cívico-militar que concediera al proceso una dimensión popular antes de su conversión en guerra civil. No obstante, es claro que no pocos de los conspiradores debían creer en ese frente o comunidad conspiradora, por cuanto hablarán de “un movimiento cívico-militar” añadiendo, eso sí, “de estructura fascista”.[106] Por tanto, quienes han recogido esa idea modernamente no parecen sino seguir la propia impresión de los conspiradores para sublevarse.[107]
Es cierto que en la conspiración participaron, naturalmente, civiles. Grupos políticos como la Comunión Tradicionalista y Falange Española participaron en ella orgánicamente. Otros grupos y dirigentes políticos, como Gil Robles o Calvo Sotelo, principalmente, elementos de la CEDA y de Renovación Española, por ejemplo, conocieron el hecho, lo aprobaron y apoyaron. E incluso podría aceptarse la versión de Gil Robles de que Mola pensó enmarcar en el esquema militar algunas fuerzas políticas, porque no veía suficiente ambiente proclive al alzamiento en los medios militares.[108] En efecto, a primera Instrucción Reservada del general Mola a los conspiradores, de 25 de abril, hablaba de crear dos organizaciones, una civil y otra militar. Pero no es menos cierto que la organización civil nunca existió como tal, reduciéndose a concretos apoyos civiles en determinadas tareas y todo se resolvió en contacto con diversos grupos políticos de manera independiente.
Javier Ugarte ha insistido en la presencia de las masas en el alzamiento y la movilización de civiles en su apoyo.[109] No puede negarse que en la movilización antirrepublicana de ciertos sectores del país hubiera, junto a ella, una incidencia del proyecto militar. Los militares fueron la clave y crearon un círculo dirigente autónomo. Pero no podemos olvidar que hubo apoyos civiles y, lo que es más clara, incitaciones a la rebelión que procedían del falangismo, del carlismo y de los monárquicos parafascistas, al menos. Todo esto es cierto. Cuando menos había un intento serio de sublevación por parte del carlismo.
No puede dejar tampoco de considerarse la aportación económica que grupos como Renovación Española y la CEDA hicieron al proyecto. Pese a todo ello, la conspiración se desarrolló sin que se depositara responsabilidad decisoria en personajes civiles. Ni siquiera puede mantenerse que la campaña de acoso y denuncia al gobierno del Frente Popular llevada a cabo en el Parlamento por dirigentes como Calvo Sotelo y Gil Robles, de nuevo, en razón del “desorden público” imperante, del crecimiento de la violencia y la falta de respuesta del gobierno en la primavera de 1936 fuese una acción concertada con la marcha misma de la conspiración. La conspiración civil, pues, acabó aceptando su papel auxiliar de la militar.
Ningún grupo, aunque lo intentase, como la Comunión Tradicionalista, consiguió poner a las fuerzas armadas al servicio instrumental de un proyecto de derribo de la República. El único punto de referencia política en que los partidarios de la sublevación pudieron establecer un acuerdo fue en la necesidad de derribar al gobierno y de establecer un fuerte poder de excepción, desempeñado, desde luego, por militares, sin plantearse de forma clara -como ocurre históricamente en este tipo de procesos- una salida posterior a esa situación. De ahí se derivaban dos corolarios inmediatos: la dificultad de los militares para organizar un movimiento conspirativo coherente, bien dirigido y con un proyecto de insurrección tácticamente viable, y, en segundo lugar, y una vez que esa primera dificultad pareció superada al hacer cargo de la dirección el general Mola, la reiterada negativa de éste a poner la capacidad insurreccional del Ejército al servicio de un proyecto político definido distinto a una dictadura militar.
Son interesantes, en todo caso, las observaciones de J. Ugarte en las que a propósito del apoyo decidido a la conspiración por parte de ciertos personajes de Navarra, arquetípicamente el caso de Raimundo García, dice que “existen indicios más que suficientes para asegurar que existía, contra lo que mantiene el paradigma clásico, todo un entramado civil girando de forma muy activa en torno a la sublevación. Y, como parte de él, una clase media de signo conservador”.[110] La afirmación parece absolutamente acertada. Y, como señala el propio Ugarte, no se trata tanto de masas civiles de militantes de partidos, de gentes encuadradas, sino una cierta “clase neutra” más bien pasiva pero influida de ese “espíritu de los años treinta” profundamente escéptico respecto a la democracia, con miedo por los acontecimientos que se aceleran en el año 1936, y dispuesta, sin empacho alguno a cambiar aquélla por un régimen de caudillaje, poder autoritario y contención de todo cambio social.
La afirmación nos parece absolutamente pertinente y esclarecedora. No contradice en absoluto la realidad también palpable de que una cosa era este apoyo deseado y otra la participación efectiva de civiles en el aparato conspirador, que fue amplia pero siempre dirigida y controlada. El hecho de que esa “burguesía neutra” española experimentase una patente fragmentación explica su presencia en ambos bandos de la contienda -una cuestión en la que nos detendremos más adelante- y el origen de ello es indudablemente el temor a un cambio visible del orden social. Esas masas fueron un apoyo de gran importancia y contribuyeron notablemente a nutrir las masas combatientes. Pero no debe olvidarse que, con la excepción quizás de Navarra, de donde Ugarte toma su evidencia, esas masas neutras temerosas tuvieron poco o nada que ver en la idea y el origen de la conspiración.
Esta conspiración, cuya dirección se reservaban los militares, no dejaba de tener, en cualquier caso, puntos poco claros en su propia trama y origen. Uno de ellos eran las conocidas reticencias de Franco a la participación hasta muy pocas fechas antes de decidirse el momento preciso de la sublevación. ¿A qué se debían las reticencias de Franco cuando su contribución como hombre clave en Marruecos se consideraba poco menos que insustituible?. Por supuesto, las propias palabras suyas, o sus escuetos escritos, nunca han tratado este asunto.[111] ¿Recelos ante el mando de la conspiración, prudencia, planes paralelos...?. Franco no sólo se decidió tarde, montando su propio circuito -el que le facilitó los medios para desplazarse de Canarias a Marruecos, financiado por las fuerzas monárquicas o su constante relación personal con la UME a través de Valentón Galarza, por ejemplo- sino que el 23 de junio escribía una críptica carta al jefe del gobierno en la que decía que el Ejército se veía presionado por las sospechas sobre su lealtad, que se procedía injustamente sobre sus mandos. Franco negaba la existencia de cualquier conspiración militar y ofrecía colaboración para el mantenimiento de la estabilidad del régimen en su ya citada carta al presidente del gobierno del mes de junio. ¿Cortina de humo, doblez, cinismo, globo sonda enviado al gobierno...?. Gil Robles reconoce en sus memorias que no comprende el significado de tal carta y duda si Franco no buscaría un puesto de mayor responsabilidad en la República.
El caso es que la carta no obtuvo respuesta y que, de creer a G. Cabanellas, fue a la vista de ello cuando el general decidió sumarse plenamente a la conspiración. A la vista de sus reticencias sería cuando Sanjurjo llegase a exclamar que “con Franquito o sin Franquito, el movimiento se hará...”.[112] Un asunto más es el hecho, conocido por diversas fuentes, de que la seguridad de los militares en su triunfo no parecía ser tampoco muy sólida por cuanto los cabecillas se aseguraron la posibilidad de una retirada segura en caso de fracaso. Según Cabanellas, Franco, Mola y Sanjurjo habían recibido garantías financieras de Juan March de asegurarles un retiro extranjero bien pagado a ellos y sus familias. Garriga, en su biografía de March, confirma el asunto pero restringe las garantías dadas a la persona de Mola y cita las referencias al caso de R. de la Cierva en las que éste adjudica a Tomás Peire, hombre de confianza de March, las noticias sobre estas actividades.[113]
Queda, en fin, por comentar un asunto también espinoso, controvertido y sobre el que las fuentes disponibles dejan un poso de incógnitas. ¿Fue conocida la conspiración en medios extranjeros, buscaron, y consiguieron los conspiradores apoyos, financiación e influencias exteriores?. Es difícil dar una respuesta categórica a estas preguntas, pues siempre cabe la aparición de evidencias hoy no conocidas, máxime si se tiene en cuenta que la investigación continúa. Ahora bien, en el estado actual de nuestros conocimientos, parece claro que de existir alguna de esas connivencias, la ayuda externa no jugó un papel relevante en el curso de la preparación del alzamiento, ni en ayudas materiales ni en apoyos políticos o ideológicos.
Por supuesto que conspiraciones anteriores y proyectos como los monárquicos de 1934 para acabar con la República contaron con ayudas que llegaron a materializarse incluso con el apoyo explícito de Mussolini y el régimen fascista italiano sellado en un pacto escrito.[114] Pero la conspiración de 1936 tenía una dirección, unos protagonistas y, en principio, unos objetivos, distintos. Ángel Viñas se ha preguntado si la contienda civil española fue el resultado inesperado, si bien inevitable, de un golpe militar fallido como tal, pero cuya preparación se había efectuado en el marco de una conspiración apoyada desde el exterior.[115] Y en este caso, continúa Viñas, ¿cuáles eran las conexiones con que contaban los conspiradores con la Alemania de Hitler?.
Viñas ha mostrado, con indiscutible autoridad, que “en contra de la amplia creencia extendida en la literatura (sobre todo de origen comunista y anarquista) la Alemania de Hitler no estuvo comprometida con la conspiración del 18 de julio”.[116] Sin embargo, desde el lado de Mola se hicieron esfuerzos para obtener apoyos alemanes en forma de material de guerra que no dieron resultado. “Sólo el viaje del general Sanjurjo a Berlín está conectado directamente con los preparativos del alzamiento militar”.[117] Ahora bien, ese viaje se efectuó en el mes de febrero de 1936 cuando la conspiración no estaba aún formalizada. Puede que intentase la compra de armas pero no consta que consiguiese su objetivo. Sanjurjo había tenido contactos bastante anteriores con interlocutores alemanes ya en la época de la guerra del Rif.
El viaje en cuestión se hizo en compañía de un personaje llamado también a tener una gran intervención en los acontecimientos posteriores, el teniente coronel Juan Beigbéder Atienza, perfecto conocedor de la lengua del país y que había desempeñado misiones diplomáticas allí. Pero si ello es así y siendo la fecha tan temprana como el mes de febrero, ¿en nombre de quién se realizaban gestiones? La conexión Sanjurjo-Mola está perfectamente clara antes y en el tiempo de la conspiración, pero sólo en el contexto de unas relaciones con Alemania muy anteriores, en el campo militar y comercial, e incluso unas relaciones de los militares destinados en Marruecos con determinados personajes alemanes, se explicaría la petición a Alemania de ayuda.
Parece probable que con la conspiración en marcha, posteriormente, Sanjurjo no dudase en utilizar con Alemania contactos que se habían establecido en la década anterior.[118] Si hubo adquisición de armas desconocemos su destino, pues una organización que hizo gestiones diversas para conseguirlas, los carlistas, sólo parecen haber conseguido algunas migajas en Italia y haber fracasado en sus intentos de conseguirlas en Centroeuropa.[119] Personajes como Gil Robles o Ángel Herrera, director de El Debate, habían hecho visitas a Alemania en 1933, pero no juntos y sin que parezca que esto tuviera derivaciones al ponerse en marcha la conspiración.
No hay, pues, evidencias ciertas de una intervención exterior directa y eficiente antes de los días mismos de la sublevación y a la vista de su fracaso inicial. Tanto por parte de Alemania como de Italia. La conexión de los grupos monárquicos con el fascismo italiano es anterior y aparece desconectada de estos hechos si no es la instrucción que algunos hombres del carlismo recibieron en aquel país. Parece que la conspiración fue, en su desarrollo principal, claramente endógena.
3. LA MARCHA HACIA LA GUERRA
El domingo 19 de julio fue crucial en los medios gubernamentales mientras en muchas partes de España la acción del levantamiento estaba aún en pleno curso, y en otras había sido enteramente consumada. Formalmente, el día 20 de julio podía darse por concluida la fase de alzamiento con el resultado claro del fracaso de la acción de los conspiradores como golpe de Estado militar, pero sin que, en forma alguna, la sublevación hubiese sido sofocada por el gobierno. La situación era aún confusa en muchos sitios, entrándose en una fase de guerra abierta aun cuando todavía existía la convicción entre unos y otros de que su bando se impondría con brevedad. La muerte del general que los conspiradores consideraban como jefe indiscutible de aquella intentona, José Sanjurjo y Sacanell, el día 20, imprimió a los hechos posteriores en materia de jefatura de la rebelión unos derroteros imprevistos que sólo encontraron una nueva solución más de dos meses después de producirse aquélla.
El gobierno ante la conspiración
Muchas veces se ha dicho, y por muchos autores, que uno de los elementos históricos clave que potenció la conspiración, que condicionó su posibilidad misma y su parcial triunfo como golpe de Estado, fue que el gobierno de la República, la mayor parte de las fuerzas políticas republicanas, las instituciones, la prensa y la opinión general no prestasen al hecho, que cuando menos constituía un rumor generalizado, la atención debida en función de su extraordinaria gravedad. En realidad, esa visión de lo ocurrido debe ser matizada en muchos aspectos pues no corresponde enteramente a la verdad. Una cosa, no obstante, sí parece indiscutible: conociendo la existencia de la conspiración el aparato político republicano no le concedió nunca la importancia que tenía. Y ese error tenía sus raíces, sobre todo, en el desacertado enjuiciamiento comparativo que se hacía de las noticias que se tenían con las experiencias de anteriores procesos conspirativos que también habían acabado en un descalabro para sus ejecutores. Paradigma de ellos podría considerarse la sublevación acaudillada precisamente por Sanjurjo el 10 de agosto de 1932, reducida con cierta facilidad.
El gobierno de Casares Quiroga ocupa en toda esta historia un lugar calificable de todo menos de brillante y acertado. En líneas generales, el análisis de la actitud del gobierno en el curso entero de la conspiración que hiciera Gil Robles bajo el rótulo “Incertidumbres y vacilaciones del gobierno”,[120] puede suscribirse aún hoy enteramente. El gobierno tenía información y suficientes elementos de juicio sobre lo que se tramaba, como los tenía en abundancia, y los puso a disposición de ese gobierno, “el hombre mejor informado de España”, Indalecio Prieto. Casares Quiroga y sus ministros se negaron a indagar a fondo la verdadera entidad de la conjura. No bastaba, evidentemente, con proceder a un precipitado cambio en los destinos de los militares[121] o actuar como denunciaba, mendazmente, desde luego, Franco en su carta al presidente de 23 de junio. Una confianza suicida o, tal vez, el miedo a confesarse a sí mismos cuál era el verdadero peligro que amenazaba -si revolución antes que contrarrevolución- llevó a los republicanos en el poder, y al propio presidente, Manuel Azaña, a adoptar la actitud menos indicada para la pervivencia de la República.
Pero para muchas organizaciones populares, el peligro, cuando no la verdadera evidencia, de la preparación de una “militarada”, era un convencimiento anterior aun a las elecciones de febrero y a los procesos que desencadenó su resultado. Así, el comité nacional de la CNT, en un manifiesto publicado en Zaragoza el 14 de febrero, decía ya que
"Día por día va tomando mayores proporciones la sospecha de que los elementos derechistas están preparando una militarada... Marruecos parece ser el foco mayor y epicentro de la conjura. La acción insurreccional está supeditada al resultado de las elecciones..."[122]
Entre los meses de marzo y julio de 1936, tanto los rumores como las noticias, advertencias, evidencias y denuncias sobre lo que se preparaba en la clandestinidad circularon con profusión en la prensa, los corrillos y mentideros y, naturalmente, en los organismos políticos y el Parlamento. Las cosas tomaron mayor nivel cuando llegaba el mes de julio y eran suspendidas las sesiones ordinarias de Cortes. En este mes, los boletines de grupos políticos, como el comunista y el socialista o de sindicatos como la UGT, estaban ya llenos de advertencias sobre el peligro. Los sucesos de mediados de mes que tuvieron su culminación en el asesinato de Calvo Sotelo, precedido de otros hechos de gravedad de signo contrario, como los asesinatos de los militares de izquierdas Faraudo y Castillo, elevaron aún, naturalmente, el tono. Algunas de esas asociaciones aseguran estar preparándose para la defensa. Prieto publica un artículo sobre el asunto el día 14 de julio y el comité del Frente Popular adopta un acuerdo sobre la defensa de la República.[123]
Al presidente del gobierno, ante las advertencias sobre la conspiración se le ocurren desplantes verbales y manifestaciones de prepotencia que se han hecho célebres. Su dicterio a Prieto, ante la insistencia de éste de estar “menopaúsico”. La bravata de su decisión de “acostarse” cuando se le advierte de la pretensión de “levantarse” de un grupo de conjurados. O la anécdota trasmitida por G. Cabanellas de que cuando se le denunció la actividad conspirativa de Queipo de Llano comentase: “¿pero ustedes le temen a Queipo de Llano?... ¿No saben que Queipo de no es más que un imbécil?... ¡Lo único que tiene es despecho porque hemos destituido a su consuegro! [Alcalá Zamora]”.[124] Todos los testimonios con independencia de que su grado de fiabilidad es bien dispar, coinciden en esta relativa falta de energía frente a hechos de los que había más que meras sospechas.
Evidentemente, en el propio aparato del estado había complicidades que nunca fueron investigadas y depuradas. Además del conocido caso del policía Martín Báguenas que avisó a Mola de que se le enviaba una inspección, Vicente Guarner, por ejemplo, militar y Comisario de Orden Público de la Generalitat catalana, afirma que poco antes de la sublevación enviaron a Madrid un emisario con un informe con lo que sabían sobre los conspiradores. El emisario fue interceptado en Zaragoza y devuelto a su destino en la mayor impunidad.[125] Como se ha dicho, el error fundamental que había en toda esta actitud fue “esperar a que el adversario tomara todas las iniciativas”.[126] Es indudable que el control de las actividades del Ejército no dejó de ser una preocupación del gobierno del Frente Popular. Las leyes sobre disponibilidad forzosa, sobre no intervención de los militares retirados en política, los traslados de mandos, etc., eran prueba de ello. Por otra parte, es claro que el mayor peligro de deslealtad no estaba, en líneas generales, en el generalato, sobre todo el que no era de procedencia africanista. Ciertamente, salvo Miguel Cabanellas en Zaragoza, ningún jefe de División Orgánica se sublevó. Sí lo hicieron los jefes de las dos comandancias insulares, Baleares y Canarias. Tampoco el gobierno pudo controlar una fuerza como la Marina de una tradición conservadora, elitista, de casta, a toda prueba. La tragedia de la Marina al producirse el alzamiento, al que era favorable la oficialidad en bloque, tuvo, como sabemos, otras fuentes. Una sorpresa profunda fue la de Cabanellas, junto a la de Queipo o Aranda en Oviedo. Los demás sublevados con rango de generales, o de jefes, eran ya conocidos por su odio a la República. Hubo algunos indecisos a los que la indecisión les resultó fatal, por lo general. No puede decirse, en absoluto, que el gobierno de la República hubiese vigilado, y actuado en consecuencia, el designio golpista de todos estos hombres.
[1] ARÓSTEGUI, Julio: “El 18 de julio... la conspiración”. En ARÓSTEGUI, Julio: Por qué el 18 de julio... Y después. Barcelona, Ediciones Flor del Viento, 2006, pp. 105-128[2] M. AZAÑA: Causas de la guerra de España. Prólogo de Gabriel Jackson. Barcelona, Editorial Crítica, 1986, p. 22. El texto fue escrito por Azaña en 1939.[3] Véase R. CRUZ: En el nombre del pueblo. República, rebelión y guerra en la España de 1936. Madrid, Siglo XXI, 1936. pp. 108 y ss., para el análisis de ese júbilo.[4] Lasmemorias, de distinta fiabilidad, de personajes inmersos en el proceso, Alcalá Zamora, Gil Robles, Chapaprieta o Portela Valladares, son buenas ilustraciones de lo que fue el período. Nos referiremos a ellas más pormenoriadamente.[5] El testimonio del propio Chapapietra se recoge en J. CHAPAPRIETA: La paz fue posible. Memorias de un político. Barcelona, Ariel, 1971. Los pasajes referentes a estos hechos en pp. 292 y ss.[6] La CEDA ha suscitado buenos estudios entre los que destacan los de J.R. MONTERO: La CEDA. El catolicismo social y político en la II República. Madrid, Ediciones de la Revista del Trabajo, 1977, 2 vol. J. TUSELL: Historia de la democracia cristiana en España. 1. los antecedentes. La CEDA y la II República. Madrid, Cuadernos para el diálogo, 1974. Y sobre la política de la CEDA en la crisis republicana P. PRESTON: La destrucción de la democracia en España. Reacción, reforma y revolución en la Segunda República. Madrid, Ediciones Turner, 1978 (y ediciones posyeriores).[7] Véase a este efecto la completa obra sobre la figura de Villalobos de un numeroso grupo de especialistas: Sueños de concordia. Filiberto Villalobos y su tiempo histórico, 1900-1955. Salamanca, Caja Duero, 2005, con muchas precisiones sobre este momento.[8] M. PORTELA VALLADARES: Memorias. Madrid, Alianza Editorial, 1988, pp. 153 y ss.[9] HCE, 2, 8, 398.[10] Se pregunta HCE, 2, 8, 400[11] La misma fuente citada en HCE, 2, 8, 401 que publica parte de tal carta.[12] D. MARTÍNEZ BARRIO: Orígenes del Frente Popular español. Buenos Aires, Publicaciones del Patronato Hispano-Americano de Cultura, 1943, pp. 27 y ss.[13] J.S. VIDARTE: El trienio negro y la insurrección de Asturias. Barcelona, Ediciones Grijalbo, 1978, pp. 386 y ss. Otro caso es la pretensión comunista de ser ellos los propulsores de la idea.[14] V. ALBA: La Alianza Obrera. Historia y análisis de una táctica de unidad en España. Madrid, Ediciones Júcar, 1978. Una versión escrita por un representante del comunismo heterodoxo, no estalinista, en España.[15] S. JULIÁ: Orígenes del Frente Popular en España (1934-1946). Madrid, Siglo XXI de España, 1979, p. 34.[16] Véase H. GRAHAM: El PSOE en la guerra civil. Poder, crisis y derrota (1936-1939). Barcelona, Editorial Debate, 2005. Véase la Primera Parte sobre las divisiones internas en el socialismo español. El problema es que Graham no duda en poner en el debe de la “izquierda socialista” todos los desatinos que llevan a esa ruptura interna. Para esta lucha véase también P. PRESTON: La destrucción de la democracia... ob. cit., pp. 181 y ss.[17] Véase Fascismo, democracia y Frente Popular. VII Congreso de la Internacional Comunista. Moscú, 25 de julio-20 de agosto de 1935. México, Ediciones Pasado y Presente (distribuido por Siglo XXI), 1984. Para el caso español véase también A. ELORZA y M. BIZCARRONDO: Queridos camarads. La Internacional Comunista y España, 1919-1939. Barcelona, Planeta, 1999, pp. 209 y ss.[18] J. TUSELL: Las elecciones del Frente Popular. Madrid, Cuaderno para el Diálogo, 1971, 2 vol.[19] Los discursos de Largo Caballero y demás documentos políticos pueden verse hoy en las Obras Completas del político y sindicalista, cuya publicación abarca hasta 1939, con edición a cargo de Aurelio Martín Nájera y Agustín Garrigós Fernández. Madrid y Barcelona, Fundación Largo Caballero-Instituto Monsa de Ediciones, 2003. Los discursos electorales de 1936 en el vol. 6.[20] J. TUSSEL: Las elecciones... ob. cit., 1, p. 200[21] TUSELL: Las elecciones... ob. cit., 1, p. 209. Se refiere a sus discursos en Madrid y Cáceres.[22] J. VENEGAS: Las elecciones de Frente Popular. Buenos Aires, Publicaciones del Patronato Hispano-Argentino de Cultura, 1942.[23] Véase el “impresionante” alegato jurídico-teológico, entre otros muchos posibles, de J. DE LA C. MARTÍNEZ, S.J.: ¿Cruzada o rebelión?. Estudio histórico-jurídico de la actual guerra de España. Zaragoza, Librería General, 1938. La primera parte estudia la lcitud de la rebelión contra el poder, la segunda la licitud de la guerra de España contra los “poderes marxistas”. Aquí se estudian las elecciones con parágrafos como “Rapiña de Actas”. Se trata del alegato normalizado de los insurrectos que tiene su punto nodal en el Dictamen sobre la Ilegitimidad de los Poderes Actuantes el 18 de julio de 1936. Barcelona, Editora Nacional, 1939, 1 volumen y otro de Apéndice. Las elecciones a partir dela p. 31 del vol. 1. Venegas comenta acerca del proceso que llevó a esta publicación que en la Comisión dictaminadora figuraban tres de los grandes falsificadores de elecciones en España: el conde de Romanones, Abilio Calderón y Antonio Goicoechea.[24] J. TUSELL: Las elecciones..., ob. cit., “La campaña electoral”, 1, pp. 177 y ss.[25] J. DE LA C. MARTÍNEZ: ¿Cruzada o rebelión?,... ob. cit., se basa en ABC de 22 de enero de 1936.[26] Todo el vol. 2. de la citada obra de J. Tisell y su equipo está destinado al recuento y análisis de los resultados.[27] Aunque los relatos sobre el proceso de la conspiración no son muchos, y a ellos nos iremos refiriendo, es preciso decir que noticias sobre estos hechos se contienen, eso sí, en multitud de obras. Naturalmente, Franco da también su versión, aunque siempre breve. HCE se refiere a este asunto en muchos lugares del texto, de manera dispersa y disminuyendo siempre la intervención de Mola. Un conjunto documental importante es el del capitán Fernández Cordón, entonces ayudante de Mola, “Copia de los documentos facilitados por el teniente coronel Emiliano Fernández Cordón, referentes a la preparación y desarrollo del Alzamiento Nacional”, en el Archivo General Militar (Ávila), L. 8, C. 4 Son textos importantes los citados sobre Mola, el de Gil Robles y algunos más que citaremos. Véase LA CIERVA: Historia de la guerra civil española. Vol. I: perspectivas y antecedentes. Madrid, Librería San Martín, 1969, pp. 735 y ss, “La conspiración y la señal”. El volumen I es el único publicado.[28] M. PORTELA VALLADARES: Memorias. Dentro del drama español. Madrid, Alianza Editorial, 1988, pp. 175 y ss. J. Mª GIL ROBLES: No fue posible la paz. Barcelona, Editorial Planeta, 1978. El relato de todo este episodio comienza en p. 478. Las memorias políticas de Gil Robles son, desde luego, una fuente insustituible para el conocimiento de este período. Pero, como pasa igualmente en todas las obras de este tipo, sus testimonios deben ser estrictamente comparados con otros y con fuentes de archivo.[29] N. ALCALÁ ZAMORA: Memorias (Segundo texto de mis memorias). Barcelona, Planeta, 1977. p. 347, “Dimisión-huida de Portela”.[30] M. PORTELA: Memorias, ob. cit., 184[31] J. ARRARÁS: Historia de la Segunda República Española. Madrid, Editoria Nacional, 1968, IV, p. 50[32] J. ARRARÁS: Historia de la Segunda República Española. Madrid, Editoría Nacional, 1968, IV, p. 50.[33] Ibídem, 483[34] D. JATO: La rebelión de los estudiantes. Madrid, CIES, 1953, 208. R. DE LA CIERVA: Historia de la guerra civil... ob. cit., 1969. p. 640, en la que el autor dice que la afirmación de Jato es bastante dudosa y la atribuye a la información de “algún historiador”. Este Vol. I de la obra es el único publicado.[35] PORTELA, ob. cit., p. 186[36] Ibídem, p. 190.[37] Ibídem, p. 192[38] Ibídem, p. 193.[39] Azaña da su propia versión de los acontecimientos de estos días, con una serie sabrosa e interesante de observaciones y noticias, centrada en su acceso al poder. Azaña no es nada misericorde con Portela de quien dice que es “un transeúnte, un intruso desorientado”. Véase M. AZAÑA: Obras Completas. IV... ob. cit., pp. 561-572. Azaña llama a este relato “Crónica de dos días”, que son 19 y 20 de febrero.[40] Su composición era: Azaña como presidente, Augustio Barcia Trelles (Estado), Santiago Casares Quiroga (Obras Públicas), Gabriel Franco (Hacienda), Lara Zárate (Justicia), Amós Salvador (Gobernación), Marcelino Domingo (Instrucción Pública), Enrique Ramos (Sanidad y Trabajo), Plácido Álvarez Buylla (Industria y Comercio), Blasco Garzón (Comunicaicones), Ruiz-Funes García (Agricultura), General Masquelet (Guerra), José Giral (Marina), Lara Zárate (Justicia).[41] G. CABANELLAS: La guerra... ob. cit., 1, p. 460, dice que actuaba en Madrid una “Junta” directamente dependiente de Mola.[42] GIL ROBLES: No fue posible..., ob. cit., p. 702.[43] Véase, por ejemplo, LA CIERVA: Historia... ob. cit., p. 764. Otras versiones son las de GIL ROBLES, ob. cit., p. 703, HCE, 2, 13, 467 y J. ARRARÁS, ob. cit., p. IV, 94-95, que se equivoca claramente al fechar esa reunión el día 19 de marzo. Las obras profranquistas procuran potenciar la relevancia de esa reunión. La versión del propio Franco se encuentra en F. FRANCO SALGADO-ARAUJO: Mis conversaciones privadas con Franco, Barcelona, 1976, 216-218. En sus “Apuntes”, ya citados, Franco sólo se refiere a una entrevista con Mola y Varela, en la que el primero de ellos habría dicho que él sólo se sumaría a un movimeinto “que tenía que ser republicano”.[44] F. BERTRÁN GÜELL: Preparación y desarrollo del alzamiento nacional. Valladolid, Librería Santarén, 1939, p. 116.[45] La obra fundamental sobre la UME es la de A. CACHO ZABALZA: La Unión Militar Española. Alicante. Egasa, 1940. Véase también J. BUSQUETS: La Unión Militar Española, 1933-1936, en La Guerra Civil, HISTORIA 16, 1985-1986, 24 Fasc. En 6 vol. Vol. 1, fasc. 3, pp. 86-100.[46] Véase el capítulo siguiente de esta obra y como estudio fundamental M. TUÑÓN DE LARA: Tres claves de la Segunda República. Madrid, Siglo XXI, 1986.[47] La verdad es que no hay prácticamente testimoniante alguno que defienda la obra y figura de Niceto Alcalá Zamora. Véase la reciente biografía de J. GIL PECHARROMÁN: Niceto Alcalá-Zamora, un liberal en la encrucijada. Madrid, Síntesis, 2005.[48] Así se desprende, al menos, del relato que hace F. BERTRÁN GÜELL: Preparación... ob. cit., p. 125-127.[49] VIDARTE, Todos... ob. cit., p. 82[50] Las motivaciones de Azaña y su propia percepción de lo que significaba para él presidir la República están expuestas en diversos sitios. Véase: C. RIVAS CHERIFF: Retrato de un desconocido. Vida de Manuel Azaña. Barcelona, Grijalbo, 1981, pp. 765 y ss. J. ARÓSTEGUI: Manuel Azaña et la legitimité républicaine pendant la guerre civil en J. P. AMALRIC y P. AUBERT (eds.) : Azaña et son temps, Madrid, Casa de Velázquez, 1993, pp. 353-383 y las referencias bibliográficas que allí se hacen. Son relativamente abundantes las biografías intelectuales y políticas de Azaña.[51] F. LARGO CABALLERO: Mis recuerdos. Cartas a un amigo. México, Ediciones Unidas, 1976 (2ª), p. 155.[52] También hay una importante evidencia testimonial y documental sobre este episodio. Véanse VIDARTE, ob. cit., 1, pp. 117 y ss. H. GRAHAM: El PSOE..., ob. cit., J.C. GIBAJA: Indalecio Prieto y el socialismo español. Marid, Editorial Pablo Iglesias, 1995, pp. 111 y ss., y las referencias bibliográficas y documentales, la prensa entre otras, allí citadas.[53] La falaciosa Historia de la Segunda República de J. Arrarás ya citada consigue eludir toda referencia, entre farragosas disquisiciones sobre los proyectos de hacer un gobierno de concentración “autoritario” en abril y mayo de 1936 presidido por Prieto, a la conjunción Prieto-Azaña en ese proyecto de nuevo gobierno. Véase IV, pp. 274 y ss.[54] La composición del gobierno fue: Santiago Casares Quiroga (IR), Presidencia y Guerra; Augusto Barcia (IR), Estado; Antonio Velao (IR), Obras Públicas; Juan Moles (Ind.), Gobernación; Enrique Ramos (IR), Hacienda; José Giral (IR), Marina; Mariano Ruiz-Funes (IR), Agricultura; Francisco Barnés (IR), Instrucción Pública; Manuel Blasco Garzón (UR), Justicia; Plácido Álvarez-Buylla (UR), Industria y Comercio; Bernardo Giner de los Ríos (UR), Comunicaciones; Juan Lluhí y Vallescá (ERC), Trabajo.[55] G. CABANELLAS: La guerra... ob. cit., 1, p. 302.[56] HCE, 2, 9, 510.[57] Los documentos emitidos por Mola se encuentran publicados más o menos fragmentariamente en diversas obras ya citadas: HCE, Maíz, La Cierva. Véase también M. FERRER: Historia del Tradicionalismo Español, vol. XXX. Sevilla, Editorial Católica Española, 1979, que trata del período 1931-1936 y que empleaba por vez primera documentos del Archivo Fal Conde-Melchor Ferrer, de Sevilla. Se encuentran también, aunque no completos, en el Informe del Capitán Fernández Cordón en el Archivo Histórico Militar (Ávila).[58] HCE, 2, 9, 510. Gil Robles emplea exactamente esas mismas palabras, por lo que es presumible que las toma de aquí, aunque nunca hace cita bibliográfica alguna.[59] HCE, 3, 13, 442-443.[60] Ibídem. La coletilla “en España” no deja de ser significativa, pues parece dar a entender que Marruecos (y las propias islas Canarias) quedaban bajo el control directo de Franco. Hemos señalado ya que el tratamiento que esta obra hace del papel de Franco es extraordinariamente magnificador, como “historia oficial” del levantamiento encargado por su propio régimen. La falsedad de esta visión es evidente. Véase una prueba de ello en la obra misma, HCE, 3, 10, 61 y ss. En este sentido, la obra es poco fiable, pero como fuente general es absolutamente insustituible y así lo han entendido una buena nómina de autores sobre la historia de la guerra civil, empezando por Hugt Thomas que hizo un amplio uso de ella,[61] Sobre la intervención del carlismo en la conspiración, resulta muy poco satisfactoria la bibliografía existente. Un estimable esfuerzo de síntexis la realizó M. BLINKHORN: Carlismo y contrarrevolución en España, 1931-1939, Barcelona, 1978. Existe un libro testimonial y muy valioso como el de A. Lizarza, ya citado. Igualmente M. Ferrer. A comienzos de 1986 apareció un delirante libro de un espontáneo cronista del carlismo reciente, T. ECHEARRÍA: Cómo se preparó el alzamiento. El general Mola y los carlistas, Madrid, Autor, 1985 sobre el que más vale abstenerse de comentarios, pero que reproduce también documentos del archivo de Fal Conde. Puede consultarse también J. ARÓSTEGUI: El carlismo, la conspiración... ob. cit.[62] J. C. CLEMENTE: Historia del carlismo contemporáneo, 1935-1972. Barcelona, Grijalbo, 1977, pp. 99-127.[63] En todo caso, Mola se había entrevistado ya antes con dirigentes del carlismo navarro. Véase A. LIZARZA, Memorias..., ob, cit., pp. 104 y ss.[64] Para la actuación del falangismo en estos acontecimientos hay que remitirse, además de a fuentes como Beltrá Güell, a Francisco BRAVO: Historia de Falange Española y de las JONS. Madrid, Editora Nacional, 1940, etc., a los libros de S.G. PAYNE: Falange. Historia del fascismo español, París, Ruedo Ibérico, 1967, M. GARCÍA VENERO: Falange en la guerra de España. La Unificación y Hedilla, París, Ruedo Ibérico, 1967, H. R. SOUTHWORTH: Antifalanje. estudio crítico de Falange en la guerra de España de M. García Venero. París, Ruedo Ibérico, 1967. M. HEDILLA (escrito por M. GARCÍA VENERO): Testimonio. Barcelona, Acervo, 1977.[65] Los testimonios de mayor interés en M. GARCÍA Venero: Falange... ob. cit., p. 129 y ss.[66] HCE, 2, 9, 511.[67] Es decir, desde HCE hasta J. Arrarás, pasando por Maíz, Iribarren, etc.[68] Véase LA CIERVA, Historia... ob. cit., pp. 740-744, con la reproducción de textos de Luca de Tena y algún documento. Fal Conde, como dice más adelante en el texto, desmiente también al líder de la CEDA.[69] GIL ROBLES, ob. cit., 711, 716 y nota 77.[70] HCE, 3, 10, 456.[71] Minutas o copias de carácter mecanografiadas procedentes del archivo personal del militante de la CEDA Javier Bragado, en Salamanca, lo que prueba que copias de estas cartas circularon entre militantes de la CEDA en los tiempos inmediatamente posteriores al alzamiento. Agradezco a la familia Bragado el conocimiento de estos documentos.[72] LA CIERVA, Historia... op.cit., p. 741, alude a ese proyecto de reunión en Burgos diciendo que fue Gil obles el que se negó a poner en marcha esa reunión a la que Mola había dado su aquiescencia en principio. No dice de dónde obiene el dato.[73] La deposición real de Gil Robles fue publicada por Luca de Tena en ABC el 1 de mayo de 1968. Ver LA CIERVA, Historia, ob. cit., p. 742.[74] M. FERRER: Historia del Tradicionalismo... ob. cit., pp. 162-163. Véase nuestro estudio citado en nota 131.[75] J. GIL PECHORROMÁN: Conservadores subversivos. La derecha autoritaria alfonsina, 1931-1936. Madrid, Eudema, 1994.[76] Un libro que facilita algunos datos sobre la intervención del monarquismo en la conspiración es el de J.A. ANSALDO: ¿Para qué...? De Alfonso XIII a Juan III. Buenos Aires, Editorial Vasca Ekin, 1950. Empleamos aquí la versión francesa Mémoires d’un monarchiste espagnol, 1931-1952. Mónaco, Éditions du Rocher, 1953. Véase especialmente su largo Prólogo, pp. 13-46.[77] VIDARTE, Todos... ob. cit., 1, p. 139[78] GIL ROBLES, ob. cit., p. 712[79] GIL ROBLES, ob. cit, pp. 710-711. M. FERRER: Historia del Tradicionalismo... o.c., 171-172. La fuente es R. SIERRA BUSTAMANTE, Euzkadi. De Sabino Arana a José Antonio Aguirre: notas para la historia del nacionalismo vasco. Madrid, Editora Nacional, 1941.[80] FERRER, ob. cit., p. 153[81] J. DE ITURRALDE (Monseñor Juan José Usbaiaga), La guerra de Franco, los vascos y la Iglesia, San Sebastián, Autor, 1978, 1, pp. 339-340.[82] Véase el estudio sobre el perosnaje Garcilaso o Ameztia de J. UGARTE: “En l’esprit des années 30. La actitud del Diario de Navarra y Garcilaso en la primavera de 1936”. En Príncipe de Viana, (Pamplona), LVII, 209, sept-dic, 1996, pp. 623 y ss.[83] Los carlistas participaron en ese golpe pero no como grupo político orgánico sino como responsabilidad personal de algunos militares y políticos de esa ideología. Véase, por ejemplo, M. FERRER: Historia del Tradicionalismo... ob. cit., p. 51 y ss. y M. BLINKHORN: Carlismo... ob. cit., 134 y passim.[84] F. BETRÁN GÜELL: Preparación... ob. cit., p. 53[85] La información procede de GIL ROBLES, ob. cit., p. 709[86] FERRER, ob. cit., pp. 168 y ss., critica áspera y justamente la actitud de Oriol. Sobre la naturaleza y tipología de la sublevación, especialmente en sus componentes carlistas en Álava y Navarra véase J. UGARTE, La nueva Covadoga... ob. cit. y el estudio anterior de J. ARÓSTEGUI: “El voluntariado de Navarra en el Ejército de Franco, 1936-1939. Fundamentos sociohistóricos de un comportamiento ideológico”. En Sistema, (Madrid), 47, marzo de 1982, pp. 77-109.[87] FERRER, ob. cit. en cuyo vol. 2 Documentos, reproduce tanto los textos de Mola como los de Fal Conde.[88] GIL ROBLES, ob. cit., p. 709.[89] Ibídem, p. 710[90] Bastantes autores, siguiendo a Lizarza, han señalado que, con anterioridad a la entrevista con Fal, Mola se entrevistó con José Luis Zamanillo, que era a la sazón el jefe de las milicias carlistas, el día 11 de junio. Esa entrevista, aunque proyectada, no llegó a celebrarse.[91] LIZARZA, ob. cit., p. 112, asegura que la Comunión tenía interés en que uno de esos consejeros fuera José Antonio Primo de Rivera, “a quien así se lo habíamos propuesto”.[92] Esta calificación de “simplote” dada a Sanjurjo es cosa de Fal Conde en carta a don Alfonso Carlos de Borbón de 7 de julio, en la que le daba cuenta de las dificultades con Mola y de la información que de ello se daba a Sanjurjo, “pues como es tan simplote se ha dejado sorprender...”. La carta fue consultada por nosotros en el antiguo Archivo Fal Conde-Melchor Ferrer, de Sevilla.[93] Textos, como decimos, en FERRER, ob. cit., vol. 2, y en nuestro estudio El carlismo, la conspiración... ob. cit.[94] Así se desprende de una nota enviada a Sanjurjo en mayo por un corresponsal en Madrid. Archivo Fal Conde-Melchor Ferrer, Sevilla.[95] La circular puede verse en J.A. PRIMO DE RIVERA: Obras... ob. cit., p. 935.[96] Puede verse también en la obra citada en nota anterior. GIL ROBLES, ob. cit., 718, encuentra que este escrito no es del estilo de Primo de Rivera.[97] La fecha de esta circular ha sido también motivo de errores, al situarla autores como Maiz o Lizarza el 12 ó 13 de junio. De ellos la han tomado otros.[98] Tal como decía, con cierta desesperación, A. González de Gregorio, agente carlista en Portugal, en telegrama a Fal Conde.[99] El texto puede verse en FERRER, ob. cit., vol. 2, p. 99.[100] La publican tanto Ferrer como Lizarza.[101] Toda esta prolija descripción de los sucesos se contenía en la carta de Fal Conde a don Alfonso Carlos de Borbón, escrita en dos partes los días 15 y 16 de julio de 1936, la última antes de la sublevación.[102] Documento en los mismos lugares citados.[103] GIL ROBLES, ob. cit., 710.[104] R. SERRANO SUÑER: Entre el silencio y la propaganda. La Historia como fue. Memorias, Barcelona, Planeta, 1977, pp. 120-121. Véanse también los artículos de D. SUEIRO en Historia16 (Madrid), nº 90, octubre de 1983, y números siguientes. La actitud de Franco, en todo caso, está poco clara y a la oscuridad de sus intenciones se suma la carta enviada a Casares Quiroga, de 23 de junio.[105] Por supuesto, ni HCE no Arrarás en su Historia de la Segunda República ni otras obras profranquistas dicen nada de esto. Natiralmente, hoy existe una amplia batería de biografías de Franco y de estudios sobre su actuación que siguen fluctuando en sus noticias según las fuentes empleadas.[106] Esto lo dice M. GODED: Un “faccioso”..., ob. cit., p. 11.[107] Lo que es el caso de LA CIERVA, Historia... ob. cit., que rotula el asunto precisamente “El frente cívico-militar”, p. 737.[108] GIL ROBLES, ob. cit., p. 710[109] UGARTE, En l’esprit... ob. cit., p. 663[110] Ibídem.[111] Los ya referidos Apuntes, lo recogido en el libro de F. FRANCO SALGADO-ARAUJO, Mis conversaciones privadas con Franco. Barcelona, Planeta, 1976, pàssim, y las diversas biografías.[112] Una frase que, a veces, se adjudica también a Mola.[113] R. GARRIGA: Juan March y su tiempo. Barcelona, Planeta, 1976, p. 376.[114] La información acerca del pacto de los monárquicos, alfonsinos y tradicionalistas e integristas con altas jerarquías fascistas en 1934 es relativamente abundante. Se contiene en libros como los de Lizarza, Del Burgo, Ferrer o Blinkhorn ya citados. Ver también a Tusell (Historia de la democracia cristiana) ya citado. Véase además I. SANZ: Mussolini contra la II República: hostilidad, conspiraiones, intervención, 1931-1936. Valencia, Alfons el Magnánim, 1986. Los documentos firmados en Italia fueron descubiertos en plena guerra civil en la casa de Antonio Goicoechea en Madrid.[115] Á. VIÑAS: La Alemania nazi y el 18 de julio. Madrid, Alianza Editorial, 1986, p. 270. La versión más moderna de este libro es Franco, Hitler y el estallido de la guerra civil. Antecedentes y consecuencias. Madrid, Alianza Editorial, 2001.[116] Á. VIÑAS, Franco, Hitler, ob. cit., p. 14.[117] Ibídem, p. 153.[118] Ibídem, p. 30.[119] Véase nuestro etsudio El carlismo, la conspiración... ob. cit.[120] GIL ROBLES, ob. cit., pp. 719-728.[121] El estudio de V. PALACIO ATARD: El gobierno ante la conspiración de 1936, en Aproximación histórica a la guerra española, 1936-1939. Madrid, Anejos de “Cuadernos Bibliográficos de la Guerra de España, 1936-10939”, págs. 131 y ss., da cuenta de esos constantes cambios, pero no consigue, a nuestro juicio, demostrar la tesis de que el gobierno dedicó suficiente atención a detener la conspiración.[122] Reproduce este texto A. GAROSCI: Los intelectuales y la guerra de España. Madrid, Júcar, 1981 (original italiano del mismo año), p. 57.[123] CABANELLAS, ob. cit., 1, p. Véase C. SECO SERRANO: Historia de España. Barcelona, Instituto Gallach, 1971. Vol. VI, pp. 163 y ss. que habla de una “descomposición del régimen”. R. CRUZ, En el nombre... ob. cit., pp. 180 y ss.[124] La transmite también VIDARTE, Todos... ob. cit., 1, p. 201.[125] GUARNER, Cataluña... ob. cit., pp. 128-129[126] S. JULIÁ, Orígenes... ob. cit., pág. 25. El autor hace aplicable, con acierto, a julio de 1836 algo que ya había sucedido en octubre de 1934 por parte de los que preparaban una insurrcción.

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