El Eurocomunismo

TALLER DE HISTORIA DEL PCE "MARUSIA"
Jesús Sánchez Rodríguez (1)

EL NACIMIENTO DEL EUROCOMUNISMO

Diferentes autores se han interesado por el tema y han situado en distintas fechas y poniendo el acento en distintos acontecimientos, el momento de nacimiento del eurocomunismo.

Lilly Marcou, (2) va a poner el énfasis, a la hora de situar la fecha del nacimiento del eurocomunismo, en el momento en que éste se expresa en las Conferencias que celebra el movimiento comunista, y desde esta óptica sitúa la fecha en 1969, en la Conferencia de Moscú, aunque no será hasta la de Berlín, en 1976, cuando se precisen claramente las que ella considera seis características del eurocomunismo. En esos momentos, los portavoces de la tendencia que más tarde se conocerá, de manera impropia, como eurocomunismo serán los partidos comunistas de Australia, España, Italia, Bélgica, Gran Bretaña y Austria.


Pero hay autores, como Antonio Elorza, que remontan el arranque del eurocomunismo a la propia fecha del nacimiento del comunismo, pues para él:



“la génesis del eurocomunismo debe arrancar de los problemas, y de los planteamientos teóricos que acompañan a partir de 1917 al primer proceso de construcción socialista. Y concretamente de la obra del Lenin postrevolucionario”. (3)

Joaquín Sempere (4) considera su origen en la derrota del movimiento revolucionario en Occidnete en los años 1917-21. Esta derrota sería el origen y el motivo de un largo proceso de rectificación de la política comunista, que partiendo de las características reales de la sociedad y el Estado en Occidente fue elaborando una estrategia y un modelo de socialismo adecuado a esta región del mundo.


Para Santiago Carrillo el punto de arranque de la diferenciación eurocomunista varía de unos partidos a otros, y se trata de un proceso, no de un momento puntual de ruptura:

“para unos, las diferencias comenzaron a hacerse visibles tras el XX Congreso del PCUS; se acentuaron bruscamente en el 68, con la invasión de Checoslovaquia. Para otros, los japoneses por ejemplo, el punto crítico se produjo quizás en el momento que empezaron a manifestarse las diferencias chino-soviéticas”. (5)

En un plano más concreto, Carrillo sitúa el acta de nacimiento del eurocomunismo en julio de 1975, en el encuentro que sostuvieron él y Enrico Berlinguer en Livorno. Sin entrar a analizar su génesis histórica, da unas razones coyunturales para justificar el encuentro en ese momento:

“Berlinguer quería desbloquear el sistema italiano, y aún permaneciendo fuera del Gobierno, había conseguido ejercer una influencia real sobre éste. De esa necesidad histórica surgió la corriente que se llamó ‘eurocomunismo’.


Y también surgió de la necesidad para el PCE de poner fin a la dictadura en España, (oues) sólo con una línea impecablemente democrática podíamos romper los comunistas españoles la resistencia social contra nuestro partido.” (6)

Efectivamente, ya habíamos visto que, en febrero de 1974, se había producido una entrevista entre los secretarios del PCE y del PCI que cmabiaría sus relaciones. Ahora, en julio de 1975, se firma una Declaración conjunta entre ambos partidos, (7) a la que seguirá otra serie de encuentros que servirán para que pueda comenzarse a hablar del eurocomunismo. Entre ellos se pueden citar el encuentro franco-italiano de Roma, en noviembre de 1975; la cumbre anglo-francesa de París en mayo de 1976; el mitin conjunto Berlinguer-Marchais de París, en junio de 1976; la conferencia italo-española de Roma, en septiembre de 1976; y la cumbre de Madrid entre los partidos comunistas de Italia, Francia y España, en marzo de 1977.

Las explicaciones del eurocomunismo

Si se han fijado diferentes momentos o acontecimientos para fijar el nacimiento de esta corriente, es porque hay distintas explicaciones sobre las causas de su formación en los distintos autores que se han ocupado de analizar este tema.


Una primera explicación la ofrece J. M. Bermuda Ávila, para quien hay que enfocar el fenómeno eurocomunista dentro de lo que es intrínseco a la historia del marxismo, esto es, el desarrollo de sus contradicciones internas, el conflicto de posiciones desplazadas en su seno. De esta manera:

“en cada momento histórico hay una de dichas posiciones que aparece como dominante, como hegemónica. Pocas dudas caben respecto a que en los momentos e 1917-1923 dominaba la posición leninista, avalada por solamente por el argumento de la revolución triunfante (...) Y no cabe duda de que, en nuestros días, en la Europa Occidental, es dominante esa posición eurocomunista (...) Como tendencia general ha estado siempre en el campo socialista; pero su formulación concreta es el resultado de su triunfo sobre la posición dominante en la fase 1917-1923”. (8)

Después de analizar la trayectoria del PCI y, especialmente, los cambios introducidos por Togliatti después de la segunda guerra mundial, este autor llega a la conclusión de que:

“la raiz del eurocomunismo está en el frentepopulismo, que apareció en los años cuarenta como la forma de estrategia de contención, a la defensiva, frente al imperialismo (...) Los esfuerzos de Togliatti por sintetizar el partido de cuadros y el partido de masas acabaron en el partido adecuado para una política frentepopulista de larga duración”. (9)

Por lo tanto, no se trata de discutir sobre quién es el inventor o descubridor de tal fromulación, porque ello es plantear falsamente la cuestión de las causas del eurocomunismo, ya que éste es:

“el resultado del desarrollo de la lucha de clases a niveles nacionales e internacionales (...) es la historia la que ha hecho posible la hegemonía de la alternativa eurocomunista. Y unos verán en ello pasos delante de la clase obrera; otros lo verán como reflujo del socialismo”. (10)

J. M. Bermudo Ávila, desde luego, se encuentra entre estos últimos.


La tesis de este autor sobre la raíz del eurocomunismo es corroborada por el propio PCI que en su XV Congreso declara que:

“la estrategia de una vía democrática al socialismo y la concepción de una sociedad socialista basada en la democracia tienen sus raíces en etodo el reciente roceso histórico nacional, aparte de los estudios de Gramsci y de Togliatti sobre las condiciones y las líneas de avance hacia el socialismo en Italia.


El reconocimiento y la afirmación del valor de la democracia política han sido una sólida conquista que el movimiento obrero alcanzó ya en la lucha contra el fascismo y en la Resistencia.”  (11)

Ramón Cotarelo, (12) por su parte, se fija en una de las corrientes marxistas más fecundas en la vertiente teórica, el austromarxismo, para considerarle en ciertos aspectos como antecesor del eurocomunismo, aunque no responsable de una herencia directa. Para este autor dos son los temas que pueden haber tenido una cierta influencia. El primero de ellos son las elaboraciones del austromarxismo, especialmente de Otto Bauer, en torno al tema del nacionalismo, que vendrían a entroncar con la defensa del eurocomunismo de la necesidad de vías diferentes al socialismo según las características de cada país y su rechazo de un centro único internacional que determine la política a seguir por cada partido. El otro tema sería la teoría d ela democracia social elaborada por el austromarxismo, especialmente por Max Adler, después de la revolución rusa y como respuesta al rechazo suscitado hacia la dictadura del proletariado que los bolcheviques habían establecido en Rusia. La fórmula propuesta para la sustitución del estado burgués sería una democracia ampliada, con fuerte peso de las organizaciones sindicales e instituciones de democracia directa.


Pilar Bravo rechaza el entroncamiento del eurocomunismo con el pensamiento de Bernstein y Kautsky y lo liga, por el contrario, con la reflexión sobre las consecuencias de la revolución de octubre en el occidente capitalista. Desde este punto de vista considera que las dos refleiones más importantes para el eurocomunismo han sido las de Rosa Luxemburgo y las de Gramsci.


De la primera cree que hay cuatro grandes aportaciones de su producción teórica que, “en su conjunto, constituyen el meollo del pensamiento que 50 años después de la muerte de Rosa Luemburgo se ha dado en llamar eurocomunismo.” (13) Estas cuatro aportaciones son: el rechazo del reformismo de la socialdemocracia alemana; la profunda relación que establece entre la dmeocracia y el movimiento obrero, a partir de la cual establece su crítica a ciertos aspectos de la revolución rusa; el carácter de masas de la revolución y la relación que concibe entre organización y espontaneidad; y por último, su concepción del partido, rechazando el blanquismo, la subordinación mecánica y el ultracentralismo preconizado por Lenin.


Gramsci, por su parte, aportaría, por un lado, “una reflexión todavía más profunda sobre el carácter del Estado en las sociedades capitalistas europeas, y sobre las estrategias revolucionarias frente a aquel” y por otro, su concepción del partido, que Pilar Bravo sintetiza de la siguiente manera:

“en primer lugar, el Partido no es la revolución, el proceso revolucionario es un proceso objetivo, que se desarrolla exista o no el Partido. Ahora bien (...) ese proceso objetivo en la sociedad desarrollada, puede ser neutralizado, aplastado durante decenios, y no sólo por la fuerza coercitiva del Estado, sino también por su fuerza consensual (...) Por ello, el partido, para dirigie esa revolución (...) debe adquirir una nueva dimensión, una dimensión más consciente, una dimensión más pensante, más vinculada aún a las masas y más capaz de transmitir sus ideas, haciéndolas participar al mismo tiempo en el proceso revolucionario.”  (14)

Sin embargo, continúa la autora, pese a su importancia, las aportaciones de estos dos grandes revolucionarios y otros muchos han permanecido ocultas debido al peso que la ideología stalinista ha ejercido durante todo un largo período de tiempo en el movimiento comunista.


La misma línea de reconocimiento de la importancia fundamental que para el eurocomunismo tiene el PCI y las aportaciones de sus grandes dirigentes históricos, Gramsci y Togliatti, es la que sostienen por su parte Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, los cuales hacen una exposición del eurocomunismo a partir de los cambios producidos en la propia teoría marxista. Sus tesis corroboran las de Pilar Bravo en el sentido de desvincular el eurocomunismo de las tradiciones de la II Internacional. Para estos autores, el marxismo de la II Internacional sistematiza un conjunto de conceptos que implican el carácter subordinado de la política en un modelo economicista en el cual el curso inexorable de la historia permite la flexibilidad táctica, porque al final se impondrán las leyes necesarias del desarrollo capitalista.


El leninismo sería una primera brecha, de efectos limitados, en esta tradición, que va a conducir a la primacía de lo político. Ahora la resolución de las contradicciones dependerá esencialmente de la lucha política, lo que aportará una serie de consecuencias en torno al partido, la hegemonía, etc. Pero la concepción leninista es limitativa porque se refiere sólo al análisis de la coyuntura revolucionaria, es decir:

“La primacía de lo político quedaba reservada a las coyunturas críticas, mientras que el eurocomunismo continuaba dominando los períodos de estabilidad. La Komintern vivía a la expectativa de la emergencia de una nueva coyuntura revolucionaria en Europa que le permitiera poner en práctica su política leninista. En cuanto a los períodos de ‘relativa estabilización’ no tenía más política que la de preparar lo mejor posible las condiciones para el inicio de un nuevo período de ruptura.” (15)

Con la política de los frentes populares, impulsada por la Komintern en su VII Congreso, se planteó un dilema en el movimiento comunista: o su participación en la lucha antifascista era un simple apoyo táctico a la burguesía liberal, o bien se aceptaba que las democracias:

“y los símbolos en que éstas cristalizaban constituían el terreno de una lucha política a través de la cual los partidos comunistas podían articularlas de manera permanente a los objetivos socialistas.” (16)

Pero para hacer efectiva esta última posibilidad se requería una ruptura más radical que la realizada por Lenin, y dicha ruptura sería llevada a cabo en el terreno teórico por Gramsci en torno a sus nuevas categorías de hegemonía, bloque histórico y guerra de posiciones, que encajaban en una nueva concepción del Estado. Esta concepción antieconomicista de la sociedad y de la transición al socialismo se expresaría políticamente a través de la estrategia con que Togliatti dota al PCI a partir de la resistencia.


Por tanto, para estos autores, es falsa la creencia de que los partidos eurocomunistas:

“han efectuado en los años sesenta, una ruptura común con la única línea política hasta entonces imperante (,,,) esta visión oculta la profunda continuidad existente en la línea del PCI, desde Togliatti hasta el presente”. (17)

Para Ernest Mandel, (18) uno de los principales teóricos del trotskismo, el eurocomunismo es un fruto inevitable de la doctrina del socialismo en un solo país impuesta por Stalin tras su victoria en las luchas internas con la vieja guardia bolchevique. Si se podía admitir la tesis de la realización del socialismo en un solo país después de realizada la revolución, como fue el caso en la Unión Soviética, era cuestión de tiempo que se llegase a la conclusión de que esta tesis era válida también para antes de realizarla. De esta manera la tesis del comunismo en un solo país lleva al nacional-comunismo y termina desembocando en el eurocomunismo. El punto de inflexión de este proceso es situado en el VII Congreso de la Internacional Comunista que preconizando la política de los Frentes Populares lleva a defender el Estado burgués. A partir de ese momento la participación de los comunistas en las instituciones de este Estado y sus éxitos relativos en la esfera política y sindical generará una dinámica integradora de las burocracias de los distintos partidos comunistas.


El giro de los diferentes partidos comunistas hacia el eurocomunismo, iniciado en los años 60, es fruto, como los dos giros anteriores de 1935-8 y de 1941-7, de las necesidades de la política exterior de la Unión Soviética. En este caso como consecuencia de la línea expresada por la coexistencia pacífica. Pero, a diferencia de las ocasiones anteriores en que los bruscos cambios de política que les había venido imponiendo el Kremlin según sus necesidades habían sido cumplidos, aún con problemas, ahora, sin embargo, el mecanismo empieza a ser incontrolable para los soviéticos debido a los efectos acumulativos de una práctica reformista aplicada durante cerca de dos décadas y a una modificación en la composición de los aparatos de los partidos comunistas y en la base de su reclutamiento, fruto, precisamente, de esa práctica reformista.


Si un acontecimiento como la invasión de Checoslovaquia va a suscitar una respuesta crítica por parte de los partidos comunistas orientados hacia el eurocomunismo, es por la impopularidad de esta acción entre los trabajadores y el temor a la creación de una nueva atmósfera anticomunista con la consiguiente pérdida de votos.


Fernando Claudín, (19) por su parte, considera el eurocomunismo como producto de la nueva crisis global del sistema capitalista-imperialista desatada en la segunda parte de los años 60 y, además, como la última fase de un itinerario conflictivo del “partido mundial” nacido en 1917. En el origen estuvo la concepción leninista del partido y de la revolución que entran rápidamente en contradicción con el desarrollo histórico que se produce en Occidente, apareciendo con ello las primeras oposiciones teóricas y prácticas al modelo que acabarán en rupturas.


Partiendo de ese origen, se puede hacer un recorrido histórico de los principales acontecimientos que jalonan el itinerario que lleva al eurocomunismo. Así, será durante los dos períodos de alianza de la URSS con las democracias capitalistas, en 1934-38 y en 1941-47, cuando se produzcan iniciativas autónomas en los partidos comunistas buscando vías nacionales al socialismo de carácter democrático y pluralista, tanto en el Este como en el Oeste, iniciativas que estarán condicionadas por el reparto de las “zonas de influencia”. Tras la muerte de Stalin, el nuevo equipo dirigente soviético intentará asentar el papel dirigente del PCUS sobre nuevas bases, lo que chocará con la tendencia de los partidos comunistas a la independencia. El propio proceso llevará a que se intente aumentar la subordinación de los partidos comunistas a medida que el PCUS se aleje del carácter revolucionario que informó sus primeros años y se afiance la razón del Estado soviético.


Si el impacto del XX Congreso produjo, a pesar de los condicionantes ideológicos, la acentuación de las tendencias centrífugas, tras el XXII Congreso del PCU el conflicto latente chino-soviético va a aflorar abiertamente a la superficie. Esta ruptura agudizará dichas tendencias, lo mismo que la caída de Jruschev en 1964, impulsando en los partidos comunistas occidentales las búsquedas de las vías específicas al socialismo. Todos estos fenómenos muestran que la crisis del “partido mundial” se había prologado a su heredero, el “movimiento comunista” y había desembocado en una crisis general.


Para el PCI, PCE y PCF 1968 es un momento crucial de su evolución. Con la invasión de Checoslovaquia se atreven, especialmente los dos primeros, por primera vez a mostrar su desacuerdo con una acción importante del PCUS, aunque seguirán sin cuestionar el carácter socialista de la Unión Soviética y las democracias populares.


Después de una disputa de varios años se consigue reunir la Tercera Conferencia mundial del PPCC en 1969. Los soviéticos buscan una ofensiva contra los chinos, el respaldo a su acción en Checoslovaquia y la aprobación de la doctrina de la soberanía limitada. in embargo, los principales partidos de Europa occidental y otros mantienen sus posiciones críticas, y la conferencia se convierte en un reflejo de la crisis existente en el movimiento comunista y de la voluntad soviética de mantener el control.


Los tres partidos eurocomunistas se oponen a una nueva conferencia mundial y en 1974 celebran una reunión de los partidos comunistas de la Europa capitalista. A pesar de sus contradicciones esta actitud profundiza el divorcio con la Unión Soviética. En 1976 las declaraciones del PCI/PCE y PCI/PCF llevan a un aumento del enfrentamiento con Moscú. Se abandona el término de “dictadura del proletariado” y se cuestiona el de “internacionalismo proletario”. El XXV Congreso del PCUS contraataca acusándoles de revisionismo. Carrillo, por su parte, replica acusando a la URSS de socialismo en estado primitivo.


A pesar de todo, en junio de 1976, se reúne la conferencia panaeuropea de partidos comunistas (Berlín). Los soviéticos se ven obligados a hacer concesiones a la independencia de los partidos comunistas y a su autonomía para elegir la vía más adecuada al socialismo. Carrillo rechaza cualquier centro dirigente. Berlinguer detalla la consubstancialidad de socialismo y democracia. Marchais rechaza identificar status quo y coexistencia pacífica. Es la confirmación de la existencia del eurocomunismo. La Conferencia de Berlín se convirtió en la primera confrontación pública entre éste y el bloque soviético.


A partir de ese momento, el enfrentamiento se agrava y se polariza en torno a la represión que se lleva a cabo en los regímenes del socialismo real contra los disidentes, como es el caso de Carta 77 en Checoslovaquia o el Comité de defensa de los trabajadores en Polonia, con los cuales los partidos eurocomunistas expresan su solidaridad, de diferente intensidad según los partidos.


Esta interpretación de Claudín es rechazada, por insuficiente, por Antonio Elorza, (20) para quien basar las explicaciones del eurocomunismo, como hacen Claudín y otros, en la evolución del capitalismo en los países de Europa occidental y en el fracaso del modelo soviético de construcción del socialismo, es asignar un papel subordinado, pasivo, a los propios partidos comunistas en el proceso, lo que es inexacto.


Para Elorza, el eurocomunismo es una tendencia de renovación interior en el campo comunista, sobre la que han incidido en los últimos años los cambios en el capitalismo mundial y las crisis internas, arrancando del fenómeno staliniano. Ya vimos cómo Elorza sitúa la génesis del eurocomunismo en el mismo comienzo de la construcción de la sociedad socialista. Lo importante, en este sentido, es entonces la acumulación de observaciones críticas que hace Lenin sobre el funcionamiento del estado soviético y la burocratización del partido. A pesar de las limitaciones de estas críticas de Lenin, sin embargo, considera que con ellas se abren las puertas a la autocrítica de la construcción del socialismo en Rusia.


Javier Pérez Royo, (21) por su parte, considera también fundamentales los aspectos externos en la génesis del eurocomunismo cuando se refiere a la doble circunstancia que está en su origen: la crisis revolucionaria de 1917, que se cierra con el fin de la segunda guerra mundial, y de la [que] quedan fuera los países de Europa occidental; y la crisis económica de esta zona, iniciada a finales de los 60. Para este autor, la génesis histórica del eurocomunismo consiste en la “individualización de los momentos en que se ha materializado esa ruptura con la línea política anterior”, y que cifra en cuatro: la autonomía de los diferentes partidos comunistas para elaborar su propia línea política; la redefinición de las relaciones con los otros partidos de la clase trabajadora; el análisis de las sociedades del este europeo; y la política internacional y en particular la necesidad de superar la política de bloques militares.


En esta discusión sobre la explicación del eurocomunismo hay un tema de controversia en torno a la influencia del pensamiento de Gramsci en el origen de esta corriente. Si el tema merece alguna consideración es porque enlaza con la discusión sobre la pobreza teórica de que adolece el eurocomunismo. En este sentido, la remisión a Gramsci puede ser utilizada como la manera de dotarse de una figura teórica de reconocido prestigio que le sirva de aval.


En su estudio sobre el movimiento comunista internacional, Lilly Marcou plantea que la crisis organizativa de éste aparece de manera latente en la época del Kominform y sale a la luz en 1956, produciéndose la crisis institucional en los 60, pero que la crisis teórica es anterior, situándola en los años 30, o incluso en los 20. Y concluye que:

“lo que llama la atención en la corriente eurocomunista es justamente su tendencia a la inorganicidad, así como su debilidad teórica. El eurocomunismo se expresa ante todo, y por el momento, como una corriente ideológica”. (22)

Enrique Castells y José Manuel Bermudo después de constatar que el eurocomunismo es presentado por sus teóricos como una estrategia, una vía al socialismo y, además, como un modelo de socialismo, hacen hincapié en la falta de sustrato teórico de que adolece. Para estos autores:

“no hay en el eurocomunismo una teoría sólida, firme, que trace los límites del modelo socialista y, por tanto, los ejes principales de la estrategia; el modelo de socialismo es ideológico -sin sentido peyorativo-, ideal, deseable, una mezcla de ideal ético y de empirismo realista; y la estrategia unas veces se legitima desde el modelo y otras justifica el modelo posible. Pero esta ambigüedad, esta ausencia de rigidez y de dogmatismo, si bien muestra la debilidad teórica de la reflexión eurocomunista es su principal fuerza ideológica”. (23)


Y el propio Carrillo reconoce esta carencia teórica del eurocomunismo del que reconoce que:

“hasta ahora se ha manifestado más en una corrección seriamente autocrítica de la política que en una elaboración de carácter teórico.” (24)

No se trata, pues, de cotejar las ideas de Gramsci con la estrategia eurocomunista para establecer el grado de coincidencia existente, sino de recoger la polémica suscitada en torno a la relación entre las ideas del teórico italiano y la nueva corriente comunista, porque partiendo de una misma constatación, el déficit teórico del eurocomunismo, la posición que adoptarán los diversos autores en torno a la relación de Gramsci con el eurocomunismo dependerá de sus posiciones respecto a él. Para sus defensores, el pensamiento de Gramsci está en su origen, en tanto que para sus detractores, la utilización del pensamiento gramsciano a favor del eurocomunismo no es más que una burda manipulación.


Entre los que buscan en Gramsci ideas predecesoras del eurocomunismo se encuentran algunos de los militante más destacados en la corriente renovadora, pero también otros autores como García Cotarelo. (25) Ya hemos visto más arriba el caso de Pilar Bravo, pero también es el caso de Antonio Elorza o Jordi Solé Tura.Para el primero: “la aportación de Gramsci juega un papel primordial en la gestación de lo que hoy llamamos eurocomunismo”. (26) Solé Tura por su parte considera que:

“Gramsci es, sin duda, una de las raíces del eurocomunismo. Pero ni lo prevé en toda su complejidad, ni resuelve todos sus problemas. El tema de la revolución de la mayoría en una Europa de capitalismo desarrollado (...) no se puede resolver con la simple traslación de los conceptos elaborados por Gramsci en otro contexto histórico, por más que la reflexión gramsciana se sitúa en la misma onda y en la misma problemática general”.

Y en este sentido Solé Tura se desmarca de uno de los aspectos en que más alejado está Gramsci respecto del eurocomunismo, o al menos ta como lo entiende uno de los sectores que se reclaman eurocomunistas, la cuestión del tipo de partido:

“Más aún: algunos de los conceptos centrales del pensamiento de Gramsci se sitúan claramente al margen de las realidades actuales, como ocurre en su concepción del partido de vanguardia”. (27)

Como apuntábamos anteriormente, los autores críticos con el eurocomunismo rechazan la presentación de Gramsci:

“como un creador de un modelo teórico de análisis del Estado y de la estrategia proletaria no sólo diversa, sino alternativa a la leninista, como quieren hacer creer hoy los eurocomunistas”. (28)

En este mismo artículo se denuncia que la manipulación del concepto gramsciano de hegemonía por el eurocomunismo se ha hecho a través de su abstracción del discurso global de Gramsci, para luego aplicarlo con propósitos contrapuestos:

“hegemonía se configura, pues, en la operación de los eurocomunistas como concepto alternativo al de dictadura del proletariado”. (29)

Y, en cierto sentido, no les falta razón a estos autores, pues una de las principales razones por las que se mantiene el concepto de hegemonía como instrumento teórico es la de:

“Encontrar un lenguaje nuevo (hegemonía, guerra de posiciones) que legitime los proyectos políticos actualmente mayoritarios en el seno de la izquierda, proyectos que, habiendo abandonado la hipótesis insurreccional, difícilmente pueden ser expresados en el tradicional lenguaje leninista”. (30)

La ambigüedad de los escritos del Gramsci es analizada por Perry Anderson, (31) quien rebate algunas de las tesis del pensador italiano sin considerar que sus errores le ubiquen, ni mucho menos, en el campo reformista.


Los conceptos fundamentales de Gramsci de bloque histórico y de hegemonía (32) van a llevarle a una nueva definición del estado como un agregado de dictadura más hegemonía, y como consecuencia a una modificación de la estrategia revolucionaria para Occidente.


Anderson rastrea el origen del concepto de hegemonía en el campo marxista, situando su utilización entre los marxistas rusos en la etapa anterior a la revolución para designar el papel a jugar por la clase obrera respecto al campesinado durante la revolución burguesa. Posteriormente, este concepto pasaría a través de la III Internacional a Gramsci quien lo utilizó para su análisis de las estructuras del poder burgués en Occidente. El objetivo de su análisis, después de las derrotas de los intentos insurreccionales en Europa que siguieron a la revolución rusa, era indagar en algo tan evidente como las diferencias existentes entre el Estado y la sociedad en la Rusia prerrevolucionaria por un lado, y en las europeas por otro, de lo que deducirá la imposibilidad de utilizar la misma estrategia por parte del proletariado en ambas sociedades para alcanzar el poder.


Si en Oriente el Estado lo era todo y la sociedad era primitiva, gelatinosa, en Occidente, por el contrario, el Estado no es más que una trinchera avanzada de la fortaleza interior que forma la sociedad civil. En la situación de Occidente, la hegemonía viene a explicar, según Gramsci, que la dominación burguesa no se ejerce mediante la coerción sino que el sistema se mantiene mediante un consenso que la clase dominante obtiene de las clases dominadas, es decir, una dominación de tipo cultural. Según Anderson este tipo de análisis es el que ha sustentado la estrategia de la socialdemocracia de izquierdas y de la vía democrática al socialismo en que se apoya el eurocomunismo: si la hegemonía se ubica en la sociedad civil y el sistema se sostiene por consenso, entonces la labor socialista no consiste en combatir al Estado, sino en conseguir la conversión ideológica de la clase obrera. La crítica de Anderson se orienta entonces a poner de manifiesto el hecho de que el Estado democrático priva a la clase obrera de la idea de un tipo diferente de Estado, siendo éste el efecto ideológico central que los otros medios de control cultural ayudan a afianzar. Para Anderson, el Estado es el eje de los aparatos ideológicos porque lo peculiar del consentimiento en el capitalismo es que se basa en la creencia por parte de las masas en que ejercen la autodeterminación dentro del orden social existente.


Frente a esta visión, Anderson pone en evidencia como la estructura del poder político burgués en los Estados democráticos está simultáneamente dominada por la cultura -es decir, el consenso de las masas basado en la creencia de ejercer al autogobierno y que se asienta en instituciones como las elecciones y las libertades y derechos existentes- y determinada por la coerción. Siendo el olvido de esto último lo que generaría la ilusión reformista del paso al socialismo mediante una mayoría electoral. Como prueba de su tesis alega el hecho de que con la aparición de cualquier crisis revolucionaria el dominio dentro de las estructuras burguesas de poder se desplaza de la ideología a la violencia, convirtiéndose entonces la coerción en determinante y dominante.


Si este empleo concreto del término hegemonía por parte de Gramsci es incorrecto, lo es más aún cuado lo emplea para definir con él la posibilidad por parte de la clase trabajadora de conquistar la hegemonía en la sociedad capitalista antes de haber conquistado el poder político, olvidando de esta manera la crucial diferencia existente entre la situación en que se encontró la burguesía bajo el feudalismo y la situación en que se encuentra la clase trabajadora bajo el capitalismo.


Resultado del análisis de Gramsci sobre la hegemonía en la sociedad capitalista es la articulación de una estrategia diferenciada por parte de la clase trabajadora occidental para alcanzar el socialismo. Frente a la guerra de movimientos utilizada en la revolución soviética debido a las peculiares características de la sociedad rusa, en Occidente se impone la guerra de posiciones. Este cambio de estrategia se concreta en su diferenciación entre guerra de movimientos y guerra de posiciones. Si con la primera se hace referencia al asalto frontal del Estado por parte del proletariado, con el concepto de guerra de posiciones se abandona la teoría del derrumbe catastrófico del capitalismo y se concibe una fase histórica de resistencia a largo plazo mediante organizaciones populares que pugnan por conquistar la hegemonía, en la que la conquista del Estado no es más que un momento de un proceso mucho más amplio.


Anderson indica las enormes similitudes existentes entre este binomio guerra de posiciones/guerra de movimientos y el que sostuvo unos años antes Kautsky, de guerra de desgaste/guerra de derrocamiento, aplicables en ambos casos a las estrategias de la clase obrera propias de Occidente y de Oriente. En aquellos momentos la denuncia del binomio kautskysta fue llevada a cabo por Rosa Luxemburgo que lo calificó de sofisticada apología del reformismo por parte del dirigente socialdemócrata alemán.


Para Anderson, la línea consecuente, no seguida por Gramsci, hubiera sido deducir que la guerra de posiciones era la apropiada para emplearla durante la fase en que el objetivo es ganar a las masas, superando la resistencia de la sociedad civil mediante una estrategia de frente único, antes de llegar a la fase inevitable del asalto al Estado, que es la guerra de movimientos. Sin embargo, Gramsci dio a la guerra de posiciones el carácter de papel concluyente y decisivo en la lucha entre el proletariado y la burguesía, pasando a jugar la guerra de movimientos sólo un papel subsidiario, equivocándose al deducir de la guerra de posiciones que el papel del partido revolucionario consistiese esencialmente en conseguir la conversión ideológica de la clase obrera, tendiendo a hacer desaparecer de esta manera el papel que en última instancia juega la coerción (represión por parte del Estado e insurrección por parte de la clase trabajadora).

El contenido del eurocomunismo

Es en la Conferencia de Bruselas de enero de 1974, que reúne a 19 partidos comunistas de Europa occidental, donde aparece un primer atisbo del eurocomunismo a través de seis características diferenciadoras, que son definitivamente precisadas y ampliadas en la fase preparatoria de la Conferencia de Berlín de junio de 1976. (33)


La primera de las características es la diversidad aceptada por los partidos comunistas que se orientan por el eurocomunismo, asumida la diversidad, buscarán a través de ella lo común, y añadirán en Berlin la divergencia, reconocida implícitamente en el documento final de esta Conferencia. La segunda característica definida en Bruselas fue la asociación entre democracia y socialismo, que en Berlín es ampliada con el reconocimiento de las libertades, hasta ese momento llamadas burguesas o formales, y que ahora se reconocen como esenciales para asegurar un socialismo democrático. La tercera característica es el rechazo a que el eurocomunismo sea considerado un modelo universal, aunque se insiste en mostrar que se trata de una concepción diferente del comunismo respecto a las experiencias existentes. En cuarto lugar, se rechaza todo intento de regionalización, de creación de un nuevo polo con su correspondiente centro, a lo que se añade, en Berlín, la voluntad de romper todo lazo de tipo doctrinal u orgánico, que bajo la apariencia de lo común, amenace la independencia de los partidos comunistas. En quinto lugar, en Bruselas se perfiló la búsqueda de nuevas vías de construcción del socialismo diferentes de las seguidas hasta ese momento, a lo que en Berlín se añadió la crítica del socialismo realmente existente. Por último, la búsqueda de nuevas relaciones entre los partidos expresadas a través de un nuevo concepto de solidaridad, es completada, en Berlín, con la ruptura con las antiguas formas de relaciones, y especialmente con las Conferencias tal como se han desarrollado. La expresión de esto último fue la desaparición del término internacionalismo proletario en el documento final.


En el caso del PCE vemos la asunción y defensa de todos estos puntos a través de diversos documentos, pero especialmente en las obras escritas por su secretario general, que intentará hacer de teorizador del eurocomunismo.


Dentro del panorama español se pueden considerar tres visiones del eurocomunismo. Las dos primeras estarían representadas, dentro del PCE, por una parte por Santiago Carrillo como principal valedor, y por otra, por el sector eurorrenovador, entre los que destacan Pilar Bravo, Manuel Azcárate, Jordi Borja, (34) etc. La tercera perspectiva, fuera del partido, sería la de Fernando Claudín, más crítica y a la vez más profunda en el análisis. A continuación vamos a analizar las aportaciones realizadas escogiendo las dos principales obras al respecto de Santiago Carrillo y Fernando Claudín, y de entre los eurorrenovadores un trabajo de Jordi Borja, pues más adelante se hará mención a aportaciones de otros destacados miembros de esta corriente.

Santiago Carrillo: Eurocomunismo y Estado

Santiago Carrillo definirá lo que considera el núcleo básico del eurocomunismo en torno a tres características: (35) La opción por una vía democrática hacia el socialismo; una concepción del socialismo basada en la transformación de la propiedad capitalista en propiedad social, con un sistema político democrático, pluralista, que prolongue y profundice las libertades individuales y colectivas logradas hasta el momento y en el que el voto ciudadano decida la composición de los gobiernos a todos los niveles, que garantice el papel decisivo de los trabajadores en la gestión de la economía. Y por último, la independencia de cada partido comunista, de cada pueblo y de cada país, para escoger libremente su vía y su modelo de socialismo; lo que significa la ausencia de cualquier centro dirigente internacional, a la vez que la práctica de la solidaridad internacionalista.


Pero donde desarrollará de manera más sistemática los argumentos será en su libro Eurocomunismo y Estado, que según su autor lo escribirá por la necesidad de sacar el eurocomunismo del terreno de los planteamientos puramente tácticos y darle una mayor profundidad estratégica. (36)


La tesis que Carrillo defiende en esta obra (37) ya habían venido siendo sostenidas anteriormente en diversos documentos del PCE, no se trata, por tanto de ninguna concepción nueva, sino de la profundización y sistematización de algunas de la posturas anteriores. Este es el caso de la posición ante el Estado, a lo que se añade ahora el tema de la crisis de los aparatos ideológicas; o también de las críticas al socialismo real, que ahora se hacen más profundas.


Parte de considerar irrepetibles, en el occidente desarrollado, las condiciones en que se realizó la Revolución de octubre de 1917 en Rusia, debido al cambio en las estructuras del Estado, así como de las estructuras económicas y sociales bajo el capitalismo desarrollado; y el enorme desarrollo de las fuerzas productivas, a los avances sociales y a la descolonización tras la derrota del fascismo en la segunda guerra mundial. Pero también, porque ya no es posible el tipo de revolución clásica, fruto de una guerra previa, debido al potencial destructor de las actuales armas.


Como consecuencia de ello, la cuestión del poder no se plantea ya como la conquista y destrucción del Estado capitalista, sino como la reforma y transformación democrática de ese Estado. La base de partida, que permite este nuevo planteamiento para los comunistas, es la crisis que afecta a los aparatos ideológicos del Estado (Iglesia, sistema educativo, familia tradicional, justicia y sistema político), lo que permite establecer una estrategia tendente a su reorientación para ser utilizados contra el Estado del capital monopolista. Esta estrategia consiste en conquistar posiciones dominantes para las ideas revolucionarias en los aparatos ideológicos, lo que es posible hoy gracias a que, además del proletariado, hay otras capas sociales que se sitúan en la perspectiva del socialismo.


El eurocomunismo debe dejar claro varios puntos que lastran la credibilidad democrática de los partidos que se declaran como tales. En primer lugar debe demostrar la falsedad de la tesis que vincula democracia a capitalismo, a la vez que dé garantías de que la victoria del socialismo en Europa occidental no supondrá la extensión del modelo soviético. En segundo lugar, debe asegurar que la vía democrática al socialismo supone la renuncia, en su forma clásica, a la idea de un estado obrero y campesino, es decir, un Estado montado de nueva planta. En tercer lugar, debe quedar igualmente claro que si bien el partido comunista es un partido de vanguardia, ya no se considera el representante único el representante único de la clase trabajadora, y que no se propone convertirse en la fuerza dominante del Estado. En cuarto y último lugar, asume que el modelo de socialismo democrático supone la coexistencia de formas públicas y privadas de propiedad durante un largo tiempo, y reconoce también la existencia de un mercado mundial omnipresente del que no se puede prescindir.


El segundo tema fundamental, y el de más calado, en Eurocomunismo y Estado, es la crítica a las sociedades del socialismo real, que se hace más incisiva y le costará a Carrillo un ataque público por parte de los soviéticos a través de la revista Tiempos Nuevos. (38) Comienza criticando de esas sociedades lo que de formalismo tienen las relaciones sociales de producción, al no asentarse sobre bases desarrolladas de las fuerzas productivas. Si la toma del poder se realizó allí rápidamente, la transformación económica, cultural y social siguió un ritmo mucho más lento; subsistiendo en estos países las desigualdades, los problemas vitales en el nivel de vida y el abastecimiento de la población; y, sobre todo, persiste el gran problema irresuelto de la democracia y la participación popular.


Carrillo considera que el estado que se ha construido en la URSS es lo contrario de lo que trazó Lenin en El Estado y la revolución. Su máxima expresión fue el totalitarismo stalinista, que muestra una gran resistencia al cambio, como evidenció la caída de Jruschev tras sus intentos de reforma. El fenómeno stalinista ha dado a ese Estado formas totalitarias y una serie de rasgos formales semejantes a los de las dictaduras fascistas. Este Estado ha llegado a deformaciones y degeneraciones que en otros tiempos sólo se podían imaginar en Estados imperialistas. La cuestión que se plantea hoy es si ese tipo de Estado, gobernado por una capa burocrática que actúa por encima de la clase obrera, e incluso del partido, no se ha convertido en un obstáculo para el desarrollo del socialismo y, más allá, si no constituye un freno para el desarrollo del país.


Por último, Carrillo rechaza que los bloques militares existentes sean la expresión más elevada de la lucha de clases a nivel mundial, porque tal concepción implica que la solución última es la guerra mundial. La derrota del capitalismo no puede plantearse como la derrota militar de los EEUU y sus aliados porque una guerra nuclear sería el fin de la humanidad. En consecuencia por lo que se aboga es por la disolución de los bloques militares y el desarme.


Ahora bien, Carrillo quiere dejar bien claro en la obra tres cosas: que la crítica del socialismo real no es una actitud antosoviética, que la política que hace el PCE no es revisionista, y que el eurocomunismo no representa ni un abandono de las ideas revolucionarias ni un retroceso a la socialdemocracia.


Sus críticas a la situación presente de los países socialistas se mezclan con el reconocimiento del papel jugado por la revolución rusa, su necesidad histórica y los métodos empleados. En última instancia, la responsabilidad de que el desarrollo del Estado soviético tomase el camino conocido fue, en un principio, el acoso imperialista que le obligó a forzar el ritmo de acumulación e industrialización y, posteriormente, la carrera armamentística, que acentuó dichos rasgos.


Fernando Claudín (39) critica del libro de Carrillo la endeblez teórica y las contradicciones que mantiene. Para el ex-dirigente del PCE, Carrillo abandona, en esta obra, la concepción leninista y se aproxima a la socialdemócrata. También abandona la idea del estado como simple instrumento de las clases dominantes, y asa a considerarlos como una estructura compleja, penetrada por diversos intereses sociales, tanto de las clases dominantes como las dominadas, con autonomía relativa respecto a las mismas, y susceptibles de transformación desde dentro a través del juego democrático parlamentario combinado con las luchas sociales. Considera que si sus críticas al sistema soviético van más lejos que nunca, eso mismo hace que sea más notable la contradicción típica del eurocomunismo de esa época, al proclamar por un lado que no puede haber socialismo sin democracia y, por otro, al considerar socialistas a regímenes carentes de cualquier atributo democrático.


Fernández Buey (40) también critica estas concepciones de Eurocomunismo y Estado a través del análisis que realiza sobre el proyecto de programa del PSUC para su IV Congreso. En concreto, rechaza que el cambio en el reclutamiento del personal del Estado suponga llevar la lucha por la democracia y el socialismo a su seno, pues predomina la defensa corporativa de sus intereses y la interiorización y defensa de la lógica capitalista; además, se está produciendo un desplazamiento del poder de decisión sobre cuestiones centrales del Estado a organismos cada vez más desvinculados de las instituciones representativas; por último, se estarían produciendo transformaciones antidemocráticas en la organización militar y fuerzas de la policía.


Si en 1973 fue el informe de Manuel Azcárate al Comité Central el que sirvió de excusa para lanzar una ofensiva contra las posturas independentistas de los partidos comunistas occidentales; ahora será el libro de Carrillo el motivo escogido por los soviéticos para lanzar la excomunión contra el eurocomunismo. El ataque se producía unos meses después de la cumbre eurocomunista de Madrid.


No obstante, el secretario general fue apoyado, frente a este ataque, por el Comité Central que emitió una resolución de apoyo entendiendo que dicho ataque, aunque personalizado en Santiago Carrillo, iba en realidad dirigido contra el Partido. Y para que tuviera aún más relevancia, de cara a aquella parte de la militancia que pudiera sentirse inclinada más hacia los soviéticos que hacia el secretario general, la propuesta de contestación fue presentada por un nutrido grupo de dirigentes, encabezados por Dolores Ibarruri, con largos años de exilio en la Unión Soviética. (41) 


Los soviéticos eligen ahora el libro de Carrillo como excusa por las críticas que en él se formulan al socialismo real y por ser quien tiene una base política más débil de entre los tres dirigentes comunistas. En este ataque quedan en evidencia las dos cosas que preocupan a los dirigentes soviéticos. Por un lado, el temor a una Europa unida e independiente de las dos superpotencias que, dotada de un sistema democrático socialista, pudiera ejercer una atracción irresistible sobre la Europa oriental, contribuyendo a disolver los bloques militares. Por otro lado, el PCUS necesita del reconocimiento del carácter socialista de su régimen como justificación ideológica ante su propio pueblo, y el eurocomunismo, con sus continuas críticas, estaba contribuyendo a poner esto mismo en duda. (42)

Fernando Claudín: ¿El canto del cisne?

Aparte de estos comentarios de Claudín, no hay duda de que su obra Eurocomunismo y socialismo representa, junto a la obra anterior de Carrillo, la reflexión teórica más importante en España sobre el eurocomunismo.


La profundidad de su análisis no sólo es mayor que el de Eurocomunismo y Estado o cualquiera otra obra o documento sobre el tema escrito en España, sino que además es plenamente consciente del significado histórico del eurocomunismo cuando plantea un dilema que hoy podemos valorar como prueba de una visión amplia y sin anteojeras:

“el eurocomunismo contiene la posibilidad y la esperanza de una superación -en el capitalismo maduro- de la crisis general del movimiento comunista. Pero también puede ser su canto del cisne (...) Si la práctica del eurocomunismo desmiente sus promesas y si el socialismo no supera el reformismo socialdemócrata, el capitalismo podrá restablecerse una vez más, y por toda una etapa de imprevisible duración se cerrará de nuevo el camino al socialismo en Europa.” (43)

Para Claudín el eurocomunismo se presenta como una promesa por el momento histórico en que se ha plasmado como alternativa, momento en que coinciden la crisis del capitalismo, iniciada a finales de los 60, con a crisis del socialismo real. Esta crisis se manifiesta con especial agudeza, en su dimensión política, en Europa occidental: “que en la actual coyuntura histórica podría revelarse como el eslabón más débil del sistema imperialista”. Y precisamente en los tres países del flanco sur de esta área -España, Italia y Francia- es donde se materializa el eurocomunismo.


En esta obra se examinan las vicisitudes históricas de las relaciones entre democracia y socialismo -que se verá más adelante al tratar este tema- y, después de hacer una valoración del desarrollo histórico del eurocomunismo, analiza lo que considera los puntos más débiles de estos partidos, siendo sus críticas coincidentes, en gran parte, con las que formule, más adelante, el sector “renovador” del PCE. Se puede decir que esta parte de la obra dedicada a analizar las contradicciones y los puntos débiles del eurocomunismo es su aportación más importante al debate eurocomunista. Su primera, y principal crítica, se centra en la persistencia a seguir considerando socialistas a los regímenes del Este, y rechaza los argumentos de que se sirven los partidos eurocomunistas para mantenerse en esa postura: 1) El calificarlos de “socialismo primitivo” es mostrar que existe en ellos una dinámica a la libertad y la democracia, lo que no es cierto. 2) El alegar que su sistema productivo es socialista pero no su superestructura política es una incongruencia, ¿cómo puede existir apropiación colectiva sin organización político-social democrática? 3) Al argumentar que lo mismo que ha habido diversas formas de transición al capitalismo y hay diferentes modalidades de capitalismo, también puede ocurrir lo mismo en el socialismo, no se tiene en cuenta que si el capitalismo es compatible con distintas estructuras políticas, debido a una autonomía relativa de la instancia política al tener que arbitrar intereses contradictorios; el socialismo no puede hacer lo mismo y debe estar necesariamente vinculado a la democracia, que además debe extenderse a la esfera económica.


Pero no es esta la única debilidad de los eurocomunistas, Claudín les reprocha que siendo su estrategia antimonopolista la adecuada para la vía democrática al socialismo, sin embargo en su aplicación concreta hay un problema grave al concebir una nueva etapa de transición al socialismo -la “democracia política y social” en el PCE- que lleva a los partidos comunistas a la ilusión de una fase de larga duración, con estabilidad democrática y alianzas estables con la burguesía no monopolista. Considera que esta estrategia puede estar sirviendo de justificación a una táctica gradualista centrada en la esfera política, con marginación de las luchas de masas.


También critica la contradicción existente entre los principios del eurocomunismo y la concepción de partido que se mantiene. Un tipo de partido que sigue sosteniendo que su posesión del método científico marxista le permite estar en las mejores condiciones para dirigir la transición al socialismo y que sigue aspirando a una función dirigente, aunque tenga que ganársela con la justeza de su línea. Un partido que mantiene el centralismo democrático, y que en la práctica se concreta en la falta de democracia interna.


Estas contradicciones se expresan en una encrucijada para el eurocomunismo que pasa por: 1) el temor a agudizar el enfrentamiento con Moscú. 2) la oscilación entre la tentación socialdemócrata y la creación de una alternativa socialista y 3) la voluntad de democratización interna y el mantenimiento del centralismo democrático.


Por último, apunta las amenazas a que se enfrenta el eurocomunismo y que provienen tanto de Estados Unidos como de la Unión Soviética.


Es decir, para Claudín, el eurocomunismo es una promesa, la última, con importantes contradicciones internas y graves obstáculos exteriores que plantean sobre su futuro serios interrogantes.

Eurorrenovadores

Para Jordi Borja (44) la escisión en el seno del movimiento obrero y socialista, consecuencia de la revolución rusa, se basa en la aparición de tres nuevos modelos respecto a la conquista del poder, el Estado y el partido. La toma del palacio de invierno, que es fruto de una situación excepcional, es elevada a categoría de regla a imitar. El paradigma de Estado organizado como una democracia de base a partir de los soviets va a fracasar rápidamente, convirtiéndose en un sistema autoritario y burocrático, pero sin embargo persistirá la crítica y el menosprecio hacia la democracia formal. El partido, a su vez, es concebido como un destacamento avanzado de la vanguardia proletaria, generando durante el período stalinista un tipo de partido “contrasociedad”. Se trata de tres modelos totalmente opuestos a los mantenidos por la II Internacional hasta ese momento.


No obstante el éxito inicial de este paradigma en el Imperio zarista, en Europa las revoluciones que siguen a la primera guerra mundial se saldan con un fracaso. A pesar de ello el modelo “comunista-stalinista” tiene enganche en el movimiento obrero occidental debido a la eficiencia organizativa de la Internacional Comunista, la esperanza revolucionaria de las masas y, especialmente, a la marginación social y política que el capitalismo impone al movimiento obrero desde los años 20 hasta finales de los 60, razón esta última que también es responsable de la acentuación del reformismo capitalista de la socialdemocracia.


Sin embargo, en los años 60 se inicia una etapa nueva, caracterizada por la coexistencia pacífica y el inicio de la crisis del capitalismo, en el que se origina un período de ofensiva de las clases populares. Es el momento en que los partidos comunistas, que han mantenido la autonomía política e ideológica del movimiento obrero, se presentan como partidos que aspiran a gobernar para llevar a cabo sus objetivos de transformación social en el marco de las instituciones democráticas. En la Europa de los años setenta se conjugan tres condiciones que la hacen aparecer madura para la construcción de un socialismo democrático: la crisis capitalista, la fuerza del movimiento obrero y las organizaciones de izquierda, y la vitalidad de las instituciones democráticas.


La vía democrática es definida por cinco aspectos fundamentales: 1) La lucha por el socialismo debe hacerse desde el interior de las instituciones. 2) Junto a la extensión de las instituciones representativas debe impulsarse el desarrollo de la democracia de base. 3) Tanto el período de transformación como el propio funcionamiento del sistema socialista resultante debe apoyarse sobre la base de un estricto respeto y extensión de las libertades actuales. 4) Las transformaciones socioeconómicas deben llevarse a cabo mediante un programa gradual de reformas basado en un amplio consenso, muy superior al 50 por ciento de la población. 5) Es necesario llevar la lucha por la hegemonía a todos los niveles de la sociedad civil y transformar democráticamente el Estado.


Jordi Borja es consciente de que, a pesar de su optimismo sobre la vitalidad de las instituciones democráticas (45) y del gradualismo y consenso que predica para llevar a cabo las transformaciones socialistas, existe un peligro evidente de reacción violenta por parte de las clases dominantes (Chile es un ejemplo muy cercano en el tiempo)y no escabulle la cuestión. En coherencia con su defensa de la vía democrática al socialismo, la respuesta a esta cuestión es la de que existen factores que inhiben la posibilidad de enfrentamiento violento durante la transición, y que serían: 1) El carácter de los partidos existentes en los Estados democráticos de Europa occidental, partidos habituados a utilizar mecanismos de negociación y conciliación para la resolución de sus conflictos. 2) La existencia de un mínimo de intereses comunes en la sociedad que hacen posible, por un lado, asumir las situaciones y reglas existentes, y por otro, aceptar cambios estructurales y de valores. 3) El pluripartidismo de las fuerzas socialistas, que permite conquistar una base social mayoritaria para el cambio. 4) La democracia de base, que posibilita la participación real de toda la población e impide que la derecha reaccionaria pueda articular un movimiento de masas contra el proceso de cambio democrático.

LAS SEÑAS DE IDENTIDAD DEL EUROCOMUNISMO

Ahora es necesario detenerse en lo que pueden considerarse las señas de identidad más significativas del eurocomunismo. Estas señas pueden compendiarse en dos aspectos fundamentales, la renuncia a la dictadura del proletariado y la vía democrática al socialismo y sus implicaciones.

La renuncia a la dictadura del proletariado

La dictadura del proletariado es considerada, desde el punto de vista del marxismo ortodoxo, un concepto central: “una de esas categorías centrales de toda teoría o ciencia por referencia a la cual cobran sentido y se anudan un conjunto de conceptos”. (46) Y suele ser corriente citar a El Estado y la revolución de Lenin para recordar que marxista es sólo el que hace extensivo el reconocimiento de la lucha de clases al reconocimiento de la dictadura del proletariado.


Efectivamente, en la interpretación ortodoxa, si el socialismo es la etapa de transición entre el capitalismo y el comunismo, dictadura del proletariado y socialismo son dos formas de decir la misma cosa. Para Marx, la dictadura del proletariado es una exigencia del paso de la sociedad de clases a la sociedad sin clases, caracterizada por el ejercicio del poder de la clase trabajadora, que establece un Estado adecuado a dicha tarea.


Balibar hace un resumen de las tres tesis de Lenin al respecto. La primera tesis expresa que:

“el poder del Estado es siempre el poder político de una sola clase, que lo detenta en tanto que clase dominante en la sociedad. Esto es lo que Marx y Lenin expresan ante todo diciendo que todo poder de Estado es una dictadura de clase.”

La segunda tesis viene a declarar que el poder de Estado de la clase dominante tiene “que materializarse en el desarrollo y en el funcionamiento del aparato del estado”, lo cual lleva implícita la consecuencia de que:

“la revolución proletaria es imposible sin la destrucción del aparato del Estado existente, que materializa el poder del Estado de la burguesía. Sin esta destrucción la dictadura del proletariado no puede desarrollarse y cumplir su cometido histórico.”

La tercera tesis establece que “el socialismo no es otra cosa que la dictadura del proletariado.” (47)


Para el marxismo, cualquier sociedad dividida en clases tiene necesidad de un aparato de poder político, el Estado, a través del cual ejerce su dominio la clase hegemónica. Desde este punto de vista ese dominio es una dictadura y la función principal de todo Estado es la de salvaguardar el sistema social en el que existe. Ahora bien, dicha dominación puede ejercerse a través de distintas formas políticas, de gobierno, y en el caso de la “dictadura burguesa” estas formas políticas incluyen la “democracia política”.


La dictadura del proletariado es el Estado de la clase obrera, en tanto que clase dominante, una vez alcanzado el poder. En general, la gran mayoría de los autores marxistas suelen asimilar la dictadura del proletariado con una amplia democracia para la mayoría del pueblo y una dictadura para con la minoritaria clase burguesa derrotada. Avanzando un poco más, se suele identificar también dictadura del proletariado con el ejercicio de la democracia directa, por oposición a la democracia representativa, más característica de la “forma política” de democracia ejercida durante la “dictadura burguesa”. (48)


Es importante retener, pues, que la dictadura del proletariado es un concepto fundamental en el marxismo en cuanto que expresa la idea de que cualquier orden socioeconómico clasista es una dictadura o en palabras de Balibar:

“si la lucha de clases del movimiento obrero ha tenido que fijarse como objetivo la dictadura del proletariado, con todas las dificultades e incluso contradicciones temibles que conlleva, y no ‘sencillamente’ la felicidad, la libertad, la democracia, etc., ha sido por una razón material. Porque la explotación capitalista entraña inevitablemente la dictadura de clase de la burguesía”. (49)

Sobre el carácter concreto que toma la dictadura del proletariado se han producido diversas interpretaciones según la posición política que se adopte. Así por ejemplo, para Adam Schaff, la palabra dictadura en la concepción de los clásicos:

“señala el papel preponderante del proletariado, que actúa como fuerza dirigente del Estado en interés de las más amplias capas laboriosas. Esta ‘dictadura’ del proletariado puede adoptar las formas más diversas, que no necesariamente han de ser siempre dictatoriales en el sentido de antidemocráticas (...) (porque) la dictadura del proletariado es una forma de Estado en la que el proletariado se convierte en la clase dominante. Esta dominación, empero, puede ser ejercida también bajo la forma de un Estado de derecho, puede ser democrática, como Marx había previsto para toda una serie de Estados”.

Es con el cariz que las cosas tomaron en Rusia durante la revolución cuando:

“el concepto de dictadura del proletariado no sólo se identificó con el de un poder ejercido sobre la base de la violencia, (sino) que además no estaba limitado por ningún principio jurídico”.

Y señala que esta fórmula de Lenin “respondía a las condiciones de la sangrienta lucha de la contrarrevolución.” (50)


Interpretaciones iguales o parecidas pueden encontrarse en otros autores marxistas, y con habilidad y teniendo u cierto conocimiento de los clásicos del marxismo pueden entresacarse citas para justificar una gran cantidad de concepciones contrapuestas. Sin embargo, el hecho de haberse producido la toma del poder por los partidos comunistas en diversas partes del mundo hace que necesariamente la discusión en torno a la dictadura del proletariado tenga que hacerse no sólo respecto al plano teórico, sino sobre todo en relación a su plasmación en las formas estatales del socialismo real, entre otras cosas, porque es respecto a esas formas estatales a las que se va a posicionar el eurocomunismo, y más concretamente el PCE; partiendo de una postura inicial de absoluta aceptación y defensa, y terminando con su rechazo, a través de un proceso de gradual evolución.


Sin embargo, un análisis crítico, incluso un rechazo de la forma en que la dictadura del proletariado se plasmó en el Estado soviético o en las democracias populares no tiene por qué llevar a rechazar ese concepto necesariamente, como ha sido el caso de autores o partidos situados a la izquierda del PCE. Así por ejemplo, Albiac (51) señala la “experiencia soviética” como la responsable del rechazo por las masas de la dictadura del proletariado y la consiguiente victoria ideológica de la burguesía en este terreno; esta experiencia que se concreta en la “desviación stalinista” sería la responsable de la degradación de un concepto fundamental en el marxismo, y apunta que para su recuperación es necesario definir cuál es la naturaleza del poder soviético porque es posible que en la Unión Soviética no haya existido nunca la dictadura del proletariado “en el sentido estricto que el término posee en la teoría marxista”. Para rechazar el carácter de la Unión Soviética actual como un Estado de dictadura del proletariado, Albiac se basa en que no cumple con el elemento más definitorio en el plano político de aquélla, “la implantación de una amplia democracia de masas” a partir de la cual se crearían “las condiciones para la extinción de la autonomía de los aparatos estatales”.


Para los grupos maoístas, la Unión Soviética ha dejado de ser una dictadura del proletariado convirtiéndose en la dictadura de una nueva burguesía de Estado cuyo origen se sitúa en los años 30 y que asienta definitivamente su dominio a partir del XX Congreso del PCUS. Frente a esta desviación oponen como ejemplo de dictadura del proletariado la experiencia china y, especialmente, la revolución cultural de 1966-9.


El eurocomunismo, sin embargo, lleva la crítica de las experiencias del socialismo real a un rechazo del propio término de dictadura del proletariado. En las páginas anteriores ya se ha hecho referencia a algunas de las posiciones que sobre este tema mantuvo el PCE, ahora de lo que se trata es de darles un tratamiento más sistemático.


A la altura de 1956, el PCE se sitúa entre las posturas más ortodoxas dentro del movimiento comunista, defendiendo, no sólo la dictadura del proletariado, que es necesaria sea cual sea el paso del capitalismo al socialismo, sino el régimen político soviético en el que considera que se ha plasmado, por fin, la verdadera democracia. (52)


En su VI Congreso, el PCE, sin mencionar la dictadura del proletariado, plantea que, cumplidas una serie de condiciones:

“el Estado y la democracia socialista podrían asentarse en España en un sistema parlamentario, con pluralidad de partidos políticos, representantes de las diversas clases y capas interesadas en la realización del socialismo.” (53)

Pero, aunque no se mencione, el PCE no ha renunciado al concepto de dictadura del proletariado, sólo ha transformado su contenido. Siguiendo los pasos de la Unión Soviética, el PCE saluda, con ocasión del XXII Congreso del PCUS, el punto de programa que recoge la transformación de la dictadura del proletariado en Estado de todo el pueblo. Partiendo de lo expresado en ese programa, según el cual: “el Estado que surgió como Estado de la dictadura del proletariado, se ha convertido en el Estado de todo el pueblo, en órgano de expresión de los intereses y la voluntad de todo el pueblo.” Carrillo ve “confirmada en la práctica histórica de la URSS la tesis marxista-leninista sobre la dictadura del proletariado.” (54)


Igualmente se vio que en 1963 se plantea una dictadura del proletariado compartida por varios partidos en la que el PCE jugaría el papel de partido dirigente. (55)


En Nuevos enfoques a problemas de hoy el PCE sigue anclado en las concepciones ortodoxas sobre la dictadura del proletariado, a pesar del nuevo contenido del que quiere dotar a este concepto. Su punto de arranque es la identificación del Estado, de cualquier forma de Estado, con la dictadura, y de ello se deriva que el Estado democrático burgués es una forma de ejercer la dictadura por los grandes capitalistas; y la dictadura del proletariado, la forma de gobierno de la mayoría asalariada del pueblo contra una pequeña minoría de explotadores, en un régimen de democracia política, pluripartidista. La diferencia, en consecuencia, se centra en el paso de la propiedad capitalista a propiedad social. (56) En esos momentos, el PCE rechaza el término de totalitarismo para señalar indistintamente las dictaduras fascistas y stalinistas, considerando que se trata de propaganda pequeñoburguesa y socialdemócrata.


En Libertad y Socialismo, (57) ante las críticas izquierdistas a la política del PCE, Santiago Carrillo se defiende alegando que el partido no ha renunciado a ninguna de las señas características de los comunistas, entre ellas la de la dictadura del proletariado, argumentando que si en vez de luchar inmediatamente por ella, el PCE lucha por las libertades políticas es porque el paso automático a dictadura del proletariado desde la dictadura franquista es absolutamente imposible. Pero sigue concibiendo aquélla como una ampliación y un desarrollo de las libertades políticas y la democracia en el terreno fundamental de la propiedad colectiva de los medios de producción y de cambio. Esta postura es ratificada en el VIII Congreso del PCE, celebrado en 1972, donde se expresa que: “la dictadura del proletariado, como período de transición del capitalismo al socialismo, no ha sido superada por el desarrollo histórico moderno”, a la vez que se remacha que: “la concepción marxista de la dictadura de las fuerzas revolucionarias socialistas en el período de transición se identifica, dialécticamente, con la más amplia democracia.” Y lo mismo ocurre en el III Congreso del PSUC celebrado el año siguiente. Si en esos momentos hubiera que poner un ejemplo al que se pareciese la dictadura del proletariado que el PCE propugna para España, ese sería, como apunta Emilio Quirós, (58) en nombre del partido, la experiencia de la II República durante la guerra civil española, a la que consideran la primera democracia popular que ha existido.


En el año 1975, cuando se firma el documento entre Carrillo y Berlinguer, que para muchos es considerado como la fecha orientativa del nacimiento del eurocomunismo, todavía se defiende la vigencia de la dictadura del proletariado con el contenido expuesto anteriormente, como puede verse en el libro Mañana España, editado ese año. Sin embargo, a partir de ese momento se producirá un cambio rápido que llevará a su rechazo por parte de los partidos eurocomunistas.


En realidad, el abandono de la dictadura del proletariado por parte de la mayoría de los partidos comunistas europeos, con escasas excepciones, se produjo sin apenas debates, y sin conmociones de importancia. Y es que la forma en que fue formulada la cuestión condicionó la respuesta, pues el debate fue planteado en los términos de elección entre dictadura del proletariado y vía democrática. De esta manera se ha llegado a denunciar que se trató de un hábil planteamiento sustentado en:

“imágenes y nociones ideológicas que la ideología democrático burguesa dominante ha arraigado fuertemente en amplios sectores populares: pacifismo, legalismo, relativismo, posibilismo.” (59)

El caso más notorio y polémico fue el del PCF que hizo la renuncia expresa a la dictadura del proletariado en su XXII Congreso celebrado en febrero de 1976. En el informe presentado al mismo por su secretario general, Georges Marchais, se utilizan dos argumentos fundamentales para renunciar al término de dictadura del proletariado, el hecho de que la palabra dictadura evoque los regímenes fascistas, y la realidad de que el proletariado no represente a la totalidad de la clase obrera. Es evidente que el argumento fuerte es el primero. En las distintas intervenciones habidas durante el debate en el periódico del PCF, L’Humanité, (60) se refieren a la diferente resonancia que adquiere el término dictadura después de las experiencias fascistas en Europa y de la lucha por la libertad y la democracia llevada a cabo para acabar con esos regímenes. Pero no se pretende hacer con ello una condena de los regímenes del socialismo real y por eso el propio informe de Marchais hace una defensa de la necesidad de la dictadura del proletariado en las condiciones de la Rusia de 1917, necesidad que ya no existe en Francia de 1976. El segundo argumento hace referencia al hecho de que el proletariado es una minoría en el seno de la clase obrera y, sin embargo, el poder socialista que se propone debe ser obra de la mayoría del pueblo. Detrás de este argumento también están las lecciones extraídas de las experiencias recientes de Portugal y, especialmente, de Chile. Como recoge el informe del secretario general del PCF:

“la condición decisiva del éxito es la existencia y la afirmación de un movimiento lo suficientemente amplio, hasta englobar a una amplia mayoría del pueblo, sólidamente unido en torno a objetivos transformadores.” (61)

En el PCE no existe un abandono explícito y solemne del término como el ocurrido en el PCF, lo que se produce más bien es una renuncia de su empleo y algunas declaraciones de sus dirigentes en artículos u obras abogando por su abandono, sin que se produzca ninguna reacción sustancial del partido en contra. En este sentido se puede citar, en primer lugar, la posición que sostiene Manuel Azcárate, en julio de 1976, en un debate con Claudín, en el que alega dos motivos para el abandono de la dictadura del proletariado. Por un lado, “por la amplitud de las fuerzas que hoy están interesadas objetivamente en el socialismo”. Si cuando Marx pone en circulación ese concepto la clase obrera es una relativa minoría de la sociedad, y con mayor motivo en la Rusia de 1917, hoy, la clase obrera es la gran mayoría de la población de las sociedades capitalistas desarrolladas, a lo que hay que sumar otros sectores interesados en el socialismo; y en estas condiciones definir el poder político que ejerza la clase obrera y sus aliados “con la palabra dictadura, se convierte no sólo en algo innecesario, sino en algo científicamente incongruente.” El segundo motivo para el abandono de la dictadura del proletariado es que “históricamente, la dictadura del proletariado está asociada a la experiencia de la URSS y muy especialmente a lo que ha sido el estalinismo.” (62)


La argumentación más elaborada para su abandono la plantea Santiago Carrillo en Eurocomunismo y Estado. El núcleo fundamental del discurso son las dos ideas expuestas por Azcárate, pero desarrolladas más ampliamente. La razón principal de la renuncia al término de dictadura del proletariado es la de que éste se ha hecho odioso en este siglo. Ya no cabe, pues, sostener el término y darle un contenido diferente, como se venía sosteniendo hasta ese momento. Llegado a un determinado punto, como ha hecho el eurocomunismo, se empiezan a romper viejas amarras, y a la renuncia a la dictadura del proletariado se añadirán otras como el internacionalismo proletario, o el leninismo.


Carrillo rechaza el argumento de quienes sostienen que Marx y Engels utilizaron este término casi fortuitamente. Muy al contrario, a partir de 1948, Marx y Engels dejan de identificar democracia y poder de los trabajadores e inician la crítica de la democracia por la utilización que hace de lla la burguesía. En el Manifiesto Comunista se expresa por primera vez la idea de que todo Estado es un instrumento de dominación de una clase sobre otra; y esta teoría sigue siendo hoy válida, incluso en los países con más libertades en los que el Estado sigue siendo la violencia organizada de una clase contra otra. Sin embargo, no cabe duda de que la experiencia del fascismo ha llevado a una revalorización del papel de la democracia y a mirar con grandes reservas lo que se puede calificar de “totalitarismo socialista”.


La democracia no es una creación histórica de la burguesía sino de las fuerzas populares progresistas de las revoluciones, siendo, por tanto, anterior a la burguesía, lo mismo que al Estado y al socialismo. Aceptado esto, la cuestión es determinar si es posible transformar la sociedad y el Estado sin alterar las reglas democráticas. La respuesta del secretario general del PCE es que existe esa posibilidad aun cuando no pueda presentar ninguna experiencia real en la que basarse.


Si hasta este momento su discurso podría ser, en grandes líneas, refrendado por cualquier partido socialista, a partir de aquí introduce la diferencia con éstos al justificar que la dictadura del proletariado fue necesaria en el pasado, cuando el proletariado era una minoría en la población. Carrillo vuelve a justificar la experiencia de la revolución rusa, su necesidad y los métodos que utilizaron, al tiempo que rechaza las críticas que hiciera Kautsky de ella, como una justificación de la traición de la socialdemocracia. El abandono de la dictadura del proletariado se basa en que si ésta y la violencia fueron necesarias en el pasado, no lo son en el presente, cuando los trabajadores constituyen la mayoría de la sociedad y a ellos se les añaden las fuerzas de la cultura.


Por último Carrillo corrige la posición de Lenin en la que sostenía que las formas de transición al socialismo podían ser variadas, pero que la esencia de todas sería la dictadura del proletariado; porque la esencia es la hegemonía de los trabajadores sin que sea necesaria la dictadura del proletariado.


También en sus Memorias, Carrillo vuelve a referirse a las razones existentes para abandonar el término de dictadura del proletariado, haciendo alusión a que por una parte, ya en los años 50, dirigentes comunistas, como el francés Maurice Thorez, ponían en cuestión, en privado, la concepción de la dictadura del proletariado; (63) y por otra parte, señala que se había producido no sólo:

“(un) retraso en la elaboración teórica, sino un divorcio entre teoría y práctica. Esa fue la contradicción que el eurocomunismo trató de superar llevando a los partidos comunistas a la adopción de la democracia, como criterio sustantivo de su teoría y práctica”. (64)

El abandono del término dictadura del proletariado por los partidos eurocomunistas es considerado por las organizaciones a su izquierda como un aspecto formal que venía a consagrar en los programas lo que de hecho era ya una práctica habitual en aquellos partidos desde hacía mucho tiempo, práctica que critican de revisionista o socialdemócrata. Que el momento elegido para su renuncia haya sido 1976 se debe a la coyuntura electoral en la que se sitúan los partidos eurocomunistas, especialmente el PCF con el Programa de la Unión de Izquierdas, en la cual este abandono tiene como objetivo conseguir mayores cotas de credibilidad social.


Destaca entre las críticas realizadas al abandono de este concepto la realizada por Fernández Buey (65) con ocasión de la celebración del IV Congreso del PSUC, en el cual se produce el abandono oficial de la dictadura del proletariado por este partido. Su objetivo es desmontar las justificaciones esgrimidas por los partidarios de la renuncia, y a este respecto divide los cinco principales argumentos de dos bloques diferentes.


En el primer bloque se encuentran los que hacen referencia a la oposición entre el término dictadura y la democracia amplia y profunda que los partidos comunistas pretenden alcanzar; al hecho de que la expresión dictadura del proletariado no expresa la realidad social del bloque revolucionario que asume la tarea de pasar al socialismo; y que incluso el término proletariado se hace restrictivo para referirse al conjunto de los trabajadores asalariados. Este bloque de argumentos es criticado basándose, por una parte, en que quienes los emplean se han alejado del verdadero significado de las nociones marxistas de democracia y dictadura; y por otra parte, indica que puede emplearse otro tipo de definición de dictadura, como ya hiciera Lenin, para expresar la naturaleza de las alianzas actuales necesarias para alcanzar el socialismo.


Pero es el segundo bloque de argumentos el más importante por su peso en el debate: en él se encuentra el cambio de sentido que el término dictadura ha adquirido a partir de las experiencias fascistas europeas, así como la asimilación que se ha terminado produciendo entre dictadura del proletariado y los regímenes concretos de los países del socialismo realmente existente. Reconoce el autor que la palabra dictadura no ha despertado jamás entusiasmos, pero que si los trabajadores se movilizaron bajo la consigna de la dictadura del proletariado fue por entender que encerraba una alternativa de sociedad libre e igualitaria frente a la explotación del capitalismo. Sin embargo, reconoce que actualmente se ha perdido esa ilusión por la identificación producida con las instituciones del socialismo real. Con lo cual viene a reconocer que el problema central de la dictadura del proletariado gravita en torno a la naturaleza de dichas sociedades. No obstante, acusa a los partidos eurocomunistas de aceptar acríticamente la naturaleza dictatorial del socialismo real a la vez que niegan ese mismo carácter dictatorial al poder de las clases burguesas en las democracias occidentales, con el resultado de una concepción ideal de democracia fruto del pensamiento liberal.


En cualquier caso, lo cierto es que finalmente el PCE abandonó el empleo de este término, sustituyéndolo por el empleo de otro que no tiene las connotaciones negativas del término dictadura y que se adapta mejor a la estrategia y finalidad que pretende el eurocomunismo, el de hegemonía democrática de las fuerzas del trabajo y la cultura.

La vía democrática al socialismo. La relación entre democracia y socialismo

El eurocomunismo puede considerarse como la estación última de un recorrido evolutivo que partiendo de una visión instrumental de la democracia como un medio de alcanzar el socialismo, llega a una concepción substancial de la democracia en que se la valora como un fin en sí misma, indispensable para la propia existencia del socialismo. En esta última etapa, la democracia existente deja de ser adjetivada como burguesa, y deja de ser denostada frente a un modelo de democracia socialista cuya máxima representación se encontraría plasmada en los países del socialismo real. Para que este cambio encaje dentro del modelo teórico de los partidos eurocomunistas será necesario que la democracia, la existente, pase a ser considerada como una conquista de las masas populares que, además, se encuentra en una situación de defensa continua frente a los intentos de degradación y reducción llevados a cabo por parte de las clases dominantes. También se producirá un cambio de actitud frente a las libertades reconocidas en los regímenes democrático-liberales, que dejarán de tener, para los comunistas, un mero carácter formal.


El acontecimiento que más influyó en este cambio de visión respecto a la democracia y las libertades fue la dramática experiencia de las dictaduras fascistas en Europa, que en el caso de España se prolongaría durante décadas y que marcaría inevitablemente la trayectoria del PCE. Pero, además, también es necesario tener en cuenta los fracasos de los diversos intentos insurreccionales para la toma del poder llevados a cabo en Europa occidental, y la incapacidad de los propios partidos comunistas, con la excepción de Italia y Francia, para constituirse en partidos de masas y sustraer a la mayoría de los trabajadores de la influencia socialdemócrata.


Algunos de estos pasos los hemos ido viendo en los capítulos anteriores, ahora sistematizaremos esta visión evolutiva y el resultado final, con las polémicas producidas.


Pero se debe tener en cuenta que si el eurocomunismo es la etapa final de este proceso, también es sólo una de las posibles concreciones de las vías democráticas al socialismo, quizá la más consecuente, pero no la única. No sólo porque un caso como el de la experiencia de la Unidad Popular de Chile no entre en la definición del eurocomunismo, sino porque se ha llegado a sostener que la tradición comunista siempre ha intentado arribar al socialismo mediante la vía democrática, o pacífica. Y es que debemos tener en cuenta que ambos conceptos son utilizados de manera intercambiable.

La vía democrática en la tradición comunista

Comenzando por este último tema, hemos visto como una de las justificaciones más utilizadas por el PCE, antes incluso de llegar al eurocomunismo, es la tesis de que en la propia revolución rusa los bolcheviques intentaron establecer el socialismo mediante la vía pacífica, y que el hecho de que se frustrase dicha posibilidad fue responsabilidad de los mencheviques y socialrevolucionarios principalmente. Si fueron las condiciones propias de la época las que obstruyeron esta vía, que es la genuina dentro del pensamiento comunista, en las nuevas condiciones creadas posteriormente, gracias precisamente al triunfo de la revolución bolchevique y a la extensión posterior del sistema socialista, se hace plenamente posible la transición al socialismo mediante una vía democrática.


En dos textos fundamentales de Lenin, El Estado y la revolución y La revolución proletaria y el renegado Kautsky se encuentran algunos de los argumentos más críticos del marxismo con la democracia. Las posiciones mantenidas en esos textos se van a radicalizar, si cabe, con la agudización de las condiciones de la guerra civil en Rusia y el inicio de la crisis revolucionaria en Europa, y en el Congreso fundacional de la Internacional Comunista la crítica a la democracia ejercida bajo el capitalismo lleva a considerar desdeñable las conquistas democráticas conseguidas en el marco de la dominación burguesa. Efectivamente, en su informe al I Congreso de la Tercera Internacional (66) Lenin rechaza el argumento de la existencia de una “democracia en general” en los países capitalistas, pues en éstos sólo existe la “democracia burguesa” y, parafraseando a Marx y Engels, la califica de una “máquina para la opresión de la clase obrera por la burguesía”, tal como habría quedado demostrado en la Comuna de París. En opinión de Lenin, cuanto más “pura” es una democracia más claramente “se manifiestan la opresión por el capital y la dictadura de la burguesía”. A partir de estas premisas Lenin concluye que la dictadura del proletariado se convierte en legítima y necesaria como única garantía de defensa contra la dictadura de la burguesía, es más, en los momentos de agudización de la lucha de clases no existe más alternativa que la dictadura de una o de otra clase. Profundizando en su ataque a las posiciones de la socialdemocracia considera una “solemne necedad” pensar que la revolución proletaria, la que va a acabar definitivamente con la sociedad dividida en clases, “pueda producirse en el viejo marco de la vieja democracia burguesa”. No se trata, por tanto, de una defensa de la vía insurreccional debido a las condiciones concretas del paso al socialismo en Rusia como sostendrán más tarde los partidarios de una vía democrática al socialismo. En esta intervención, Lenin no hace ni una concesión a los socialistas. La democracia burguesa y el parlamentarismo se describen como organizados para apartar a las masas del aparato del gobierno, en tanto que “la organización soviética del Estado está adaptada al papel dirigente del proletariado”; por lo tanto, considera como “ridícula” la proposición de los socialistas independientes alemanes de unir la organización de los Soviets con la Asamblea Nacional.


A partir de este momento, una de las orientaciones de la Komintern será la de combatir las “ilusiones” del proletariado occidental en la “democracia burguesa”, a la que se opondrá la “democracia proletaria” como la única verdadera. De esta manera, la democracia representativa pasa a ser concebida como la adecuada a la dominación burguesa. A pesar de esto, a partir del momento en que comienza a ser evidente el retroceso revolucionario en Europa, Lenin va a recomendar la actuación de los comunistas dentro de las instituciones parlamentarias con objetivos propagandísticos, de denuncia, etc. Sin embargo, finalmente, la radicalización de las posiciones que se producen en esos años provoca que, durante el período más sectario de la Internacional Comunista, entre 1928 (VI Congreso) y 1934, se llegue, incluso, a abandonar esta táctica de aprovechar las posibilidades que ofrece la democracia burguesa.


Con el ascenso nazi al poder y la evidencia del peligro que ello representa, incluso para la URSS, se produce el viraje de la Komintern, que pasa a preconizar la defensa o reconquista de la democracia, siempre dentro de una concepción de acumulación de fuerzas que permita, en un momento determinado, pasar a la dictadura del proletariado según el modelo soviético. Así, en el período que va desde el VII Congreso de la IC, en 1935, hasta el inicio de la guerra fría, en 1947, la cuestión de la democracia se situará en el centro de la estrategia de los partidos comunistas.


En Eurocomunismo y Estado, Carrillo sostiene respecto a la posición de Lenin, que su concepto de democracia, identificándola con el Estado, es una expresión limitativa de la democracia en el calor de una polémica, alegando que, por ejemplo, Engels sostuvo la existencia de la democracia cuando aún no existía el Estado. (67) Carrillo está acertado cuando sostiene que: “está claro que cada uno encuentra en Lenin lo que busca”. (68) En este sentido su posición, la del PCE, ha sido encontrar en el dirigente soviético lo que buscaba en cada momento. Y en lo referente a la vía pacífica al socialismo han encontrado un Lenin partidario de ella:

“Es verdad, pues, que (Lenin) propugnó la destrucción del Estado burgués por la fuerza, pero también lo es que no rechazó la idea de un paso pacífico al socialismo. Si finalmente escogió la insurrección, fue porque no había otro camino”. (69)

Esta explicación, sostenida por Carrillo en 1975, ya era mantenida, en 1957, por José Sandoval (70) en un artículo en el que sostiene que el paso de a revolución democrática burguesa a la socialista sólo es posible por la vía revolucionaria, pero que ésta puede ser pacífica o violenta según las circunstancias históricas. Los bolcheviques, continúa Sandoval, propugnaron enérgicamente el desarrollo pacífico de la revolución en tres ocasiones consecutivas, pero la actitud de mencheviques y socialrevolucionarios hizo imposible esta vía, y el partido bolchevique tuvo que preparar la insurrección armada.


Y esta opinión es vuelta a sustentar por Carrillo en 1967, alegando, otra vez, que Lenin defendía la llegada al poder por vía democrática, sin utilización de la violencia, pero que este curso democrático y pacífico deseado por los comunistas “resultó imposible por la actitud de las clases dominantes que lo cerraron apelando a la violencia”. (71)


Pero en definitiva, y es lo que aquí nos interesa, la vía pacífica o democrática de transición al socialismo está lejos de ser una característica exclusiva de los partidos eurocomunistas. (72) Lo que va a dar un cariz diferente a la vía pacífica, en manos del eurocomunismo, es su utilización en un discurso diferente, en el que se ha renunciado a la dictadura del proletariado, se diluye el papel dirigente del partido, se revaloriza la democracia y las libertades, etc.


El momento en que es admitida oficialmente esta posición en el seno del movimiento comunista es la celebración del XX Congreso del PCUS, en 1956, en el que se reconoce la posibilidad de la vía pacífica. Ésta es atacada, en la Conferencia de partidos comunistas celebrada en 1957, por los comunistas chinos, que la consideran un retroceso a las posiciones de la II Internacional. Pero a pesar de las posiciones chinas, la nueva vía es rápidamente adoptada por los comunistas de Europa occidental.


En el caso del PCE, ya desde su VI Congreso se aboga abiertamente por esta vía a la que se irá dotando de contenido con el paso del tiempo. Su principal interés a partir de ese momento será el convencer al resto de las fuerzas antifranquistas de que no se trataba de una opción táctica, en tanto acumulaban fuerzas suficientes para iniciar una conquista violenta del Estado, sino de un cambio real y permanente en la posición de los comunistas. Postura que fue difícil de defender en tanto que, paralelamente, se siguió proclamando la tesis de que todo Estado, incluido el democrático, era una forma de dictadura, se siguió adjetivando a las democracias occidentales de “burguesas”, o se mantuvo la necesidad de la dictadura del proletariado.

El contenido de la vía democrática al socialismo: democracia, libertades y pluralismo

Las premisas de este planteamiento, como ya se ha destacado, eran el peso del sistema socialista en el ámbito mundial, el elevado nivel de socialización de la producción y de las necesidades humanas, la coexistencia pacífica, el carácter monopolista del Estado que posibilitaría la alianza entre las fuerzas partidarias del socialismo y la burguesía no monopolista, y una concepción estratégica de largo alcance en la que se daban garantías a las fuerzas no socialistas de la coexistencia de propiedad social y privada durante un largo tiempo. A estas premisas se añadía un aspecto importante de la vida social en los países capitalistas: el aprecio por los valores democráticos que inculcó la traumática experiencia del fascismo en Europa.


Para poder definir la vía democrática, los partidos comunistas han necesitado previamente reafirmar su posición independiente, su nacionalización; convirtiéndose en una característica de los partidos eurocomunistas el definir su estrategia como la vía francesa, italiana o española al socialismo. Así es denominada por ejemplo en el Manifiesto programa del PCE, (73) y con ello lo que se pretende expresar claramente es la autonomía de cada partido comunista en la elaboración de su línea política, su independencia de cualquier disciplina internacional, su rechazo a la existencia de ningún centro dirigente que, como en el pasado, vincule a los distintos partidos comunistas. Es lo que expresa Gregorio López Raimundo cuando dice que:

“El eurocomunismo no es la negación del internacionalismo, sino una nueva concepción de éste. Significa, evidentemente, el rechazo de cualquier intento de crear una nueva internacional, de supeditar la actividad de los partidos comunistas a las decisiones de un centro, de un partido o de un grupo de partidos (...) a todo intento de influencia externa en los asuntos internos de cada partido”. (74)

Otros conceptos que van a ser precisados como consecuencia de la adopción de la nueva estrategia democrática al socialismo serán: la definición del papel de la lucha parlamentaria y la lucha de masas, y la nueva visión de las libertades y de los mecanismos institucionales como la alternativa en el poder.


Esta nueva concepción de la marcha hacia el socialismo es concebida, por un lado, como un desarrollo y profundización de la democracia en todos los terrenos, gracias a la posibilidad actual de ganar a la mayoría para el socialismo; y, por otro, como la única alternativa existente de plantearse, en las condiciones de los países desarrollados, la transformación socialista.


Pero para poder llegar a esta posición era necesario cambiar el concepto que se venía manteniendo respecto a la democracia, había que dejar de hablar de democracia burguesa y presentar la democracia como una conquista obtenida en las luchas populares. la mejor manifestación de este cambio es la expuesta por Santiago Carrillo cuando reconoce que:

“en la lucha contra el fascismo, los comunistas y otras gentes hemos confirmado que las libertades democráticas, incluso con todas las limitaciones y restricciones aplicadas en la sociedad burguesa, tienen un valor real que no puede subvalorarse.


Quizás habiendo vivido esa siniestra experiencia hemos comprendido mejor que la democracia no es una creación histórica de la burguesía, como hemos llegado a pensar en los momentos en que nuestra obsesión era todo desmarcarnos del ‘democratismo burgués’ y afirmar la posición y la ideología de clase de los trabajadores frente a él”.

Después de haber expresado cuáles han sido las razones que les han obligado a cambiar sus antiguas concepciones, continúa defendiendo el origen no burgués de la democracia, y refuta las tesis leninistas sobre ella, pues:

“la democracia con unas u otras formas es anterior a la existencia de la burguesía como tal y sobrevivirá a la sociedad de clases, al Estado, al socialismo (...) Incluso en el comunismo, la democracia, entendida en el sentido de la participación activa de todos en la administración de la sociedad, seguirá siendo un valor irrenunciable, o por mejor decir, adquirirá su más plena y completa realización.


Las revoluciones burguesas (...) tenían que incorporar las reivindicaciones democráticas a su programa, porque sin el apoyo del pueblo (...) carecían de fuerza suficiente para destruir la dominación feudal”. (75)

Esta posición ya fue defendida por Carrillo en su intervención en la Conferencia de Partidos Comunistas y Obreros de Europa, celebrada en Berlín, en junio de 1976, donde refiriéndose a las libertades “formales”, expresa que:

“no han sido una conquista de la burguesía. Fue la plebe, fueron las masas populares, las que aportaron la conquista de tales libertades. Y bajo ningún concepto y en ningún régimen social, menos aún en el socialismo, aceptamos la idea de su desaparición”. (76)

Por su parte Fernando Claudín sostiene no sólo que las conquistas democráticas son una conquista de las luchas populares, sino que existe una contradicción entre democracia y dominación burguesa, y señala que:

“el hecho de que la burguesía obligada por una determinada relación de fuerzas, fuera adaptando las formas de su poder a esas conquistas democráticas; que las ‘recuperara’ (...) para asentar sobre nuevas bases su dominación, no significa que la indicada contradicción desapareciese”. (77)

La dominación de la burguesía, continúa, se ha venido manteniendo mediante artificios ideológicos, entre los cuales el más eficaz ha sido el de:

“adquirir patente de democratismo (...) Lo que había sido arrancado por la lucha lo metamorfoseó en producto natural del desarrollo capitalista, en creación suya –de la burguesía- e incluso en forma ideal de su Estado (...) la alineación ideológica o política consistente en tomar como productos naturales del capitalismo, como expresión de una naturaleza democrática de la burguesía, lo que son conquistas arrancadas por la lucha de las masas populares, es una de las formas de alienación que ha tenido efectos más negativos en la conciencia de esas masas”. (78)

La democracia es presentada no sólo como una conquista popular de la que se reviste la burguesía para continuar su dominación, sino que por su propia naturaleza se hace incompatible con ella, y mucho más en la fase de capitalismo monopolista, tal como expresa Carrillo al afirmar que: “las doctrinas orientadas a vaciar de poder el Parlamento (...) corresponden a una tendencia propia del capital monopolista”. (79)

Pero esta postura hace necesaria una explicación de por qué es precisamente en las sociedades capitalistas donde se mantienen las únicas formas conocidas de democracia política. La interpretación que ofrece Claudín no es demasiado convincente:

“La contradicción entre la dominación de la burguesía y democracia ha ido profundizándose en la fase monopolista e imperialista del capitalismo, exacerbándose en la actual coyuntura de crisis global. El fenómeno se refleja netamente en una serie de rasgos del Estado del capitalismo monopolista”.

Después de hacer un análisis de estos rasgos, concluye con que:

“la persistencia, pese a todo, de cierto grado de democracia en las sociedades occidentales es función directa de la fuerza y capacidad del movimiento obrero-popular para resistir a las tendencias intrínsecas del monopolismo y del imperialismo”. (80)

El mismo cambio de discurso se produce en torno a la concepción de las libertades reconocidas en las democracias liberales y que en la tradición ortodoxa comunista había venido siendo calificadas como de “libertades formales”. El reconocimiento del valor de estas libertades y su defensa se hace, ahora, en base a dos tipos diferentes de argumentos: El primero, todavía de carácter instrumental, viene a sostener que:

“no se puede caracterizar de ‘libertades formales’ todas las libertades que conquista la clase obrera en el capitalismo. Muchas de esas ‘libertades formales’ son auténticos medios de crear los órganos de fuerza, de poder, de lucha de la clase trabajadora, de las fuerzas progresistas y revolucionarias. Por consiguiente no son tan formales; tienen una sustancia propia”.

El otro argumento parte del reconocimiento del valor de las libertades y de su necesidad para construir el socialismo:

“En el terreno político, la vía democrática al socialismo implica conservar todas las libertades humanas y políticas que han sido conquistadas por la humanidad en el período de las revoluciones burguesas, y que hoy subsisten sobre todo gracias a la presión que las masas trabajadoras ejercen para mantenerlas y defenderlas. Libertades humanas y políticas que se califican a veces de ‘burguesas’. Expresión acertada en el plano histórico. Pero hoy en día el papel de esas libertades trasciende el nivel de los intereses burgueses y responde plenamente a los intereses de la clase obrera y de todos los sectores que aspiran al socialismo”. (81)

Estos argumentos sólo expresan el reconocimiento del valor de las libertades pero no se enfrentan al problema de su tratamiento en un proceso de transición al socialismo, cuando se exacerbe la lucha de clases y la resistencia de las actuales clases dominantes. A este problema es al que intenta dar una respuesta Rafael Plá, (82) cuyo punto de partida es rechazar dos errores: “renunciar a la represión de los explotadores” en la marcha hacia el comunismo, y concebir “la ilusión de que dicha represión puede ser evitable o superflua”. A partir de esta base se plantea el problema de cómo conjugar la represión de los explotadores y la existencia de un régimen de libertades políticas como preconiza el eurocomunismo en su estrategia de transición socialista.


Para ello hace una diferenciación de las libertades en tres tipos distintos en función de su carácter de clase. En primer lugar estarían las denominadas libertades políticas o ciudadanas que afectan a todos los ciudadanos en cuanto tales y que no tienen carácter de clase. Su presencia o ausencia es la que diferencia a un régimen democrático de otro dictatorial. En segundo lugar se encontrarían las libertades socioeconómicas, con un claro contenido de clase, donde su ejercicio depende claramente de la condición que cada individuo tenga como burgués o proletario (libertad de despido, libertad de huelga, etc.). Este tipo de libertades es el terreno propio de la lucha de clases. Pero no agota aquí la diferenciación entre las libertades, añadiendo un tercer tipo, las libertades cotidianas o vitales sobre las que se ha producido una represión histórica a la que ha colaborado el propio movimiento obrero (de los hombres sobre las mujeres, de los heterosexuales sobre los homosexuales, etc.), cuya plena realización sólo ve posible en el comunismo.


A partir de esta diferenciación plantea que la vía democrática al socialismo hace un tratamiento diferente de cada uno de estos grupos. Si su compromiso es el mantenimiento y ampliación de las libertades políticas, por el contrario, las libertades socioeconómicas deben sufrir una sustitución con la restricción y supresión de las de contenido burgués, que afectan a una minoría, como base del desarrollo de las de contenido obrero, que afectan a la inmensa mayoría. Es decir, en la solución que se da al proceso de transición al socialismo las antiguas clases dominantes podrán ejercer la libertad de reunirse, expresarse y organizarse de manera pacífica.


Este cambio de actitud que se opera respecto a las libertades, unido a la visión crítica del socialismo realmente existente, lleva a reconocer el carácter formal que aquéllas pueden adquirir no en los regímenes liberal-democráticos, sino en los de socialismo real:

“ciertas libertades pueden ser formales incluso en el socialismo. Y no me refiero aquí a posibles atropellos a la legalidad socialista”. (83)

Como ejemplo de derechos y libertades formales en el socialismo, Carrillo se refiere al caso de la autogestión yugoslava:

“desde el punto de vista formal, los obreros eran propietarios de las empresas, y las dirigían (eso también demuestra que en el socialismo puede haber libertades formales, y que mientras no se acabe con la división entre trabajo intelectual y trabajo manual, muchas libertades seguirán siendo formales...). Me encontré ante este fenómeno: los obreros formaban parte de los consejos de autogestión pero, salvo en algunos casos, los que dirigían verdaderamente eran los que se habían educado para ello; es decir, los cuadros procedentes de la Universidad”. (84)

Por otra parte, el avance hacia el socialismo se hará a través de la vía parlamentaria, fundamental pero no exclusivamente. El PCE sigue manteniendo la necesidad de combinar la lucha parlamentaria con la movilización de las masas y su participación a través de fórmulas de democracia directa y, como tal, esta necesidad es recogida en las resoluciones de su IX Congreso:

“la democracia política y social significará poner en marcha un sistema articulado de democracia que tendrá en su cúspide el Parlamento, como representación de la voluntad del conjunto del pueblo; pero que, al mismo tiempo, se apoyará en un tupido tejido de organismos profundamente enraizados en las masas populares. Esta articulación, lejos de debilitar el papel de los partidos políticos, de las elecciones, del parlamento, lo potenciará. La existencia de una democracia representativa, a su vez, elevará el significado de todas las formas de autogestión, de democracia directa en las esferas de la actividad política, social y cultural”. (85)

Esta posición del PCE ha sido precedida con 20 años de antelación por el PCI (vía italiana en sus documentos), cuando ya en 1956, en su VIII Congreso reconoce al Parlamento una “función activa” tanto en la transformación socialista como en el funcionamiento de la nueva sociedad:

“a condición de que junto a él puedan y deban desarrollarse formas de democracia directa que aseguren los ulteriores progresos y la superioridad de la democracia socialista”. (86)

Las democracia directa es presentada por los principales defensores del eurocomunismo como un elemento esencial para el desarrollo del socialismo en democracia, pues si por un lado es el mecanismo que permite la participación real de la población y la lucha por la hegemonía, impidiendo de esta manera la posibilidad de que la derecha reaccionaria consiga una base de masas que movilizar contra el proceso de transición socialista, por otro lado, también debe actuar como eficaz correctivo contra los peligros de burocratización inherentes a una etapa en la que el Estado amplía sus funciones. Sin embargo, alguno de los teóricos eurocomunistas es más cuidadoso en la utilización del lenguaje empleado que el IX Congreso, al proponer la utilización del término democracia de base en lugar de democracia directa porque éste último es de claras “resonancias anarcosindicalistas y tienden a considerarse como contrapuesto o antagónico al de ‘democracia representativa’”. (87)


La vía parlamentaria es definitoria del eurocomunismo, pero también caben ambigüedades sobre su significado exacto, como expresan a veces las declaraciones de los dirigentes de estos partidos. Ambigüedades que tienen su origen en la contradicción de su posición ante las sociedades del socialismo real.


Carrillo, por ejemplo, responde a una pregunta de Nuestra Bandera, sobre la consideración del marco parlamentario como el ámbito creado por la burguesía para la lucha política, subrayando el hecho de que:

“en los países donde se ha destruido la propiedad capitalista han adoptado formas parlamentarias, aunque haya diferencias entre esos parlamentos y los parlamentos de los países capitalistas”. (88)

Por eso son importantes otras posiciones del eurocomunismo para entender su cambio de actitud respecto a la democracia. Entre ellas se encuentra la nueva posición sobre el pluralismo y la alternancia en el poder.


El nuevo discurso del eurocomunismo sobre el reconocimiento de la necesidad del pluralismo constituye otro de los cambios profundos respecto a las posiciones mantenidas por el marxismo-leninismo. La nueva posición adoptada por el eurocomunismo va a producir consecuencias sobre su concepción de las alianzas, sobre las relaciones con los partidos socialistas o sobre el papel que juega el propio partido comunista que necesitan ser redefinidas en el nuevo marco conceptual adoptado.


En la tradición marxista-leninista el partido comunista es el partido revolucionario de la clase obrera ya que la otra expresión histórica de partido obrero, el socialista, se ha convertido en un partido reformista penetrado por la ideología burguesa, que con su política de colaboración de clases ha renunciado a ser un instrumento de la clase obrera para la transformación socialista de la sociedad. En consecuencia sólo el partido comunista representa los genuinos intereses de la clase trabajadora.


En la etapa de transición al socialismo, la dictadura del proletariado, son necesarias alianzas con otras clases o capas sociales, fundamentalmente con el campesinado, pero para que esta etapa conduzca al comunismo, el proletariado, y por tanto su partido, no puede renunciar a su papel hegemónico, dirigente, en dicha alianza. Esta concepción supone la supresión de cualquier organización política o social no controlada por el partido comunista o, en caso de aceptarse la existencia de otros partidos políticos, que éstos estén absolutamente subordinados al comunista.


La transformación de la posición del PCE en este tema ha seguido un camino paralelo a la evolución respecto a la democracia o las de unas libertades, partiendo de una posición ortodoxa, para llegar a un reconocimiento de la necesidad del pluralismo.


Si ya en su VI Congreso el PCE hablaba de una transición al socialismo donde coexistiesen una diversidad de organizaciones políticas, sin embargo no puede hablarse del reconocimiento del pluralismo, tal como es entendido normalmente este término, sobre todo porque aún subsisten en el discurso comunista una serie de concepciones, que se irán abandonando, contradictorias con una visión pluralista de la sociedad. Entre estas concepciones se encuentran: la necesidad de que la diversidad de organizaciones que subsistan en la transición sean de carácter socialista; el mantenimiento del papel dirigente del partido comunista; el mantenimiento de la dictadura del proletariado, aunque con un contenido distinto; o el rechazo de la pluralidad sindical.


Después de ver cómo se produjo el abandono de la dictadura del proletariado, ahora nos centraremos en los otros tres aspectos.


En las tesis que el PCE aprobó en su X Congreso se hace una declaración expresa de que tanto el avance hacia el socialismo como el propio contenido de éste tendrán un claro contenido pluralista:

“El avance del socialismo será, por tanto, resultado de la acción de los partidos y movimientos sociales que vayan asumiendo aquél como su objetivo. El socialismo tendrá, por tanto, también su carácter pluralista. En lo político, el pluralismo socialista se expresará en la existencia de distintos partidos políticos de izquierdas, además de otras formaciones políticas, de todas cuantas existan, respetando la Constitución democrática”. (89)

En este sentido el PCE sigue también los pasos del PCI, el cual en su XV Congreso, celebrado dos años antes, hace una afirmación más expresa que su homólogo español de su concepción pluralista, al reconocer que, incluso con la eliminación de la división en clases antagónicas de la sociedad, subsistirán las diferencias de intereses y la diversidad de tradiciones ideológicas, políticas, culturales y religiosas. De este hecho los comunistas italianos derivan la posibilidad de existencia de una variedad de partidos que pueden alternarse en la función de gobernar. Y terminan declarando que:

“El mismo papel dirigente de la clase obrera en el proceso de superación del capitalismo y de construcción del socialismo puede y debe realizarse a través de una colaboración y un entendimiento entre los partidos y entre las diferentes corrientes que aspiran al socialismo, y en el ámbito de un sistema democrático en el que gocen de plenos derechos todos los partidos constitucionales, incluso aquéllos que no desean la transformación de la sociedad en un sentido socialista y que se oponen a ella, naturalmente siempre dentro del respeto a las reglas democráticas constitucionales”. (90)

La declaración del PCE, más escueta, es ampliada en las declaraciones y debates producidos en torno a la vía democrática al socialismo y sus dificultades. Jordi Borja plantea el tema de una manera clara diferenciando las dos cuestiones que están implícitas en el debate sobre el pluralismo desde la visión eurocomunista:

"Una de ellas es la cuestión clásica de la teoría política del Estado de transición: las antiguas clases dominantes que han perdido el centro del poder político, pero que disponen de amplios poderes económicos, culturales, administrativos, etc. (...) ¿pueden organizarse políticamente y actuar para volver a la situación anterior? La otra cuestión corresponde ya a la teoría del partido revolucionario: El proceso hacia el socialismo: ¿implica la unidad política de los trabajadores en un solo partido, de carácter revolucionario?”. (91)

A la primera cuestión responde reconociendo, por una parte, que no se trata de hacer una simple afirmación de fe democrática, y por otra, que una determinada política revolucionaria puede llevar a la ruptura social y una reacción violenta de una parte de la sociedad. Reconoce que frente a la política de la socialdemocracia que evita la crisis revolucionaria aplicando modificaciones superficiales:

“un programa más avanzado que ataque a los mecanismo de acumulación y no sólo a los de distribución, que abra amplios canales para que las masas organizadas intervengan en la organización del Estado a todos los niveles, que legitime nuevos valores y cambie la legalidad, provoca unas reacciones sociales de gran virulencia”.

A continuación enumera lo que considera:

“las condiciones necesarias para que la transición al socialismo no desemboque ni en una contrarrevolución fascista ni en una dictadura de corte staliniano (...): reformas socioeconómicas graduales, respeto de las libertades públicas y de la ley de las mayorías, transformaciones paralelas de las relaciones socioeconómicas y de los aparatos del Estado, equilibrio entre los cambios emprendidos y la hegemonía de nuevos valores culturales, etc. Es decir, la realización del proceso revolucionario de forma tal que cuente con un amplio consenso”. (92)

Como él mismo reconoce, está planteando el dilema expuesto por Berlinguer después de la experiencia chilena, que llevaría al compromiso histórico.


Porque efectivamente, si se rechaza el empleo de la violencia para alcanzar el poder y proceder a la transformación socialista, si se admite la necesidad de mantener las conquistas democráticas entre las que se incluye la existencia de las organizaciones políticas diferentes, entonces quien más sinceramente se plantea el problema es el secretario general de PCI. Pero también hay que reconocer que dichos planteamientos comienzan a acercarse a los de la socialdemocracia, y que ambas corrientes tienen el mismo problema sin resolver:

“el rechazo del asalto al poder no ha llevado aún a los partidos comunistas de la Europa del sur a la resolución teórica de la transformación del Estado, y por lo tanto tampoco a su plasmación en una práctica política definitivamente coherente; quiere esto decir que el eurocomunismo puede encontrarse en la misma situación que la socialdemocracia, fundamentalmente caracterizada por su incapacidad histórica para resolver el problema de la transformación social”. (93)

En cuanto al tema de la alternancia en el poder, se trata del reconocimiento, por vez primera, de la posibilidad de que las fuerzas que impulsan la transformación socialista abandonen el poder como consecuencia de una derrota electoral.


El problema había cobrado repentina y dramática actualidad en 1973 con el golpe militar de Chile, y como consecuencia de ello se habían producido declaraciones en las que se reconocía que:

“cuando se trata de realizar una experiencia socialista por la vía democrática, y no se cuenta con el apoyo de la mayoría del pueblo, hay que saber retirarse a tiempo del gobierno, antes de que la tensión conduzca a la guerra civil, sometiendo el problema al sufragio universal. Si es preciso, hay incluso que salir del gobierno para volver más tarde, cuando te sientas fortalecido”. (94)

Esta reflexión, hecha ante unos acontecimientos traumáticos, se verá refrendada más tarde en otros acuerdos y declaraciones. Así, en ese mismo año, en el Manifiesto-Programa del PCE se recoge expresamente que:

“la opción por una vía democrática significa acudir regularmente al sufragio popular, admitir la existencia de una oposición legal y aceptar la alternancia en el poder si la mayoría del pueblo retira la confianza a los partidos gobernantes”. (95)

Sin embargo, y a pesar de estas declaraciones, el tema de la alternancia en el poder durante un proceso de transformación socialista presenta graves incógnitas no resueltas:

“si el proceso de socialización y democratización del Estado acabara por chocar con una parte substancial de la población y la alternancia -en este caso a la derecha- se produce sin traumas, no puede esperarse que la cosa quede en un simple reparto de carteras ministeriales. La nueva formación triunfante trataría, a toda costa, de profundizar su victoria electoral. Los riesgos de ceder lo avanzado o de arrostrar un conflicto civil de alcance incalculable serían muchos”.

Por eso concluye el autor que:

“(es) preferible definir el eurocomunismo más que en función del pluralismo que reconoce y practica, en función de su real soporte: la necesidad de una revolución protagonizada por amplias mayorías y, por tanto, necesariamente pluralista”. (96)

Las incógnitas e incoherencias se derivan de la contradicción que existe entre el significado marxista de la transición entre dos modos distintos de producción, en este caso del capitalismo al socialismo, y una alternancia cada pocos años entre gobiernos de izquierdas y de derechas. Porque lo que es absurdo pensar es que en cada cambio de gobierno se pasase de un modo de producción a otro. Por lo tanto, es lógico pensar que sólo es posible la aceptación por parte de los comunistas de una alternativa en el poder cuando se cumplan dos supuestos que, en realidad, eliminan la posibilidad de alternancias con fuerzas no socialistas. El primero es que, conquistada una clara hegemonía social y política por parte de las fuerzas partidarias del socialismo, se produzca no sólo un acceso de éstas al gobierno, sino una modificación en profundidad de la Constitución que recogiese los contenidos del nuevo modelo social, para lo cual suelen ser necesarias unas mayorías más contundentes que para el acceso al gobierno. Pero contemplada así la cuestión no hace más que desplazar el problema del cambio de gobierno al cambio de Constitución. Por más difícil que sea realizar este cambio, y para solucionar este problema se plantea el segundo supuesto, cuyo planteamiento es hipotético: dado que las fuerzas partidarias del socialismo representan a la gran mayoría de la sociedad, excluyendo a la minoría monopolista, no tiene sentido que esa mayoría derroque al gobierno que la representa.


Pero el problema que se les plantea a los comunistas, y que puede resolverse con supuestos no verificados en la práctica, también se presenta en las democracias existentes en los sistemas liberales de Occidente, es decir, dentro del modo de producción capitalista. Y en este caso las respuestas dadas no son hipotéticas sino verificables en la práctica. Las democracias políticas existentes, las poliarquías de Dahl, vienen funcionando más o menos decentemente en tanto las opciones políticas que se alternan en el poder no pretendan introducir transformaciones de gran calado en el sistema económico vigente, siendo el caso de a socialdemocracia paradigmático, pero cuando no es este caso, queda patente los límites de la democracia. Y nada más expresivo de este déficit del funcionamiento democrático que el veto comunista existente de facto en el único país que, por su fuerza, el partido comunista se presentaba como alternativa de gobierno: Italia.


Este veto era denunciado por el propio PCI como una injerencia extranjera en los asuntos internos de Italia:

“se debe afirmar el derecho del pueblo italiano a decidir soberanamente, según los principios y las reglas de la Constitución republicana. Las directrices políticas de su vida interna, las mayorías parlamentarias y los gobiernos llamados a guiar el país (...) No solamente no se han sabido rechazar firmemente las presiones y poderosas intervenciones extranjeras en los asuntos internos de Italia sino, por parte de algunos, se las ha llegado a utilizar para una política de conservación y de discriminación”. (97)

La existencia de dicho veto de acceso al poder de los comunistas es admitido por diversos historiadores que, como en el caso de Meter Calvocoressi reconocen claramente que en caso de una victoria electoral comunista: “era casi seguro que la inflexibilidad de los ejércitos anticomunistas les impediría hacerse cargo del poder”. (98)


Es evidente que hay ejemplos de partidos comunistas que han participado en el gobierno de países con economía de mercado, y no solamente entre el fin de la segunda guerra mundial y el inicio de la guerra fría, como puede comprobarse en Finlandia e Islandia, pero su posición minoritaria les imposibilitaba introducir cambios estructurales. No obstante, con ser demostrativo el caso del PCI, no hay duda que el ejemplo definitivo de los límites que las clases dirigentes imponen a la democracia es el derrocamiento militar del gobierno de la Unidad Popular en Chile.


Como apuntábamos anteriormente, la visión pluralista significa también un cambio en cuanto al papel que representa ahora el partido comunista, la función dirigente que históricamente se ha autoatribuido comienza a ser revisada. Cuando en 1963 Santiago Carrillo ofrece a otras fuerzas reformistas la posibilidad de compartir la dictadura del proletariado con el PCE, no duda en que este partido sería el dirigente, desempeñando este papel:

“no sólo a través de las posiciones que ocupase en el Estado, sino sobre todo por su mayor capacidad, apoyándose en el marxismo-leninismo, para orientar esa coalición”. (99)

El papel dirigente, lo mismo que la dictadura del proletariado, es aún un elemento irrenunciable cuando el PCE comienza a hablar de pluripartidismo. La vinculación de las dos concepciones clásicas parece inseparable. La marcha democrática al socialismo:

“no significa que renunciamos al papel dirigente del partido marxista-leninista del proletariado, sino que el ejercicio de ese papel debe acondicionarse a las formas que la transición al socialismo adopte en nuestro país (...) En un sistema pluripartidista, el papel dirigente del Partido no consiste en elaborar el mismo, finalmente, la síntesis (...) En estas condiciones, el Partido sigue ejerciendo su papel dirigente, pero no un papel dominante”. (100)

Que en ese momento aún se mantiene el PCE en una posición ortodoxa, a pesar de su discurso pluripartidista, lo demuestran las razones que se alegan para justificar la posición dirigente del PCE:

“El Partido ejerce su papel dirigente en la medida en que agrupa en sus filas a los elementos de vanguardia del proletariado (..) en que es capaz de aplicar el método marxista-leninista (...) en que posee el conocimiento preciso de la realidad (...) en que sus miembros son un ejemplo de capacidad, honestidad, abnegación y espíritu de servicio al interés del pueblo (...)”. (101)

En este terreno también se va produciendo una lenta evolución consistente en ir dotando de un contenido diferente la vieja fórmula antes de abandonarla y así, en los primeros años de la transición, se pretende dar una visión más amable de lo que significa el papel dirigente del PCE:

“el papel de guía, de dirigente, del Partido debe manifestarse más en el terreno teórico, político, social y cultural que en el administrativo. La administración debe estar en todo momento en manos d elos representantes elegidos por el pueblo”. (102)

Sin una renuncia explícita, sin embargo, la reivindicación del papel dirigente ya no aparecerá ni en el IX ni en el X Congreso del PCE, marcando este dato una clara diferencia con una declaración tan claramente ortodoxa como la recogida en el VI Congreso:

“en la coalición creada sobre la base de un programa socialista, el Partido Comunista desempeñaría un papel dirigente, pero éste no vendría impuesto por ninguna decisión exterior a la coalición misma, sino por la propia fuerza de las cosas”. (103)

PROBLEMAS DEL EUROCOMUNISMO

Las garantías democráticas del eurocomunismo

Era inevitable que la nueva línea política que representaba el eurocomunismo, la ruptura que suponía con muchas de las tradiciones comunistas, suscitase la desconfianza de otras fuerzas políticas, socialistas y no socialistas [...]


(1) SÁNCHEZ RODRÍGUEZ, Jesús: “El Eurocomunismo”. En SÁNCHEZ RODRÍGUEZ, Jesús: Teoría y práctica democrática en el PCE (1956-1982). Madrid, Fundación de Investigaciones Marxistas, 2004, pp. 195-264



(2) Lilly Marcou, El movimiento comunista internacional desde 1945, op. cit., págs. 145-6


(3) Antonio Elorza, “Eurocomunismo y tradición comunista”, en Vías democráticas al socialismo, op. cit., pág. 69.


(4) Joaquín Sempere, “L’eurocomunisme i l’actual etapa d’acumulació de forces”, Nous Horitzons, número 45-6, julio-agosto-septiembre de 1978, pág. 43.


(5) Santiago Carrillo, Eurocomunismo y Estado, op. cit., pág. 142.


(6) Santiago Carrillo, Memorias, op. cit., pág. 548.


(7) En la Declaración conjunta se manifiesta que: “el socialismo puede afirmarse solamente, en nuestros países, a través del desarrollo y de la plena actividad democrática. Esto tiene como base la afirmación del valor de las libertades personales y colectivas y de su garantía, la no oficialización de una ideología de Estado, de su articulación democrática, de la pluralidad de partidos en una dialéctica libre, de la autonomía del sindicato, de las libertades religiosas, de la libertad de expresión, de la cultura, del arte y de las ciencias. En el terreno económico, una solución socialista está llamada a asegurar un gran desarrollo productivo, a través de una política de planificación democrática que potencie la coexistencia de distintas formas de iniciativa y de gestión pública y privada”, Mundo Obrero, 3ª semana de julio de 1975.


(8) J. M. Bermuda Ávila, “Togliatti: entre el eurocomunismo y la dictadura del proletariado”, en Monográfico sobre la dictadura del proletariado, op. cit., pág. 101.


(9) Ibíd.., pág. 123.


(10) Ibíd.., pág. 124.


(11) En “Proyecto de tesis para el XV Congreso Nacional del PCI”, Nuestra Bandera, número 97, 1979, pág. 18.


(12) Ramón García Cotarelo, “El comunismo”, contenido en la obra colectiva: La izquierda europea. Análisis de la crisis de las ideologías de izquierda, Ed. Teide, Barcelona, 1985, págs. 128-29.


(13) Pilar Bravo, “Los orígenes del eurocomunismo”, en Sesenta años en la historia del PCE, Ed. Fundación de Investigaciones Marxistas, 1980, pág. 206.


(14) Ibíd., págs. 208-10.


(15) Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, “La estrategia socialista: ¿Hacia dónde ahora”, Zona Abierta, número 28, abril-junio de 1983, pág. 56


(16) Ibíd., pág. 57.


(17) Ibíd., pág. 61.


(18) Ernest Mandel, Critique de l’eurocommunisme, Ed. François Maspero, París, 1978, págs. 18-32


(19) Fernando Claudín, Eurocomunismo y socialismo, op. cit., págs. 5-70.


(20) Antonio Elorza, “Eurocomunismo y tradición comunista”, en Vías democráticas al socialismo, op. cit., págs. 67-74.


(21) Javier Pérez Royo, “La génesis histórica del eurocomunismo”, en Vías democráticas al socialismo, op. cit., págs. 1-11.


(22) Lilly Marcou, op. cit., pág. 149


(23) Enrique Castells y José María Bermudo, Temática del marxismo, Tomo III, Ed. Cinc d’ors, Barcelona, 1979, pág. 801.


(24) Santiago Carrillo, Eurocomunismo y Estado, op. cit., págs. 10-11


(25) Ramón García Cotarelo, op. cit., págs. 130-1


(26) Antonio Elorza, “Eurocomunismo y tradición comunista”, en Vías Democráticas al socialismo, op. cit., pág. 79.


(27) Jordi Solé Tura, “A modo de presentación”, Introducción al libro: Gramsci y la vía nacional al socialismo, op. cit., pág. 6.


(28) Equipo de colaboradores de El Cárabo, “La dictadura del proletariado. Vigencia de la polémica e implicaciones políticas”, en “Monográfico sobrela dictadura del proletariado”, El Cárabo, número 6, pág. 12.


(29) Ibíd., pág. 15


(30) Ludolfo Paramio y Jorge M. Reverte, “La crisis de hegemonía de la burguesía española, 1969-79”, Zona Abierta, número 23, 1980, pág.9


(31) Perry Anderson, “Las antinomias de Antonio Gramsci”, Cuadernos Políticos, nº 13, Ed. Era, México, julio-septiembre de 1977.


(32) El bloque histórico implica una unificación sociopolítica de las fuerzas democráticas y revolucionarias que desintegran un bloque dominante. Para Fernández Buey, en su artículo citado, hegemonía viene a entenderse en cualquiera de los varios sentidos que ha adquirido para el moderno movimiento obrero revolucionario como una mezcla de “consenso más dominación”. Su base es el hecho de que el proletariado se ha convertido en la sociedad capitalista en la clase mayoritaria, y en que es la más consecuentemente revolucionaria de las clases que se enfrentan a la burguesía. Dentro de la hegemonía distingue dos papeles del proletariado, el de dirigente sobre las demás clases enfrentadas a la burguesía, y el de dominante sobre ésta última una vez derrotada, ambos papeles implican una dirección ejercida sobre los aliados y una dominación aplicada sobre la clase burguesa.


(33) Lilly Marcou, op. cit., págs. 126 y 146.


(34) Jordi Borja es junto con Jordi Solé Tura el principal representante de la corriente eurocomunista en el V Congreso del PSUC, corriente denominada por los leninistas y prosoviéticos como banderas blancas. Ambos procedían de la organización Bandera Roja que se incorporó al PCE en 1974 y cuyos dirigentes se integraron en los órganos de dirección del PCE y del PSUC.


(35) Santiago Carrillo, Partido Comunista de España, Ed. Avance, Madrid, 1976, pág. 25


(36) Santiago Carrillo: Eurocomunismo y Estado, op. cit., Carrillo hace un resumen de la obra en sus Memorias (pág. 661).


(37) Ibíd., págs. 662-3.


(38) No deja de producirse por parte del PCE una crítica hacia los aspectos más represivos que van siendo noticia en los países del socialismo real, aunque disminuya el interés del partido por los acontecimientos del movimiento comunista a favor de una mayor atención por los d ela política española. En este sentido uno de los acontecimientos objeto de atención por parte de los comunistas es la agrupación de los disidentes checoslovacos que toma el nombre del manifiesto con el que dieron a conocer: “Carta 77”. En su apoyo, y criticando la política represiva de los regímenes del socialismo real, Mundo Obrero publicó un extracto de dicho documento (7/2/1977) y dos artículos sobre el tema: “La ‘disidencia’ en los países socialistas” (19/1/1977) y “Antítesis de la democracia socialista” (3/2/1977). Uno de los argumentos que más se critican en dichos artículos es la consideración por parte del gobierno checoslovaco de todos los disidentes como elementos anti-socialistas cuando en “Carta 77” figuran muchos exdirigentes del partido comunista durante el “período Dubceck”. Posteriormente, en 1979, el PCE va a slair nuevamente en defensa de “Carta 77” como recoge el artículo de Mundo Obrero, “Los derechos humanos en el socialismo” (24/10/79) en el que se reafirma que “las libertades democráticas que los comunistas españoles propugnamos, ni siquiera pueden limitarse a quienes no sean hsotiles al socialismo. Las libertades deben estar garantizadas para todos”.


(39) Fernando Claudín, Santiago Carrillo. Crónica de un Secretario General, op. cit., págs. 256-7


(40) Francisco Fernández Buey, “Sobre algunos aspectos del proyecto d eprograma del PSUC”, Materiales, enero-febrero 1978, nº 7, págs. 32-4.


(41) “Resolución del Comité Central del PCE ante el ataque de Tiempos Nuevos”, Mundo Obrero, Madrid, 29 de junio de 1977.


(42) Fernando Claudín, Eurocomunismo y socialismo, op. cit., págs. 182-93.


(43) Fernando Claudín, Eurocomunismo y socialismo, op. cit., pág. 180.


(44) Jordi Borja, “Socialistes i comunistes davant la democràcia“, Taula de Canvi, nº 1 y 2.


(45) La réplica a este optimismo y en general a todo el planteamiento de Jordi Borja está contenida en el artículo de Francisco Fernández Buey, “Los comunistas y las dmeocracias”, Materiales, nº 3.


(46) Equipo de colaboradores de El Cárabo, op. Cit., pág. 9-10.


(47) Ettienne Balibar, “Sobre la dictadura del proletariado”, recogido en Temática del marxismo. Tomo III, op. cit., págs. 790-1.


(48) Sobre este tema se profundizará más en el epígrafe: “Eurocomunismo e instituciones: la ausencia de una teoría. El debate con Bobbio como ejemplo”.


(49) Etienne Balibar, recogido en GAlbiac, El debate sobre la dictadura del proletariado en el PCF, Ed. De la Torre, Madrid, 1976, pág. 95.


(50) Adam Schaff, El comunismo en la encrucijada, Ed. Crítica, Barcelona, 1983, págs. 136-41.


(51) Gabriel Albiac, El debate sobre la dictadura del proletariado en el PCF, op. cit., págs. 19-21


(52) Ver el artículo citado de Ramón Mendezona.


(53) VI Congreso: Programa del PCE, op. cit., pág. 73


(54) Deberes del pueblo español en la presente situación internacional y nacional, op. cit., pág. 30.


(55) La situación del movimiento comunista, op. cit.


(56) También puede verse la defensa de la misma posición en el artículo de Dolores Ibárruri, “Por la democracia y el socialismo”, Nuestra Bandera, número 59, tercer trimestre 1968, pág. 38.


(57) Santiago Carrillo, Libertad y Socialismo, op. cit., págs. 30-2.


(58) “Particularidades y contradicciones en el socialismo”, Nuestra Bandera, número 70, primer trimestre de 1973.


(59) Enrique Castells y José Manuel Bermuda, op. cit., págs. 771-3.


(60) Gabriel Albiac, op. cit.


(61) “Informe al XXII Congreso del PCF”, recogido en Albiac, op. cit., pág. 123.


(62) “Azcárate y Claudín discuten sobre el eurocomunismo”, Triunfo, número 701, 3 de julio de 1976, págs. 29-30.


(63) Es curioso que Carrillo cite precisamente al secretario de los comunistas franceses en ese período porque precisamente el PCF represnetaba en dicha época uno de los partidos más estalinistas dentro del universo comunista, ofreciendo grandes resistecnias al proceso de desestalinización.


(64) Santiago Carrillo, Memorias, op. cit., pág. 537.


(65) Franciso Fernández Buey, “Sobre algunos problemas del proyecto de programa del PSUC”, Materiales, nº 7, enero-febrero de 1978.


(66) V. I. Lenin, Tesis e informe sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado, recogido en Albiac, op. cit.


(67) Santiago Carrillo, Eurocomunismo y Estado, op. cit., págs. 111-2


(68) Santiago Carrillo, Mañana España, op. cit., pág. 257.


(69) Ibíd., pág, 257.


(70) José Sandoval, “El paso de la revolución democrática burguesa a la revolución socialista”, Nuestra Bandera, número 19, diciembre de 1957, págs. 36-8.


(71) Santiago Carrillo, Nuevos enfoques a problemas de hoy, op. cit., pág. 143.


(72) Los mismos Marx y Engels se mostraron en ciertos momentos partidarios de la vía pacífica al socialismo.


(73) Manifiesto Programa del Partido Comunista de España, Colección Ebro, París, 1975, pág. 98.


(74) Gregorio López Ray Antonio Gutiérrez Díaz, El PSUC y el eurocomunismo, Ed. Grijalbo, Barcelona, 1981, pág. 105.


(75) Santiago Carrillo, Eurocomunismo y Estado, op. cit., pág. 186.


(76) Santiago Carrillo, “Intervención en la Conferencia de Partidos Comunistas y Obreros de Europa, celebrada en Berlín”, en junio de 1976, en Escritos sobre Eurocomunismo, op. cit., pág. 110.


(77) Fernando Claudín, Eurocomunismo y socialismo, op. cit., págs. 82-3.


(78) Ibíd.., págs. 115-6.


(79) Santiago Carrillo, Después de Franco ¿Qué?, op. cit., pág. 101.


(80) Fernando Claudín, Eurocomunismo y Socialismo, op. cit., págs. 119-120.


(81) Manuel Azcárate, “La viabilidad del socialismo”, contenido en la obra: Las nuevas vías al socialismo, op. cit., págs. 231-2


(82) Rafael Plá, “Comunismo y libertad”, Argumentos, nº 16, octubre de 1978.


(83) Santiago Carrillo, Informe al Pleno del Comité Central del PCE (septiembre de 1973)”, en Escritos sobre Eurocomunismo, op. cit., pág. 80


(84) Santiago Carrillo, Mañana España, op. cit., págs. 246-7.


(85) IX Congreso del Partido Comunista de España, op. cit., pág. 88


(86) “Declaración programática del VIII Congreso del PCI”, recogido por Máximo Loizu en ¿Qué es el compromiso histórico?, Ed. Avance, Barcelona1976, pág. 32.


(87) Jordi Borja, “La izquierda en la democracia”, contenido en la obra: Las nuevas vías al socialismo, op. cit., pág. 210.


(88)“La Moncloa, el Eurocomunismo, el Partido...”, entrevista a Santiago Carrillo, Nuestra Bandera número 90, pág. 36.


(89) X Congreso del PCE, op. cit., pág. 18.


(90) “Proyecto de tesis para el XV Congreso Nacional del PCI”, Nuestra Bandera, número 97, 1979, pág. 20


(91) Jordi Borja, La izquierda en la democracia, op. cit., pág. 207


(92) Ibíd.., pág. 208.


(93) Máximo Loizu, “Estudio introductoria”, contenido en la obra: Las nuevas vías al socialismo, op. cit., pág. 21.


(94) Santiago Carrillo, Mañana España, op. cit., págs. 227-8


(95) Manifiesto programa del Partido Comunista de España, Colección Ebro, París, 1975, pág. 27.


(96) Alberto Infante, “Sobre la teoría política del comunismo”, Nuestra Bandera, número 97, 1979, pág. 14.


(97) Enrico Berlinguer, “Informe al CC y a la CCC del PCI en la preparación del XIV Congreso”, 10 de diciembre de 1974, recogido en La “cuestión comunista”, op. cit., pág. 245.


(98) Meter Calvocoressi, Historia política del mundo contemporáneo. De 1945 a nuestros días, Ed. Akal, Madrid, 1987, pág. 226.


(99) Santiago Carrillo, La situación en el movimiento comunista, op. cit., pág. 33.


(100) Santiago Carrillo, Nuevos enfoques a problemas de hoy, op. cit., págs. 179-80.


(101) Ibíd.., pág. 180.


(102) Santiago Carrillo, Partido Comunista de España, op. cit., pág. 47.


(103) VI Congreso del PCE (Programa), op. cit., pág. 73.

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