La guerra civil

TALLER DE HISTORIA DEL PCE "MARUSIA"
Manuel Tuñón de Lara [1]
UNA SUBLEVACIÓN FRUSTRADA SE TRANSFORMA EN GUERRA CIVIL
El 18 de julio el ejército domina todo el territorio del protectorado de Marruecos. Los sublevados se ponen a las órdenes de Franco. Éste, en Canarias, decreta el estado de guerra y dirige una alocución en la que declara alzarse para acabar con “la anarquía” y “la ilegalidad”. Desde Las Palmas toma el Dragon Rapid para dirigirse a Tetuán haciendo escala de una noche en Casablanca. Como siempre combina la audacia con la cautela; su bando es el primero que emana de los sublevados, pero dejará pasar 48 horas -“a ver qué pasa”- hasta tomar las palancas de mando que le ofrecen Yagüe y los otros militares de Marruecos. Por la tarde hay una reunión ordinaria del Consejo de Ministros. Mediada la reunión, Casares anuncia a sus colegas que hay una sublevación en Marruecos.
A las ocho de la mañana del 18 de julio Unión Radio da la noticia de una sublevación en Marruecos, restándole importancia. Los diarios de la mañana no dicen nada; pero el rumor se extiende por todo Madrid. A mediodía, Queipo se ha apoderado de los centros neurálgicos de Sevilla, en un extraordinario golpe de audacia, mientras los guardias de Asalto resisten sin esperanza y los obreros lucharán aún cuatro días en los barrios periféricos, hasta que los aplasta la primera fuerza de la Legión llegada de África.
Mola ha dado la orden de sublevación para el amanecer del día 19. Previamente, sus hombres de confianza han asesinado al jefe de la Guardia Civil de Navarra, comandante López-Medel, republicano convencido, a quien el Gobierno acababa de dar ese mando. Cuando despunte el alba, la rebelión, y con ella las primeras ejecuciones de militares demócratas y de militantes obreros, se va a extender por toda España.
En Madrid, Casares se ha desplomado y ha abandonado la partida. Azaña intenta la formación de un gobierno de compromiso encabezado por Martínez Barrio. Durante toda la noche éste hará gestiones infructuosas, e incluso Mola le dirá por teléfono que “es demasiado tarde”. Sin duda. Al amanecer, las fuerzas de guarnición en Barcelona salen de sus cuarteles para abatir la República, pero pronto chocarán con los guardias de Asalto, los obreros de la CNT y también las fuerzas de la Guardia Civil, al mando del general Aranguren y del coronel Escobar. El comandante Pérez Farrás -al que querían fusilar Lerroux y Gil Robles- entra en Capitanía; Goded se rinde y lo declara por los micrófonos de Barcelona. Condenado en consejo de guerra, será fusilado un mes más tarde. En contrapartida, al desperdigarse las fuerzas armadas, la CNT controla la situación y crea un Comité de Milicias Antifascistas, especie de doble poder. Durante unas breves semanas Companys y la Generalitat se verán obligados a mantener un compromiso con este poder de hecho.
Lo que ocurriese en Madrid y Barcelona iba a ser decisivo. Barcelona se había decantado por la República. Pero la República carecía en aquel momento de Gobierno y de aparatos de Estado. Martínez Barrio había comprobado que no podía formar gobierno. Azaña llama al doctor Giral y éste forma un gobierno de republicanos en la mañana del día 19. Pero con una diferencia notoria: que decide entregar armas a los sindicatos y a los partidos democráticos y obreros. Los acontecimientos se suceden a ritmo vertiginoso; cuando apenas esa orden está siendo cumplimentada, el general Fanjul, que dirige la sublevación en Madrid, se instala en el cuartel de la Montaña, que ya está en rebeldía, como los cuarteles de Carabanchel, Getafe y el Pardo. Pero la Guardia de Asalto y la Guardia Civil continúan fieles al Gobierno. El día 21 obreros armados y guardias de Asalto se apoderan del cuartel de la Montaña, Fanjul es apresado y será condenado a muerte y fusilado en agosto. El Gobierno también logra dominar la situación de los restantes cuarteles. En la tarde del día 21, Giral sabe que cuenta con Madrid, Barcelona y Bilbao, con la inmensa mayoría de la Flota -en poder de las tripulaciones- y con la mayoría de la Aviación. Mola domina Navarra, la Rioja, Castilla la Vieja y pronto Galicia, y se dispone a marchar sobre Madrid. Franco está en Tetuán, a la cabeza del ejército de Marruecos e intenta saltar sobre el sur de España donde Queipo controla Sevilla y se combate por doquier. A todo esto, el general Sanjurjo se ha matado al capotar en el despegue la avioneta que debía conducirle desde Lisboa hasta España.
Hasta el 24 de julio no puede decirse que esa España, ya partida en dos, tuviera sus líneas de combate y sus zonas de autoridad claramente delimitadas. Hablar de dos Estados parecía aún prematuro. Ciertamente, en Burgos, el 24 de julio se constituye una Junta Militar presidida por el anciano Cabanellas, pero dirigida de hecho por Mola.
En Madrid estaban instalados la Presidencia y el Gobierno de la República; sin embargo, en ningún bando había estructuras estatales. Los republicanos contaban con apenas el 20% de los mandos militares y su ejército estaba desarticulado, sustituido por improvisadas milicias populares. Policía, diplomacia, etc. habían desertado en buena parte y los servicios apenas estaban garantizados. Sin embargo, por toda la zona republicana los numerosos comités del Frente Popular, que decidían localmente de hecho, respetaban la legitimad de las instituciones republicanas.
Los sublevados habían fracasado en sus propósitos esenciales: apoderarse de la capital y ciudades más importantes, de las comunicaciones y transportes, de las finanzas del Estado, etc. Estaban ante una elección: resistir en las posiciones ocupadas con la esperanza de obtener ayudas dispersas del exterior antes de ser aplastados, o transformar el golpe de Estado fracasado en guerra civil, con un embrión de poder político y poder militar unificado y una estrategia de ofensiva. Todo eso no era posible sin una ayuda exterior que aportasen los estados interesados en el triunfo de la sublevación y, en primer lugar, el armamento, munición, aviación y recursos de todo género para tomar la iniciativa antes de que pudiera hacerlo el gobierno republicano. Por el momento, Mola mandaba en Pamplona y Burgos, Franco en Tetuán, Queipo en Sevilla y Saliquet en Valladolid. También pululaban las milicias de los partidos: los requetés, hegemónicos en Navarra y sólidos combatientes; y los falangistas, con su jefe encarcelado en Alicante, provisionalmente mandados por Hedilla, tratando de implantarse en la estructura de un poder naciente donde no tenían ningún papel de primer plano.
Como puede colegirse, no es desatinado hablar de doble anarquía en las primeras semanas de guerra, pues si entre los sublevados no había “comités”, tampoco había unidad y homogeneidad de mando, y el comandante militar de cada zona ejercía el poder a su libre albedrío. Hubo en ambas zonas un colapso del aparato del Estado tras el que se escondía un vacío de poder. Pero si en la zona sublevada la estructura formal del estado había desaparecido y era sustituida por un ejército que totalizaba de momento todas las funciones estatales, en la zona republicana se conservaba formalmente toda la estructura del Estado -Parlamento, Justicia, gobiernos autónomos, Hacienda, Administración central-, pero detrás de ellas estaba el vacío de poder. Ahora bien, ante esa ausencia de aparatos de administración y dirección de servicios públicos -ferrocarriles, teléfonos, energía eléctrica-, las centrales sindicales tomaron a su cargo esa gestión e impidieron el colapso total. Partidos y sindicatos trataron de suplir la inexistencia de una estructura militar y de seguridad para defenderse de la sublevación. Las milicias serían el embrión del ejército regular de la República, pero igual sucedería en la producción; de los comités sindicales de empresa o de fábrica saldrían nuevos órganos de gestión; en cuanto a las colectividades agrarias son, desde luego, el contrapunto de los grandes propietarios de fincas rústicas inhallables a partir del 18 de julio.
¿Qué sucedía? Para definirlo concisamente, podemos decir que, cuando se produjo el colapso de los aparatos y centros operativos porque desde ellos mismos se había fraguado el golpe de Estado, la reacción de la sociedad civil -pueblo, sindicatos, partidos- en defensa de la legitimidad del Estado acarreó inevitablemente una revolución. Pero era una revolución paradójica que no desbordaba el marco de la constitucionalidad vigente.
El mismo Azaña o dejó escrito en La velada de Benicarló:
"Por rechazo de la insurrección militar, hallándose el Gobierno sin medios coactivos, se produce un levantamiento proletario, que no se dirige contra el Gobierno mismo."
Hubo, sin embargo, un sector de las fuerzas populares, el anarcosindicalista o libertario, que no vio la revolución como un desarrollo de la constitucionalidad democrática agredida, sino como una revolución social que se enfrentaba directamente a la insurrección militar. Esta concepción ponía en cuestión, de hecho, si no en las palabras, la misma legitimidad del estado. Esta divergencia estratégica de fueras alineadas en el bando republicano sería una de las mayores dificultades que encontraría la República en guerra.
LA GUERRA DE LAS COLUMNAS Y LOS DOS TERRORES
Los gobiernos de Mussolini y de Hitler concedieron prestamente a Franco la ayuda que éste les había pedido. Y fue precisamente con los aviones Savoia de transporte con los que se estableció el primer puente aéreo sobre el estrecho de Gibraltar.
Días después consiguió pasar por el Estrecho un convoy marítimo que transportaba 3.000 legionarios y moros y 10 baterías. El 7 de agosto Franco llegó a Sevilla; empezaba la guerra de columnas de uno y otro lado. En efecto, los militares españoles no sabían hacer otra guerra que la de columnas, propia de la guerra colonial, practicada por ellos en Marruecos; guerra de gran movilidad, sin frentes establecidos, con unidades pequeñas pero combativas, apoyadas por una o dos baterías y con los servicios correspondientes. Columnas republicanas -en ese caso, mezcladas con las primeras unidades de milicias-, recuperaron Alcalá y Guadalajara, y cerraron el paso en la sierra de Guadarrama a las columnas enviadas por Mola. Éste lanzó otras sobre el norte, que conseguirían conquistar Irún el 4 de septiembre. De Sevilla partieron las columnas de Tella, Asensio y Castejón, cuyo mando superior asumió Yagüe. Las columnas de Yagüe entraron en Mérida el 11 de agosto y pusieron sitio a Badajoz dos días después. Franco había optado por hacer progresar sus fuerzas para llegar hasta Madrid, no por la línea recta, vía Andalucía y Despeñaperros, sino tomando Extremadura de sur a norte y luego todo el valle del Tajo. Esta opción tenía la inmensa ventaja de que las columnas de Yagüe avanzaban teniendo su flanco izquierdo protegido por la frontera portuguesa. Los moros y legionarios tomaron Badajoz por asalto “a golpe de bomba y bayoneta”, encontrando tenaz resistencia de los milicianos y sufriendo muchas bajas. La represión fue terrible; la cifra avanzada por el periodista norteamericano Jay Allen no parece muy alejada de la realidad. Yagüe respondió a una pregunta de otro periodista, Whitaker, dijo: “¿Qué creía usted? ¿Qué iba a llevar 4000 prisioneros rojos en mi columna, teniendo que avanzar contra el reloj? ¿O que iba a dejarlos en la retaguardia para que Badajoz fuera roja otra vez?”. Las columnas de Madrid también habían dominado Toledo, pero no así su Alcázar, sede de la Academia de Infantería, donde el coronel Moscardó se había hecho fuerte al mando de 1.024 hombres, entre os cuales había 150 oficiales y 600 guardias civiles. Todos los intentos republicanos de apoderarse del Alcázar resultaron infructuosos. Por eso desde que los legionarios de Yagüe entraron en Talavera el 3 de septiembre Franco se planteó que era preciso, antes de comenzar el asalto a Madrid -con tropas poco numerosas y ya fatigadas-, liberar a los sitiados del Alcázar. Y así lo hizo el 27 de septiembre.
La dispersión o colapso del Poder en que se encontraron ambas zonas en los primeros meses de la contienda acarreó el empleo de métodos represivos de extraordinaria dureza. La contrarrevolución preventiva empezó eliminando físicamente al adversario -considerado así como enemigo-, según las instrucciones dadas con antelación por Mola en sus hoy conocidas instrucciones que firmaba con el seudónimo de El Director. Pero como entonces no había un solo poder en la zona sublevada, sino tantos como comandantes militares, jefes de columnas y jefes y jefecitos de las organizaciones paramilitares de Falange y de los tradicionalistas, se desató la más arbitraria represión de masas, que llenó de cadáveres las carreteras de Castilla la Vieja, Navarra, Galicia y Aragón. En Andalucía fueron los legionarios y los moros quienes suprimieron físicamente a verdaderas multitudes urbanas, como en Dos Hermanas, en El Arahal o en el sevillano barrio de Triana.
La réplica no se hizo esperar porque asesinatos de la misma naturaleza se producen ya en Madrid desde la madrugada del 20 y del 21 de julio. Aquí la dispersión de “poderes represores” era todavía mayor: milicias, patrullas de vigilancia, comisarías -las que quedaban-, etc. En las zonas rurales eran los comités los que se encargaban de la represión, que también ejercían con frecuencia grupos enteramente descontrolados.
Junto a este exterminio de millares de personas en ambas zonas, se produjeron las matanzas en masa: en la zona rebelde, las llevadas a cabo inmediatamente después de conquistar una ciudad, como en el caso de Badajoz, Málaga o Toledo y en localidades importantes de Andalucía como Baena y Puerto Genil; en la zona republicana, como reacción a un incendio en la cárcel de Madrid, una matanza “selectiva”, que no lo parece a juzgar por los caídos, que lo mismo fueron Fernando Primo de Rivera y Julio Ruiz de Alda -un fundador de Falange-, como personas tan poco fascistas como Melquiades Álvarez, Rico Avello o el general Capaz. Luego, el acercamiento de las tropas franquistas a Madrid, a primeros de noviembre, provocó otra matanza, nada “selectiva”, por cierto, como toda matanza; las de Paracuellos, que fueron varias, con un total documentado de 2.750 víctimas. No nos referimos ahora a las matanzas de republicanos en Madrid, Valencia, Jaén en abril y mayo de 1939, apenas disimuladas por la actuación de los consejos de guerra “sumarísimos de urgencia” que carecían totalmente de garantías jurídicas.
En resumen: no vamos a entrar en la batalla un tanto macabra de estadísticas de asesinados a que se han entregado no pocos historiadores. No es exagerado decir que entre ambas zonas fueron sacrificadas unas 150.000 personas, sin contar un mínimo de 30.000 fusilamientos de republicanos durante “la paz vengativa”, es decir, después del 1 de abril de 1939, reconocida como cifra moderada por toda la historiografía. Dos observaciones cabría hacer: 1ª) que la gran mayoría de estos asesinatos -evidentes o simulados por un procedimiento castrense- tuvieron desde el comienzo de la guerra hasta noviembre de 1936; 2ª) que hubo terror en ambas zonas, pero el dominante en la rebelde o franquista fue realizado o tolerado desde arriba, desde el poder, como una “necesidad de guerra”. Terror fue, desde luego, tanto el de la España franquista como el de la republicana; pero el primero estaba “pensado” previamente, “programado” desde la cúpula -una o múltiple al principio- de los rebeldes como instrumento político y militar, destinado a desarticular las estructuras del adversario y a paralizar, por efecto psicológico, sus reflejos. Esta “ideología” del terror no excluye la explosión irracional, el desate de pasiones primarias, etc., que pueden haber sido causa de muchos “paseos” en trágicos amaneceres.
Por el contrario, en la zona republicana el ejercicio del terror no estaba pensado como arma política; el terror allí no era “rentable” para el Gobierno, porque al ser espontáneo y descontrolado no era selectivo, no desarticulaba al adversario y, por el contrario, daba argumentos a la propaganda de éste.
Hecha esta reflexión, no cabe minimizar el hecho de la explosión rudimentaria de pasiones seculares soterradas desde antaño -y esto en una y otra zona- manchó con torrentes de sangre este período de la historia.
UNA RECONSTRUCCIÓN DEL ESTADO? LOS DOS PODERES SE ORGANIZAN
En las difíciles jornadas de agosto se confirmó la impotencia del gobierno Giral que, por otra parte, sólo representaba a un sector de los defensores de la democracia, probablemente minoritario en las formaciones de milicias -por añadidura, todavía desorganizadas-. Se fue abriendo paso la idea de formar un gobierno de todas las tendencias antifascistas, presidido por Largo Caballero, que era el líder obrero más popular en aquellos momentos. En efecto, ese gobierno se formó el 3 de septiembre, Caballero se reservó Presidencia y Guerra, Prieto fue a Marina y Aire, y Negrín a hacienda. La gran novedad fue la entrada de dos comunistas, en Instrucción Pública y Agricultura, y dos semanas después la de los nacionalistas vascos. Con los anarcosindicalistas empezó una laboriosa negociación que terminaría también con la entrada de cuatro de cuatro de los suyos en el Gobierno, a principios de noviembre. Este Gobierno, de preponderancia socialista -pero no de mayoría, e incluso así, con representantes de las dos tendencias del PSOE- tenía como objetivos reconstruir las formas jurídicolegales del estado, controlar todos los aparatos existentes y dispersos, suprimiendo el cantonalismo de los primeros momentos y, sobre todo, militarizar las milicias y transformarlas en ejército con un mando único, y controlar los órganos de Seguridad. En ocho meses alcanzó esos objetivos -menos el último-, pero tuvo que hacer frente a otros muchos problemas: el primero y principal era salvar a Madrid del peligro inminente que corría de caer en poder de las tropas de Franco.
Así era; el bando sublevado podía ahora titularse franquista, puesto que una junta de generales nombró a Franco “generalísimo de los ejércitos y jefe del gobierno del estado español”. Título tan ambiguo como confusa fue aquella reunión. La Junta de Burgos cedió el paso al Generalísimo y para ayudar a éste se creó una Junta Técnica. Para la Presidencia y la jefatura del Estado Mayor fue nombrado el general Fidel Dávila. En la Junta hubo una proporción importante de monárquicos y tradicionalistas. De todos modos, la Junta se limitó a sostener el andamiaje administrativo de un poder militar destinado prioritariamente a hacer la guerra, y tomar las medidas que sus miembros consideraban sus indispensables: expulsión de los funcionarios sospechosos, derogación de todas las disposiciones de reforma agraria dadas desde marzo de 1936, abolición del laicismo en la enseñanza y depuración de sus programas, supresión de los partidos, etc.
Sobre todo esto es imprescindible señalar que la Iglesia, que no había dado sino muestras indirectas de su adhesión a la rebelión -declaraciones dispersas de prelados, adhesiones de Acción Católica, etc.- y que había sido duramente perseguida en la zona republicana, jugó una baza importante, coincidiendo cronológicamente (30 de septiembre) con la designación de Franco. Fue la pastoral del arzobispo de Salamanca, Pla y Daniel, Las dos ciudades, en la que definió la guerra civil como una cruzada de las fuerzas del Bien contra las del Mal. Esta pastoral sería seguida, el 1 de enero, por la del cardenal primado Isidro Gomá, Catolicismo y Patria. Gomá fue, desde los primeros momentos, agente del Vaticano en la zona rebelde. Más tarde redactará la pastoral colectiva de los obispos españoles.
Para completar este sumario panorama de la situación cuando va a empezar la batalla por Madrid, hay que precisar que, si bien los rebeldes encontraron desde el primer momento la plena ayuda de Italia y Alemania, no le sucedió lo mismo a la República con el gobierno de Francia. Leon Blum, que ante la primera petición de Giral consintió en enviar algunos aviones, cedió después a las presiones del gobierno conservador británico y propuso a las potencias la no intervención en el conflicto de España. A propuesta de Francia y Gran Bretaña se creó un comité de no-intervención, cuya primera reunión tuvo lugar en Londres el 9 de septiembre de 1936. Durante más de dos años este Comité constituiría un obstáculo para el abastecimiento de armas del Estado español reconocido como tal y, por el contrario, no impediría la ayuda de Italia y Alemania a los sublevados, que podía efectuarse por mar y a través de la frontera portuguesa. La ingerencia de los dos países fascistas y su ayuda masiva en hombres y material de guerra a Franco fue permanente hasta el final. La República disfrutó, en cambio, de la ayuda de la Unión Soviética en material de guerra, pero pagada al contado y con la garantía del oro del Banco de España depositado en Moscú, y no a crédito para después de la guerra como ayudaban Berlín y Roma. Por otra parte, la ayuda soviética fue efectiva “a rachas” y con grandes lagunas intermedias. La ayuda en hombres fue sólo de consejeros y técnicos -varios centenares- y los primeros aviadores y tanquistas.
Francia ayudó a la República española en la medida en que algunos gobernantes socialistas -y el mismo Blum, ayudado por Pierre Cot, Mendès-France, Jean Moulin y otros- lograban hacer “trampa” a su propio Estado y dejar pasar material por la frontera. Este tipo de ayuda fue particularmente intensa durante los treinta días del segundo gobierno Blum (1938).
LA BATALLA DE MADRID
El 19 de octubre Franco dictaba la orden de operaciones que dio comienzo a la batalla de Madrid. A partir de ese momento la guerra de movimiento se convertirá en guerra de posiciones. El 5 de noviembre, cuando todo el mundo, dentro y fuera de España, daba por descontada la caída de la capital, el mismo día que el Gobierno la abandonaba para instalarse en Valencia, y dejaba al general Miaja la defensa y el encargo de formar una junta con delegados de partidos y sindicatos; ese día las tropas coloniales de Franco empezaron su penetración por los Carabancheles con objeto de fijar al adversario en los puentes del Manzanares y envolverlo por el flanco izquierdo (Casa de Campo) para atravesar el río y entrar en la Ciudad Universitaria. Se produce entones un doble hecho, la reacción popular de defensa y la reacción militar de organización, llevada a cabo fundamentalmente por el jefe del Estado Mayor de la Defensa, teniente-coronel Vicente Rojo, y sus colaboradores.
El ataque lo mandaba el general Varela con nueve columnas que contarían unos 30.000 hombres, incluidas las segundas líneas, apoyadas por 16 baterías y las compañías de carros alemanes -Miaja disponía de carros soviéticos-. Rojo improvisó la defensa en la noche del día 7 con las fuerzas que tenía a mano, y pudo articular una línea de defensa con algo más de 30.000 soldados una semana después, entre ellos los 1.500 de la XI Brigada Internacional, primera de ellas que entraba en fuego.
Aunque los franquistas lograron instalar una cabeza de puente en la Ciudad Universitaria -donde quedaron fijados hasta el final de la guerra-, su avance quedó detenido allí. En la batalla intervinieron también aviones alemanes y soviéticos. Al cabo de veinte días el ataque frontal a Madrid había fracasado. Igualmente fracasaron los intentos de cortar as comunicaciones de Madrid con la sierra y con Valencia. Este último intento dio lugar a la batalla del Jarama (11-23 de febrero de 1937), la más importante hasta entonces en potencial de guerra y pérdidas humanas. Su resultado fue tablas, lo que equivalía a un nuevo fracaso de la maniobra de envolvimiento.
Sin embargo, aquel mismo mes, trece batallones italianos mandados por el general Roatta, ayudados por las fuerzas españolas del duque de Sevilla y por los cruceros Canarias y Cervantes, lograron entrar en Málaga, donde los vencedores se entregaron a una sangrienta represión.
Si la pérdida de Málaga quebrantó en parte el prestigio del gobierno republicano, no puede decirse o mismo de la batalla de Guadalajara. Las fuerzas italianas -unos 60.000 hombres con 140 cañones- al mando del general Roatta se lanzaron sobre las posiciones republicanas al norte de Guadalajara, con el propósito de romper el frente y llegar hasta Madrid. Era el 8 de marzo y 48 horas más tarde tres divisiones republicanas les hacían frente entre Brihuega y Torija. Los días 13 y 14 los italianos se entregaban en masa, y en los días posteriores muchos huyeron abandonando armas y pertrechos. El 21 de marzo terminaba la batalla de Guadalajara; con ella terminaba también la batalla de Madrid.
Tras haber fracasado, primero el ataque frontal y luego tres de envolvimiento, Franco ha perdido la única batalla de una guerra que había de ganar. Cambia entonces de estrategia; si un golpe militar fracasado se transforma en guerra civil que quiere ser “relámpago”, el fracaso de ésta -la ilusión de conquistar Madrid y con ella el Poder en cuatro meses- se transforma en una guerra larga con serias implicaciones internacionales.
LA GUERRA EN EL NORTE
Franco, con el espíritu cauteloso que le caracteriza, planea una estrategia consistente en hacer desaparecer la franja republicana del norte que le distrae fuerzas, conquistándola pedazo a pedazo, y con ella los importantes recursos industriales, energéticos y demográficos que contiene. Todo esto representa la orden de operaciones firmada por Franco el 21 de marzo de 1937. La guerra en el País Vasco se convertía en fase crucial de la guerra española.
El 31 de marzo comenzaba la gran ofensiva dirigida por Mola, con Vigón de jefe de Estado Mayor y con seis brigadas navarras, la división italiana motomecanizada 23 de Marzo, las brigadas de Flechas, también italianas, y algún tabor de Regulares. Entre italianos y navarros llevaban 330 piezas de artillería y 140 carros. La alemana Legión Cóndor cubría el cielo con 100 aparatos, asistida por los Fiat italianos, que eran también casi un centenar.
Esta masa ofensiva empleó por vez primera la táctica tierra-aire y consiguió avanzar pese a la resistencia desesperada de los vascos; ese avance era facilitado por la carencia casi absoluta de aviación republicana, originada por muchas causas, de las que la primera era que para los aviones republicanos era muy difícil llegar en vuelo directo a los pocos aeródromos de fortuna que tenían los vascos, machacados constantemente por la aviación alemana e italiana que estaba a 50 kilómetros de distancia; y que las autoridades de París intervenían los aviones que tocaban tierra en Francia.
La citada Legión Cóndor, dueña completa del aire, dio el 26 de abril el primer ejemplo de guerra total en la historia, al destruir por completo una población civil: Guernica.
La encarnizada resistencia vasca y los frustrados ataques de diversión que efectuaron los republicanos por los frentes de Huesca y Segovia, así como la muerte del propio Mola, sustituido por Dávila, no pudieron impedir la caída de Bilbao, con su potencial industrial intacto.
En el mes de mayo, cuando más duros eran los combates, se agudizó la crisis del gobierno Caballero, hondamente minado por las divergencias entre socialistas de izquierda -como el propio jefe del gobierno- y anarcosindicalistas por un lado, y socialistas del centro, republicanos y comunistas por otro.
CRISIS EN VALENCIA Y SALAMANCA. SUCESOS DE BARCELONA
Para hacer más compleja aquella situación, también en el campo de Franco se atravesaba por una situación política delicada. La lucha de facciones por el poder dentro de la Falange dio lugar a un choque sangriento en Salamanca, en el mes de abril. Franco, aconsejado por su cuñado Serrano Súñer, decretó la unificación de todas las organizaciones falangistas, carlistas, monárquicas, restos de la CEDA, etc. El partido único sería Falange Española Tradicioanlista y de las JONS. Como Hedilla, todavía jefe de Falange, se mostrase reticente, fue procesado y condenado a muerte, e indultado después.
Desde entonces la Falange dejó de aspirar a la totalidad del poder, para convertirse en un instrumento político y administrativo de la dictadura de Franco.
Pocos días después, la tensión entre las distintas fuerzas de izquierda, muy heterogéneas, de Cataluña, derivó a conflicto armado, con luchas callejeras entre los extremistas del anarquismo y del POUM, por un lado, y los comunistas del PSUC, la UGT y la Generalitat, que también contaba con Esquerra, por el otro. Se combatió en las calles durante varios días, no consiguiendo el alto el fuego los dos ministros anarquistas -García Oliver y Federica Montseny- que se desplazaron a Barcelona. Prieto tuvo que enviar unidades de la Armada, 1.500 guardias de asalto y 20 aviones. Por fin, Mariano R. Vázquez, secretario general de la CNT, logró convencer a los extremistas libertarios para que abandonasen las barricadas el 7 de mayo. Pero aquella semana insurreccional había costado cerca de mil muertos y dos mil heridos, y una merma de prestigio para el Gobierno republicano en el extranjero.
La crisis estalló en la primera reunión del Consejo de Ministros después de los sucesos de Barcelona. Como Largo Caballero se negase a ilegalizar el POUM, los comunistas abandonaron la sala y Prieto dijo que así no se podía continuar. Largo Caballero quería seguir, pero sólo le apoyaron los anarquistas y la izquierda de su partido. Enfrente tenía al otro sector del PSOE, encabezado por la Ejecutiva, los comunistas y los republicanos. Al fin, Azaña pudo conseguir la formación de un gobierno presidido por Negrín, con Prieto al frente de Defensa -que reunía Ejército, Marina y Aire-, el nacionalista católico Irujo en Justicia, el socialista Zugazagoitia en Gobernación, y los mismos republicanos y comunistas que en el Gobierno precedente. La CNT abandonó el Gobierno. Éste era también de preponderancia socialista, pero escorado hacia el “centro” del PSOE. A pesar de las dificultades que encontró, tuvo en su haber la construcción de un verdadero ejército popular -con un auténtico Estado Mayor, encabezado por Rojo, que llegó a general-, la reconstrucción de la Hacienda, la liquidación de los restos de comités y otras “experiencias” al margen de la ley; en suma, la reconstrucción del Estado y sus servicios. Tuvo una mancha: no poder impedir, en sus primeros días, la “desaparición” del trotskista Andrés Nin, víctima, sin duda, de la GPU soviética.
Durante el verano de 1937 el general Rojo levó a cabo dos contraofensivas estratégicas, tratando de impedir el avance franquista sobre el litoral del norte. Una fue la durísima batalla de Brunete, librada del 5 al 28 de julio, que sólo consiguió retrasar en un mes el avance de las divisiones navarras e italianas, que entraron en Santander el 26 de agosto. La segunda, la de Belchite, también de altos vuelos, tampoco pudo impedir que los ejércitos de Franco, al entrar en Gijón el 17 de febrero, acabasen definitivamente con la zona republicana del norte.
UNA GUERRA LARGA
El éxito de Franco en el norte no permitía creer en la terminación próxima de una guerra que llevaba ya un año sin que se columbrase su final. En esta guerra larga se iba reconstruyendo el Estado republicano. Paradójicamente, durante un año la República perdió territorio, pero recobró un Estado. Enfrente, otro Estado se iba formando en manos de Franco, junto a la estructura militar en la que mandaba y los cuadros del partido único o Movimiento -que de ambas formas le llamaron-. Hay que esperar a diciembre de 1937 para que Franco reúna el primer Consejo Nacional de FET y de las JONS y a enero de 1938 para que se promulgue una Ley de Administración, que además de acrecentar sin tasa los poderes omnímodos del Caudillo, ayuda a ordenar los servicios estatales. La Junta Técnica desaparece y deja paso al primer gobierno regular de Franco en el que figuran miembros de lo que se ha dado en llamar “las familias políticas” del régimen: falangistas, tradicionalistas, monárquicos, además de militares y de algunos hombres de confianza de Franco -en este caso, Serrano Suñer y los generales Dávila y Gómez Jordana-.
Las economías tuvieron que ir adaptándose a las necesidades bélicas. En resumen, los republicanos se quedaron con la agricultura de exportación y el arroz como alimento. Se volvió al siglo XIX, en que Cataluña era la única región punta de la industria, aparte de la siderurgia de Sagunto y de algunas improvisadas factorías levantadas con fines militares. Los franquistas tenían las bases cerealísticas y poco a poco fueron conquistando las mineras. La producción de aceite se repartió entre las dos zonas. Mediada la guerra, Franco tenía todos los elementos para una economía completa. Relanzó, con fines de guerra, la industria y la minería, que en el País Vasco le dejaron intactas -desobedeciendo las órdenes del ministro de Defensa, Indalecio Prieto-. En la zona de Franco la inflación fue mucho menor y sólo se notó en los últimos meses de a guerra. Allí no había ni sueldos de soldados ni aumentos salariales sustanciales como en la zona republicana; la poca capacidad de compra de la mayoría de la población, la “demanda de las familias”, estaba muy contraída. Por añadidura, el abastecimiento de grandes ciudades como Madrid y Barcelona -sobre todo la primera, casi cercada- era un problema de gran envergadura para los republicanos.
Una gran parte de la producción agraria republicana estuvo en manos de las colectividades, fenómeno revolucionario que ha hecho correr mucha tinta y ha propiciado trabajos de investigación de calidad científica. Según datos aproximados, parece que se llegó a la expropiación y explotación directa por los trabajadores de algo más de 5,5 millones de hectáreas; en forma colectiva fueron explotados unos tres millones -sin contar las de Aragón y las de Cataluña; en ésta fueron mucho menos numerosas-. Sus resultados de conjunto no parece que hayan sido menores que los de otros tipos de explotación, en ninguna de las zonas. Las experiencias son muy desiguales y sin el suficiente tiempo para poder hacer un juicio sobre su rendimiento.
Esta guerra larga obligó a cada bando a desplegar una actividad no sólo de propaganda sino de extensión cultural, en la que se transmitiría implícitamente el modelo cultural de cada uno de ellos. Por eso es importante, cuando se trata del campo franquista, conocer el mensaje de la Iglesia y, sobre todo, el de los prelados -pastoral coactiva del 1 de julio de 1937- que identifica defensa de la religión contra los “sin Dios” y defensa de la patria contra la anti-España. La obra de José María Pemán, sobre todo su importante Poema de la Bestia y el Ángel, es la expresión más acabada del nacionalcatolicismo y constituye una visión poético-teológica del antagonismo entre el Bien y el Mal.
Y el enemigo sigue siendo el mismo Oriente pecador.
No hay más: Carne o Espíritu.
No hay más Luzbel o Dios.
Ciertamente, frente a esto o a la prosa amanerada de Foxá en Madrid de Corte a Cheka, en la otra zona se está escribiendo día a día la historia literaria de España. La escriben Machado y Alberti, Miguel Hernández, León Felipe y Cernuda en la poesía; Sender, Ayala, Max Aub, Bergamín y María Zambrano en el ensayo y la novela.
En la zona franquista se publica Jerarquía, la revista negra de la Falange, donde se teoriza sobre la unidad de servicio a Dios y al César y donde D’Ors dice: “En nuestro tiempo empieza una Edad clásica, una nueva Edad Media (sic), la Edad fascista que nos trae a España la Falange”. En resumen, el siglo XIX es barroco, liberal y naturalmente abominable; el siglo XX es clásico y fascista. También Vértice, otra revista de Falange, quiere dirigirse a las clases medias y a los profesionales, pero no puede o no sabe desprenderse de la ganga del Imperio, los años triunfales, la horda proletaria, etc.
En la zona republicana, y sin ánimo de hacer maniqueísmo, es forzoso reseñar publicaciones de tanta altura como Hora de España y El mono azul. Pero lo esencial no es eso, sino lo que con razón ha llamado el profesor Mainer la dinamización cultural de la zona republicana: las múltiples iniciativas que venían de todas partes y se plasmaban en “Altavoz del Frente”, “Guerrillas del Teatro”, periódicos de las unidades del ejército, recitales, cursos y escuelas y, por encima de ello, la obra gigantesca de Milicias de la Cultura, la creación y funcionamiento de escuelas en cada unidad del ejército, de “rincones del soldado”, de recitales, concursos literarios, etc., son hechos cualitativamente nuevos, con independencia de su valor cuantitativo: más de 2.000 escuelas y de 4.000 periódicos murales en las primeras líneas del frente, más 150 de divisiones o brigadas; asimismo, 608 proyecciones cinematográficas y 20.077 charlas y conferencias. Además de los 200.000 soldados que asistieron a las clases de Milicias de la Cultura, 105.500 fueron completamente alfabetizados. En aquel momento -agosto de 1938, fecha de recogida de estos datos- había 2.200 milicianos de la cultura en activo que, además de las citadas tareas, dieron 183 cursillos preparatorios para oficiales.
Todo esto se explica por el culturalismo republicano y del movimiento obrero, que tenía ya una larga tradición y que adquiere un carácter particular en la coyuntura de guerra, puesto que considera que el acceso a los bienes de cultura y la formación cultural no sólo son un derecho de todos, sino también un instrumento de primer orden para lograr la victoria. Esto explica que en plena guerra se supervalore la transmisión cultural como un servicio público y requiera la atención del Estado y de las organizaciones que sostienen el entramado de la sociedad civil republicana.
Este fenómeno, que enlaza con el más vasto proyecto cultural de la España republicana, es algo que algún día deberá estudiarse en profundidad. Ahora nos limitamos a relacionarlo con aquella respuesta que Antonio Machado diera años antes de empezar la guerra a la pregunta “Pero ¿qué quieren esos bárbaros?”, referida al ansia de difusión cultural de las masas: “Lo que quieren esos bárbaros es dejar de serlo”.
* * *
También en la educación, los modelos culturales de cada bando se manifestaron a través de la reproducción de ideas básicas y escalas de valores. En la zona de Franco reinó durante el período de la Junta Técnica la preocupación por asegurar la catolicidad de la enseñanza en todos sus grados. La ecuación patria-religión sirvió de pauta a los cursillos breves destinados a la capacitación de los maestros que iban a enseñar en escuelas que en muchos casos estaban sin proveer desde la drástica depuración que siguió al estallido de la guerra. En otros casos, las escuelas estuvieron regentadas provisionalmente por los curas párrocos o por alcaldes-jefes del Movimiento.
El modelo republicano estaba inspirado por la premisa de que el hombre es bueno por naturaleza y el niño sólo necesita ayuda para su desenvolvimiento espontáneo por medio de la formación cultural; por la cultura, el hombre, considerado como el valor más alto, se salvará. En la otra zona -para Pemán, Sainz Rodríguez, Romualdo de Toledo- el hombre es intrínsecamente perverso a causa del pecado original y al niño hay que orientarle, incluso hasta la coacción, para que pueda salvarse por el camino de la religión.
DE TERUEL AL EBRO
Al empezar 1938, la guerra civil había deshecho cientos de millares de hogares españoles, arruinando la economía, roto vidas y destinos. Sin embargo, la vida seguía su curso; el impacto de la guerra -súbito en las primeras semanas, continuado y persistente después- incidió en la existencia cotidiana de cada cual, pues, de una u otra forma, todos tuvieron que cambiar sus hábitos de vida; unos fueron movilizados en el ejército, o se alistaron voluntarios en una u otra zona; otros fueron desplazados de una a otra región y muchas fueron las familias, partidas en dos, así como los escondidos o perseguidos en cualquiera de las zonas. Todo cambió y contra lo que pudiera creerse, no fue el rigor castrense lo que predominó en las pautas de comportamiento, sino una impresión -en la mayoría claro está- de que se aflojaban los viejos lazos de autoridad en las familias incluso en la vida rural. Está todavía por estudiar, en el sentido hecho por Vovelle al tratar de la Revolución Francesa, si la mentalidad “revolucionaria” -bélica y revolucionaria, podríamos decir en nuestro caso- es, como tantas veces en la historia, un resurgir de sensibilidades que vienen de antaño o, por el contrario, constituye una verdadera innovación. Recordemos que según el profesor Michel Vovelle, “la originalidad del momento revolucionario consiste en confrontarnos a una secuencia de “ruptura”, donde la “ideología invade las mentalidades”, las penetra y las subvierte”.
La sentimentalidad colectiva de los españoles quedó sacudida durante aquellos tres años -y, aunque en menor grado, en los cinco del periodo de la segunda República que les precedieron-; la ruptura forzosa de las pautas y usos de la vida colectiva dio un tono nuevo -quizá transitorio o tal vez dejando rescoldos- al vivir, al sentir y al valorar de millones de españoles.
Pero si en enero de 1938 los dos ejércitos se batían en torno a Teruel, bajo la nieve y a muchos grados bajo cero, lo que ha pasado a la historia con el nombre de batalla de Teruel había empezado a mediados de diciembre.
Cuando Franco había concentrado doce divisiones entre el valle del Jalón y Medinaceli para marchar sobre Madrid, el Estado Mayor republicano se adelantó con una operación que estratégicamente sólo tenía carácter defensivo: ocupar Teruel, que era como un saliente de las líneas franquistas. Tres cuerpos de ejército, apoyados por 125 cañones y una masa de tanques rompieron el frente el 15 de diciembre. Una semana después, las primeras tropas republicanas entraban en Teruel. Los defensores se encerraron en los edificios más sólidos para hacer una defensa numantina siguiendo el ejemplo de los del Alcázar. Parecía alentar esos propósitos el hecho de que las fuerzas franquistas en ayuda de los sitiados lograran acercarse a éstos en la noche del 31 de diciembre, mientras las unidades que defendían la plaza abandonaban sus posiciones.
Durante las últimas horas del año 1937 y las primeras de 1938 Teruel era una ciudad casi vacía, bajo la nieve y a 15 grados bajo cero, sin luz, con sus casas destripadas, pero sin ningún ejército dentro de ella, ni franquista ni republicano. A amanecer, los republicanos ocupaban de nuevo las posiciones abandonadas horas antes en la ciudad. Y el genera Rojo, legado precipitadamente de Barcelona, retomaba el mando, y lanzaba en el combate el V Cuerpo de Ejército, al mando de Juan Modesto. Rojo consiguió así completar la ocupación de Teruel. El 7 de enero se rendían los últimos defensores, mandados por el coronel Rey d’Harcourt. Pero esa breve victoria iba a costar a los republicanos el empleo a fondo y desgaste de casi todo su ejército de maniobra, su mejor pieza estratégica. Seguiría durante semanas enteras una larga batalla de desgaste con casi cien mil hombres alineados de uno y otro lado.
En una batalla de desgaste el ejército que tiene menos reservas pierde su potencial para futuras operaciones, aunque no tenga más bajas que su adversario. Y esto les sucedió a los republicanos: “En toda acción de usura -ha escrito el general Salas Larrazábal-, termina perdiendo más aquel que dispone de menos, pues en definitiva a iguales pérdidas, las suyas suponen un mayor porcentaje de sus posibilidades totales”.
Así que cuando el 5 de febrero Franco lanza 125.000 hombres -entre ellos, el cuerpo de ejército marroquí de refresco- con 400 cañones y una masa de aviación, los republicanos se encontraron al borde del total agotamiento. Uno de los jefes de la contraofensiva franquista, el general García Valiño, ha dejado escrito:
"El enemigo se defendió con tesón en todas partes, sufriendo el día 17 [de febrero], durante seis horas los más potentes bombardeos de la aviación en picado conocidos hasta entonces, con bombas de 200 y 500 kilos... La acción de la artillería y a aviación fue demoledora, mas la resistencia encontrada superó, en general, todo lo previsible."
La guerra era otra vez de movimiento, pero con el potencial de fuegos, de máquinas modernas de guerra y de aviación que indicaba que se estaba en fecha cercana a la segunda guerra mundial; y con el movimiento de grandes masas de hombres. Esta guerra era casi tan monótona como la de posiciones, pero mucho más sangrienta.
Las fuerzas de Varela y Aranda consiguieron cercar Teruel, donde el 21 de febrero no quedaban más que 2.000 hombres al mando de Pedro Mateo Merino, antiguo estudiante de la Universidad de Madrid. En la madrugada del día 22, Mateo y 1.300 soldados y oficiales rompieron e cerco con granadas de mano vadeando el río Turia. Los restantes 750 cayeron prisioneros y con ellos cayó la plaza de Teruel.
* * *
Franco, aprovechando su superioridad en reservas estratégicas, cuando Rojo había agotado las suyas en la batalla de Teruel, se lanzó el 9 de marzo sobre el frente de Aragón, que quedó pulverizado en un mes. El 15 de abril la IV Brigada de Navarra, al mando de Camilo Alonso Vega, alcanzaba la costa mediterránea y partía en dos, a la altura de Vinaroz, la zona republicana.
Otra vez se creyó en Europa entera que el final había llegado y el embajador de Francia ofreció al gobierno republicano un buque de guerra para ponerse a salvo. Una crisis de moral de Prieto, ministro de Defensa -unida a sus endémicos conflictos con los comunistas- condujo a la crisis provocada por el mismo Negrín que asumió la cartera de Defensa, limitó a un ministerio los comunistas -cambiando a Hernández por el anarquista Blanoc, con lo cual la CNT se reintegraba al Gobierno- y obtuvo de los franceses que, al menos por un par de meses, dejasen pasar armamento enviado por los rusos a los puertos del norte de Francia. En cambio, Blum no consiguió de Gamelin y de los militares en el Consejo de Defensa que aceptasen su propuesta de intervenir directamente en España.
La guerra no había terminado y en ciertos medios de la zona franquista hubo desilusión y algún descontento. Por añadidura, la ofensiva sobre Valencia -que, paradójicamente, Franco había puesto en su punto de mira en lugar de Barcelona, probablemente por temor a dar pie a esa intervención francesa- marchaba lentamente. Aranda había conseguido entrar en Castellón el 14 de junio, pero luego todas las divisiones franquistas se estrellaron en una línea fortificada -otra vez la guerra de posición más favorable a los republicanos- de Viver-Segorbe-Sagunto mandada por el coronel Leopoldo Menéndez.
Durante estos meses se agravaron las diferencias entre los diversos partidos y corrientes del bando republicano. Hubo una oposición formada por Largo Caballero y sus amigos políticos que se expresó de manera discreta. Igualmente, una fracción de Izquierda Republicana -de la que Albornoz parecía cabeza visible- insistió en varias sesiones de la Diputación Permanente de las Cortes en su petición de que el jefe del Gobierno acudiese más a sus reuniones; era la misma corriente que en el verano de 1938, con ocasión de un congreso de Izquierda Republicana, lanzó la consigna de una “República republicana”. Esta fracción se entendía bien con socialistas moderados como Amador Fernández. Otros pensaban en combinaciones ministeriales con Besteiro o con Martínez Barrio. En resumen, esta oposición más o menos difusa pensaba en desplazar a Negrín, acusado de ser un instrumento de los comunistas, a lo que siempre respondió que no podía prescindir de tales colaboradores, cuando tan escasos eran los demás, ni de la ayuda soviética, porque no tenía otra.
Pero la gran pugna era entre Azaña y Negrín. Y no es que el presidente de la República acusase a Negrín de ser instrumento de nadie, sino que se trataba de un trágico enfrentamiento de caracteres. Azaña estaba convencido de que la guerra se perdía si no se conseguía pactar y creía que Negrín pretendía una resistencia numantina. No era así, también Negrín quería pactar, pero estaba convencido de que quienes no resisten no tienen jamás autoridad para pactar.
"Resistir ¿para qué? ¿Para entrar triunfalmente en Burgos? Nunca hemos hablado ni pensado en ello. Señores, el proclamar una política de resistencia significa que no se cuenta con medios de aplastar al enemigo, pero que causas superiores os obligan a luchar hasta lo último."
Así se expresó Negrín ante la Diputación Permanente de las Cortes reunidas en París el 31 de marzo.
También poco después de terminar la guerra el presidente Azaña escribió: “En realidad, en el campo republicano no se propuso nunca este dilema: resistencia o rendición”. Pero la verdad es que ese dilema lo presentaba Franco. Y era con él con quien había que pactar.
Esta cuestión fue un factor de disgregación en el campo republicano; incluso puede considerársela en relación con la crisis parcial del Gobierno republicano por la que abandonaron el mismo los nacionalistas vascos y catalanes -Irujo y Aiguader, concretamente-.
LA BATALLA DEL EBRO. EL DIKTAT DE MUNICH. LAS ÚLTIMAS SEMANAS DE LA REPÚBLICA
En aquella situación lo más sorprendente que podía acontecer -sobre todo para una mentalidad rutinaria castrense- fue el paso nocturno del río Ebro a las doce y quince minutos de la noche del 25 de julio, por un ejército mandado por Modesto -bajo la dirección permanente de Rojo-, compuesto por tres cuerpos del ejército mandados respectivamente por Líster, Tagüeña y Vega.
Los soldados de la República ocuparon, antes de que terminase el día 25, el pueblo de Corbera y las sierras de Pàndols y Fatarella. Su avance, que desconcertó a los mandos del ejército franquista que cubrían el sector, continuó hasta el 1 de agosto. Franco inició la contraofensiva, dirigida por él mismo, el 14 de agosto, y sólo nueve días después, realizando la máxima concentración de fuegos, logró avanzar unos metros en la sierra de Cavallas.
El ejército republicano no tenía recursos para seguir más adelante. Por parte de la zona central no hubo la menor ayuda. Como el general Rojo ha explicado en uno de sus libros, “la maniobra del Ebro había terminado, pues, para dar comienzo a la batalla defensiva”. Durante más de tres meses se libró esa batalla en frentes estrechos, donde se emplearon “todas las armas e ingenios de guerra, excepto los gases”.
Aquí interviene una realidad histórica-diplomática, que no militar. Si bien es verdad que el ejército del Ebro estaba agotando sus posibilidades, lo que interviene cronológicamente antes es el acuerdo de Munich, por el que Chamberlain y Daladier, en nombre de Francia y del Reino Unido, se someten a todas las exigencias de Hitler, creyendo así calmarlo, y a su cómplice Mussolini. En apariencia, Checoslovaquia era la víctima sacrificada, pero también lo era España. Munich fue el final de los frentes populares y de las alianzas de izquierda; significó el desentamiento de la Unión Soviética en todas las cuestiones del Occidente europeo, considerándose aislada. Munich fue la seguridad para Franco -muy inquieto durante la segunda quincena de septiembre, temiendo que las democracias plantarán cara a Hitler- de seguir recibiendo ayuda germanoitaliana, sin ser inquietado en la frontera francesa, ni tampoco en los mares. Munich era el final y Vicent Auriol, buen amigo de los republicanos españoles, vino a prevenirles en el mes de octubre.
LA CAÍDA DE CATALUÑA
La suerte estaba echada. Los especialistas pueden discutir sobre as posibilidades republicanas, de haberse cumplido, en diciembre, el plan de operaciones de Rojo que los mandos militares de la zona central se negaron a cumplir. Lo único que la historia puede retener es que el ejército republicano del Ebro se replegó ordenadamente a sus bases de partida en la madrugada del 16 de noviembre de 1938; como en una leyenda, el teniente coronel Tagüeña, jefe del XV Cuerpo, que fue el primero en atravesar el Ebro el 25 de julio, fue también el último que, con sus hombres, volvería a la otra orilla después de 125 días de combates. Pero la situación estratégica de la República era desesperada.
El 23 de diciembre todo el grueso de ejército de Franco se lanzaba sobre Cataluña en dirección a Barcelona protegido por un “techo” de 500 aviones. Pese a la resistencia de las tropas de Lister en Borjas Blancas y de Perea en Tremp, aquella oleada lo anegó todo. Tarragona caía el 15 de enero. Mientras Cataluña entera caía en manos del ejército de Franco, en la zona central republicana sólo se consiguió montar una “operación Extremadura (7 de enero-6 de febrero) que careció de eficacia estratégica.
Los restos de los V y XV Cuerpos de Ejército, casi desarticulados, no pudieron impedir que los italianos y las Brigadas de Navarra alcanzasen el Tibidabo al amanecer del 26 de enero. A las cuatro de la tarde las tanquetas italianas entraban en orden disperso por el Paseo de Gracia. Barcelona había caídos.
Mientras Negrín trataba de instalar sus servicios en el castillo de Figueras. Azaña lo hacía en el de Perelada, y Rojo, con escasas palancas ya en su mano, lo hizo en el pueblecito de Agullana.
El 11 de febrero todavía reunió Negrín a las Cortes en los sótanos del castillo de Figueras. Allí pidió las “tres garantías” para llegar a la paz, de las cuales sólo una era importante “que no haya persecuciones ni represalias después de la guerra”. Los oídos de Chamberlain y Daladier fueron sordos a esa petición. La única respuesta fue la de París: se admitía la entrada de las tropas republicanas en territorio francés, siempre que llevasen sus jefes a la cabeza y entregasen el armamento en la frontera. Así lo hicieron y desde allí fueron conducidos a campos de concentración.
Todo se desmoronó; Menorca fue ocupada por los franquistas, al amparo de la colusión de la flota británica y la aviación italiana -increíble, pero cierto-. El 5 de febrero Azaña atravesó la frontera y se instaló en París, en la Embajada de España, amparado por la ficción jurídica de que era territorio español.
Negrín y su gobierno volvieron a la zona central republicana; otra vez, al final como a principio, con los aparatos del Estado colapsados, pero sin sede fija, sin apenas disponer de transmisiones, con la mayoría de altos jefes militares negándose a proseguir la resistencia.
En el corazón de la zona republicana, en Madrid, el jefe del Ejército del Centro, Segismundo Casado, conspiraba con anarquistas (Mera, Prado), socialistas moderados de prestigio -caso notorio de Besteiro- y otros, para deponer a Negrín por un golpe de fuerza y constituir una junta que pactase una “paz honrosa” con Franco. Y para ello estaba en contacto con los servicios de información de Franco desde enero de 1939. Y nunca le ofrecieron otra cosa que una rendición incondicional entregándose a la “generosidad del Caudillo”.
Los gobiernos de Europa decidieron que había que terminar ya. Principalmente Chamberlain estimaba que había que “acabar cuanto antes” y pactar con Mussolini la tranquilidad en el Mediterráneo. El 27 de febrero Francia y Gran Bretaña reconocían a Franco. Azaña, previamente informado, dimitía de la presidencia de la República varias horas después.
Negrín pidió a Martínez Barrio, presidente de las Cortes, que se hiciese cargo de la Presidencia de la República, como disponía la Constitución, pero éste se inhibió. En realidad, no se daban los supuestos fácticos y Martínez Barrio se limitó a convocar una extraña “Diputación de Cortes”, reunida muy incompleta y semiclandestinamente en un restaurante de París, que se limitó a desear que el puesto de presidente fuera ocupado “lo más rápida y eficazmente posible”.
En vertiginosa carrera contra el tiempo, al día siguiente (4 de marzo) había varias sublevaciones en Cartagena, lo que aprovechó Buiza, jefe de la Flota y partidario de “acabar la guerra como fuera”, para levar anclas y abandonar España, llevándose la flota a Oran.
Veinticuatro horas más tarde Casado, Besteiro y Mera constituían un Consejo de Defensa para hacer “una paz honrosa”, y declaraban ilegítimo el gobierno Negrín, al que cubrían de injurias. El Gobierno, que estaba reunido en Elda (Alicante), al enterarse de lo que decían Casado y sus amigos del Consejo desde Radio Madrid, trataron de comunicarse con ellos. Tras un vivo diálogo entre Negrín y Casado, las distintas discusiones por teléfono entre Besteiro y Giner, Paulino Gómez y Wenceslao Carrillo, Segundo Blanco y Del Val, no fueron sino diálogos de sordos.
Negrín esperó hasta las dos de la tarde del día 6; entonces, al saber que fuerzas de Casado había ocupado Alicante y detenido a su comandante militar, Etelvino Vega, decidió abandonar. Poco rato después, él y sus ministros -excepto Uribe, que se quedó con sus compañeros comunistas- partían en dos aviones Douglas.
De facto, y aunque con autoridad disminuida, sólo quedaba en la quebrantada zona republicana el poder del Consejo -“la Junta” la llamaba la gente-. Así lo comprendieron los cuadros comunistas que se reunieron aquella noche en Monóvar con Togliatti -delegado de la Internacional Comunista-, Checa, Uribe, Líster, Modesto, Tagüeña, Mateo Merino, etc., y los miembros del bureau político que por allí quedaban. Aunque condenando el golpe de Casado, reconocieron que ya no quedaba otra autoridad y que no era posible iniciar otra guerra civil dentro de la guerra civil. En Valencia también los dirigentes comunistas parlamentaban con el general Menéndez e intentaban salvar su legalidad; conservaban el control de dos divisiones y de carros, y mantuvieron hasta el final el statu quo.
Por una trágica contradicción, esa doble guerra civil iba a desencadenarse en Madrid. ¿Por una sublevación comunista? Más simple que eso. El consejo, desde la madrugada del día 6, dio órdenes de destituir y detener a los comunistas más calificados. Más tarde, Casado ha tratado de justificar esas medidas que, según él, se adoptaban “anticipándose a la agresiva actitud que el partido comunista adoptaría posiblemente con las fuerzas militares que le siguieran”. Pero los comunistas de Madrid ignoraban la desaparición del gobierno Negrín. Y respondieron con la violencia al golpe del Consejo de Defensa. El comandante Ascanio, jefe de división, llevó la ventaja en los combates entre el 6 y 10 de marzo. Pero las fuerzas del IV Cuerpo, mandada por Mera, bajaron de Guadalajara a Madrid y tomaron el puesto de mando del Ejército del Centro, ocupado por Ascanio, en la Alameda de Osuna.
La lucha duró algunos días más porque el Consejo no respetó un alto el fuego acordado el día 12. Se fusilaron jefes de uno y otro bando, anticipándose a los fusilamientos que ordenaría Franco; y algunos, como el mismo Ascanio, fueron entregados dentro de la cárcel a los franquistas -Ascanio y otros compañeros suyos murieron fusilados por Franco en junio de 1941-. Los combates en las calles de Madrid costaron más de dos mil vidas. Se hubiera dicho que los republicanos, conscientes de su derrota, preferían suicidarse así.
Triste fin de una democracia. Y mucho más triste en cuanto Franco no quiso recibir ni a Casado ni a Besteiro sino a militares de menor graduación, y se negó a otra cosa que a la rendición incondicional. El Consejo pasó por la vergüenza de aceptar, el 22 de marzo, la rendición sin condiciones, entregándose a “la generosidad del Caudillo”. Y, aun así, los plazos para rendirse -unas horas para la aviación y 48 para el resto, no daban tiempo material a hacerlo. El Cuartel General de Franco comunicó que “las órdenes de ofensiva ya no podían detenerse”, y el 26 de marzo las tropas de Yagüe entraban por Extremadura sin encontrar resistencia. El coronel Escobar, con su Estado Mayor, se constituyó prisionero en su puesto de mando -sería fusilado en Barcelona a comienzos de 1940-. Los miembros del Consejo huyeron -Casado en un navío facilitado por Gran Bretaña- con la digna excepción de Besteiro. Apresado al entrar las tropas de Franco en Madrid, Besteiro fue condenado a treinta años de prisión y falleció, en 1940, en la cárcel de Carmona.
El 28 de marzo las fuerzas franquistas que mandaba el general Espinosa de los Monteros entraban en Madrid, siendo acogidas con júbilo por parte de la población; ya fuera por convicción, por cansancio o por repulsa a los excesos de guerra, entonaban canciones fascistas y enarbolaban banderas de los vencedores, al paso de unas tropas que entraban sin formación de combate en un Madrid -“fruto prohibido”, según dijo Pemán- que no habían podido tomar frontalmente en casi tres años de guerra.
El último episodio del sacrificio de la República, fue el que ha pasado a la historia con el nombre de su escenario, el puerto de Alicante. Allí llegaron a reunirse más de 15.000 personas -jefes militares, políticos, mujeres, niños o simples combatientes- desesperadamente asidas a la esperanza de escapar en unos barcos que nunca llegaron. La multitud se concentró en el muelle de Levante del puerto; no era la clásica masa sino la colectividad organizada por partidos, sindicatos, ayuntamientos, unidades militares, etc. En ella están el secretario general de la UGT, Rodríguez Vega, Gómez Osorio, gobernador de Madrid, Carlos Rubiera, diputado y también socialista, Jesús Larrañaga, del PC, Antonio Moreno, de la CNT... En el puerto había como un microcosmos de la España republicana que agonizaba.
Además de los citados, había varios gobernadores civiles; Zabalza, dirigente de Trabajadores de la Tierra; escritores y profesores como el doctor Peset, decano de la Facultad de Medicina de Valencia; y los más prestigiosos jefes militares: el teniente coronel Ibarrola, jefe del XX Cuerpo, Etelvino Vega -que será fusilado muy pronto-, el teniente coronel Ortega, el teniente coronel Toral, jefe de Agrupación de Divisiones, con su jefe de Estado Mayor, el profesor de la Universidad de Madrid, Manuel García-Pelayo -que sería, cuarenta años más tarde, presidente del Tribunal Constitucional de la España democrática-, directores de diarios madrileños, periodistas, etc.
Esos miles de personas esperaron en vano, porque quienes llegaron a Alicante al anochecer del 30 de marzo fueron los soldados italianos que mandaba Gambara. Tampoco llegaron los barcos prometidos fletados por cuenta del Comité de Ayuda y Coordinación a la España republicana que, sin embargo, habían zarpado de los puertos franceses, pero nunca pudieron llegar al puerto, porque dos buques de la escuadra franquista, el Vulcano y el Canarias, enfilaron la bocana del mismo. Al día siguiente, el general Saliquet ordenaba a Gambara: “Que se les reduzca por a fuerza de las armas”. Gambara, con mucho más tacto que Saliquet, se limitó a comunicar a Burillo que era necesario rendirse -dos batallones de infantería habían desembarcado esa misma tarde y desde los muelles de la parte sur enfilaban con sus ametralladoras a los refugiados-.
Todo había terminado. Cuando iba a ponerse el sol la muchedumbre de vencidos empezó a rendirse a las tropas italianas.
¿Por qué no llegaron los barcos? Porque el gobierno francés, que titubeó varios días, no dio al final la ayuda de cobertura con navíos de guerra que había prometido al Comité de Ayuda. Y porque el Gobierno británico no quería crearse el menor problema. Para confirmarlo, citemos el ejemplo de su ministro de Asuntos Exteriores, lord Halifax, en su intervención en los Comunes: “La participación de la Gran Bretaña en la evacuación de los republicanos españoles podría comprometer su reconciliación con Franco”. Sobran los comentarios.
El panorama internacional se completaba con la entrada de las divisiones nazis en Praga el 15 de marzo y la de las tropas italianas en Tirana, capital de Albania, Días antes era elevado a solio pontificio el cardenal Pacelli, con el nombre de Pío XII.
A media mañana de aquel 1 de abril, el general Franco firmaba el último parte de guerra, el de la victoria, que terminaba así: “La guerra ha terminado”.
[1] TUÑÓN DE LARA, Manuel: “La guerra civil”. En TUÑÓN DE LARA, Manuel, VALDEÓN, Julio, DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio y SERRANO, Secundino: Historia de España. Valladolid, Ámbito, 1999, pp. 593-617

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