La Guerra Civil

TALLER DE HISTORIA DEL PCE "MARUSIA"
Julián Casanova y Carlos Gil Andrés[1]
UNA GUERRA INTERNACIONAL
El escenario internacional a finales de los años treinta reunía circunstancias poco propicias para la paz y eso afectó de forma decisiva a la duración, curso y desenlace de la Guerra Civil española, un conflicto claramente interno en su origen. Las políticas de rearme emprendidas por los principales países europeos desde comienzos de esa década crearon un clima de incertidumbre y crisis que redujo la seguridad internacional. La Unión Soviética inició un programa masivo de modernización militar e industrial que la colocaría a la cabeza del poder militar durante las siguientes décadas. Por las mismas fechas, los nazis, con Hitler al frente, se comprometieron a echar abajo los acuerdos de Versalles y devolver a Alemania su dominio. La Italia de Mussolini siguió el mismo camino y su economía estuvo supeditada cada vez más a la preparación de la guerra. Francia y Gran Bretaña comenzaron el rearme en 1934 y lo aceleraron desde 1936. El comercio mundial de armas se duplicó desde 1932 a 1937.
Bajo esas condiciones, ninguno de esos países mostró interés por parar la Guerra Civil española. El apoyo internacional a los dos bandos fue vital para combatir y continuar la guerra en los primeros meses. La ayuda italogermana permitió a los militares sublevados trasladar el ejército de África a la península a finales de julio de 1936 y la ayuda soviética contribuyó de modo decisivo a la defensa republicana de Madrid en noviembre de 1936. El apoyo militar de la URSS a la República sirvió como pretexto para que las potencias del Eje incrementaran su apoyo militar y financiero al bando de Franco. Esos apoyos se mantuvieron casi inalterables hasta el final de la guerra, mientras que el resto de los países europeos, con Gran Bretaña a la cabeza, parecían adherirse al Acuerdo de No Intervención.
Apenas dos semanas después de a sublevación militar, os Gobiernos de las principales potencias europeas ya habían perfilado sus políticas en torno a ese recién iniciado conflicto bélico en España. El Foreing Office británico declaraba una “estricta neutralidad” y pedía a los franceses que hicieran lo mismo. León Blum, desde París, cambiaba su decisión inicial de ayudar al Gobierno republicano por la no intervención. Alemania e Italia ayudarían a los militares rebeldes. Rusia, aunque muy pronto cambiaria su posición, mostraba un cauto distanciamiento ante la guerra. Fuera de Europa, Estados Unidos seguía la política de neutralidad británica. Otros muchos países pequeños, europeos y sudamericanos, no daban muestra de preocuparse demasiado, aunque las preferencias por los militares insurgentes se dejaban sentir. Sólo Méjico daba clara muestras de apoyo a la República.
La política de no intervención partió del gobierno francés del Frente Popular. Tras descubrir el 30 de julio que los nazis y fascistas italianos habían comenzado a auxiliar a los militares sublevados, porque dos de los aviones enviados por Mussolini aterrizaron por error en Argelia, propuso que los principales países europeos firmaran un Acuerdo de No Intervención en España. En palabras del secretario de León Blum, “para evitar que otros lo que nosotros éramos incapaces de hacer”. Ya que no podían ayudar a la República, porque eso hubiera creado un conflicto interno de consecuencias imprevisibles en la sociedad francesa, al menos forzaría a Alemania e Italia a que interrumpieran su apoyo al bando militar insurgente. La posición de no intervención del ministro de Asuntos Exteriores, el radical Ivon Delbos, se impuso con fuerza desde la primera semana de agosto. Los jefes del Estado Mayor francés consideraron además como objetivo principal evitar una intervención que enemistara a Francia con Italia y complicara la paz en el Mediterráneo. La propuesta de Francia incluía también la prohibición de envío y venta de armas a republicanos y sublevados. El 13 de agosto, el Gobierno cerró la frontera de los Pirineos.
En Gran Bretaña, los círculos diplomáticos aristocráticos, burgueses y la jerarquía de la Iglesia anglicana, con la excepción del obispo de Cork, apoyaban a los militares rebeldes, mientras que el Partido Laborista, los sindicatos y muchos intelectuales se inclinaban por la causa republicana. La sociedad británica sufrió, como ya mostrara hace tiempo el estudio de K.W. Warkins, un cisma “profundo”. Y Paul Preston ha insistido en su idea de una Gran Bretaña “dividida”: mientras que la opinión pública estaba “abrumadoramente” a favor de la República, los reducidos círculos que tomaban las “decisiones cruciales” se declaraban, por el contrario, partidarios de los militares sublevados. Para esos conservadores, la Guerra Civil española era también un conflicto de clase y sabían perfectamente con quién estar.
La posición de Londres y Washington, que no había mostrado simpatía alguna por la República en sus cinco años de existencia en paz, se plasmó muy pronto en lo que Douglas Little llamó la “neutralidad malévola”. La política de no intervención serviría, según los objetivos diplomáticos establecidos por el Foreins Office, para confinar la lucha dentro de las fronteras españolas y evitar el enfrentamiento con Italia y Alemania. Esa política ponía en el mismo plano a un Gobierno legal y un grupo de militares rebeldes.
A finales de agosto de 1936, los 27 Estados europeos, todos excepto Suiza, neutral por mandato constitucional, habían suscrito oficialmente el Acuerdo de No Intervención en España, por el que deploraban “los trágicos acontecimientos de que España es teatro”, decidían “abstenerse rigurosamente de toda injerencia, directa o indirecta, en los asuntos internos de ese país” y prohibían “la exportación [...] reexportación y el tránsito a España, posesiones españolas o zona española de Marruecos, de toda clase de armas, municiones y material de guerra”. La vigilancia de la aplicación de ese acuerdo la llevaría a cabo un Comité de No Intervención, constituido en Londres el 9 de septiembre bajo la presidencia del conservador lord Plymouth, subsecretario parlamentario del Foreign Office y un Subcomité de No Intervención compuesto por los representantes de los Estados fronterizos con España y los principales productores de armas, entre los que se encontraban Alemania, Francia, Gran Bretaña y la Unión Soviética.
En la práctica la no intervención fue una auténtica “farsa”, como la calificaron los contemporáneos que percibieron que dejaba a la República en desventaja con los militares rebeldes. La Unión Soviética, que no creía en el acuerdo, decidió en principio adherirse para mantener buenas relaciones con Francia y Gran Bretaña. Pero Alemania, Italia y Portugal se burlaron sistemáticamente del compromiso y continuaron con los envíos de armas y municiones. Para Alemania e Italia, la intervención en la Guerra Civil española marcó la consolidación de una nueva alianza diplomática que, a través del establecimiento oficial del “Eje Roma-Berlín” en octubre de 1936, tendría importantes repercusiones en la futura política internacional. Que Alemania e Italia no iban a respetar el acuerdo suscrito ya quedó claro el 28 de agosto de 1936 cuando el almirante Wilhem Canaris y el general Mario Roatta, jefes de los servicios secretos militares de ambos países, decidieron en un encuentro en Roma “proseguir” (a pesar del embargo de armas) los suministros de material bélico y las entregas de municiones, según las peticiones del general Franco”.
La ayuda militar de nazis y fascistas fue considerable y decisiva para la victoria del ejército de Franco. Los 20 aviones alemanes Junker 52 y los 6 cazas Heinkel 51 transportaron desde finales de julio a mediados de octubre de 1936 más de 13.000 soldados del ejército de África y 270 toneladas de material. Después, con la Legión Cóndor, que desde mediados de noviembre de 1936 participó en todas las batallas importantes de la guerra, la Alemania nazi envió 600 aviones más, que arrojaron un total aproximado de 21 millones de toneladas de bombas. Los italianos, por su parte, comenzaron con el envío de los 12 bombarderos Savoia 81 para trasladar las tropas marroquíes a la Península y en el transcurso de la guerra su ayuda militar, según John F. Coverdale, ascendió a más de seis mil millones de liras, 64 millones de libras esterlinas según el cambio de 1939, traducida en casi 1.000 aviones, 200 cañones, 1.000 carros de combate y varios miles de ametralladoras y armas automáticas.
La diplomacia internacional movía sus fichas justo en el momento en que el cuerpo diplomático de la Segunda República había quedado dividido y fracturado como consecuencia del golpe de Estado. Una mayoría de los funcionarios de las embajadas y consulados en los principales países europeos abandonaron a la República y otros que no lo hicieron estaban en realidad al servicio de la causa de los militares insurgentes. Los embajadores en Roma, Berlín, París y Washington dimitieron en las primeras semanas, tras poner todo tipo de trabas y obstáculos a los intentos republicanos por recomponer la política exterior. El nuevo ministro de Estado con el primer Gobierno de Largo Caballero, formado el 4 de septiembre de 1936, el socialista Julio Álvarez del Vayo, calculó que el 90 por ciento del cuerpo diplomático y consular había desertado.
Todo, por lo tanto, parecía favorable, en el plano internacional, para los militares insurgentes. Los italianos y alemanes habían logrado consolidar el sistema de apoyo militar a los sublevados, mientras que Gran Bretaña y Francia observaban estrictamente el Acuerdo de No Intervención. Las cosas comenzaron a cambiar, sin embargo, cuando Stalin decidió intervenir en la contienda, dos meses después de su estallido.
La Guerra Civil española no proporcionaba, de entrada, ninguna ventaja a los intereses de la Unión Soviética y el 22 de agosto, Maxim Litvinov, comisario de Asuntos Exteriores, suscribió el Acuerdo de No Intervención. Pero los indicios y pruebas de que Hitler y Mussolini ayudaban a los militares sublevados, pese a ese Acuerdo, alarmaron a Stalin. Si la República era derrotada rápidamente, la posición estratégica francesa frente a Alemania quedaría muy debilitada y el aumento del poder nazi y fascista tendría también repercusiones negativas para la Unión Soviética. Stalin preparó el camino. Advirtió al Comité de No Intervención de que se vería obligado a incumplir los acuerdos si Alemania e Italia seguían haciendo lo mismo y calculó los posibles costes de la ayuda para que el Gobierno británico no lo percibiera como un apoyo a la revolución que se propagaba por toda la zona republicana y los nazis no la tomaran como una intervención abierta.
En octubre llegaron los primeros envíos de armas a España. La Unión Soviética comenzó a hacer lo mismo que ya estaban haciendo Italia, Alemania y Portugal: incumplir los acuerdos de No Intervención sin abandonar oficialmente esa política. A partir de ese momento, la ayuda militar soviética a la República, pagada con las reservas de oro del Banco de España, no cesó hasta e final de la guerra y fue importantísima para sostener la causa republicana frente al ejército de Franco y el apoyo de Hitler y Mussolini. Además del material bélico, con una aportación muy sustancial de aviones y carros de combate, cifrada aproximadamente en 700 y 400 unidades respectivamente, la URSS envió alimentos, combustible, ropa y un número considerable, alrededor de dos mil personas en total, de pilotos técnicos, asesores y funcionarios de la policía secreta, el NKVD, bajo el mando de Alexander Orlov. El pueblo soviético aportó millones de rublos para comprar ropa y alimentos, generando, en expresión de Daniel Kovalsly, “la mayor movilización humanitaria extranjera de la historia con destino a la península ibérica”.
A la vez que las primeras armas, comenzaron a llegar también los primeros voluntarios extranjeros de las Brigadas Internacionales, reclutadas y organizadas por la Internacional Comunista, que percibió muy claramente el impacto de la Guerra Civil española en el mundo y el deseo de muchos antifascistas de participar en esa lucha. Frente a la intervención soviética y a las Brigadas Internacionales, los nazis y fascistas incrementaron el apoyo material el ejército de Franco y enviaron asimismo miles de militares profesionales y combatientes voluntarios. La guerra no era un asunto interno español. Se internacionalizó y con ello ganó en brutalidad y destrucción. Porque el territorio español se convirtió en campo de pruebas del nuevo armamento que estaba desarrollándose en esos años de rearme, previos a una gran guerra que se anunciaba.
Las cifras de brigadistas varían según las fuentes, desde los 100.000 que daban los franquistas para hinchar su influencia y el peso comunista internacional, a los 40.000 a los que se refería el estudio ya clásico sobre la Guerra Civil de Hugt Thomas. Uno de los análisis más recientes y exhaustivos sobre las Brigadas Internacionales, el de Michael Lefebvre y Rémi Skoutelshy, proporciona una cifra cercana a 35.000, aceptada hoy por bastantes historiadores, aunque nunca hubo más de 20.000 combatientes a la vez y en 1938 el número se había reducido ostensiblemente. Unos 10.000 murieron en combate y por países, vinieron de más de cincuenta: Francia aportó casi 9.000, mientras que los portugueses no llegaron a 150. Si se atiende a los informes militares que registran el paso por la base de entrenamiento de Albacete, los dos momentos de mayor movimiento coinciden con los primeros meses de su intervención, de octubre de 1936 a marzo de 1937, y con la batalla de Teruel y de Aragón, desde diciembre de 1937 a abril de 1938.
Extranjeros fueron también muchos de los que combatieron en las tropas del Ejército de Franco. Llegaron, como las Brigadas Internacionales, desde muy diferentes lugares. Voluntarios no había muchos, porque la mayoría de los que lucharon, sobre todo alemanes e italianos, eran soldados regulares, bien preparados, a os que se proporcionaba una paga en su país de origen. De los voluntarios genuinos, entre 1.000 y 1.500, destacaron los católicos irlandeses, mandados por el general Eoin O’Duffy, que compartían la idea de cruzada apadrinada por la Iglesia católica española y el papa Pío XI desde el Vaticano. Llevaban diversos emblemas religiosos, rosarios, “agnus dei” y sagrados corazones de Jesús, como los carlistas, y abandonaban Irlanda, según escribió el propio O’Duffy, para “librar la batalla de la cristiandad contra el comunismo”. Sólo combatieron en la batalla del Jarama, en febrero de 1937, donde, dada su inexperiencia militar, no salieron muy airosos y unos meses después volvieron a su patria.
Frente a las Brigadas Internacionales, Alemania e Italia enviaron a decenas de miles de soldados a luchar al lado de los militares rebeldes. Para que no hubiera duda sobre el propósito de esa intervención, el 18 de noviembre de 1936, el mes de la gran ofensiva franquista sobre Madrid, los Gobiernos de las dos potencias del Eje reconocieron oficialmente a Franco y a su Junta Técnica del Estado, creada el 2 de octubre en sustitución de la Junta de Defensa Nacional y poco después llegaron a Burgos los primeros embajadores: el general Wilhelm von Faupel y el periodista fascista Roberto Cantalupo.
Hitler decidió por esas mismas fechas el envío de una unidad aérea que combatiría como cuerpo autónomo de combate, con sus propios jefes y oficiales, en las filas franquistas. Se llamó Legión Cóndor, llegó a España por vía marítima a mediados de noviembre y estuvo mandada por el general Hugo von Sperle y después por el coronel y barón Wolfram von Richthofen, oficiales ambos de las Luftwaffe. Su fuerza constaba de unos 140 aviones distribuidos en cuatro escuadrillas de cazas formados por Heinkel 51 biplanos y otras cuatro de bombarderos Junker 52, apoyadas por un batallón de 48 tanques y otro de 60 cañones antiaéreos. La Guerra Civil española se convirtió así en campo de pruebas de la Luftwaffe, un ensayo de los aviones de bombardeo y caza que se utilizarían poco tiempo después en la Segunda Guerra Mundial.
El número total de combatientes en la Legión Cóndor ascendió durante toda la guerra, según la investigación de Raymond L. Proctor, a 19.000 hombres, contando pilotos, tanquistas y artilleros, aunque nunca hubo más de 5.500 a la vez, puesto que se les reemplazaba frecuentemente para que adquiriera experiencia el mayor número de soldados posible. La Legión Cóndor participó en casi todas las operaciones militares desarrolladas durante la Guerra Civil y 371 de sus miembros perdieron la vida en combate.
Mucho más numerosa fue la aportación italiana, que comenzó a llegar a España en diciembre de 1936 y en enero de 1937, tras el pacto secreto de amistad firmado por Franco y Mussolini el 28 de noviembre. Hasta ese momento, los italianos que pilotaban los Savoia 81 y los cazas Fiat habían luchado en la Legión Extranjera. A partir de ese pacto, Mussolini organizó el Corpo di Truppe Volontarie (CTV), al mando del general Mario Roatta hasta el desastre de Guadalajara en marzo de 1937, y después de los generales Ettore Bastico, Mario Berti y Gastone Gambara. El CTV constaba de modo permanente de 40.000 soldados y su número total ascendió, según las cifras publicadas por John Coverdale, a 72.775 hombres: 43.129 del Ejército y 29.646 de la milicia fascista. Llegaron también 5.699 hombres más de la “Aviazone Legionaria”, lo que eleva la cifra total de combatientes italianos a 78.474, muy superior a la participación alemana y a la de las Brigadas Internacionales.En la Guerra Civil española combatieron, por lo tanto, decenas de miles de extranjeros. Fue en realidad una guerra civil europea, con el permiso tácito del Gobierno británico y del francés. En el bando franquista lucharon algo más de cien mil: 78.000 italianos, 19.000 alemanes, 10.000 portugueses y el más del millar de voluntarios de otros países, sin contar a los 70.000 marroquíes que formaron en las Tropas de Regulares Indígenas. En el bando republicano, las cifras de Rémi Skoutelsky dan cerca de 35.000 voluntarios en las Brigadas Internacionales y 2.000 soviéticos, de los cuales 600 eran asesores no combatientes. Frente al mito del peligro comunista y revolucionario, o que realmente llegó a España a través de una intervención militar abierta fue el fascismo.
[1] CASANOVA, Julián y GIL ANDRÉS, Carlos: Historia de España en el siglo XX. Barcelona, Ariel Historia, 2009, pp. 185-192

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