Consideraciones y vivencias sobre la fundación del PCE y sus primeros años

TALLER DE HISTORIA DEL PCE "MARUSIA"
Amaro del Rosal[1]
ANTECEDENTES
En enero de 1919 Lenin, en nombre del Comité Central del Partido Comunista Ruso y de un grupo de representantes de los movimientos comunistas de Polonia, Finlandia, Hungría, Austria, Letonia, Alemania, América y los países balcánicos, lanzaba un vibrante llamamiento dirigido a todas las organizaciones comunistas y socialistas del mundo, invitándolas al Congreso constituyente de la Internacional Comunista (Tercera Internacional). El Partido Socialista Obrero Español, no reaccionó oficialmente ante ese histórico documento; sólo la juventud lo tomó en consideración.
A los dos años de la caída del zarismo, a los quince meses de la toma del poder por los bolcheviques, tuvo lugar en Moscú el primer congreso de la I.C. Los dirigentes del movimiento obrero español estuvieron ausentes de ese acontecimiento; pero la juventud, los grupos de vanguardia, fueron sensibles a ese hecho que marcaba el inicio de una nueva etpa en la historia del socialismo internacional. La constitución de la III Internacional daba continuidad histórica a la creación de la primera y segunda. La primera había sido el pensamiento y la inspiración de Marx; la segunda, en su primera etapa, fue obra de Engels, fiel intérprete de las teorías y concepciones filosóficas del marxismo; en la tercera sería Lenin el que cumpliría esa misión histórica de dar continuidad a la obra de los dos fundadores del socialismo científico: Marx y Engels. La Tercera Internacional fue una consecuencia del triunfo de la Revolución Socialista de octubre y de la creación, bajo la dirección de Lenin, del primer Estado Obrero y Campesino.
Desde la constitución de la Tercera Internacional, el movimiento socialista mundial quedaba emplazado: Con ella o con los elementos de la socialdemocracia que trataba de resucitar a la segunda como instrumento de maniobra para impedir la unidad del proletariado y proseguir con su política revisionista, de colaboración y reformismo al servicio de la burguesía de cada país preparando así el camino para una nueva guerra imperialista.
El primer congreso de la IC tenía como misión la de unir al proletariado en una acción de unidad dinámica y revolucionaria en nuevos e independientes partidos de clase fieles al Manifiesto Comunista. La Tercera Internacional sería la internacional de las masas, de la acción de la clase obrera en primer lugar; la bandera liberadora de los pueblos coloniales. La nueva internacional aparecía desde el primer momento como el faro que iluminaría a las masas oprimidas por el camino emancipador. La juventud socialista española de 1920 no podía ser indiferente a esa situación revolucionaria que vivían los pueblos.
Los años 17, 18, 19 y 20 encierran un período tormentoso y revolucionario que algunos autores de la época consideraban como uno de los momentos políticos más extraordinarios de la historia. En 1920 el movimiento obrero internacional vivía una profunda crisis política, una violenta lucha de tendencias ideológicas iniciada en el período de la anteguerra para acentuarse durante la guerra y con mayor crudeza a partir de la Gran revolución de octubre, para proseguir con mayor intensidad en la post-guerra. Los grupos de la juventud estaban en la vanguardia de todo un proceso revolucionario que transformaría los esquemas de los partido socialistas tradicionales.
En 1920 se proyectaban sobre la juventud revolucionaria española los acontecimientos que en poco más de un lustro habían modificado radicalmente la geografía de Europa con sensibles repercusiones en el resto del mundo: La revolución rusa enfrentada con el mundo capitalista; la edificación del primer Estado socialista; la revolución húngara y alemana aplastadas por la reacción con la ayuda de la socialdemocracia; la revolución china aparecía en el horizonte como una gran esperanza (aún recuerdo el entusiasmo que despertaba en el socialista gijonés Félix López, un barbero contemporáneo de Quejido y de Iglesias que acabará formando parte de los “cien niños”: “con el triunfo del socialismo en Alemania y China -decía-, se hundirá el capitalismo y el mundo será socialista”), la lucha de los pueblos coloniales estaba situada en un primer plano. Los movimientos huelguísticos de Italia, Francia y los Estados Unidos impulsados por la gran crisis económica y millones de parados, amenazaban por todas partes el “orden” cpaitalista. Los crímenes de la reacción, los asesinatos de Rosa Luxemburgo y Carlos Liebknecht, eran estimulantes de lucha que enardecían a la juventud de aquella época.
El movimiento revolucionario internacional vibraba de emoción cada día con las noticias tendenciosas que aparecían en la prensa capitalista relatando la marcha de la intervención anglo-franco-americana en apoyo de los generales “blancos”, Wrangel, Kolchak, Denikin, en su lucha contra el poder de los soviets. Vilna era la capital de la fabricación de toda clase de mentiras e informaicones, inventando victorias de los ejércitos blancos; dando frecuentemente la noticia de la muerte o asesinato de Lenin o Trostky; sublevaciones d eunidades del ejército rojo o de sus grandes derrotas. Pero esa campaña de la prensa mundial -a la que se sumaron los periódicos españoles de más renombre- no fue capaz de romper el frente de solidaridad y simpatía que manifestaba el proletariado internacional hacia el Ejército Rojo y el poder de los Soviets. Las truculentas informaciones no hacían más que elevar su entusiasmo. Uno por uno fueron derrotados los generales “blancos”. Las fuerzas intervencionistas fueron obligadas a retirarse para mantener lo que llamaban “cordón sanitario” en torno a la Rusia revolucionaria. La sublevación de los marinos franceses en el Mar Negro y los avances victoriosos del Ejército Rojo, enardecían y entusiasmaban a las fuerzas del socialismo revolucionario internacional y a las clases progresistas de cada pueblo.
La revolución mexicana de 1917, con sus características especiales, por su origen y naturaleza, también enriquecía los acontecimientos internacionales que agitaban al movimiento obrero y a las capas más avanzadas de cada país. En el orden nacional, se había vivido la huelga revolucionaria de agosto y después d esu represión, los éxitos de la conjunción republicano-socialista de 1918 que contribuyeron poderosamente a fortalecer y radicalizar la moral revolucionaria de nuestro pueblo.
España confrontaba en 1920 una situación social explosiva. La crisis económica afectaba a todas las actividades, las huelgas se prodigaban por todas partes animadas, en su mayoría, por los sindicatos únicos de la CNT. El problema del paro y de la carestía de la vida, la guerra de Marruecos, agravaba la situación social. La Unión General de Trabajadores de España, su aparato mayoritario de dirección burocrática no había superado la crisis de 1917. Ante una nueva coyuntura revolucionaria, seguía su política de rutina “administrativa” bajo las orientaciones sociales de la nueva Oficina Internacional del Trabajo (OIT) creada en la Conferencia de Washington en 1919, de acuerdo con las cláusulas del famoso Tratado de Versalles y la política reformista de la llamada internacional de “Amsterdam”. La UGT marchaba a remolque de los acontecimientos mientras la CNT estaba en la vanguardia d ela lucha revolucionaria mostrando su simpatía por la revolución rusa y atacando la política colaboracionista del reformismo.
El sindicalismo francés ejercía una gran influencia sobre el anarco-sindicalismo español que evolucionaba hacia un nuevo tipo de organización. En las columnas d ela prensa sindicalista así como en sus cnetros obreros, se discutía y defendía la revolución rusa. En 1919 aparecía en Zaragoza el semanario Espartaco, editado por un grupo sindicalista y en Gijón El Soviet.
En Gijón, feudo anarco-sindicalista, los sindicatos de la CNT contaban con tres grandes centros obreros (Linares Rivas-Anselmo Cifuentes-Cabrales). A los tres tenían acceso os miembros del primer partido comunista y e uno de ellos estaba la secretaría de la agrupación local del partido y de la federación asturiana.
Entre los dirigentes y masas de la CNT se manifestaba una gran simpatía hacia la revolución rusa, espeicalmente en los medios de Levante, Cataluña, Vizcaya, Asturias y Andalucía.
En el seno de la intelectualidad española se manifestaba una corriente de viva simpatía hacia Rusia. Las figuras de Gorki, Romain Rolland, H. Barbusse, entre otros, animaban ese movimiento intelectual de izquierdas. La Escuela Nueva y la revista La Internacional, fundada por Manuel Núñez de Arenas, como órgano de los grupos de “Amigos de la III Internacional”, alentaban las corrientes de simpatía hacia la revolución rusa y la Tercera Internacional, entre las masas del Partido Socialista y la UGT. En aquellos momentos se discutían apasionadamente los temas de “democracia”, “dictadura del proletariado”, “colaboraiconismo y reformismo” criticándose a los líderes de la socialdemocracia, los Vandervelde, Bernstein, Kautsky, Huysmans, Noskee, Mac Donald, Bauer, y a los líderes sindicales de la Internacional de Amsterdam: Jouhaux, Thom Citrine, Gompers y Cía.
CONSTITUCIÓN DEL PRIMER PARTIDO: PC ESPAÑOL
En abril de 1920, del Congreso Nacional de la Federación de Juventudes Socialistas de España, por decisión mayoritaria, surgía el Partido Comunista Español, llamado por sus primeros detractores, el “partido de los cien niños”. En efecto, la mayor parte eran jóvenes imberbes. En el grupo no había ni un solo militante que exhibiera luengas barbas, con las que se caracterizaban, en aquella época, los dirigentes más representativos de los partidos socialistas. Sin embargo el mote no impediría que el partido que acababa de nacer, con toda clase de dificultades, entrara en un proceso de desarrollo, de evolución política que, salvando toda clase de incidencias, en el transcurso de los años, se convertiría, muy particularmente a partir de 1936, en un gran partido dirigente, en condiciones de cumplir la misión histórica que le correspondería jugar en el seno del movimiento obrero español. Es obvio que sin el partido de “ayer”, no existiría el de “hoy”. Todas las grandes causas han tenido y tendrán su propia infancia antes de alcanzar sus objetivos. También la tuvo nuestro partido.
En el año 1980 se cumplen sesenta años de la constitución del Partido Comunista Español. Sesenta años de avance y progreso de la causa que representó y representa. Los años transcurrido, en una interpretación retrospectiva, significan años de regresión y de deterioro de sus enemigos de clase. El partido recorrió un largo y penoso camino de más de medio siglo de luchas, forjando nuevas generaciones de revolucionarios, destacándose los que han cubierto y cubren los puestos de combate de los que han caído o se marginaron en el curso de una lucha ininterrumpida, ascensional y heroica.
El Partido Comunista Español se constituyó al año del llamamiento de Lenin de 1919 y de la celebración del primer congreso de la nueva internacional. Cuando se convoca el segundo, el 19 de julio de 1920, el partido tiene cuatro meses de existencia. Ya forma parte de la gran familia de la clase obrera bajo la bandera del comunismo y del internacionalismo proletario. El secretario general del partido, Ramón Merino Gracia, es designado como delegado para asistir a ese congreso, pero llega tarde y no puede intervenir en el mismo. Era portador de los primeros números publicados de El Comunista que entrega personalmente al camarada Lenin en el mes de octubre. A ese congreso asiste Ángel Pestaña como representante de la CNT participando en los trabajos preliminares para la construcción de la Internacional Sindical Roja (ISR). Más tarde Ángel Pestaña tras crear el grupo llamado “los trentistas” en el seno de la CNT, evoluciona hacia un sindicalismo político para convertirse en el Partido Sindicalista, obteniendo un acta de Diputado por Cádiz.
Del cuadro histórico de 1920, del que hemos hecho un somero análisis, surgió el Partido Comunista Español para incorporarse a la III Internacional y enfrentarse con las corrientes oportunistas y centristas del Partido Socialista. Esa fecha es el punto de partida del movimiento comunista español hasta nuestros días. El Partido que acababa de nacer era la expresión de una situación revolucionaria internacional que se proyectaba con toda fuerza en los movimientos nacionales en cada país. El núcleo de la juventud socialista madrileña, con la adhesión de otros del resto de España, era sin duda el que contaba con una mejor preparación ideológica para interpretar esa situación y comprender los problemas que confrontaba el socialismo en aquellos momentos.
La constitución del Partido Comunista Español no puede considerarse como un hecho aislado, independiente de las etapas del socialismo anterior, del pasado; que rompe el hilo de la historia del socialismo revolucionario español, todo lo contrario, hereda sus mejores tradiciones y luchas para darles continuidad.
En cuanto a los fundadores, y aun a riesgo de incurrir en algunos errores, voy a forzar mi memoria para recordar algunos de sus rasgos biográficos.
Ramón Merino Gracia era maestro, del Grupo de Estudiantes Socialistas. Perteneció luego al Sindicato Libre de Barcelona y creo que, en la guerra, tras ser localizado fue ejecutado. Rito Esteban trabajaba en una sastrería en la calle Fuencarral, en Madrid, y más tarde se trasladó a Sama de Langreo, donde puso sastrería, se arruinó y tuvo que emigrar a México. Volvió a España en la República y murió en Cuba. Autodidacta, escribió varias obras, una sobre el movimiento obrero internacional y unas Memorias de mi vida, que siguen inéditas. Juan Andrade, estudiante en aquella época, fue luego empleado del Ministerio de Hacienda y redactor de El Sol; creo recordar que era hijo de un militar. Fue uno de los más brillantes del grupo. Ricardo Marín, “Charivari”, estudiante, fue deportado; trabajó como periodista y acabó en la Cuba de Fidel, siendo allí redactor del periódico Revolución. Ángel Pumarega un estudiante muy joven, escribió luego varios libros en Chile y quizá siguió viviendo luego en París. Luis Portela, de Artes Gráficas, vivió en Barcelona. Luz González era madre de Ricardo Marín y de Luz Marín, era funcionaria de los Ferrocarriles del Norte. Su hija Luz, maestra, fue la compañera de Rito Esteban y vivió en Cuba. Juan Castillo, estudiante, de los más jóvenes, por una desilusión se pegó un tiro en la Moncloa. Vicente Arroyo dirigente en Madrid del Sindicato de la Madera, un dindicato en que iba a tener mucha fuerza el partido, tras una larga carrera política en el partido murió en Hungría. También era del Sindicato de la Madera Gonzalo Sanz, secretario de la Juventud Socialista de Madrid, el núcleo fundamental de los “cien niños”; siempre militante del partido murió en México, donde tenía reunida una gran documentación sobre historia de las huelgas en España. Joaquín Ramos había dos, uno de Dependientes de Comercio, de cuyo sindicato fue tesorero, y otro que se trasladó muy pronto a París. Antonio Malillos, tanbién de la Asociación de Dependientes de Comercio, Industria y Banca, cuñado de César Rodríguez González, siguió actuando pero bastante apartado en la Casa del Pueblo. María Mayorga, muy conocida en la Casa del Pueblo, tampoco puedo precisar qué era. Volney Conde Pelayo era un intelectual vasco muy inteligente, muy profundo; yo le oí una conferencia muy brillante en Gijón. Murió. José Trians, madrileño, pero desplazado a Gijón, dirigente del Sindicato de la Madera de la CNT y responsabe del Partido en Asturias, actuó siempre y en el exilio pasó a Francia y de allí a México, donde murió. Su compañera, Ana, comadrona, murió en Burjasot después de la guerra. Emilio Palacios era dirigente del Sindicato de la Construcción de Gijón de la CNT. Gabriel León Trilla procedía del Grupo de Estudiantes Socialistas. Rogelio Rodríguez, de la Juventud de Gijón, de un sindicato de la CNT. Félix López era el patriarca de los “cien niños” en Asturias; fue barbero y en sus últimos años tuvo un puesto de periódicos y libros en Gijón. Era e hombre que nos inflamaba, con su pequeña figura y sus barbuchas, hablándonos de la revolución. En su librerían se reunían todos: comunistas, sindicalistas, todos menos los socialistas. Se suicidó en tiempos de la República. Otro viejo militante era el alicantino Rafael Millá. De los Arlandis, uno fue asesinado muy pronto por la poicía, el otro al fin de la guerra en un horrible bombardeo en Figueras. Luis García Palacios, palentino, era contable. Le conocí cuando yo tenía catorce años en el Ferrocarril de Langreo; después trabajo en Seguros, en León: de ahí pasó a Palencia y acabó en Madrid, donde trabajó a salto de mata; su actuación sindical le costaba siempre la expulsión y el hambre. Recuerdo que llevaba una cayada para no desmayarse de hambre en las reuniones. Trabajó conmigo en la Federación de Banca, en sustitución de Rito Esteban. Era Trotskista, pero siguió una trayectoria constante de lucha. Tras los sucesos de mayo de 1937 fue detenido y maltratado. Me dijeron que murió en Alicante. Carlos Urchurrutegui, vasco, muy inteligente creo, no lo traté y no sé qué fue de él. Eduardo Ugarte, uno de los estudiantes socialistas más brillantes, fue amigo de Neruda y otros intelectuales de izquierda; estuvo en el exilio en México. José Calleja del Sindicato Minero Asturiano, d elos más jóvenes entre sus dirigentes, prometía mucho pero atentó contra el presidnete de la Patronal, contrajo una tuberculosis y murió muy pronto. Pedro Merino Gracia, hermano de Ramón, no jugó papel seguro. Coya era un simpático panadero gallego militante muy firme de Artes Blancas, con una boina que parecía un paraguas y muchas palizas a cargo de la policía. Están también los hermanos Carlos y Santos Arévalo: el primero murió en España tras actuar bajo Franco como organizador socialista de Artes Blancas y Santos vive aún en México. Juan Lamoneda, hermano de Ramón, fue empleado del Ayuntamiento de Madrid y Secretario de la organización de empleados de Diputaciones y Ayuntamientos d ela UGT; murió en México. De Mariano Martín no recuerdo nada. Adriano Romero, andaluz, un buen camarada que había de jugar en lo futuro dentro del partido. Tiburcio Pico, del Grupo de Estudiantes, creo que terminó como ingeniero en Agromán; lo recuerdo siempre como del partido. Vicente Gil, de Artes Blancas, de los militantes de acción, entonces y más tarde, murió en la guerra donde también murió su hermano Evaristo. Otros hermanos eran los Rodríguez Vega, José y Jesús: el primero se reintegró con Lamoneda y otros al PSOE y fue primero Secretario de la Federación Gráfica y más tarde el último secretario de la UGT; Jesús fue militante comunista sin relieve. También recuerdo que ambos fueron militantes de lista negra que, durante la Dictadura, apenas encontraban un puesto de trabajo, iba el comisario Báguenas y les detenía con lo que volvían a quedar sin trabajo; su madre, doña Pepa, una gallega que había quedado viuda muy joven, administraba la miseria de todos. Los tres estaban siempre muertos de hambre. Máximo García, en fin, era de Correos, admitido y expulsado sucesivamente, siempre fue muy luchador. No recuerdo más nombres.
En el grupo fundador del partido predominaban los elementos con inclinación intelectual, salvo algunas excepciones. No arrastraban masas, pero interpretaban un sentimiento de masas; se confundía con una realidad nacional e internacional que en esos momentos agitaba a los movimientos socialistas de otros países. Ejercía alguna influencia en el sindicato de la madera de Madrid, en la Federación de empleados de comercio, cambio y banca y en la gráfica. La revolución de octubre para la juventud española que vivía la inquietud de aquella época, significaba el triunfo de una línea política y de una teoría revolucionaria que fortalecía las ansias de lucha de las masas y en particular de la juventud; era el triunfo de la línea política de Lenin y del partido bolchevique que habían venido manteniendo intransigentemente desde antes de la guerra, tanto en las reuniones de la II Internacional y del BSI (Buró Internacional Socialista), como en las conferencias internacionales.
Todas las especulaciones oportunistas que se manifestaban en torno a los problemas esenciales en 1920, eran cuestiones sobrantes para la juventud. Para ella, la cuestión previa se concretaba a los siguientes puntos: definirse por la revolución rusa o contra ella; por la dictadura del proletariado, en aquella situación, o en contra; con la Internacional Comunista o en contra de ella para seguir las maniobras de los residuos de la socialdemocracia que trataba de reconstruir su segunda internacional mientras que otra parte, jugando a la “izquierda” propugnaba por la constitución d euna internacional segunda y media con el grupo dirigente de Bracke, Adler, Martov, Grimm, Ledeboug, Shinwel y Jean Longuet, nieto de Carlos Marx. La socialdemocracia de derechas, frente a la Tercera Internacional, terminó reconstituyendo la “segunda” y la “segunda y media”, llamada Internacional de Viena. El objetivo de ambas era el mismo: Dar continuidad a las teorías revisionistas, afirmar la línea del reformismo y dela colaboración con la burguesía al servicio de la contrarrevolución; impedir la unidad del proletariado rechazando todos los llamamientos que a ese efecto hacía la Internacional Comunista, coincidir con el imperialismo en la lucha en contra del régimen soviético. La juetud, por supuesto, nada tenía de común con esa política. No olvidaba la guerra y sus consecuencias, la conducta de la socialdemocracia con respecto a la revolución rusa, húngara y alemana. Esas experiencias le señalaban claramente dónde estaba su trinchera de lucha por el verdadero socialismo.
Desde el primer momento el partido sufrió la más arbitraria y sistemática persecución. Su órgano de expresión, El Comunista, aparecía muchas semanas con la mayor parte de sus columnas en blanco, censuradas. Los militantes, bajo el pretexto de detenciones “preventivas”, pasaban más tiempo en la cárcel que en libertad. Procedimiento con el que no sólo trataban de evitar sus actividades políticas, sino también el de impedir sus ocupaciones profesionales condenándoles así a una situación de penuria económica que se traducía en una miseria en sus hogares.
La Dirección General de Seguridad había designado a un tripudo Comisario de policía llamado, si no redordamos mal, Báguenas, que, de acuerdo con un deshonesto Juez, estaba destinado exclusivamente a perseguir y molestar a los comunistas haciéndoles la vida imposible. Allí donde tropezaba con uno, ya fuese en el Retiro, en la calle o en el teatro, de allí se lo llevaba para que su compinche, el Juez, decretara la detención “preventiva” que lo mismo podía ser por quince días que por varios meses. Cuando un comunista lograba un buen destino profesional, salvando la “lista negra”, allí caía el sabueso para llevarse a la víctima y lograr que perdiera su nueva colocación. La persecución económica tenía para la acción represiva su máxima importancia política. Las detenciones “preventivas”, ese entrar y salir de la “Modelo”, en muchas ocaisones iban acompañadas de las correspondientes palizas. El sistema de deportación por carretera de unas provincias a otras, bajo la custodia de una pareja de la guardia civil, era otro de los procedimientos económico y político de la represión.
Las autoridades policíacas trataban por todos los mediso de conocer dónde se encontraban los fondos que, fruto de las cuotas y de las ayudas, aseguraban la actividad del nuevo partido. Buscaban por todas partes el “oro de Moscú”. Este problema quitaba el sueño a Millán de Priego, jefe superior de policía y a su comisario Báguenas. Lo que no podía sospechar el policía era que el tesorero “clandestino” del partido, en ciertas épocas y momentos, fuese nada menos que el ilustre escritor Gregorio Martínez Sierra, alma de la famosa compañía teatral de la gran aztriz Catalina Bárcena. Las dos figuras presidirían más tarde, en 1921, la Comisión Nacional Española de Ayuda al Pueblo Ruso.
El Partido, como siempre y en todas las épocas, vivía en perenne crisis económica. La ayuda a los presos y sus familiares, las publicaciones, en particular la del periódico, los desplazamientos y sostenimiento del aparato, representaban un presupuesto que el Partido nunca estaba en condiciones de cubrir. El déficit era permanente. En una de las ocasiones en que se encontraba en Madrid un Delegado de la Internacional (Buró de Berlín para la Europa Occidnetal) coincidió con uno de esos días de gran fiesta que aprovechaba la reacción para organizar una colecta instalando mesas “petitorias” en todas las iglesias madrileñas presididas por encumbradas damas de la aristocracia y de la corte. Una abigarrada multitud recorría los templos -estaciones- al mismo tiempo que, en un ambiente de verdadero tumulto y confusión, aportaban sus donativos piadosos. Las mesas ofrecían un verdadero revoltijo de billetes de banco y monedas, todo ello en el más perfecto desorden. Para que el Delegado conociera ese espectáculo madrileño, a los camaradas se les ocurrió organizar un grupo que le acompañara a visitar “las estaciones”. Cuando un grupo salía d euna de las famosas iglesias d ela calle de Alcalá y se encaminaba a visitar otra “estación”, el Delegado, a modo de broma, saca del bolsillo de su abrigo un gran manojo de billetes de banco y se lo entrega al camarada de finanzas que formaba parte del grupo al mismo tiempo que le decía: “Ahí tienes los medios económicos para los próximos números de El Comunista”. El donativo de algún conde o marqués se había desviado de una de las mesas, que tal vez presidía una infanta o la Duquesa de la Victoria, hacia el bolsillo del Delegado. Las “gracias a Dios”, por esa ayuda inesperada y providencial, las daría el dueño de una imprenta...
El Partido Comunista español en su breve historia registra problemas internos, d eluchas personales, de fracción, y en algunos casos situaciones de perturbación motivadas por la intriga y la ambición. De esa enfermedad no se libra ninguna organización y el único remedio, el único antibiótico, es el de la unidad y la disciplina, ambos conceptos conjugados en el cuadro de una democracia interna en el libre juego de la crítica y de la autocrítica honesta para que, en última instancia, prevalezca el criterio de las mayorías.
Como se señaló anteriormente, el secretario general del Partido, Ramón Merino Gracia, había sido designado Delegado al II Congreso de la IC llegando tarde al mismo. En una de sus excursiones por Rusia hizo unas declaraciones que al concerlas el resto de la dirección del Partido mostró disconformidad con ellas y ahí tenemos al Delegado desautorizado en pleno viaje por la Rusia de los Soviets, como se llamaba entonces a la Unión Soviética. Por otras causas que no recordamos exactamente, pero que sí se puede afirmar que no eran de importancia, se produce la primera y “pasajera” escisión en el Partido. El grupo discrepante se separa y constituye la “Unión Proletaria Comunista” en pugna con el partido. El nuevo grupo publica un semanario titulado Nuevo Orden del que aparecieron dos o tres números. La escisión quedó liquidada gracias a las gestiones del Delegado de la Internacional. Más tarde se produjo un nuevo conflicto ante el problema d ela acción parlamentaria y antiparlamentaria. La dirección se dividió. La fracción antiparlamentaria seguía la orientación del grupo comunista holandés. Este problema provocó una polémica en el seno del partido en el preciso momento en que se había convocado a unas elecciones a Diputados.
Los probemas personales han jugado y juegan siempre un papel negativo y perturbador en la vida social de las entidades, cuando las reacciones individuales, al margen de posiciones de principio, se sitúan por encima de los intereses generales colectivos, en este caso, del Partido. Existieron, por ejemplo, cuando Merino Gracia regresó de su viaje a Rusia. Pero es bien ilustrativo observar que todas las incidencias, registradas en estos largos años de historia, no fueron capaces de romper lo que pudiéramos llamar el hilo rojo de la unidad del Partido ni su trayectoria histórica, bien que los conflictos e incidencias de las primeras épocas operaban sobre una organización débil que aún no había superado sus contradicciones ideológicas y las irían eliminando a medida que se desarrollara la organización con una mayor acción de masas. La unidad ha sido y será siempre el motor que, por encima d etodas las incidencias, asegurará el desarrollo del Partido nutriéndose de aquella fuerza necesaria para superar los obstáculos que se presentan en su camino.
CONSTITUCIÓN DEL SEGUNDO PARTIDO: PCO ESPAÑOL
Los cuadros dirigentes del Partido Socialista Obrero Español, sin excepción de tendencias, reaccionaron en contra del acuerdo democrático de la Federación Nacional de Juventudes Socialistas de transformarse en Partido Comunista Español, Sección española de la Tercera Internacional. Unos por reaccionarismo; otros por estimar que la decisión era prematura y que por lo tanto perjudicaba el desarrollo de la corriente partidaria de la III Internacional en el seno de las masas del Partido Socialista y de la Unión General de Trabajadores. Los más afines consideraban que la decisión debería haber esperado a la celebración del Congreso del PSOE en el que se examinaría el problema de la Internacional.
El Partido Comunista español desde los primeros momentos se vio obligado a luchar en contra de la actitud de los dirigentes del PSOE, tal vez con exceso de sectarismo, como reacción al oportunismo y vacilaciones de muchos elementos de “izquierda” que más bien mantenían una posición oscilante entre la “izquierda” y la “derecha” para jugar un papel centrista, fenómeno y táctica que no era sólo del partido socialista español, sino que con iguales características se manifestaba en el resto de los partidos socialistas que trataban de condicionar su ingreso en la III Internacional o maniobraban para impedirlo. El II Congreso de la IC al aprobar sus famosas “21 condiciones”, situaba al “centralismo” ante una nueva disyuntiva: con el socialismo revolucionario o con el reformismo. A los sesenta años podríamos preguntarnos si las “21 condiciones” fueron justas o si pecaban de sectarismo, pero eso, hoy, no sería más que una especulación.
En la corriente de “izquierda” socialista se confundían los cuadros sindicales de la UGT y del PSOE. En el grupo aparecían como elementos más destacados, entre otros, Antonio García Quejido, Daniel Anguiano, Virginia González, Manuel Núñez de Arenas, Isidoro Acevedo, Facundo Perezagua, Óscar Pérez Solís, José Calleja, Ramón Almoneda, Manuel Pedroso, Dr. Marcelino Pascua, Verdes Montenegro, Mariano García Cortés, César Rodríguez González, Torralba Beci y el gran caricaturista Exoristo Salmerón (Tito).
En junio de 1920, a los tres meses de constituido el Partido Comunista español, el Partido Socialista celebra su congreso nacional extraordinario para examinar el problema del ingreso en la Tercera Internacional. Por una mayoría de más de tres mil votos (8.269 contra 5.017) acuerda el establecimiento de relaciones con la nueva internacional y gestionar el ingreso en la misma. El Congreso decidió, igualmente, que una Delegación compuesta por Daniel Anguiano y Fernando de los Ríos, se trasladaran a Moscú para precisar las condiciones del posible ingreso en la Internacional. Los delegados llegan a Moscú el 18 de octubre de 1920, dos meses después del segundo congreso de la IC en el que se habían aprobado las “21 condiciones” que deberían aceptar los partidos que solicitaran su ingreso en la misma.
La delegación española del PSOE fue recibida por Lenin el 10 de diciembre quedando sorprendida, según expresiones de Anguiano, ante el conocimiento que el fundador del primer Estado socialista tenía de los problemas fundamentales de España, tanto en el orden económico como en el político. Fernado de los Ríos, en el transcurso de la entrevista, suscitó, en abstracto, el problema de la dictadura y de la libertad, a lo que Lenin replicó con la famosa pregunta: “Libertad, ¿para qué?...”. El dirigente socialista español, gran intelectual, enamorado de las definiciones humanistas y no muy identificado con la acción revolucionaria -que no niega el humanismo, quedó políticamente perplejo para toda su vida. El concepto de libertad para Lenin estaba en relación directa con la lucha revolucionaria de las masas oprimidas, de la clase obrera frente a las clases opresoras. Para Lenin el concepto “libertad” estaba dentro del contexto de la lucha revolucionaria de la clase obrera; para Fernando de los Ríos, la palabra “libertad” era un concepto “sublime” que ofrecían los regímenes de la burguesía; ese mundo capitalista de entonces llamado hoy “el mundo libre”. Fernando de los Ríos no contestó a la pregunta de Lenin, lo hizo al regresar a España en forma indirecta al publicar su libro: Mi viaje a la Rusia Soviética, que reeditara Alianza. Fernando de los Ríos, a su regreso, se manifestó en contra del ingreso del PSOE en la Tercera Internacional y Anguiano a favor.
El 19 de abril de 1921, el PSOE celebra un nuevo congreso para discutir y examinar el informe de la Delegación y decidir su posición con respecto al ingreso en la Internacional Comunista. El problema fundamental fue la discusión de las “21 condiciones”. Algunos elementos de grupo de “izquierda”, poniendo como pretexto que las condiciones que tataba de imponer la Internacional eran inaceptables, pasaron a reforzar la posición del grupo de “derechas”. El congreso rechazó el ingreso en la IC por una mayoría fabricada a base de cotizaciones. El congreso falseó la voluntad mayoritaria del partido socialista produciéndose la escisión: la mayoría d evotos se declaraba partidaria de la Internacional de Viena. Varios delegados representaban diferentes agrupaciones lo que permitió el juego de modificar los acuerdos que se habían adoptado por una gran mayoría en el anterior congreso.
Antes de retirarse del congreso los Delegados y miembros de la Comisión Ejecutiva que fromaban el grupo de partidarios de la IC, leen un amplio documento político justificando su actitud. En el periodo del primer congreso al segundo del PSOE se había desarrollado la tendencia del grupo de partidarios de la llamada Internacional de Viena, organismo intermedio entre la Segunda y Tercera Internacional. Los votos decidieron el ingreso en la Internacional llamada también “internacional dos y media”.
El grupo de Delegados partidarios de la IC que se separan del PSOE para constituir un nuevo partido, estaba formado por Óscar Pérez Solís, Facundo Perezagua, isidoro Acevedo, Lázaro García, Virginia Gonzáez, Pedro García, Mariano García Cortés, Eduardo Torralva Beci, Exoristo Salmerón (Tito), José L. Darriba, José L. Martínez, Ponce, Luis Mancebo, Lorenzo Luzurriaga, José López López, Gonzalo Morenas, Roberto Álvarez, Severino Chacón, Manuel Pedroso, Antonio Fernández de Velasco, Carlos Carbonell, Marcelino Pascua, Manuel Martín, Evaristo Gil, Feliciano López, Luis Hernández, Eduardo Vicente, Francisco Villar, Ángel Bartollo, Vicente Calaza, José Rojas. El documento político del grupo de delegados terminaba con este párrafo: “Con serenidad de quienes cumplen un deber de conciencia, nos retiramos de este congreso en el que ya nada tenemos que hacer. Y nosotros creemos, con fe inquebrantable, que el proletariado español no irá con vosotros por los plácidos caminos que parten de Viena, sino por la senda áspera, pero senda de salvación, que se llama Internacional Comunista, bajo cuya bandera nos acogemos desde ahora”. Además de los delegados que formaban el grupo del congreso, pasaban a figurar en él los cuatro miembros d ela Comisión Ejecutiva: Daniel Anguiano, secretario general y los vocales César R. González, Manuel Núñez de Arenas y Ramón Lamoneda, así como la figura más represnetativa del grupo bien que no formara parte de la Comisión Ejecutiva, Antonio García Quejido, uno de los fundadores del PSOE y de la Unión General de Trabajadores de España y principal dirigente de la Federación Gráfica Española.
Después de la retirada del Congreso el grupo pasa a reunirse y dar por constituido el segundo Partido Comunista bajo el nombre de “Partido Comunista Obrero Español”, decidiéndose igualmente la publicación de un semanario como su órgano de expresión que se llamaría La Guerra Social, a la que sucede La Antorcha. La dirección del nuevo partido quedaba integrada por: Antonio García Quejido, Manuel Núñez de Arenas, secretario general, Daniel Anguiano, Virginia González y Facundo Perezagua. Desde ese momento España contaba con dos partidos comunistas en pugna entre sí. Una situación muy semejante existía en Alemania e Italia.
El Partido Comunista Español consideraba como “centrista” a varios de los elementos de mayor significación del nuevo partido. De otra parte siendo una Sección de la Tercera Internacional, que no admitía más que un partido por país, no procedía la creación de un nuevo partido sino el ingreso en el ya existente. Los elementos del Partido Comunista español llamaban a La Antorcha, “El cirio”. La polémica entre los dos partidos quedó abierta desde el primer momento independiente; ambos la mantenían a su vez con el PSOE y su órgano El Socialista, que se caracterizaba por su violenta actitud en contra de la Unión Soviética.
La secuencia histórica de creación y desarrollo del Partido en estos primeros pasos de forma esquemática, podría documentarse, en líneas generales, en los siguientes antecedentes: números de Renovación antes de la celebración del Congreso de la Federación Nacional de Juventudes Socialistas, transformada en Partido Comunista español; El Comunista, órgano del Partido; El Joven Comunista, publicación de las juventudes comunistas; grupo de la primera escisión, Unión proletaria comunista y su semanario Nuevo Orden; colección de El Socialista, en el periodo del primer al segundo partido y actas de los dos congresos; Partido Comunista Obrero Español y sus órganos de expresión La Guerra Social y La Antorcha. Documentos sobre las gestiones de fusión; nuevo Partido Comunista de España y segunda etapa de La Antorcha.
El nuevo Partido (PCOE) sin duda tenía una mayor significación e influencia en el seno de la clase obrera que el primero, que los “cien niños”. Formaban parte del núcleo fundador viejos dirigentes sindicales y del PSOE, como Quejido, Anguiano, Virginia González, Facundo Perezagua, Acevedo, Pérez Solís, Núñez de Arenas, García Cortés y otros. Algunos de sus elementos se sintieron molestos por la campaña del Partido Comunista Español y terminaron colocándose al margen de toda actividad. El corto periodo de la existencia de los dos partidos realmente no fue políticamente muy constructivo. Los problemas personales empequeñecían los políticos, obstaculizando el desarrollo de una acción positiva en defensa de los intereses de la clase obrera y de su unidad. Esa situación no contribuyó, como podría haberlo hecho, al proceso de evolución que se venía operando en el movimiento sindical de la CNT. El nuevo partido no era comparable con el primero, que carecía de influencia entre las masas mientras que el segundo contaba con una penetración de cierta importancia en el movimiento sindical ugetista y entre las masas socialistas. En algunos ayuntamientos figuraban representantes del nuevo partido.
HACIA EL TERCER PARTIDO: PC DE ESPAÑA
El tercer congreso de la IC se celebró en Moscú, del 22 de junio al 12 de julio de 1921. La Internacional que gestionaba la fusión de los dos partidos comunistas españoles, logró que asistieran al congreso una Delegación de ambos. Formaban la del PCOE, Eduardo Torralba Beci, José Rojas, César Rodríguez, Virginia González (se quedó por el camino por enfermedad) y Evaristo Gil. La del PCE, Ramón Merino Gracia, Joaquín Ramos, Rafael Milla, Gonzalo Sanz y Ángel Pumarega[2].
Al regreso de las Delegaciones, del 7 al 14 de noviembre de 1921, se celebraron en Madrid las discusiones para la unificación de los dos partidos, participando en esos trabajos, como responsables, Gonzalo Sanz por el PCE y Manuel Núñez de Arenas por el PCOE. Por la IC intervino el Diputado italiano Graziadei.
Al final de las discusiones la fusión quedó aprobada. De esta unificación nació el Partido Comunista de España que hoy conmemora sus sesenta años de existencia.
La fusión y creación del nuevo partido no fue aceptada por algunos elementos del Partido Comunista español que criticaron con severidad la conducta del representante del partido considerando “que había sido débil; que se había dejado engañar...”. Muchos de esos elementos de oposición no entraron en el nuevo partido.
Una breve etapa de dieciocho meses recoge todo un período de polémicas, de luchas de tendencias que conducen a la constitución de un solo partido. En ese período aparecen mezcladas discusiones ideológicas, débiles en su contenido político y doctrinal, con estados conflictivos de tipo personal que actuaban como factores negativos, antiunitarios, desvirtuando los enfoques y análisis de los problemas fundamentales que, derivados de la revolución rusa, de una coyuntura revolucionaria generalizada, así como de la existencia de la IC, estaban situados en un primer plano para la unidad y la acción.
En realidad, los aspectos negativos en que se debatía el partido en esa época eran el exponente de la crisis profunda que arrastraban los dirigentes del socialismo español ante la nueva situación del movimiento obrero y que, en parte, se habían trasladado a los nuevos partidos.
Nuestras notas o recuerdos se refieren solamente a ciertos antecedentes, previos a la constitución de los partidos y a algunas de sus primeras actividades. En un corto y conflictivo periodo, comprendido entre abril de 1920 y noviembre de 1921, se desarrollan las polémicas políticas en el seno de las Juventudes Socialistas y con el PSOE que determinaron la constitución del PCE; mientras continúa la lucha de tendencias en el PSOE hasta que, un año más tarde, se produce la escisión formándose el segundo partido, PCOE. Ocho meses más tarde, en noviembre del mismo año se produce la unificación de los dos partidos constituyéndose el Partido Comunista de España.
Al poco tiempo de haberse celebrado el segundo congreso del PCE, se produce el golpe de Estado del general Primo de Rivera (septiembre de 1923). El Directorio Militar hizo imposible la vida regular del partido, aunque el semanario La Antorcha siga publicándose bajo la censura previa hasta 1928. Pero para dirigentes y militantes regía la persecución continua. A partir de esa fecha el partido entra en una nueva etapa de actividades clandestinas, más dura y más difícil que la anterior.
Una parte de los elementos fundadores de los dos partidos va situándose al margen de la acción política activa. Son conocidos los casos de Merino Gracia, Pérez Solís, que pasan a la derecha, pero también están quienes permanecen al margen, pero con una posición de lealtad: Núñez de Arenas, Verdes Montenegro y Manuel Pedroso.
En esa situación de debilidad y contradicciones, llega el Partido al final de la dictadura en 1930 y cuando en abril de 1931 se proclama la República, la noche antes, el secretario general del Partido, José Bullejos, con un grupo de dirigentes y militantes, como salidos de otro mundo, agolpados en un camión de carga, recorrimos la calle de Alcalá, de la Dirección General de Seguridad al Palacio de Oriente, gritando desaforadamente: “Todo el poder para los Soviets”.
La historia del Partido, como toda historia, se divide en varias etapas o episodios. Ningún momento de sus diez primeros años, puede ser comparable al período de nuestra guerra revolucionaria de liberación nacional ni a los cuarenta años de lucha en contra del régimen sanguinario del franquismo. Es en ese período donde está lo trascendental de nuestra Historia. En esos dos trozos de la historia de nuestro pueblo, en su lucha por la libertad, es donde el Partido jugó y juega un papel fundamental y decisivo. Es en esos años donde se registra lo más dramático y heroico en la historia de nuestro movimiento obrero. Pero eso es tema para otros capítulos.
En estos recuerdos nos hemos limitado a subrayar, en líneas generales, algunas incidencias y anécdotas de los primeros tiempos del Partido que no por ser vistas a más de sesenta años de distancia dejan de formar parte de nuestro acervo político y de nuestras experiencias.
EPÍLOGO
En París, en 1970, celebramos el 50 aniversario de la constitución del primer Partido. En el número 66 de Nuestra Bandera, de aquella época, publicaba el autor de este trabajo un amplio resumen del que poco tendríamos que añadir refiriéndonos a ese acontecimiento concreto. En el 60 aniversario nos limitamos a añadir algunos recuerdos y unas apreciaciones vistas desde una óptica asturiana, desligada del centro político y hegemónico de aquella época que se proyectaba sobre provincias. Así conocimos en 1920 que dejábamos de ser Juventudes Socialistas Asturianas para convertirnos en agrupaciones del Partido Comunista español, sección española de la nueva Internacional Comunista. Esto ocurría en Asturias poco después del 15 de abril de 1920. Madrid era protagonista y provincias “seguidista”. En el primer partido jamás se pensó en democracia.
Para el autor hay un hecho de una importancia histórica extraordinaria y que no se ha subrayado bastante en los ensayos y trabajos realizados en relación con la historia del Partido. Es el hecho de que esa historia, a partir de la creación de la IC, en el periodo de 1920 a 1923 y durante los siete años de dictadura, ofrece una línea divisoria, contradictoria, entre el desarrollo del movimiento comunista que tenía su convergencia en Madrid, con proyección a las provincias, y el movimiento comunista que tenía su convergencia en Barcelona con influencia en el resto de Cataluña y Baleares. Los hombres, la prensa, las publicaciones, la capacidad ideológica de las dos corrientes, ofrecen contenidos políticos, tácticas con profundas variantes. Hay un hecho incuestionable: la prensa obrera de tendencia socialista, empezando por Lucha Social de Lérida y más tarde la comunista de Barcelona, ejercían una seria influencia en ciertos militantes y dirigentes comunistas del resto de España, mientras que los hombres y la literatura de Madrid, no ejercían ninguna influencia ni en Barcelona ni en el resto de Cataluña. Es un fenómeno a retener y a estudiar por los historiadores.
El movimiento obrero asturiano de izquierda, tanto en lo sindical como en lo político, en 1920 era sensible a los grandes acontecimientos internacionales. Para la tendencia de izquierda del PSOE, pero especialmente para la juventud socialista, lo único que salvaba al socialismo, en su pureza revolucionaria e ideológica, era el grupo bolchevique que se encontraba en la emigración bajo la dirección de Lenin que había organizado las conferencias internacionales socialistas de Zimmerwald, Kienthal y Estocolmo. Las fracciones revolucionarias del socialismo se situaban en la línea de esas conferencias y, más tarde, en la de la Gran Revolución de Octubre de la que, a los dos años, surgiría la Tercera Internacional. La juventud socialista madrileña, su grupo de estudiantes socialistas y el Comité de la Federación Nacional mayoritariamente estaban en esa línea.
En el PSOE iba desarrollándose la tendencia “tercerista” que contaba con la mayoría en la Comisión Ejecutiva, con su secretario general David Anguiano. La juventud socialista madrileña, dirigida por su secretario general, Gonzalito Sanz, aparecía en la vanguardia de esa corriente “tercerista”. De ahí que las juventudes precipitaran la constitución del primer partido el 15 de abril de 1920 cuando sólo faltaban tres meses para la celebración del congreso nacional del PSOE en el que se discutiría el ingreso en la IC. El sectarismo, la impaciencia, de la que participaba Borodine, delegado de la Internacional, junto a una falta de análisis, anticipó negativamente los acontecimientos. El afán de ser protagonistas, “de ser los primeros”, nos ofrece muchos hechos negativos en la historia.
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En 1919, como se sabe, se constituyó la IC y en 1920 la Internacional Sindical Roja; lo que deseamos subrayar es que la CNT estuvo involucrada en las dos internacionales. No lo estuvo ni la UGT ni el PSOE. Lo que fue táctica de la IC, su estrategia en sus primeras etapas en el movimiento obrero y en los acontecimientos revolucionarios de cada país, es cuestión que está sujeta a la crítica d ela historia.
En la CNT habían penetrado las corrientes del sindicalismo revolucionario francés, una variante del anarco-sindicalismo, con influencia importante en Cataluña, Levante, Asturias y otros centros obreros y que tuvo su máxima expresión en el congreso del teatro de la Comedia de Madrid de 1919 en el que se acuerda la adhesión a la revolución rusa y la absorción de la UGT. Las corrientes de izquierda del socialismo, en especial las juventudes, en aquel momento, se sentían más atraídas por la tendencia del sindicalismo revolucionario que por los dirigentes “reformistas” de la UGT. Esto revelaba un fenómeno nuevo. Para Caballero, Besteiro y demás no había más internaciona sindical que la de Amsterdam en cuya reconstrucción había participado en 1919. Esa Internacional, para la vanguardia socialista, para la juventud, merecía el duro calificativo de “amarilla” considerando que su nuevo templo de Ginebra, la Oficina Internacional del Trabajo, no era más que un instrumento al servicio de los gobiernos a través del cual manipulaban el movimiento obrero “reformista” desviándolo de la línea de clase y revolucioanria.
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La posición de nuestro sindicalismo revolucionario frente al “reformismo” rebasaba las fronteras de lo responsable y el realismo al acudir, como sistema, a la acción directa, a la violencia, a la gimnasia de la huelga y a los movimientos parciales llevados de una euforia triunfalista, demagógica, con un propósito obsesionante de destruir a la UGT y al “reformismo”. Esta táctica, entre otras razones, condujo al terrorismo, a los sindicatos “libres” frente a los sindicatos “únicos” y a una política brutal de terror y represión bajo la dirección del diniestro Martínez Anido. En esa etapa d eterror fieron asesinados decenas de militantes y dirigentes como Salvador Seguí, Evelio Boal, Layret, Arlandis y otros muchos.
El terror oficial y patronal tuvo su contestación. Como represalia por esos crímenes esasesinado el presidente del gobierno Eduardo Dato, el Cardenal Soldevilla; los exgobernadores Regueral y Sabatella; el presidente de la patronal de Cataluña, Graupera; el presidente de Atos Hornos de Bilbao. En Sevilla, Adame, atenta contra uno de los dirigentes patronales; en Asturias, José Calleja, el dirigente del Sindicato Minero que más prometía, el más joven entre el equipo de Llaneza, Peña, Belarmino, Agustín Ramos y otros, atenta contra el presidente de la Patronal Minera. En Gijón el segundo dirigente de la UGT y del PSOE, León Meana -el primero era Wenceslao Carrillo- como secuela de una huelga, liquida a un dirigente de gran valía del grupo sindicalista de la CNT apellidado Blanco. Meana, que pasa muy poco tiempo en la cárcel, a las pocas semanas de su libertad, es liquidado a su vez. En Vizcaya hay víctimas de esta deplorable táctica contrarevolucionaria. Bullejos, por ejemplo, nunca pudo liberarse de las acusaciones de los socialistas.
Para la historia este aspecto tiene cierta importancia pues estos hechos revelan que en la primera etapa del Partido existió una cierta influencia de ideologías extrañas, como la táctica y teoría de la acción directa y de procedimientos de violencia que estaban reñidos con los principios y la doctrina del socialismo; además esa deformación e influencia fue un obstáculo para el desarrollo del partido sobre todo en Vizcaya y otros lugares. Las consecuencias de esos hechos en Vizcaya y los del Congreso de la UGT en 1922, se arrastraron durante años.
Recuerdo algunos hechos bien ilustrativos a este respecto: Después de una de las reuniones de nuestra agrupación de Gijón, celebrada, como todas, en un local de la CNT, el camarada Rogelio Rodríguez (o González) me dice: “Amaro, nosotros no somos revolucionarios. El otro día asistí a una reunión de sindicalistas y allí mismo me entregaron una pistola...”. Como yo habitaba en el pueblo de Villabona, cercano a Gijón, donde estaba envlavada la mina de “Santo Firme”, el responsable del partido, José Trians (J. Daniel), a su vez dirigente sindical del sindicato de la madera de la CNT, me tenía encomendado que procurara hacerme con cartuchos de dinamita, mecha y fulminantes. Cosa que hacía y entregaba con frecuencia. En un viaje a Madrid, unos camaradas me informaban muy entusiasmados que había preparado latas de sardinas vacías, cargándolas de dinamita, pólvora, mecha y el fulminante y que, durante una huelga y otros conflictos, las habían colocado en las vías de los tranvías, sobre todo en los cruces, con un éxito fantástico. Los tranvías descarrilaban y los viajeros, aterrorizados por la explosión, evacuaban en tumulto los tranvías.
El famoso folleto de Lenin, “El extremismo, enfermedad infantil del Comunismo” estaba dirigido especialmente a los extremistas alemanes, pero también para los demás. A los “cien niños” españoles nos venía “como anillo al dedo”. Algunos dirigentes del partido reaccionaron negativamente ante ese trabajo de Lenin, intentando formular una réplica, una crítica. Lo impidió, seguramente, un criterio superior y tal vez el representante de la Internacional. Así se las gastaban algunos elementos dirigentes de Madrid.
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Las tabernas en Asturias, aparte de las Casas del Pueblo, eran centros en los que se discutían apasionadamente los problemas que agitaban al proletariado. Después de a revolución rusa apareció un vocabulario nuevo, un lenguaje nuevo, conceptos políticos nuevos, tales como: “la dictadura del proletariado”; “la tierra para el que la trabaja”; “las fábricas propiedad de los obreros”; Ejército “Rojo” y Ejército “Blanco”; “la religión es el opio del pueblo”; “el que no trabaje no comerá”; “bolcheviques” y “mwncheviques”. Los trabajadores, los mineros, manejaban esos conceptos sin explicarse, en muchos casos, su alcance y contenido político, su doctrina o su estrategia, pero viendo en ellos el camino del socialismo, la solución de sus problemas, la interpretación de sus sentimientos.
La revolución rusa había modificado la mentalidad de los trabajadores afreciéndoles nuevas imágenes revolucionarias que no habían conocido. Las figuras tradicionales del socialismo se opacaban ante los nuevos líderes que encarnaban la Gran Revolución de Octubre y la de aquellos que le mostraban simpatía y adhesión. Removiendo vivencias de aquellos tiempos, recordaremos algunas anécdotas reales vividas en nuestra taberna-ateneo. Estamos a finales de 1919, somos militantes de la juventud socialista. Discuten los mineros violentamente. Me llaman. “Marino -así me decían familiarmente-, ven acá. El ‘Roxu’ ‘diz’ que en Rusia ya ‘non’ hay ricos... ¿Ye ‘verdá’? Si ‘non’ hay ricos todos serán ‘probes’”. Y allí estaba yo explicando -quién sabe cómo- la verdad de que en Rusia, con la revolución bolchevique, habían desaparecido los ricos; que siendo los trabajadores y los campesinos los dueños de la tierra, de todos los medios de producción, distribución y cambio, ejercían la dictadura y construían el socialismo. Quedaban convencidos y se sentían “bolcheviques”. El problema de comunismo o anticomunismo no existía.
En otra ocasión unos mineros estaban enzarzados en una acalorada discusión. Me llaman: “Oye, Marino, Germán ‘diz’ que Jesucristo ‘yera’ socialista. Nosotros decimos que ‘non ye verdá’ porque la religión ‘ye el opiu del pueblu’... ¿Quién ‘tien’ razón?” Para los clientes mis opiniones eran deifnitivas; para ellos tenían toda la autoridad. Me consideraban de la juventud que leía mucho y que asistía a las reuniones de Gijón... Salí del paso de la nueva cuestión acudiendo a las parábolas de Cristo y Tomás Meabe convenciéndoles de que Jesucristo “tenía algo de socialista...” pero que no había que confundirlo con Don Celso, el cura del pueblo, aliado con los ricos, con la guardia civil, con los patronos y con “el Conde del Palacio”, dueño, señor y cacique de todas las caserías de la comarca; que Cristo era una cosa y la religión vaticanista otra. Entre los mineros la blasfemia y el anticlericalismo se llevaban de la mano. Para ellos el cura era el gran enemigo.Lo que no veían muy claro los mineros de “Santo Firme” era aquello de que en Rusia la tierra era de los que la trabajan y las minas, los ferrocarriles, los barcos, etc., etc., de los trabajadores que las operaban. ¿Cómo era eso? Ni La Aurora Social ni El Socialista, los únicos periódicos que leían, les hablaban de estos problemas...
[1] ROSAL, Amaro del: “Consideraciones y vivencias sobre la fundación del PCE y sus primeros años”. En VV.AA.: Contribuciones a la historia del PCE. Madrid, FIM Fundación de Investigaciones Marxistas, 2004, pp. 73-93
Nacido en Avilés, en 1904, fue militante del primer partido llamado “de los cien niños”, el Partido Comunista español. Desarrolló a lo largo de toda su vida una intensa actividad sindical como bancario de la UGT. Posteriormente fue militante de la Agrupación de la Ciudad de México del PCE.
[2] La CNT asistió al congreso de la I.S.R. que tuvo lugar a continuación del de la IC. La Delegación sindicalista estaba integrada por Colomer, Maurín, Ibáñez, Nin y Arlandis.

1 comentario:

  1. Magnífico recorrido òr una parte muy importante de la lcha de la clases obrera y del Partido Comuista de España.

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