Del Partido recién llegado al Partido de todos. El PCE, 1920-1939

TALLER DE HISTORIA DEL PCE "MARUSIA"
Rafael Cruz[1]
La Europa de entreguerras (1919-1939) es un periodo caracterizado por la crisis de los procesos políticos anteriores a 1914, centrados en la representación de los ciudadanos a través de partidos de notables y clientelas, o en la gobernación a partir de grandes burocracias. Mediante diferentes experiencias de cambio, esas dinámicas fueron sustituidas tras la Gran Guerra por la representación corporativa y por partidos de movilización de afiliados y seguidores. Es también una época marcada por la hegemonía de ideologías nacionalistas, socialistas, sindicalistas y populistas que, a diferencia de años anteriores, se presentaron combinadas con éxito en distintas propuestas: nacional-socialismo, socialismo bolchevique, nacionalsindicalismo, fascismo, frentepopulismo, etc. Para competir entre ellas y con los grupos liberales y conservadores, las organizaciones de todas estas corrientes utilizaron el recurso de la movilización de sus seguidores. Movilización del voto, pero también movilización pública, abierta y colectiva para enfrentarse a sus adversarios y para mostrar, con el dominio del espacio público, el alcance de su fuerza política.
Los partidos comunistas, creados por el Partido Bolchevique a partir de la escisión de distintos grupos socialistas europeos, actuaron en el marco de esta competencia política. Aunque al formar parte de la Internacional Comunista, estos partidos parecían continuar la tradición internacionalista de las organizaciones obreras, su dependencia política del Estado Soviético y las alianzas en sus respectivos países, los convirtieron en sucursales europeas del PCUS, a la vez que aspirantes a representar identidades nacionales.
La primera parte de este trabajo incluye algunas de las características orgánicas y políticas del PCE relacionadas con su lenta integración en el sistema español de partidos durante sus primeros veinte años de trayectoria, es decir la escisión y los enfrentamientos posteriores con los socialistas; la utilización de la referencia de la Revolución Rusa y la Unión Soviética; la movilización como recurso de un partido o una coalición; la representación de clase y de pueblo; y, por último, la inaccesibilidad de la revolución.
En la segunda parte se mencionan algunos de los rasgos del poder político e influencia social del partido desde 1935 hasta la finalización de la guerra civil, incluyendo las actividades políticas desplegadas por el PCE al aprovechar las oportunidades surgidas en el proceso político español de 1935 y 1936; la definición comunista de la guerra y del bando enemigo; y, finalmente, la aparición del “partido de la guerra” y el “partido de todos”.
UN PARTIDO RECIÉN LLEGADO
A la terminación de la Gran Guerra le sucedió una serie de “terremotos” políticos en la vieja Europa. En primer lugar, se desató una oleada de movilizaciones y enfrentamientos en la mayoría de los países beligerantes y neutrales, de una intensidad y participación jamás conocida desde las revoluciones de 1848. En los países vencedores, las movilizaciones se concretaron fundamentalmente en oleadas de huelgas, manifestaciones y enfrentamientos con la policía, combinándose con la renovación electoral de parlamentos y gobiernos. Parecía que la pesadilla de la guerra se prolongaba ahora con enfrentamientos entre los ciudadanos y sus Estados, dando lugar a lo que amplios sectores sociales y políticos interpretaron como una amenaza revolucionaria, alimentada por el “viento rojo” del Este. Sin embargo, tales enfrentamientos “sólo” desembocaron en acuerdos sobre nuevos derechos y obligaciones de ciudadanía, así como en la inclusión de nuevas formas de representación política. En otros países, la derrota en la guerra produjo resultados revolucionarios, con o sin grandes enfrentamientos, de los que emanaron nuevos Estados y regímenes políticos. Uno de ellos fue el soviético, surgido del encadenamiento desde 1916 de las derrotas rusas frente al ejército alemán, dos revoluciones y una guerra civil, finalizada en 1920.
En resumen, el Partido Comunista de España aparece en una escena política europea de grandes movilizaciones, realineamientos políticos y revoluciones, compitiendo por un espacio político con diferentes grupos y corrientes ya existentes en España. Aunque este país no participó en la Gran Guerra sí sintió algunos de sus efectos, como incesante subida de precios y escasez de los artículos de primera necesidad, la crisis del sistema político, la intensa movilización de muy diferentes grupos sociales y políticos, tanto en el campo como en las ciudades y las crisis internas en el PSOE y en la CNT. Es precisamente en ese contexto en el que se sitúa la aparición del PCE, un partido recién llegado a la escena política española que, por las restricciones de la actividad política durante la Dictadura de Primo, por el aislamiento político y por la incompetencia de sus propios y sucesivos dirigentes, continuó ocupando más de diez años después idéntico lugar. El carácter de partido recién llegado influyó en algunas dinámicas características de la trayectoria del PCE durante sus primeros veinte años.
CON LOS COMUNISTAS, NI LOS BUENOS DÍAS
Esta frase, escrita en un periódico socialista de 1922, ilustra de manera inequívoca el sentimiento generalizado de los militantes socialistas hacia el recién nacido PCE. La mayoría de los partidos comunistas europeos resultó de una escisión de las organizaciones socialistas. En España, decenas de jóvenes y viejos militantes de esa corriente obrera fundaron el partido comunista tras agrios debates en el seno de sus organizaciones. La memoria de la escisión perdurará durante décadas, sobre todo entre los socialistas, al no encontrar razones ideológicas para la primera ruptura y enfrentarse, a partir de entonces, a una constante actuación comunista cerca de sus organizaciones con el fin de atraer y dividir a su militancia. Los partidos socialistas constituían, en general, la representación mayoritaria de los obreros organizados, de la clase obrera más activa. Los partidos comunistas se propusieron competir con los socialistas para trasvasar esa militancia a su organización.
Para ello adoptaron una táctica de movilización radical de sus seguidores, intentando de esta manera combatir el comportamiento socialista, en general moderado y prudente, a la hora de presentar las reclamaciones de los trabajadores frente a gobiernos y patronos. Favorecieron también una política de frontal enfrentamiento –hasta con la utilización de la violencia- con los dirigentes socialistas con el fin de intimidarlos y obligarles a radicalizar sus posiciones. Propagaron, en fin, un discurso de denuncia de las actitudes socialistas, poco a poco calificadas de traidoras a la clase obrera. En pocos años fue extendiéndose el gesto del puño cerrado –creado en la República de Weimar al calor de esos enfrentamientos- como símbolo de la denuncia y el choque frontal de los comunistas contra la “traición” socialista.
El resultado de la escisión y de la competencia política posterior fue, por un lado, el acoso comunista y el recelo socialista y, por otro lado, el aislamiento del partido comunista tanto de potenciales aliados como de la propia audiencia a la que pretendía afiliar. Un ejemplo bien expresivo de todo ello fue el enfrentamiento minero en la Vizcaya de los años 1921-1923, en el que los comunistas convocaron media docena de huelgas generales, se enfrentaron a tiros con la policía y con los propios socialistas. Diez años más tarde continuaba la misma política, entonces actualizada con el denominado “frente único por la base”.
Pero al PCE también arribaron militantes de la CNT, en concreto sindicalistas revolucionarios agrupados en torno al grupo La Batalla. Para incrementar la afiliación de ese origen, el PCE no tenía una táctica muy distinta a la de la movilización constante y directa de los anarcosindicalistas. A pesar del muy parcial éxito sevillano a finales de los años veinte, constituyó un fiasco notable la política comunista de “reconstitución de la CNT”, ya iniciada a mediados de la década, pero formulada de manera definitiva en 1930 con la convocatoria de un congreso. Aunque la organización cenetista era mucho más descentralizada y permeable que la de la UGT, además de haberse desarticulado en la práctica durante la Dictadura, sin embargo, los comunistas no pudieron atraerse a muchos sindicatos de la Confederación, por la abrumadora distancia organizativa entre las prácticas asamblearias y descentralizadas de esta última y el carácter rígido y centralizado de la estrategia sindical comunista.
UN SIGNO DE DISTINCIÓN
Para competir con sus “hermanos-enemigos” socialistas y anarcosindicalistas, el PCE poseía un recurso nuevo, que fue perfilándose exclusivo, ya que la mayoría de los dirigentes de la CNT y del PSOE establecieron distancias respecto de la experiencia. La Revolución Rusa de Octubre y la construcción de la Unión Soviética cobraron un sentido de referencia política comunista para ser utilizada a la hora de competir.
El asalto al Palacio de Invierno en octubre de 1917, como más de cien años antes la toma de la Bastilla, simbolizó y actualizó la insurrección como forma prioritaria de revolución, esta vez planificada y organizada por un partido. Al mismo tiempo, la URSS –el denominado entonces “experimento soviético”- se interpretó como la creación de un Estado, dirigido por la clase obrera a través de su Partido, encaminado hacia la realización de una nueva sociedad y un “hombre” nuevo.
El PCE hizo uso de esta referencia exterior a la experiencia española, al intentar demostrar que sus militantes y estrategia se identificaban en exclusiva con lo que había acontecido y se programaba en Rusia. Pero, aunque los bolcheviques españoles informaron de manera cotidiana de la experiencia soviética, hicieron suya la conmemoración anual de la revolución de Octubre y ritualizaron también el liderazgo carismático de Lenin primero, y Stalin con posterioridad, no tuvieron éxito, sin embargo, a la hora de apropiarse la exclusiva representatividad de todo ello. Primero, porque como en otros muchos países, en España existió toda una literatura e información periodística sobre Rusia que, con independencia de su calidad y valoración, rompía el monopolio informativo del PCE sobre los acontecimientos soviéticos y diluía su identificación con la cultura y propuestas políticas de un solo partido. Segundo, porque la literatura y prensa conservadora y reaccionaria española equiparó las estrategias de todos los grupos obreristas y de izquierda españoles, y no sólo la del PCE, con lo que estaba sucediendo en la Unión Soviética.
Por todo ello, el PCE no pudo aprovecharse políticamente de lo que en principio constituía su principal signo de distinción hasta que, en septiembre de 1936, un acontecimiento puntual como el comienzo del envío de material de ayuda soviética al bando republicano durante la guerra civil vinculó la política antirebelde con la de la Unión Soviética. Cuando la ayuda material de la URSS rompió el cerco de la política de No Intervención de Francia y Gran Bretaña, la difusión de la épica historia de la URSS por el PCE a través de su literatura, sus películas y sus iconos, y mediante su exaltación en mítines, como el discurso pronunciado por Dolores Ibárruri: “el pueblo que ha logrado vencer a enemigos internos y exteriores, nos dice A(Hermanos españoles, seguid nuestro ejemplo!”, entonces sí, todo ello tuvo el efecto de proporcionar al partido comunista un poder del que antes carecía. Con el beneficio de la utilización de ese recurso –junto con el de la movilización militar de la retaguardia- el PCE se convirtió en el partido de la guerra.
MOVILIZAR ¿UN PARTIDO O UNA COALICIÓN?
El recurso de la movilización de la población durante la guerra civil permitió al PCE la obtención de influencia política dentro de las instituciones políticas y militares. Como partido recién llegado –es decir, sin tener presencia significativa en los sindicatos ni en las instituciones políticas, el intento de movilización comunista de sus seguidores y potencial clientela había constituido desde los comienzos de su trayectoria en los años veinte un objetivo fundamental. Movilizar consistía en crear y activar las redes organizativas necesarias con las que realizar reclamaciones públicas, abiertas y colectivas ante las autoridades y adversarios políticos, así como aplicar y extender las políticas propuestas por la dirección del partido.
En al ámbito sindical, los militantes comunistas trataron de convertir a los sindicatos locales a los que estaban adscritos por su ocupación laboral, en permanentes redes de reivindicación y movilización, con la convocatoria frecuente de huelgas tanto por razones laborales y salariales como por solidaridad con los huelguistas de otros ramos de industria. Al pertenecer esos sindicatos locales a federaciones de la UGT o de la CNT, ese tipo de actitudes –a veces complementarias con otras de carácter simbólico que delataba una identidad bolchevique- colisionó con las estrategias de las federaciones, sobre todo en lo que atañe a la UGT. El resultado más frecuente fue la expulsión de la sociedad obrera del seno de la central sindical. De ahí que el PCE decidiera primero la creación de plataformas sindicales en las que aparecer sólo como una organización sindical más –p.e. comités de fábrica, comités de unidad sindical, etc.- y con posterioridad, en el verano de 1932, la creación de su propia central sindical con la integración de unos cincuenta sindicatos y algunas decenas de miles de afiliados a ellos, mientras mantenía el comité de unidad sindical, mera fachada de la CGTU.
En el ámbito cultural, la labor movilizadora del partido comunista consistió en la creación de comités, revistas y asociaciones de intelectuales que difundieron la alternativa soviética por medio de sus creaciones artísticas, comentarios editoriales y actividades conjuntas. De esa manera, además de promover las iniciativas de los intelectuales comunistas a la hora de definir la injusticia, las soluciones y las alternativas, el PCE intentaba movilizar a la mayoría de los intelectuales comprometidos para convertirlos en “compañeros de viaje”.
En el ámbito político, los comunistas intentaron siempre mantener de manera legal la publicación de un periódico de tirada nacional –El Comunista, La Antorcha, Mundo Obrero, La Palabra, Mundo Rojo, La Lucha, Pueblo...-, a la par que el mayor número de periódicos regionales y locales. Desde la dirección central y de una manera muy gradual, se distribuyeron recursos para lograr la implantación nacional de la principal organización, el partido, con la adscripción de militantes no siempre disponibles para responder a las orientaciones y órdenes centrales dirigidas hacia la movilización de su entorno más inmediato.
Pero como la organización del propio partido se reveló insuficiente a la hora avanzar en la movilización de los grupos sociales a quienes iba dirigido el discurso comunista, la dirección del PCE intentó impulsar la creación de plataformas “frentistas”, en las que agrupar y dirigir a trabajadores sin partido, militantes y grupos locales adscritos a otras organizaciones. Como resultado de esta estrategia aparecieron los comités de Frente Único (1931-1934), el Frente Antifascista (1933), los Bloques Populares (1935), los comités de Frente Popular (1936), y se produjo la incorporación del PCE a los comités de Alianza Obrera (1934).
Al aparecer como una más de las organizaciones integrantes de esos comités, el partido comunista perdía protagonismo nominal a cambio de la búsqueda de influencia sobre grupos y personas que no consideraban oportuna su inclusión directa en la organización comunista. Puede afirmarse, sin embargo, que ninguno de estos “frentes” adquirió relevancia política nacional –con excepción de la coalición electoral del 16 de febrero de 1936-, aunque en algunas localidades fuera posible desarrollar algún tipo de iniciativas, casi siempre como producto de consignas procedentes del PCE, y la participación de intelectuales y seguidores de otros partidos.
Una mención especial precisa la constitución y participación del PCE en los comités establecidos a raíz de la represión de la huelga general y la revuelta asturiana de octubre de 1934. Junto con algunos de los ya existentes, como el Comité de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, los recién creados comités pro-amnistía, comités propresos, comité Pro-Infancia Obrera, comités de Ayuda a Asturias, etc., formaron parte de una serie de redes cuyos integrantes activaron un movimiento social por la amnistía de los presos de Octubre durante buena parte de 1935 y hasta las elecciones del 16 de febrero. Estos comités integraron a la mayoría de las fuerzas políticas y sindicales de izquierda, y desempeñaron una labor eficaz de evidentes repercusiones públicas, al denunciar la injusticia y atender a los damnificados y represaliados. La diferencia de estos comités con los anteriores es notoria, al realizar tareas concretas, centradas en labores de solidaridad con personas sin distinción de su procedencia política; al mostrar el rechazo conjunto con las políticas excluyentes de los gobiernos de 1935; y al ser concertadas entre las diferentes organizaciones, no impuestas por el PCE ni derivadas de su particular estrategia. No ocurrió lo mismo que con los comités anteriores, que el resto de fuerzas interpretaban como apéndices o prolongaciones de la política comunista.
En definitiva, parece claro que un partido recién llegado al sistema español de partidos como el PCE entendió la imposibilidad de adquirir influencia política sin intentar su inserción en “frentes”, y presentarse ante la opinión pública como un integrante más de comités de amplia representación. A pesar de esta iniciativa de convertirse en coalición permanente, resultó inoperante por la intención del PCE de transformar esas coaliciones en correas de transmisión exclusivas de su estrategia política. Sólo tuvo éxito, es decir, influencia política, cuando las principales organizaciones políticas de izquierda también formaron parte y participaron de manera protagonista en algunos de esos frentes, permaneciendo el PCE como fuerza secundaria. Existió una experiencia de esa índole: la coalición electoral de Frente Popular y, en menor medida, su prolongación en el parlamento durante la primavera de 1936 y en el gobierno de septiembre del mismo año. El poder político del PCE se transformó y se redujo de manera notable cuando intentó hegemonizar esa alianza a partir de 1937, retornando al aislamiento respecto del resto de fuerzas políticas.
¿CLASE O PUEBLO?
Integrar el partido en una coalición como táctica para salir del aislamiento político no sólo incluyó alianzas, “frentes” y coaliciones entre fuerzas y grupos políticos, sino también un discurso comunista dirigido a integrar la identidad de clase en identidades colectivas más amplias, representativas de una mayoría de la población, más acorde con las alianzas políticas formuladas.
En consonancia con la búsqueda de seguidores entre las organizaciones obreras ya existentes, la interpretación sectaria realizada sobre el sentido de los comités y frentes que impulsaba, y el aislamiento consiguiente, hasta 1935 el PCE reclamaba ser un partido de clase y representar en exclusiva a la clase obrera española. El partido comunista entendía que el proceso político republicano iniciado en abril de 1931 enfrentaba en esencia a dos clases: la burguesía y los trabajadores, y los alineamientos políticos giraban en exclusiva en torno a esta clasificación. Ya Mundo Obrero del 1 de junio de 1931 señalaba en este sentido: “el gobierno provisional de la República pone al descubierto con mayor relieve cada día su verdadera significación de clase”. Por ello, el PCE se convertía en la única fuerza española de izquierda que mantuvo un lenguaje de clase al proclamarse la República el 14 de abril de 1931, sin duda debido a las directrices de la dirección de la Internacional Comunista, centradas en la política de “clase contra clase”.
Sin embargo, a partir de los cambios estratégicos en la IC, el movimiento por la amnistía de 1935 y la integración del PCE en la coalición electoral de izquierda en enero de 1936, el partido establecerá por encima de todo un discurso populista dirigido a la formación y reforzamiento de una identidad de pueblo, ya interpelada con éxito por los partidos republicanos de izquierda y de manera parcial por el Partido Socialista. Una identidad popular en la que el PCE esperaba integrar a los trabajadores por medio del término pueblo laborioso o pueblo trabajador.
El PCE recogió el discurso sobre el pueblo existente en España, que venía elaborándose desde décadas atrás mediante un discurso populista republicano procedente del jacobinismo, vía republicanismo y socialismo decimonónico europeo. Acorde a esta concepción, el pueblo consistía en una comunidad definida por ser víctima de una situación de exclusión de la vida política y, en concreto, de los derechos de ciudadanía, y, como corolario de esta situación, por una superioridad moral entre sus integrantes. Señalaba el origen de la injusticia en la carencia de derechos políticos denegados por los enemigos del pueblo, un heterogéneo grupo de privilegiados definido con rasgos diferentes según lugares y épocas: podían ser la oligarquía, la aristocracia, los ricos, la casta dominante, la reacción, la iglesia, la burguesía, los poderosos, los parásitos, las doscientas familias, el feudalismo financiero, el fascismo… con independencia del término empleado, unido por su situación privilegiada y unas características morales negativas, como el engaño, la corrupción, la indignidad, el fanatismo, la inmoralidad, la avaricia, etc. Con estas cualidades, la actuación política de esta casta no podía suponer más que la dominación sobre el pueblo, levantando un muro de poder entre los “grandes” y los “pequeños”, entre los satisfechos y los necesitados de todo. De ahí que esta situación de desigualdad política produjera el sufrimiento del pueblo, simbolizado en sus propios mártires. Un pueblo con unas cualidades morales que le otorgaban superioridad moral sobre sus enemigos: valentía, honradez, dignidad, laboriosidad, sacrificio, inteligencia, ingenuidad, capacidad, sufrimiento…
La fórmula para solucionar el problema de la injusticia en el discurso populista se centró en la movilización y participación activa en los asuntos públicos: asociarse, reclamar, reunirse, votar, manifestarse, celebrar y conmemorar, ocupar la calle con disciplina y orden o, si fuera necesario, con el propósito de defenderse de los enemigos; comunicarse también con los dirigentes políticos que lo eran de todo el pueblo y a los que se otorgaba el carácter de líderes, con frecuencia llamados “caudillos”, al condensar la voluntad y el espíritu del pueblo. Al personificar sus cualidades morales, los dirigentes adquirían el papel de guía, una labor sacrificada porque concentraba en ellos la ira de los enemigos del pueblo. A través de la movilización y la participación –incluido el voto-, el pueblo republicano alcanzaría la igualdad -la condición de ciudadano con plenos derechos, incluidos los culturales y sociales-, convirtiéndose ésta en la alternativa política propuesta por el discurso populista en nombre del pueblo. La democracia era el régimen político –basado en la igualdad- opuesto a la tiranía, al gobierno de los “grandes”. La democratización consistía en la popularización de la política, es decir, la exclusión de los privilegiados de ella. Cuanto menos privilegiados –burguesía, por ejemplo- más democracia.
El PCE asumió esta concepción de pueblo y utilizó de manera radical todos sus extremos. De esa manera, en el discurso comunista posterior a 1934 la identidad de clase quedó integrada en la más amplia de pueblo, y el PCE reivindicó representar a todo el pueblo frente a sus enemigos, a los que reclamó excluir de la escena política durante la primavera de 1936.
UN MARCO DE INESTABILIDAD POLÍTICA
Esa reclamación invertía de hecho la situación de exclusión experimentada por el PCE en toda su trayectoria hasta entonces. Un partido recién llegado al sistema de partidos español debía afrontar en peores condiciones que los partidos ya establecidos los vaivenes de la política española. Nada más comenzar su andadura, sobrevino el golpe y la dictadura de Primo de Rivera, un régimen político que se empeñó en desarticular al recién nacido partido, relegándole a la cárcel, la clandestinidad y al exilio, justificando de esa manera el mantenimiento de estrategias revolucionarias, sobre todo, de carácter conspirativo. La proclamación de la II República suponía el establecimiento de unos derechos de ciudadanía muy tutelados y restringidos por el Estado, que afectó en particular a católicos, monárquicos, anarquistas y, también, a comunistas, ya que la posición del PCE respecto de la República resultaba ser de enfrentamiento completo. De resultas de ello, la estrategia del partido comunista no modificó su posición extrema.
Tras la huelga general y los enfrentamientos de octubre de 1934, el PCE se sumió en la inactividad más absoluta, para salir de ella de manera progresiva sólo con el levantamiento del estado de guerra. A partir de entonces, el PCE comenzó a actuar de manera más cómoda y fructífera en condiciones de “semilibertad” –despliegue de movilizaciones legales junto con suspensión de periódicos, detención de oradores en los mítines, de vendedores de prensa, etc.-, y contra las políticas gubernamentales de exclusión. En ese contexto político, al establecer alianzas con fuerzas parlamentarias, los objetivos del PCE se centraron por primera vez en la consecución de una victoria electoral.
Cuando la coalición de la que formaba parte el partido comunista triunfó en las elecciones del 16 de febrero de 1936, y las políticas gubernamentales de exclusión fueron entonces dirigidas contra falangistas, monárquicos y cedistas, al mismo tiempo que el gobierno toleraba la mayor parte de las actividades del partido comunista, el PCE se integró más en el sistema político, alejándose de posiciones revolucionarias. Más tarde, durante la guerra civil, la colaboración en los distintos gobiernos y la movilización de sus seguidores transformó al partido comunista en el máximo defensor del Estado republicano. La política del partido se alejaba más y más de la Revolución.
UNA REVOLUCIÓN INALCANZABLE
La defensa de la República previa, durante y después de la rebelión militar del 18 de julio actualizaba, de forma inmediata, el tema de la consecución de los objetivos revolucionarios del PCE. El programa –y la justificación última de la escisión socialista en 1920-1921- descansaba en el carácter revolucionario del nuevo partido, al asumir la referencia sustancial de la insurrección de octubre de 1917 en Rusia. Los delegados y el propio comité ejecutivo de la IC recordaban de forma periódica al partido la necesidad de no perder de vista el camino revolucionario y la puesta en marcha de los requisitos necesarios para su andadura. En concreto, los militantes comunistas debían potenciar la organización del partido para construir el órgano directo y coordinador de la insurrección, junto con la creación de una organización armada: las milicias; además de impulsar el órgano en el que debía residir la soberanía de la clase: los soviets. Pero la revolución como horizonte inmediato cada vez se alejaba más del trabajo y las perspectivas comunistas de estos sus primeros veinte años. La revolución –en cualquiera de sus fases, pero dirigida por el Partido en todos los casos- se presentó inalcanzable.
La construcción de un PCE numeroso, movilizado, con alguna experiencia política de sus integrantes y con cierta disciplina, sólo fue posible a partir de 1936. Entre tanto, el crecimiento del partido fue muy desigual, por el vaivén de altas y bajas concentradas en determinadas coyunturas, que impedían la consolidación del partido y el alcance de una experiencia necesaria. La formación de soviets de obreros, campesinos y soldados nunca pasó de ser un planteamiento teórico que poseía, entre otras dificultades, el desconocimiento por parte de los propios militantes comunistas, supuestamente los impulsores de esas redes. Los comités de fábrica, de barriada, de cuartel o de aldea, considerados los embriones de los soviets, tampoco llegaron a ser realidad más allá de alguna experiencia aislada. El PCE no pudo erigir el más mínimo asomo del segundo poder de las revoluciones rusas de 1917. Por otra parte, junto con la formación de milicias –las MAOC- iniciada en 1933, que no tuvieron una presencia organizativa y visible hasta 1936, el trabajo de proselitismo dentro del ejército no tuvo consecuencias, más allá de algunos contactos puntuales y personales.
La huelga general insurreccional de octubre de 1934 no pudo contar con la participación activa del PCE por carecer a escala nacional o regional de los recursos necesarios para ello. Los numerosos informes redactados por las direcciones provinciales comunistas así lo confirman. No existía un número suficiente de militantes dispuestos a movilizarse, como tampoco hubo claridad en la difusión de las consignas, ni dispusieron de recursos militares, en forma de milicias y armas. Menos aún pudieron crear un segundo poder, alternativo al existente, porque las Alianzas Obreras constituían como mucho una coordinadora insurreccional. La reivindicación de la responsabilidad en la insurrección efectuada por el PCE fue realizada a posteriori por razones políticas, en el contexto de la dura represión y el objetivo de la dirección del partido de ser identificado con estrategias revolucionarias.
La carencia comunista permanente de recursos militares fue compensada por una presencia importante del PCE en la formación del ejército regular de la República bien entrada la guerra civil. El mayor esfuerzo político del partido durante la guerra fue la movilización militar. Su estrategia consistió en organizar un ejército con mando único a partir de las milicias y oficiales procedentes de la carrera militar republicana que se habían mostrado dispuestos a enfrentarse a los rebeldes. Desde 1937 y, sobre todo, en 1938, el PCE poseía una influencia notable dentro de ese ejército regular. Sin embargo, esa influencia no tenía necesariamente que convertir al ejército en un instrumento político comunista, hasta el punto de facilitar el acceso del PCE al poder político por medio de las armas, es decir, transformarse en un recurso armado en manos del PCE para realizar, por fin, la revolución. Cuando se originaron algunas oportunidades políticas durante la guerra –el golpe de Casado, p.e.- los jefes y oficiales con carné de militante comunista rechazaron la eventualidad revolucionaria. Una cuestión era hacer la guerra contra el ejército franquista y otra, hacer la revolución en nombre del PCE.
EL PARTIDO DE TODOS EN LA GUERRA CIVIL
A pesar de no tener capacidades revolucionarias, el PCE sí logro durante la guerra civil un poder social y político mucho mayor que en toda su trayectoria anterior. A partir de 1936, y en los años inmediatamente posteriores, se convirtió en “el partido de todos”, consistente en una numerosa afiliación procedente de todos los grupos sociales y en la identificación ante la población de la zona republicana como el partido de la guerra.
En cuanto a organización, el PCE partía en 1935, como en ocasiones anteriores, prácticamente de la nada. Sus militantes habían “desaparecido” tras el fracaso de la huelga general y la insurrección asturiana, o se encontraban en la cárcel víctimas de la represión indiscriminada. Muchos de ellos, además, perdieron su trabajo y necesitaron emprender vías de supervivencia, en ocasiones, al margen de la participación política. En ese mismo año, sin embargo, las características del proceso político proporcionaron nuevas oportunidades políticas para que el PCE pudiera aprovecharlas.
En primer lugar, unas políticas gubernamentales centradas en la exclusión del sistema político y de los derechos de ciudadanía para los seguidores de las fuerzas de izquierda. En segundo lugar, una paulatina, generalizada y unitaria respuesta pública, abierta y colectiva en solidaridad con los presos de la huelga general y la insurrección, reclamando su salida de las cárceles. En tercer lugar, un proyecto de alianza de izquierda que incluía a fuerzas republicanas y socialistas, éstas últimas también con la representación del PCE. En cuarto lugar, una crisis política que desembocó en una nueva convocatoria electoral a principios de 1936. En quinto lugar, el triunfo de la coalición electoral de izquierdas, la formación de un gobierno republicano presidido por M. Azaña, la presencia parlamentaria de los comunistas y la realización de un programa electoral con las principales reivindicaciones del movimiento por la amnistía de 1935. Por último, la desaparición del panorama político del hasta entonces muy implantado Partido Radical de A. Lerroux.
En este contexto favorable, el PCE impulsó una actividad política sin precedentes en su trayectoria anterior, que contó con cinco rasgos fundamentales: la inserción de su política en el seno de la alianza de Frente Popular –nombre que el propio partido tardó en utilizar, al preferir el suyo propio de Bloque Popular; el apoyo incondicional en la práctica al gobierno republicano; la asunción de un discurso populista con el fin de reclamar para sí la representación política de todo el pueblo; la exigencia de exclusión de las principales fuerzas políticas que no pertenecieran a la alianza de izquierda, como responsables de la represión de Asturias así como de la oposición frontal a las políticas gubernamentales; y, por último, una política de vinculación organizativa con el ala caballerista de los socialistas, con el propósito, entre otros objetivos, de arrinconar a la corriente prietista del PSOE.
Al desarrollar esta actividad política de integración completa en las instituciones republicanas y de intensa competencia, el PCE fue obteniendo un poder político del que carecía con anterioridad. Un poder centrado más en las repercusiones de su colaboración institucional, que en el de la movilización de sus militantes y seguidores. Aunque el crecimiento organizativo del Partido Comunista había iniciado una progresión muy notable, hay que tener en cuenta que en ese aspecto había comenzado prácticamente de cero, y que el incremento se basó en la recuperación y ampliación de las redes comunistas ya existentes antes de 1936.
Ya se había iniciado, sin embargo, una tendencia cuya consolidación ocurrirá sólo meses más tarde durante la guerra civil, consistente en la muy posible afiliación de antiguos militantes, seguidores y votantes del Partido Radical. Al mismo tiempo, el paulatino crecimiento de la influencia social del PCE se apoyó en la progresiva movilización de los jóvenes, primero sólo integrantes de la Unión de Juventudes Comunistas, pero muy poco después, de la recién nacida Juventud Socialista Unificada, fruto de la fusión de la anterior con la Federación de Juventudes Socialistas. Fueron estos jóvenes los que en la primavera de 1936, en compañía de los jóvenes socialistas, se enfrentaron en la calle con los jóvenes falangistas y de Acción Popular; los mismos jóvenes que componían los márgenes conflictivos de las manifestaciones y funerales en la misma época.
Tantos los jóvenes como los adultos integraban las organizaciones de un partido que para entonces podría denominarse “de la democracia republicana”. La República, para el PCE, era la democracia –es decir, el pueblo-, un sistema político que descansaba en la exclusiva y extensa participación de los grupos sociales –y sus representantes políticos- integrantes del pueblo. Por ello, el partido comunista reclamó la ilegalización de todas las fuerzas políticas y el encarcelamiento de sus dirigentes que no pertenecieran a la coalición del Frente Popular, con excepción de los anarcosindicalistas.
El PCE concebía la acción colectiva del pueblo como la vía prioritaria de conseguir los objetivos de justicia, a los que no podía renunciarse por cuestiones de legalidad. Mantenía firme un planteamiento jacobino de defensa de las exigencias de la revolución democrática frente al respeto de la ley pactada. Si ésta beneficiaba al pueblo se cumplía, y si no era favorable, se omitía o rechazaba. Su discurso populista se integraba dentro de una cultura republicana española, muy extendida en los años treinta, con la que se entendía que el sistema político debía favorecer inevitablemente a las clases desposeídas. Por eso el PCE no aceptó que una legalidad particular que sólo beneficiaba a los enemigos de la República pudiera impedir la liberación de los presos de la cárcel tras la victoria de la coalición de izquierda el 16 de febrero de 1936, o frenar el encarcelamiento de los “verdugos” del octubre asturiano. La justicia la impondría el pueblo con su movilización y presión sobre las autoridades. En eso consistía la verdadera legalidad democrática. Con tales discursos y estrategias, el PCE se convirtió en el partido más republicano del arco político español, ya durante la primavera de 1936, pero de forma más acusada durante la guerra.
¿QUÉ GUERRA?
Parecía que todos los grupos políticos y sociales conocían la probabilidad de un golpe de estado. Incluso en los días anteriores al 18 de julio, los grupos de izquierda organizaron turnos de vigilancia nocturna en las principales ciudades a cargo de sus ramas juveniles. En algunos lugares de nada sirvió esta labor preventiva puesto que la rebelión militar incluyó la participación de la policía al lado de los oficiales y soldados sublevados.
La incertidumbre sobre el alcance de la rebelión militar, como se sabe, persistió durante unos días. Como en otros medios, en la prensa comunista se calificaba la situación en las fechas posteriores al día 18 de “sublevación”, “sedición”, “causa republicana”, “lucha”, “operaciones”. Habrá que esperar al 6 de agosto para encontrar el término “guerra” en Mundo Obrero (“estamos en guerra y quien flaquee es un enemigo”). En efecto, pasados unos días del inicio de la rebelión militar, fueron pocas personas las que creían estar viviendo algo más que un golpe de estado, un putch, una sublevación o rebelión militar a la que se hacía frente con las armas conseguidas con el reparto realizado a partir del domingo 19 de julio. Pero a finales de ese mes, nadie creía que la situación no hubiera evolucionado hacia un enfrentamiento bélico, hacia una guerra: “esta es una verdadera guerra” (M.O., 10 de agosto); debemos “prepararnos para una guerra larga” (M.O., 18 de agosto). Verdadera y larga sí, pero y ¿qué guerra?
Al calificar ya el enfrentamiento como guerra, el PCE la añade en primera instancia el adjetivo de “civil” –“una guerra civil como la actual”, “el mundo ante la guerra civil española” (M.O., 13 y 17 de agosto, respectivamente)-, para de manera inmediata intercambiar dicho adjetivo –que se mantiene de forma subalterna- con el de “guerra nacional” y “guerra santa” por la independencia de España (M.O., 18 de agosto). Esta nueva valoración de la guerra procedía de las consignas recibidas de la IC y de las reflexiones efectuadas en la reunión del Comité Central, publicadas como Manifiesto del partido.
En oposición al pretendido carácter nacional del bando de Franco –“los que en todo momento tienen el nombre de España en los labios”-, los republicanos, socialistas, y, sobre todo, comunistas, enarbolaron la bandera nacional española. Azaña diría: “el movimiento nacional está aquí, en donde alienta el pueblo libre”. Mientras, los socialistas afirmaban: “nacional que quiere decir popular. Antinacional y antipopular es la política que hacen los facciosos”. El PCE fue más lejos, al indicar que la lucha que pudo empezar entre democracia y fascismo, se transformó en “una guerra nacional, en una guerra santa, en una guerra de defensa de un pueblo que se siente traicionado, herido en sus más caros sentimientos; que ve en su patria, en su hogar, su lugar donde reposan sus mayores en peligro de ser desgarrados, arrasados y vendidos al Extranjero. (La independencia de España está en peligro!” (M.O., 18 de agosto de 1936).
Para identificar la guerra de 1936 con una guerra por la independencia nacional, el PCE no dudaba en buscar analogías con la de 1808: Ala segunda fecha histórica nos pertenece también. El pueblo que derrotó a los invasores [se refiere al ejército napoleónico] es el que combate ahora, valerosamente en defensa de su libertad”. Incluso Dolores Ibárruri fue más allá, al referirse a Sagunto, Numancia y las Comunidades de Castilla, y al “alma de España, de nuestra España, de la España popular [que] se ha forjado indomable y grandiosa a través de los siglos, en luchas heroicas por su independencia”(D. Ibárruri, s.a.), siempre señalando las luchas contra supuestos extranjeros: “Pueblo de Madrid, sois los dignos descendientes de los heroicos luchadores del Dos de Mayo”(D. Ibárruri, 29 de julio de 1936). Y con referencia a la de 1936, resaltaba que “el sentimiento patriótico (...) ha renacido de manera espléndida, maravillosa, y hoy más que nunca, el amor a la patria, el orgullo de sentirse españoles, es más vivo que jamás lo fuera” (Frente Rojo, 19 de julio de 1938).
Si en un principio pudo ser una guerra civil, pronto pasó a ser para el PCE “una guerra de independencia, una “guerra de liberación” de España de las hordas fascistas. Una terminología de “guerra santa”, “guerra sagrada”, “guerra de liberación”, muy parecida a la retórica nacionalista y sacralizada, utilizada por los franquistas para interpretar la guerra civil; similitud que se hizo aún más manifiesta con el “Todo por la patria”, enarbolado por Mundo Obrero (23 de abril de 1938).
Una guerra que era de independencia porque, según la dirección del partido comunista, España luchaba contra unos traidores que habían hipotecado el suelo español, al echarse en brazos de Alemania e Italia. No había entonces guerra civil, entre españoles, puesto que los soldados del bando rebelde luchaban engañados u obligados por sus jefes y oficiales. El auténtico pueblo español se situaba en el bando republicano.
Por lo tanto, el discurso populista del PCE se consolidó durante la guerra civil, con una sola matización, en todo caso ya utilizada con menor profusión antes del 18 de julio: el carácter nacional del pueblo. El pueblo era la patria; a las virtudes republicanas adscritas al pueblo –fe, dignidad, honradez, valentía, etc.-, se añadía la reivindicación de la tradición española y el amor a España; y al sufrimiento característico por ser pueblo –carencia de derechos de ciudadanía-, se sumaba ahora también el sufrimiento por ser patria escarnecida, traicionada por un grupo de monárquicos, reaccionarios y fascistas: los enemigos del pueblo y de España.
Durante los primeros meses de la guerra, la significación de esos enemigos para el PCE se expuso en la prensa de manera algo confusa, al existir cierto desconcierto a la hora de adjudicar la autoría o responsabilidad de la sublevación. Correspondiendo con el carácter del enfrentamiento político de las semanas y meses anteriores a la rebelión militar, el PCE inculpó a Gil Robles –una vez desaparecido Calvo Sotelo- de ser “el cacique máximo de la sedición”. A juicio del partido comunista –y es muy posible que por indicación de Codovilla-el político católico había fraguado el golpe, apareciendo como el primer criminal. “Gil Robles dio la orden, publicó Mundo Obrero el 25 de julio, aunque días después el mismo diario indicaba que “participó en su organización”. Mientras tanto, el PCE extendía la responsabilidad organizativa de la sublevación a la CEDA y la JAP.
Al insistir en estas consideraciones, el PCE no hacía otra cosa que identificar a los partidos y asociaciones políticas protagonistas de la confrontación de la primavera de 1936 con la provocación de la guerra. Los militares, es decir, los generales, los oficiales de segunda categoría y la policía sublevados, no adquirían, para el PCE, ninguna clase de protagonismo, en todo caso subalterno al de monárquicos, reaccionarios y fascistas. Monárquicos, porque el bando rebelde adoptó la bandera roja y gualda como estandarte nacional; reaccionarios, porque era el alto clero el que se declaró beligerante contra el pueblo y también contra la religión con la que comerciaban; fascistas, por la ayuda recibida en esos momentos por Alemania, Italia y Portugal. Nada sobre el poder militar en la zona rebelde; apenas alguna referencia a la “felonía de un grupo de generales” que se sublevaron contra la República. Para el PCE, los partidos del Bloque Nacional, la CEDA y Falange instrumentalizaron a los militares a la hora de sublevarse contra la República.
Eran los enemigos del pueblo español de antes –los gobiernos de la represión de Octubre- los inductores y verdaderos artífices de la sublevación. Un enemigo que se caracterizaba, en la prensa del PCE, por su “hipocresía” y “cobardía”. Un enemigo que, al conocer la dirección del partido la naturaleza de la represión en la conquista rebelde de nuevos territorios, se distinguía por su “crueldad” e “infamia”, al comportarse como “salvajes” y “vándalos” y dedicarse al “bandidaje”, al “saqueo” y al “asesinato”, utilizando, en fin, los métodos “terroristas” del fascismo.
Desde el primer momento, la gravedad de estos términos utilizados para calificar la actuación del enemigo se correspondió con el duro tratamiento propuesto por el PCE para vencerlo y castigarlo: “hasta el exterminio de los traidores”; “firmes hasta exterminarlos”; “el crimen de los traidores no tiene perdón. La consigna es: exterminio” (M.O., 24 de julio, 24 y 10 de agosto de 1936).
EL PARTIDO DE LA GUERRA
El enemigo fue definido como traidor a la patria popular. Ese pueblo español se agrupaba “caudalosamente” en los partidos del Frente Popular, y desde septiembre de 1936 era dirigido, en el planteamiento del PCE, por un Gobierno de “Unión Nacional”. Desde la constitución de ese gobierno, presidido por Largo Caballero, la dirección del partido dirigió sus objetivos hacia la centralización de todos los recursos en manos del gobierno: mando único, ejército regular, comités de frente popular. Además, la centralización de los recursos debía ir acompañada por su concentración en las actividades militares. A partir de entonces y de manera progresiva, el PCE se convertiría en el partido de la guerra. Con el fin declarado de movilizar todos los recursos –humanos y materiales- para la guerra, la estrategia del partido girará sobre dos ejes: la reconstrucción del Estado y del orden republicanos por un lado, y la política de unidad de todas los grupos políticos y sociales alrededor del partido, por otro.
En cuanto a la primera estrategia, el PCE se convirtió durante la guerra civil, aún más si cabe que antes, en el primer defensor del Estado republicano, de sus instituciones, de su organización territorial, de su imaginario colectivo, enfrentándose sin dudarlo a todos los grupos portadores de otras estrategias y culturas políticas.
En cuanto a la segunda, el partido concentró su esfuerzo político en mantener la alianza de Frente Popular, en fusionar el partido comunista con el PSOE y en defender y participar en los gobiernos de coalición en todo el territorio republicano. Pero esta política de unidad incluía al mismo tiempo la intención de dirigir a las alianzas, fusiones o gobiernos hacia el cumplimiento de las metas del partido. La estrategia comunista de unidad también comportó la exclusión o neutralización de aquellos grupos y dirigentes políticos que no compartían o dejaban de colaborar en la consecución de los objetivos comunistas. La CNT, la corriente caballerista de la UGT, el POUM, la Comisión Ejecutiva del PSOE, el Gobierno de la Generalitat catalana, etc., fueron en distintos momentos objeto de críticas, maniobras, desplazamientos, acosos y represión. Como respuesta, estos grupos decidieron abandonar las instituciones republicanas, hacer la guerra por su cuenta o, incluso, desistir de continuarla.
La estrategia de unidad también afectaba a la configuración del propio partido comunista, por cuanto a lo largo de la guerra se convirtió en el partido de todos, al incorporar a sus filas a personas de diferentes grupos sociales, al reproducir el Frente Popular en su propia organización y al movilizar a las personas previamente desligadas de los partidos políticos.
Si damos por buenas las cifras, el PCE tenía unos cinco mil afiliados a mediados de 1935, casi quince mil a la altura de las elecciones de febrero de 1936, más de cuarenta mil en la antesala del golpe de julio de ese mismo año, y un cuarto de millón en marzo de 1937. Estos números indican el descalabro organizativo inicial de octubre de 1934, la lenta recuperación durante 1935, la progresión de 1936 y el salto cualitativo en 1937. Esta dinámica de masiva afiliación durante la guerra tiene, entre otras, cuatro características principales:
1) El Partido Comunista posee una nueva militancia procedente de muy variados sectores sociales. El principal de ellos continuó siendo el sector del trabajo manual, urbano y rural, en un porcentaje del 50%. A él se sumaron propietarios y arrendatarios de tierras, jefes, oficiales, suboficiales y soldados –de tropa y de milicias- del ejército, policía, periodistas, artistas, escritores y publicistas, así como artesanos, empleados públicos, gerentes, comerciantes y pequeños empresarios, en un porcentaje de otro 50%. Esta relación puede modificarse de manera sustancial si se indica que los soldados y milicianos -que si previamente eran obreros, dejaron de serlo al ingresar en el ejército -, junto con los integrantes de grupos sociales señalados en segundo lugar anteriormente, superaban de forma amplísima a los trabajadores manuales, en una proporción que supone un 80-20. Este escaso porcentaje del 20% de trabajadores manuales en el PCE se parece mucho al que tuvo el Partido Bolchevique de la URSS en el transcurso de la guerra civil rusa entre 1918 y 1920, cuando al ubicar a sus militantes en la maquinaria del Estado y del ejército rojo como funcionarios y soldados, dejó el Partido de estar integrado por obreros.
2) Esta diversidad reproduce también las características sociales de los votantes de las candidaturas de la coalición de izquierda en las elecciones de 1936. Es decir, el PCE persiguió aglutinar en su propia organización al “pueblo”, en cuyo nombre se produjo el pacto de “Frente Popular”, el gobierno republicano de izquierda y el apoyo parlamentario a ese gobierno en la primavera de 1936. El PCE reclamaba representar por sí mismo al pueblo republicano.
3) Los nuevos y numerosos afiliados al partido comunista no procedieron de manera mayoritaria de otros partidos y organizaciones existentes en el sistema político de la República. Como indicaba una encuesta realizada por el PCE a finales de 1937, los nuevos militantes no tenían afiliación inmediatamente previa a ningún grupo. Eran personas relativamente alejadas de las redes políticas, por ignorancia de sus propuestas y por razones personales. Sólo cabe matizar esta tendencia generalizada al señalar que, si bien los nuevos militantes no pertenecían a ningún partido en el momento de la rebelión militar del 18 de julio, sí pudieron ser simpatizantes, seguidores, afiliados o votantes de los partidos republicanos hasta 1935 y, en concreto, del Partido Republicano Radical de Lerroux. De la misma manera que otra parte de los seguidores radicales ofrecieron su apoyo a la CEDA el 16 de febrero de 1936.
4) La afiliación masiva durante la guerra civil representó también un problema de organización para el partido, por cuanto necesitó movilizar a esos nuevos afiliados dentro de la disciplina y actividades propuestas por el PCE. Para ello, faltaban “cuadros” que sirvieran de escalón entre los recién llegados y la dirección central. Con el fin de formarlos funcionó una Escuela de Cuadros, como la de 1938, para la que se seleccionaron varios centenares de militantes. Entre los elegidos para la Escuela, los que se afiliaron al partido antes de la rebelión militar, casi el 50% lo hicieron entre 1935 y el 18 de julio de 1936; un 35% ingresaron en la organización comunista después de la proclamación de la II República y, el resto, antes de 1931. De resultas de estos porcentajes, puede afirmarse que los militantes a los que el PCE encomendó en 1938 la gestión del partido y la movilización de sus afiliados y seguidores carecían de experiencia política y, con toda probabilidad, poseían endebles herramientas de la cultura política comunista.
Las razones esgrimidas por los nuevos afiliados para entrar en el partido comunista en plena guerra civil fueron muy variadas. De su puño y letra respondieron a la encuesta realizada por la organización afirmando que por sus venas corría desde siempre sangre republicana y que bien se habían visto atraídos por la disciplina del partido, por el sacrificio mostrado por sus militantes, o por el carácter revolucionario de su programa, o su antifascismo y vinculación con la gran referencia mundial que era la Unión Soviética.
Pero es muy probable que el partido comunista ofreciera, a la altura de 1937, algo, señalado por Helen Graham, difícil de reconocer públicamente por su escasa relación con cuestiones ideológicas o estratégicas, por cuanto pudieron ingresar en el partido para obtener la protección necesaria en una época en la que cada vez se hacía más complicado sobrevivir de forma aislada, sin integrarse en alguna red política o sindical. Después de los enfrentamientos de mayo de 1937, los sindicatos perdieron el poder adquirido desde los primeros momentos de la guerra y, en su lugar, los partidos lograron el control del poder político local y central. En concreto, como organización, el PCE se situó en la cúspide de la administración del ejército y de la gestión policial de la retaguardia.
Desde ese punto de vista, en el marco de la lucha entre los diferentes grupos republicanos por obtener poder, el PCE se vio inmerso en un proceso de asunción de patronazgo colectivo, por el cual aceptaba constituirse en un centro multitudinario de acogida –el partido de todos- a cambio del reconocimiento y respaldo sociales para ser el partido de la guerra.
La lucha política por constituirse en el partido de la guerra, es decir, el organizador exclusivo e incansable de la resistencia a través de la movilización de los recursos en manos del Estado, suponía el enfrentamiento con otros grupos. La política de alianzas e integración del PCE en torno al ya casi inexistente Frente Popular se convirtió, en la práctica, en una política de exclusiones y autoexclusiones, sobre todo, conforme se producían más y más victorias del ejército franquista y el PCE exigía desde su posición de poder el cumplimiento de su estrategia de centralización, la marginación de los críticos y la resistencia a ultranza. Además del acoso al POUM y el control sobre la CNT en Cataluña y Aragón, la UGT caballerista primero, los prietistas del PSOE después, y la Esquerra Republicana más adelante, fueron desmarcados o desmarcándose paulatinamente de la política de guerra.
El PCE se encontró aislado pocos meses antes de terminar la guerra civil. Las políticas de patronazgo ya no eran útiles cuando los sacrificios propuestos resultaron ser enormes y no se podía cumplir con el deber de protección a la inmensa clientela reclutada. En definitiva, el poder social alcanzado por el PCE durante la guerra dependía para su prolongación de algo tan indispensable como ganarla.

BIBLIOGRAFÍA

Este ensayo se basa en la lectura de la prensa comunista de la época, de la documentación depositada en el Archivo Histórico del PCE y de los estudios generales ya clásicos sobre el partido, incluido el propio sobre El Partido Comunista de España durante la II República. Además, Álvarez Junco, José (1990): El Emperador del Paralelo. Lerroux y la demagogia populista. Madrid, Alianza Editorial.

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