Crisis y adaptación organizativa del Partido Comunista de España y evolución de Izquierda Unida

TALLER DE HISTORIA DEL PCE "MARUSIA"

Luis Ramiro[1]
En las últimas décadas, especialmente desde los años ochenta del siglo XX, los partidos comunistas de Europa occidental han atravesado un período de crisis y de transformación. La importancia de los desafíos a los que se han enfrentado estos partidos les ha obligado a decidir sobre cuestiones relacionadas con su naturaleza como organizaciones políticas, con su identidad ideológica y organizativa, y con su misma existencia y viabilidad. La crisis de los regímenes socialistas en la Enropa central y oriental, el alejamiento o rechazo de los ciudadanos occidentales de la ideología comunista, el descrédito de ésta, el debilitamiento general de sus fuentes tradicionales de apoyo, han colocado a los partidos comunistas occidentales en situaciones en las que su futuro electoral aparece como tremendamente incierto. En este contexto, estos partidos han debido decidir cómo actuar en respuesta a esta crisis que amenazaba su supervivencia, cómo detener su declive electoral, cómo evitar el continuo debilitamiento de sus organizaciones y cómo gestionar su tradición ideológica y su legado organizativo con el objetivo de hacer posible su continuidad como formaciones políticas.
El caso del Partido Comunista de España (PCE) responde plenamente a esta lógica de crisis y de decisiones realizadas con el propósito, más o menos definido y más o menos compartido entre sus miembros, de revitalizar el partido. A lo largo de las dos últimas décadas el PCE ha experimentado importantes cambios en su organización y en su estrategia. Como parte de este proceso de adaptación creó en 1986 una nueva organización, Izquierda Unida (IU), dentro de la que el PCE ha mantenido a lo largo de la mayor parte de su existencia un papel de liderazgo. El impulso y desarrollo de IU desde el PCE ha convertido a ambas organizaciones en entidades que, en cierta medida, se solapan.
El propósito de este capítulo es analizar este proceso de adaptación del PCE y las etsrategias organizativas de este partido, sobre todo, en lo relacionado con la creación y el desarrollo de IU a lo largo de las últimas dos décadas.[1] La próxima sección describirá concisamente la situación del PCE en los momentos anteriores a la creación de IU. A continuación se presentarán los argumentos teóricos que se estiman útiles para entender la actuación del PCE. Finalmente, se analizará la estrategia organizativa del PCE para la creación y desarrollo de IU.
LA CRISIS DEL PCE Y EL NACIMIENTO DE IU
La trayectoria del PCE muestra cada una de las dimensiones (electoral, organizativa, ideológica, estratégica, etc.) en las que se manifestó la crisis de los partidos comunistas occidentales a partir de los años 80.[2] En este contexto el caso del PCE destaca, en todo caso, por la profundidad y velocidad de la crisis.[3] Sin embargo, dentro de ese panorama de declive general, el caso de los comunistas españoles muestra ciertas peculiaridades que merecen ser mencionadas.
Durante la transición a la democracia en España el PCE adoptó una línea política moderada, participó en el proyecto “Eurocomunista” y reformuló partes muy sustanciales de su programa político. Así, el PCE trataba de contribuir a la democratización del país, por un lado, y de aumentar su atractivo electoral adoptando una estrategia que facilitara la adquisición de legitimidad y de una imagen de respetabilidad o responsabilidad, por otro.[4] Sin embargo, los resultados electorales del partido en las dos primeras elecciones democráticas de 1977 y 1979 fueron claramente decepcionantes. Aproximadamente un año después de estas segundas elecciones se desató un importante conflicto interno que resultó en la salida o expulsión de importantes líderes, sanciones y expulsiones muy numerosas de activistas y afiliados de distinto nivel, tensiones entre la estructura central del partido y las organizaciones regionales y desafíos directos a la autoridad del entonces secretario general (S. Carrillo). Es evidente que, a pesar de la aparente calma que existía en el interior del partido entre 1977 y 1980, el consenso interno era realmente frágil.[5] Por un lado, ciertos sectores no compartían la táctica de moderación promovida por Carrillo, por otro, algunos grupos que apoyaban los cambios ideológicos y políticos impulsados por el secretario general se mostraban descontentos ante su negativa a dmeocratizar el funcionamiento interno del partido (por ejemplo, el PCE había abandonado el leninismo pero no el centralismo democrático). Este último sector, los “renovadores” comenzaron a hacer públicas sus críticas e intensificaron sus ataques contra Carrillo desde 1981; y durante 1981 y 1982 sufrieron numerosas expulsiones y sanciones.
El PCE encaró las elecciones de 1982 dividido, con su imagen de moderación dañada por los conflictos internos, con un líder desacreditado y con algunos de los activistas más notorios fuera del partido. El resultado electoral de 1982 fue una derrota de dimensiones desastrosas. Carrillo dimitió como secretario general pero el conflicto se agravó en los meses posteriores. Primero, en 1984, se produjo una escisión y el grupo ideológicamente más ortodoxo (conocido como prosoviético) abandonó el PCE y creó un nuevo partido (que terminaría llamándose Partido Comunista de los Pueblos de España, PCPE). Posteriormente, fue el anterior secretario general, Carrillo, quien encabezando la oposición a su sucesor, G. Iglesias, abandonó el PCE y también creó una nueva organización comunista (que acabaría denominándose Partido de los Trabajadores de España-Unidad Comunista, PTE-UC). Así, a mediados de los años ochenta había tres partidos comunistas en España. El mayor de ellos, el PCE, era electoralmente y organizativamente muy débil y tenía una representación institucional y parlamentaria muy reducida.
En esta situación de extrema debilidad el PCE inició en 1985 un debate alrededor de la necesidad de formar una alianza con otras organizaciones de izquierdas. El resultado de este proceso de debate fue la formación, en abril de 1986, de IU con algunos otros grupos políticos menores situados a la izquierda del gobernante Partido Socialista Obrero Español (PSOE). El impulso para la creación de IU se debió principalmente al PCE, que era la mayor organización en su interior. Además del PCE, IU estaba formada originalmente por otros seis partidos muy pequeños, política y organizativamente irrelevantes (uno de ellos el mencionado PCPE) y por individuos no afiliados denominados independientes (algunos anteriores miembros del PCE). De este modo, IU fue creada como coalición electoral sólo algunas semanas antes de las elecciones generales de 1986 y poco después del referéndum sobre la permanencia de España en la Otan.
En el panorama de cambios más o menos radicales de los partidos comunistas europeos citados antes, el caso del PCE llama la atención por dos razones. La primera es la temprana fecha (1986) en la que el partido comunista inició el cambio, precediendo las transformaciones de los partidos italianos, sueco, finlandés y holandés (que, por cierto, siguieron caminos diferentes al del PCE).[6] La segunda es por la complejidad de los cambios iniciados con la creación de IU. Con su formación el PCE estaba iniciando un importante cambio tanto en lo programático como en lo organizativo sin que esto supusiera su desaparición. El OCE reducía su actividad de manera muy significativa y dedicaba su trabajo al desarrollo de IU. Como consecuencia de ello IU crecía y desarrollaba sus propias estructuras organizativas, pero esto se hacía sin que el PCE decidiera su propia disolución. Aunque originalmente IU apareció como una organización de afiliación indirecta, con el PCE como el principal grupo en su interior y con los afiliados comunistas como el principal recurso afiliativo, la situación cambió gradualmente para pasar a incorporar afiliados directos de una manera relevante. El resultado final de la estrategia de adaptación del PCE ha sido una organización compleja (IU) que no es exactamente ni un partido (aunque se aproxime mucho) ni una coalición (aunque permanezcan algunos rasgos de ella), en la que el partido comunista ha tenido un papel de liderazgo decisivo.
La selección de esta estrategia de adaptación, por la que el PCE creaba IU, implicaba elegir entre alternativas organizativas y políticas muy diferentes. Las decisiones al respecto son especialmente cruciales dado que o que estaba en discusión en ellas era la propia supervivencia del partido como organización. En este marco los líderes comunistas tenían al menos tres opciones:
a) disolver el partido comunista y crear una nueva organización (Italia, Holanda, Suecia, Finlandia)
b) mantener el partido comunista sin modificaciones profundas (Francia, Portugal, Grecia), y
c) una opción “intermedia”, finalmente adoptada por el PCE, consistente en realizar modificaciones políticas y organizativas relevantes sin llegar a disolver el partido comunista.
Esta tercera opción abría a su vez un amplio abanico de posibilidades sobre la profundidad de las transformaciones a acometer. Una de las características más interesantes del caso del PCE es la evolución de su opción “intermedia” de cambio. Desde el punto de vista organizativo, el diseño inicial de IU era el de una organización compleja, desarrollada y unitaria; algo más que una mera coalición. Aunque el PCE no desaparecía, reducía su actividad drásticamente otorgando protagonismo político y entidad organizativa a IU. El PCE se situaba a sí mismo en una situación próxima a su desaparición a favor de IU. Sin embargo, en una fase posterior, entre 1992 y 2000, el PCE rectificó esta estrategia y trató de recuperar actividad y un papel preeminente. Finalmente, tras el año 2000, los límites y fracasos de esos últimos intentos revitalizadores y la división de su coalición dominante sumen al partido en una situación extremadamente difícil. ¿Cómo y por qué el PCE siguió esta versión particular de la estrategia de adaptación intermedia? ¿Por qué tras los primeros movimientos que indicaban una progresiva separación de la identidad organizativa comunista tradicional tuvo lugar una reacción que trataba de desandar parte del camino recorrido hasta los primeros años noventa? ¿A qué se debe la evolución de la estrategia organizativa del PCE?
Hay varias explicaciones teóricamente plausibles de estas incógnitas. Es posible considerar como hipótesis que la creación de IU por parte del PCE era un intento de maximizar votos mediante la difuminación de la imagen comunista en un momento en el que el PCE, debilitado y marginal en la vida política del país, no podía considerarse un recurso electoral. Sin embargo, ¿por qué no se dieron los movimientos que suponían completar la consecuencia lógica de ese razonamiento? Es decir, ¿por qué no se disolvió el PCE?
Una hipótesis alternativa es que con la creación de IU, el PCE pretendía sólo formar una plataforma electoral y que la elite comunista no concebía en realidad IU como un proyecto de transformación organizativa e ideológica más ambicioso. Sin embargo, la propia actuación del PCE y su estrategia a finales de los años ochenta fueron tales que daban plena credibilidad, como veremos más adelante, a la posibilidad de la desaparición )más cercana que lejana) de la organización comunista. ¿Por qué entonces estas iniciativas no culminaron en la disolución del PCE, como parecía señalar su propio comportamiento, y la transformación definitiva de IU en un nuevo partido político?
Hay al menos dos posibles respuestas. Quizás los líderes del PCE intentaron realmente crear una nueva organización postcomunista pero encontraron o percibieron impedimentos ante ese propósito que hacían que su objetivo original fuera impracticable. O quizás, los líderes del PCE pretendían meramente obtener los beneficios electorales que una organización como IU (es decir –como ella misma se describía- nueva, plural, cercana a los nuevos movimientos sociales, ecologista, etc.) podía conllevar sin asumir los costes inherentes a una operación de disolución del PCE. IU sería así una organización “paraguas”, una organización frente, a través de la que los comunistas podrían obtener ciertos beneficios y que podrían controlar en la sombra.
Independientemente de qué respuesta sea más cercana a la realidad es necesario dar cuenta de los límites, de las barreras y de los incentivos que guiaron el comportamiento de los líderes del PCE y explicar por qué optaron por determinadas estrategias. El propósito de este capítulo es contestar a los anteriores interrogantes estudiando cómo los líderes comunistas realizaron ciertas elecciones que determinaron la evolución organizativa del PCE y de IU, mostrando los dilemas a los que se enfrentaron y señalando los factores que limitaron e incentivaron sus decisiones y que afectaron a la evolución organizativa de ambas formaciones. En definitiva, el propósito de este trabajo es explicar por qué el comportamiento del PCE fue el que finalmente se ha producido y bajo qué preferencias, estrategias y presiones adoptó su forma.
Como veremos, una particular interpretación por parte de los líderes del PCE de la estrategia necesaria para optimizar los votos se encuentra en el origen y en el desarrollo de IU. Sin embargo, el desarrollo organizativo de IU se detuvo debido a los diversos factores e intereses que favorecían la supervivencia de las estructuras del PCE. Por lo tanto, la comprensión de la actuación del PCE requiere emplear las herramientas analíticas propias del análisis de organizaciones y del estudio del comportamiento de los partidos políticos. En este sentido, las vicisitudes del PCE no son muy distintas de las que experimenta cualquier organización o partido sometido a la necesidad de tomar decisiones cruciales.
EL COMPORTAMIENTO DE LOS PARTIDOS. ORGANIZACIONES, ENTORNOS Y RECURSOS
Como otras organizaciones los partidos tienen objetivos y estos objetivos afectan a su comportamiento. Los objetivos dirigen y legitiman la actividad y la propia existencia de la organización.[7] Son guías para la actuación de la organización y limitan las posibilidades de su comportamiento porque constituyen los principios que la organización debe satisfacer.[8] A pesar de ello, las organizaciones deben adaptarse a su entorno si pretenden asegurar su viabilidad y al hacerlo pueden modificar sus objetivos para tratar de garantizar su supervivencia. Esta idea es importante porque supone la posibilidad de que la organización, en determinados momentos, conceda la máxima prioridad a los objetivos dirigidos hacia el aseguramiento de su propia supervivencia mientras sitúa en un lugar secundario otros objetivos de la organización. Este fenómeno, conocido como desplazamiento de objetivos,[9] puede operar también en los partidos políticos. La búsqueda de la supervivencia organizativa implica que la organización garantice la continuidad de los mecanismos que hacen posible su funcionamiento y minimice las fuentes de tensión interna y externa.[10]
Como afirma la teoría de las organizaciones, todas las organizaciones están rodeadas por un entorno constituido por los recursos, las instituciones, las normas, los valores, los individuos y otras organizaciones (con las que compiten o con las que cooperan).[11] Las organizaciones son dependientes o interdependientes de este entorno, del que precisan obtener los recursos que posibilitan el funcionamiento de la organización. Pero el entorno es también una fuente de incertidumbre constante para la organización puesto que esa obtención de recursos se hace en competencia con otros grupos y ante cambios y transformaciones del ambiente. De esta manera, en entorno plantea desafíos a la organización ante los que ésta debe adoptar una respuesta. Estas reacciones ante las demandas del entorno determinan la forma en que la organización se estructura. Es decir, las organizaciones -con el objetivo de extraer del entorno los recursos que precisan para sobrevivir- se adaptan al entorno, respondiendo a sus desafíos y demandas.[12]
Como se desprende de este argumento, la supervivencia de una organización depende básicamente de que sea capaz de captar del entorno los recursos que precisa para su funcionamiento y que pueda mantener esa adquisición durante el tiempo. La adquisición de recursos genera tensión e incertidumbre en la organización que se incrementan especialmente cuando el entorno tiene rasgos desfavorables para la organización. Estas tensiones, fruto de un entorno con rasgos desfavorables u hostiles, pueden reducirse mediante ciertas estrategias. Entre estas estrategias organizativas se encuentran la cooptación formal o informal de organizaciones e individuos y la negociación o cooperación con otras organizaciones.[13] Mediante estas estrategias la organización se ve obligada a reconocer una situación de interdependencia y a adoptar fórmulas organizativas que suponen compartir poder a cambio de la adquisición de una nueva configuración que le permite enfrentarse al entorno de un modo más adecuado. Ahora bien, en este proceso de adaptación al entorno, éste induce a la organización a introducir un cambio en sus objetivos, produciendo una consecuencia no intencionada de la acción de la organización.[14]
La estrategia seguida por el PCE a mediados de los años ochenta mediante la formación de IU puede entenderse a través de estas hipótesis como un cambio en la estructura de la organización, la formación de una alianza con ciertos pequeños partidos e individuos independientes (IU), para hacer frente a un entorno crecientemente hostil. Este entorno social y político entrañaba un desafío de grandes dimensiones para el PCE y ponía en peligro su supervivencia al dificultar decisivamente la adquisición de los recursos sin los que un partido político no puede sobrevivir (esencialmente, votos, afiliados y recursos financieros). Ese entorno desfavorable estaba constituido por el fracaso del proyecto comunista durante la transición a la democracia en España (que produjo escasos réditos para el partido y que culminó con éste ocupando una posición menor dentro del sistema de partidos español), un electorado limitado que tras la derrota de 1982 no garantizaba la continuidad del partido y la pérdida del consenso interno en los conflictos que arrasan al PCE entre 1983 y 1085 y que lo debilitan interna y externamente. En estas circunstancias el PCE se adapta al entorno al constatar que no es capaz de sobrevivir (adquirir recursos del entorno: votos, afiliados, recursos financieros) sin introducir importantes modificaciones en su estructura. Esta adaptación consiste en crear, junto con otros grupos con los que desde entonces ha de compartir poder y recursos, una coalición llamada IU que constituye un instrumento organizativo más adecuado para obtener recursos del entorno. Pero ¿a qué factores se debe la cambiante evolución de la estrategia organizativa del PCE respecto a IU? Para comprender esta cuestión debemos repasar primero los análisis sobre el comportamiento de los partidos.
EL COMPORTAMIENTO DE LOS PARTIDOS Y LA TOMA DE DECISIONES
Aunque para entender el comportamiento de los partidos es importante identificar sus objetivos, ésta no es una tarea fácil. Todas las organizaciones tienen varios objetivos[15] y esto se aplica también al caso de los partidos. Más allá de Downs,[16] que consideraba que el principal objetivo de los partidos y de sus líderes era la maximización de los votos para conseguir acceder al gobierno, las aproximaciones recientes al análisis del comportamiento de los partidos consideran una relación más compleja entre diversos objetivos partidistas. En un famoso artículo, Strom distinguía entre tres objetivos: búsqueda del gobierno, búsqueda de votos y búsqueda de políticas.[17] Según Strom, los partidos tienen estos tres objetivos, pero su logro simultáneo sería imposible. La consecución de un objetivo puede impedir o dificultar la consecución de otro. Por ejemplo, la maximización del voto o la entrada en el gobierno pueden dificultar que el partido consiga promover o defender eficazmente sus propias propuestas políticas. De esta manera, los líderes de los partidos se enfrentan a dilemas que afectan la persecución de uno u otro objetivo. Las decisiones de los líderes sobre qué objetivo perseguir en un momento dado se encuentran influidas por varios factores. Muller y Strom subrayan la importancia de dos conjuntos de factores.[18] El primero son los rasgos organizativos del propio partido, que pueden imponer ciertos límites a la actuación de los líderes (facciones, normas que favorecen el control de los afiliados sobre las decisiones, etc.). El segundo está formado por rasgos institucionales como el sistema electoral, la legislación sobre partidos (por ejemplo, la relativa a su financiación) y por características del sistema de partidos (por ejemplo, sus pautas de competición). En este trabajo destacaré la importancia de dos de estos factores sobre el comportamiento del PCE. Uno de ellos, externo, es el contexto de la competición electoral en España; y el otro, interno, es el límite que la propia organización impone a sus líderes.[19]
¿Qué efectos sobre las decisiones de los partidos debemos esperar de la influencia de estos factores? En la versión de la teoría espacial que propone Downs para el análisis de la competición partidista, los partidos modifican y cambian sus mensajes para maximizar sus oportunidades de éxito electoral.[20] En el espacio unidimensional presentado por Downs los partidos tratan de maximizar votos moviéndose hacia la posición del votante mediano. Es decir, la búsqueda de una posición competitiva, que proporcione votos, hace que el partido adapte su oferta a la mediana de las preferencias de los votantes. En la práctica esto supondría la moderación o desradicalización de las ofertas partidistas. Sin embargo, los partidos políticos reales han mostrado con frecuencia una forma de actuación que difiere de la esperada de acuerdo con algunos de los supuestos de Downs y en muchos casos han adoptado posiciones políticas que son más extremas que las de su electorado.
Los argumentos de Downs han sido criticados y reformulados. Algunos de sus críticos mantienen que, o bien los partidos no son tan libres de modificar sus plataformas políticas para acomodarlas al votante mediano, o que ese movimiento no es tan electoralmente beneficioso como se ha asumido normalmente. La teoría de la saliente y la teoría direccional del voto son dos muestras de modelos de comportamiento competitivo que modifican las tesis de Downs en este sentido.[21] En una línea similar, Przeworski y Sprague sostienen que los partidos pueden sacrificar la maximización electoral en el corto plazo y optar por una estrategia más ideológica en un intento de construir identidades políticas sólidas que puedan asegurar éxitos electorales en el largo plazo.[22]
En todo caso, independientemente de sus ventajas o desventajas electorales, los partidos podrían adoptar una posición radical por otras razones. En primer lugar, esto podría suceder por presiones de la base del partido sobre los líderes. La idea de que los afiliados del partido tienen posiciones más radicales que los líderes aparece recurrentemente en los estudios sobre el comportamiento de los partidos.[23] Aunque esta hipótesis ha sido desafiada en múltiples estudios empíricos lo que sí se encuentra plenamente consolidado en la literatura sobre partidos es que los afiliados suponen una barrera para la libertad de actuación de los líderes, limitando su margen de maniobra, y que éstos necesitan tomar en consideración las preferencias de los afiliados dentro de sus cálculos antes de decidir un curso de acción.[24] Dado que una de las principales motivaciones de todo dirigente de un partido es continuar ostentando el poder (en el partido o en el gobierno), los líderes deben evitar la hostilidad de los afiliados. Independientemente de que los líderes puedan estar ideológicamente motivados, necesitan contar con un nivel aceptable de consenso y apoyo entre la base del partido. Desde luego que los afiliados pueden influir en la actuación del partido de diversas maneras pero, en todo caso, sus preferencias y la necesidad que tienen los líderes de evitar fuentes de conflicto interno transforman a los miembros en un factor que constriñe, afecta e influye al líder, a sus decisiones y, con ello, a la actuación del partido.
Por lo tanto, para explicar el comportamiento de un partido es importante identificar los objetivos del partido definidos por los líderes, y los factores que influyen sobre la selección de las prioridades de la organización. En concreto debemos prestar atención a cómo perciben los líderes el contexto de competición electoral y cómo afecta esto a sus decisiones; y cómo perciben los líderes la influencia de la organización y de sus afiliados sobre sus decisiones e introducen este factor en el proceso de toma de decisiones. Ahora bien, la percepción que de esos factores tengan los líderes puede no corresponderse con la realidad. Por lo tanto, lo que nos interesa en el análisis del comportamiento de los partidos no son sólo los factores que lo pueden influir sino también, y quizás de modo más importante, cómo son percibidos esos factores dentro del partido por parte de los diversos actores.
LA RACIONALIDAD LIMITADA
Como avanzábamos antes, algunos análisis del comportamiento de los partidos incurren en el error de considerarlos grupos omniscientes, que tienen un conocimiento exacto de la realidad, que perciben las distintas posibilidades de actuación, que perciben y sopesan adecuadamente el entorno antes de tomar decisiones sobre sus cursos de acción, que pueden evaluar las consecuencias (los beneficios y los costes) de cada uno de ellos y que tienen unas preferencias estables y consistentes. Estos análisis construidos a partir de una lógica de la elección racional no se ajustan al desenvolvimiento real de las organizaciones. Al contrario de lo sugerido por esos supuestos, las organizaciones:
frecuentemente no tienen unos objetivos o unas preferencias bien definidas, estables y consistentes; sino que los objetivos de la organización pueden ser difusos, mutuamente contradictorios y tener una importancia cambiante (en unos momentos la organización puede entender uno como prioritario para cambiar al poco tiempo esta definición de prioridades)
toman sus decisiones según sus percepciones de la realidad (que pueden no coincidir con la configuración exacta de ésta) y según sus interpretaciones, teorías o ideologías; y
no disponen de los recursos precisos para poder evaluar de modo adecuado las consecuencias (costes y beneficios) de cada una de las estrategias posibles.
Esta forma de entender las organizaciones y su comportamiento se conoce como enfoque de la racionalidad limitada.[25] Una de sus implicaciones es que las organizaciones pueden elegir estrategias que pueden no ser óptimas y que, simplemente, en un momento determinado fueron consideradas por los líderes como adecuadas para aproximarse a los objetivos de la organización. Igualmente, de sus presupuestos se desprende que puede haber conflicto en el interior de la organización sobre sus objetivos; es decir, que distintos grupos internos tengan distintas preferencias y sitúen unos objetivos como prioritarios en contradicción con las preferencias de otros grupos o individuos. Para tratar de evitar estos conflictos no es extraño que las organizaciones traten de definir sus objetivos de una manera ambigua o difusa que sirva para lograr consenso entre los distintos actores internos.
En el análisis de los partidos políticos el enfoque de la racionalidad limitada es muy pertinente por varios motivos. Los partidos son organizaciones usualmente muy plurales, con grupos e individuos con preferencias diversas (piénsese, por ejemplo, en los tres objetivos –votos, políticas, gobierno- que citaba antes), que tienen que responder a desafíos del entorno de manera muy rápida (algo agravado por la creciente volatilidad electoral y la inestabilidad de la competición partidista), que en ciertas ocasiones muestran una discrepancia entre sus objetivos “reales” y los manifiestos, y –por ello- en las que no es infrecuente que primero se implemente una respuesta a un desafío no previsto del entorno y que luego trate de hacerse coincidir con los objetivos del partido, generando de modo sobrevenido las preferencias de los actores internos al respecto. Se trata, en definitiva, de dinámicas nada extrañas al comportamiento de muchos partidos y, como se señalará a continuación, aparecen en la estrategia y actuación del PCE desde mediados de la década de los ochenta.
Una vez presentadas las herramientas analíticas para el estudio del comportamiento de los partidos podemos presentar ahora cómo se aplican al caso de la estrategia organizativa del PCE durante las dos últimas décadas, de qué modo arrojan luz sobre la actuación de este partido y cómo nos ayudan a entender y explicar el comportamiento del PCE. A continuación se analiza la estrategia del PCE sobre la creación y desarrollo de IU, especificando los objetivos y los factores que afectaron a su configuración.
LA ESTRATEGIA ORGANIZATIVA DEL PCE DESDE MEDIADOS DE LOS OCHENTA. LA CREACIÓN Y DESARROLLO DE IU
La estrategia organizativa del PCE desde 1985 y 1986 se encuentra determinada por el propósito de construir y consolidar una alianza de izquierdas, una nueva formación política. Esa estrategia, que da lugar a IU, concentra los esfuerzos del partido y condiciona toda su política organizativa. Podemos distinguir cuatro períodos en relación con la actuación organizativa del PCE hacia IU. Durante esos períodos la estrategia y los objetivos del PCE variaron. El modo en que debía organizarse IU resultaba crucial para el PCE dado que la actividad y el papel del propio partido dependían del modelo organizativo de IU que se implementase. El rango de opciones disponibles sobre el modelo organizativo de IU, una vez que el PCE consideró que para superar la gravísima crisis por la que atravesaba en los ochenta era necesario construir una nueva formación política, era relativamente amplio: desde la creación de una mera coalición electoral en la que el PCE desempeñaría el papel dirigente, hasta la fundación de un nuevo partido político que supusiera la disolución de la organización comunista. En las siguientes páginas analizaremos la estrategia del PCE y su evolución. Tras la primera fase de la estrategia organizativa, la de formación de IU a mediados de los ochenta, la actuación del PCE aparecerá fundamentalmente como la sucesión de un proceso de cambio de objetivos en la segunda fase (1986-1992), y de desplazamiento de objetivos en la tercera fase (1992-2000). Finalmente, la cuarta fase, que se abre a partir del año 2000 con claros signos de agotamiento de la estrategia organizativa comunista no será apenas tratada por considerarse que la estrategia del partido aún se encuentra en definición.
LOS ORÍGENES DE IU Y LOS OBJETIVOS DEL PCE (1985-1986)
La dirección del PCE no disponía de un plan bien definido, cerrado, preciso, sobre la creación de la coalición o alianza en la que debía implicarse el partido a mediados de los años ochenta y que, finalmente, se concretaría en IU. De hecho, la estrategia del partido se modificó varias veces a lo largo de los meses previos a la creación de la coalición electoral. El origen de IU se encuentra en la “política de convergencia” establecida por el PCE en 1984 y 1985.[26] Esta estrategia pretendía el establecimiento de relaciones estables entre el PCE y otras fuerzas políticas de la izquierda con el objetivo de crear algún tipo de coalición. La propuesta de convergencia hecha por el secretario general comunista, G. Iglesias, encontró una importante resistencia dentro del partido. Ciertos sectores temían que la creación de una coalición electoral pudiera hacer peligrar la identidad y la ideología comunista. Es decir, había afiliados, activistas y líderes que argumentaban que una coalición electoral amplia y un nuevo grupo parlamentario (que incluyera a miembros no comunistas), podía conducir a la difuminación de las señas de identidad del PCE y a su debilitamiento. El conflicto adquirió una especial crudeza al situarse en estas posiciones el anterior secretario general, S. Carrillo y al mezclarse este debate con la lucha interna que desde hacía tiempo Carrillo y sus seguidores habían iniciado al objeto de condicionar la dirección del partido.[27] Ante estos reparos y recelos el liderazgo del PCE trataba de eliminar las resistencias argumentando que, a pesar de formar una alianza, el partido mantendría su propia ideología, su identidad, su nombre, sus símbolos y que no se diluiría dentro de la coalición. Es más, resulta importante destacar que la dirección del PCE defendía la tesis de que la política de convergencia serviría en realidad para reforzar el PCE. Y aquí aparece el segundo objetivo que tiene la política de convergencia en la visión de la dirección comunista: hacer posible la recuperación, la renovación y el reforzamiento del PCE.[28] Ambos objetivos aparecían, por el momento, como compatibles.
Pero, ¿por qué crea el PCE la coalición electoral denominada IU? Y ¿por qué aparece en su configuración original esta duplicidad de objetivos? Tres factores influyeron decisivamente en la estrategia que condujo a la formación de IU. El primer factor es la percepción que la dirección comunista tenía del marco de competición electoral en España en la primera mitad de los ochenta. Los dirigentes del PCE entendían que las políticas moderadas aplicadas por el gobierno de F. González suponían el abandono por parte del PSOE del espacio electoral de izquierdas y que es espacio podía ser ocupado por otras fuerzas que atrajeran a los votantes izquierdistas desencantados con la gestión del gobierno socialista.[29] El segundo factor que afectó a la estrategia del PCE era la percepción del estado de su propia organización. Como se mencionó en anteriores páginas, tras la contundente derrota en las elecciones generales de 1982, el PCE se encontraba en una situación electoral y organizativa muy frágil. Los propios líderes del PCE pensaban que la supervivencia del partido podía encontrarse en peligro si sufría una nueva derrota electoral. Y lo que es más determinante, los líderes del PCE pensaban que el partido, por sí mismo, no era el instrumento más adecuado para aprovechar las oportunidades electorales que abrían las políticas gubernamentales del PSOE y su movimiento de moderación que percibía la elite comunista. En definitiva, los líderes del PCE pensaban que éste no sería capaz de superar solo su crisis y que su oferta (organizativa, ideológica, política) no era atractiva para el electorado de izquierdas. La incapacidad del PCE para adquirir los recursos necesarios para su continuidad impulsaba la creación de una alianza. Se estimaba necesario crear una nueva organización y la percibida disponibilidad de votantes en el espacio de la izquierda hacía factible el lanzamiento de esa nueva formación.[30] De esta manera, existían un fuerte incentivo electoral y un igualmente fuerte incentivo organizativo para la creación de lo que sería IU que eran claramente percibidos por los líderes del PCE. Pero había un tercer factor que, si bien no afectó a la idea de crear IU, influyó sobre su configuración inicial: la gran resistencia en el PCE a cualquier iniciativa que pudiera implicar la disolución del partido. El debate interno sobre las iniciativas que podrían reforzar el PCE era muy patente en 1984 y 1985. Carrillo y sus seguidores tomaron posición en él argumentando que el fin real de la política de convergencia era la disolución del PCE. La existencia de una desconfianza hacia la política de convergencia y sus futuras consecuencias, distribuida entre los distintos escalones del partido más allá del grupo carrillista, era algo percibido por la dirección del PCE. Sus líderes estimaban que el argumento que Carrillo y sus seguidores empleaban en la lucha faccional (básicamente, que la política de convergencia conducía a la desaparición del PCE) podía ser asumido por una parte significativa de la afiliación y que esto podía llevar a una derrota de la dirección encabezada por Iglesias frente a Carrillo. Esto incentivó a los líderes del partido a justificar la política de convergencia y la formación de una coalición como una iniciativa que fortalecía al PCE. En última instancia, la dirección del PCE venció en el conflicto interno con Carrillo pero para ello –entre otras cuestiones- tuvo que garantizar que la política de convergencia no iba a debilitar al PCE.
Esta combinación de influencias y percepciones de los líderes del PCE dieron forma a la estrategia inicial de creación de IU. Los incentivos electorales y organizativos para la creación de una nueva formación política –la moderación de las políticas gubernamentales socialistas, la insuficiencia del PCE y el objetivo de preservación de la organización comunista- impulsaron la creación de la primera IU por parte del PCE. La presencia de cierta resistencia entre la base comunista frente a la posible desaparición del partido y la necesidad que tenía la dirección del PCE de contar con el apoyo de la afiliación frente al desafío del grupo encabezado por Carrillo limitaron la ambición original del proceso de cambio y adaptación diseñado por los líderes comunistas. IU se formó inicialmente como una clásica coalición electoral. Así, la competición electoral y la propia organización (su situación interna, sus capacidades, su conflicto faccional y las preferencias de sus afiliados) moldearon las decisiones de los líderes.
EL CAMBIO DE OBJETIVOS. LA ESTRATEGIA COMUNISTA EN EL DESARROLLO DE IU (1986-1992)
Tras las elecciones de 1986 (en las que IU obtuvo un muy modesto, y decepcionante para la dirección del PCE, 4,6% del voto), el PCE inició un periodo en el que va a conceder una prioridad absoluta al objetivo del desarrollo político y organizativo de IU. Esta estrategia implicaba que el PCE debía delegar en IU numerosas funciones que anteriormente llevaba a cabo la organización comunista. El principal motivo de esta política era que los líderes del PCE continuaban considerando que las posibilidades de crecimiento electoral de IU eran notables. Es decir, a pesar de lo limitado del crecimiento electoral de 1986, la dirección del PCE estaba convencida de que el desarrollo de IU en sus diferentes dimensiones era el único camino que podía seguirse para lograr una mejora de las perspectivas electorales. De acuerdo con los análisis de los líderes del PCE y de IU los modestos resultados electorales de IU en 1986 se debían principalmente a su débil desarrollo. Por lo tanto, dada la prioridad del objetivo de la búsqueda de votos, el liderazgo del partido creía necesario dotar a IU de una estructura formal propia, de una identidad distinguible y de una oferta político-ideológica característica.[31] Como consecuencia se dotó a IU de un logotipo propio y se abandonó el uso de los logotipos de algunos de los partidos coaligados como imagen de marca de la coalición; se insistió desde la dirección en que la defensa de los ideales de la izquierda tradicional y de las reivindicaciones de la nueva izquierda vinculada a los nuevos movimientos sociales (ecologismo, feminismo y pacifismo) era lo característico de IU, hasta construir una imagen de ella, particularmente, como fuerza socialista y ecologista; y se generó el discurso de que IU se dotaba de una organización propia que seguiría pautas de actuación interna novedosas, participativas y democráticas hasta llegar a practicar una “nueva forma de hacer política”.
En consecuencia, el PCE definió el fortalecimiento de IU como su primer y principal objetivo y subordinó a él toda la actividad de su organización. La transferencia de funciones una ves realizadas por el PCE a IU, el desarrollo de la estructura organizativa de ésta y su creciente presencia pública autónoma generaron una vez más dudas y temores entre ciertos sectores de la base comunista sobre el futuro del PCE. Lo interesantes es que estos recelos de los afiliados estaban basados no sólo en el establecimiento de las nuevas prioridades organizativas del partido y en sus consecuencias, sino también –y la importancia de esto es crucial- en el discurso sostenido por los propios máximos líderes del partido.
Ciertamente, durante el final de la década de los años ochenta los líderes del PCE trataron de apaciguar los temores de los afiliados asegurando que, a pesar del desarrollo de IU, el partido comunista continuaría existiendo. Sin embargo, al mismo tiempo el liderazgo del partido, incluyendo a su entonces secretario general J. Anguita, declaraba que existía la posibilidad de que el desarrollo y la consolidación de IU llevaran finalmente a la desaparición del PCE y que esto sería, en todo caso, el resultado feliz de un proceso casi natural.[32] A finales de los años ochenta y comienzos de la década de los noventa el discurso de numerosos dirigentes comunistas indicaba que una parte importante del liderazgo del PCE pensaba que IU era en realidad un camino hacia la lenta, progresiva y pacífica transformación del PCE en otro tipo de organización. Esta situación, en la que se producían ciertas contradicciones entre las afirmaciones de apoyo formal al mantenimiento del PCE y las declaraciones prediciendo su futura desaparición (algo que hacían las mismas personas) estallaron en 1991 cuando una parte del liderazgo comunista (encabezado por J. Berga, F. Palero y N. Sartorius, entre otros) consideraron que había llegado el momento adecuado para la desaparición del PCE y se manifestaron a favor de la disolución del partido y de la transformación de IU en un nuevo partido político.[33] Sin embargo, una mayoría de la dirección comunista (con su secretario general, J. Anguita, al frente) se opuso decididamente a esta propuesta. Si hubiera que juzgar este debate tomando en consideración la actuación del PCE y de su dirección en los años y meses precedentes habría que concluir que el conflicto que enfrentó a los miembros alineados con BERGA, Palero y Sartorius, por un lado, y con Anguita, por otro, se basaba sobre todo en un desacuerdo sobre la velocidad del cambio porque la mayoría de los miembros más prominentes de la dirección comunista de entonces había sostenido públicamente que el PCE podría desaparecer en un futuro no muy lejano. En todo caso, se hizo patente la presencia de una disparidad de objetivos y de preferencias en el mismo centro de dirección de la organización. El grupo encabezado por el secretario general venció en el XIII Congreso del PCE (1991) defendiendo la continuidad del partido y a pesar de las afirmaciones en sentido contrario hechas por el propio Anguita anteriormente. Igualmente se impuso en la III Asamblea Federal de IU que, al mismo tiempo que cerraba la posibilidad de disolución del PCE, supuso un impulso definitivo al desarrollo organizativo de IU. Así, a pesar de que los partidarios de la transformación de IU en partido y de la disolución del PCE fueron derrotados en la III Asamblea Federal (1992), buena parte de la concepción organizativa que ese grupo (que formó inmediatamente la corriente Nueva Izquierda) tenía de IU se plasmó en el desarrollo de ésta en los años posteriores.
La decisión de no transformar IU en partido y de disolver el PCE estuvo favorecida por la influencia de una combinación de consideraciones electorales y organizativas. Una parte de la dirección de la dirección del PCE tenía la opinión de que un segmento considerable de la afiliación comunista no aceptaría la disolución del partido, produciéndose un gran conflicto e incluso siendo probable una escisión. Esta percepción, este temor a la reacción de una parte de los afiliados, limitaba la actuación de ciertos líderes. Por otro lado, es igualmente fundamental la consideración que tenían esos mismo dirigentes de que no había (a diferencia de 1986, cuando se creó IU) una especial emergencia electoral porque para hacer frente a la crisis comunista ya se había creado IU y ésta estaba obteniendo (como había mostrado la importante subida obtenida en las elecciones generales de 1989). Es decir, no se percibía una presión electoral que indujera abandonar definitivamente el PCE. Además, para algunos dirigentes comunistas este conflicto, entre partidarios y defensores de la continuidad del PCE, suponía una oportunidad para expulsar de la coalición dominante que dirigía el partido e IU a determinados líderes que se consideraban moderados. El resultado final de esta crisis fue la afirmación de la continuidad y de la existencia del PCE y la afirmación de que debía desempeñar un papel central dentro de IU. Estas tesis se acompañaban en todo momento por la reiteración del apoyo del PCE al desarrollo de IU.[34] La influencia del incentivo electoral, tan importante en la creación de IU, se vio limitada en este momento por factores de naturaleza organizativa que condicionaron su efecto y las decisiones de los líderes comunistas a favor de la preservación del PCE.[35] Este grupo de dirigentes obtuvo el apoyo de la mayoría de la base del partido porque ésta mostró una significativa lealtad organizativa e ideológica al PCE y fue sensible a los argumentos empleados por sus líderes (entre otros, y siendo especialmente importante por sus consecuencias, que con la desaparición del PCE, IU se moderaría y perdería su carácter radical y alternativo).
EL DESPLAZAMIENTO DE OBJETIVOS. LA ESTRATEGIA DEL PCE EN EL PERIODO 1992-2000
Después del XIII Congreso del PCE y de la III Asamblea Federal de IU, ésta parecía consolidar su modelo organizativo bajo un formato que, dado el desarrollo de sus estructuras, no era ya exactamente una coalición pero tampoco era un partido. En los años posteriores IU asentó este modelo organizativo (construido sobre la antes citada transferencia de funciones desde el PCE) continuando lo que había sido la estrategia del PCE y bajo la dirección -fundamentalmente- de cuadros comunistas. Sin embargo, a pesar de que IU y su formato específico en la década de los años noventa era el resultado de la estrategia del PCE (diseñada por dirigentes que lo eran simultáneamente de IU y del PCE), el desarrollo de IU como un nuevo actor político causó continuos problemas al PCE. Los objetivos de la estrategia del PCE (reforzar IU y reforzar el PCE) comenzaron a aparecer como incompatibles. En este nuevo contexto organizativo, marcado por una IU plenamente desarrollado, el PCE encontraba numerosos y graves problemas para definir el papel que le correspondía desempeñar. ¿Cuáles podían serlas funciones del PCE en un contexto en el que toda la actividad política relevante se canalizaba a través de las estructuras de IU?.
Durante el periodo 1992-2000 el PCE se encontró inmerso en una constante búsqueda de funciones y actividades que podían corresponder a su propia organización como partido dentro de IU. Paradójicamente, esto ocurría cuando se había eliminado cualquier duda sobre la posibilidad de que el PCE pudiera disolverse. Las f7unciones que congreso tras congreso el PCE definía como propias (por ejemplo la formación ideológica) encontraban continuamente importantes dificultades para ser llevadas a la práctica. Estos problemas permanentes para encontrar un sentido a la estructura organizativa del PCE como partido político mostraban la dificultad de adaptar su funcionamiento, como tal partido, al marco de una IU desarrollada. En este clima, a partir de 1994 se dio un nuevo cambio en los objetivos organizativos prioritarios definidos por la dirección del PCE. Aunque los líderes comunistas repetían los tradicionales llamamientos a favor del refuerzo de IU, desde 1994 hasta –al menos- 2000 la prioridad de los afiliados, de acuerdo con el discurso del liderazgo del partido debía ser reforzar y reactivar el PCE.[36]
De este modo, los afiliados comunistas debían dirigir sus esfuerzos hacia tareas destinadas principalmente a garantizar la supervivencia del PCE como organización política. La supervivencia de la organización y las actividades relacionadas con este fin se convirtieron en la prioridad del partido. Es decir, tuvo lugar un fenómeno de desplazamiento de objetivos: la supervivencia de la organización se sobrepuso a otros posibles propósitos. Para la preservación del partido se juzgaba muy necesario reforzar la disciplina interna de los afiliados comunistas, lograr su unidad de acción dentro de IU (algo imposible debido a la irresoluble situación de lealtades compartidas IU-PCE), que los afiliados dedicaran una parte de su tiempo y de sus actividades políticas en tareas relacionadas con el funcionamiento del partido (es decir, que no trabajaran sólo en el desarrollo y buen funcionamiento de IU), que se restableciera el pago colectivo de cuotas a IU –es decir, que el pago se hiciera a través del PCE- y que la presencia pública del PCE se reactivara. En última instancia, el objetivo final de todas estas iniciativas era que el PCE, sosteniendo su estructura, mantuviera su hegemonía dentro de la organización de IU.[37]
Esta nueva orientación de la estrategia organizativa del PCE se debía parcialmente a la presencia de una persistente desconfianza hacia IU entre una parte de la afiliación al PCE que temía que este desapareciera debido a la pérdida de sus funciones primarias como partido político. Parcialmente esto era reflejo de la lealtad organizativa e ideológica de los afiliados comunistas hacia su partido, que había sido convenientemente reforzada y alimentada por los líderes del PCE a lo largo de todos los conflictos internos surgidos desde 1991. Pero el desplazamiento de objetivos se vio impulsado sobre todo por la necesidad de evitar el constante debilitamiento del PCE que, si continuaba avanzando, haría imposible el control sobre IU que ejercían el partido comunista y sus líderes. En esto la percepción de los líderes del PCE se correspondía plenamente con la realidad puesto que durante la segunda mitad de los años noventa tiene lugar una aceleración del proceso de debilitamiento, fragmentación e inactividad de las estructuras del PCE. Así, el objetivo de auto-preservación del partido adquirió la máxima relevancia debido a factores organizativos: las presiones procedentes de la base del partido, el deseo de reproducirse políticamente del liderazgo comunista, y la posibilidad de usar el partido como una herramienta en manos de los dirigentes comunistas para controlar IU.[38]
LA NUEVA CRISIS DEL PCE DESDE EL AÑO 2000
Esta estrategia de reactivación del PCE entra en crisis a partir de 2000. Ciertamente, toda IU y todo el PCE entran en crisis una vez que los resultados electorales del desastroso ciclo electoral de 1999 y 2000 sitúan a IU al borde de la insignificancia política. Pero la crisis del PCE es más que evidente a partir de diciembre de 2000 cuando IU debe elegir a un nuevo líder tras la retirada de Anguita ante los muy negativos resultados electorales obtenidos.
El desplazamiento de objetivos, el refuerzo del PCE como prioridad organizativa, tenía sentido sólo si la coalición dominante del PCE y de IU (formada básicamente por las mismas personas y grupos) permanecía unida. Sólo en esta situación podría aplicarse esa estrategia porque todos los actores relevantes dentro del liderazgo comunista percibirían algún beneficio en el mantenimiento de la herramienta organizativa (el PCE) que hacía más fácil su control sobre IU. Pero a finales de 2000, cuando IU tuvo que elegir un nuevo líder (para reemplazar a Anguita), el PCE, IU y sus direcciones se dividieron entre dos candidatos: F. Frutos y G. Llamazares. Ambos eran dirigentes del PCE y de IU (Frutos era el secretario general del PCE), los dos eran miembros de los círculos restringidos del liderazgo del PCE y de IU, y las diferencias políticas entre ellos eran –al menos en 2000, cuando se produjo la división- completamente imperceptibles.[39] Esta división debilitó al PCE, rompió la coalición dominante del PCE y de IU y convirtió en una tarea quimérica el reforzamiento del PCE. La elección de Llamazares como líder de IU y la derrota del secretario general comunista situaban al PCE en una nueva situación de crisis. La crisis tiene lugar en un momento en que es evidente que la estrategia previa de refuerzo del PCE dentro de IU no ha sido exitosa (los intentos acometidos para reactivar el partido desde mediados de los años noventa apenas han producido mejoras significativas perceptibles y la disfuncionalidad de duplicar tareas y estructuras en el PCE e IU es evidente). Esto dota a la crisis de un rasgo de cierta gravedad. En estos últimos años PCE ha perdido decisivamente peso en IU y el periodo de tiempo transcurrido entre 2000 y 2005 lo ha situado en una situación de creciente debilidad dentro de IU, incapaz para determinar la actuación de IU (como ha sucedido a lo largo de la mayor parte de su historia) y con enormes dificultades para influir siquiera sobre la dirección federal de IU. Así, diversos elementos señalan hacia el agotamiento o severa crisis de la estrategia organizativa del PCE desde mediados de los ochenta y hacia la necesidad de que tanto IU como el PCE reformulen su actuación.[40]
CONCLUSIÓN
El resultado final de la adaptación y evolución del PCE desde mediados de los años ochenta es un partido comunista transformado, con muy baja actividad y que desarrolla su trabajo político a través de una organización (IU) que el PCE ha controlado y dirigido durante la mayor parte de su trayectoria. La evolución del PCE y de IU ha estado decisivamente influida por factores externos, muy particularmente la percepción que tenían los dirigentes comunistas del contexto de competición electoral, e internos, básicamente límites y variables de tipo organizativo. La influencia y efecto de estos factores sobre la estrategia organizativa del PCE ha sido cambiante y mientras que en unos momentos ha sido prioritario optimizar el resultado electoral, en otros la prioridad ha sido tratar de preservar la organización. IU es el resultado de la estrategia organizativa implementada por el PCE desde mediados de la década de los ochenta y nace debido a la percepción, por parte de los propios líderes comunistas, de que el PCE es insuficiente, que su propuesta como partido –en lo organizativo, lo ideológico, lo político, lo simbólico, etc.) no es atractiva ni viable por sí misma. Es necesaria una adaptación, construir una alianza, que permitiera la captación de recursos del entorno (votantes, simpatizantes, recursos económicos) ante el fracaso del PCE. El incentivo electoral se encontraba detrás de esta estrategia de alianzas diseñada por el PCE que dio lugar a IU. Y ese incentivo también impulsó el desarrollo de IU en años posteriores. Sin embargo, la estrategia organizativa de creación y desarrollo de IU, que ha permitido el mantenimiento del PCE como partido, ha tenido unas consecuencias sobre el propio partido no previstas inicialmente por la dirección comunista (o al menos por una parte de ella). La estrategia organizativa considerada óptima en los ochenta ha conducido al PCE –como partido político- a una situación difícil. El desarrollo de IU ha debilitado de modo inevitable al PCE; la creación por el PCE de un instrumento a través del cual poder superar su crisis ha situado a los comunistas ante nuevos retos y dificultades organizativas acuciantes. El desarrollo pleno de IU muestra la existencia de ciertas disfuncionalidades en la estrategia y en el modelo organizativo del PCE y de IU. Tanto la estrategia como el modelo dan señales de agotamiento. IU y el PCE compiten ya por los recursos (por los afiliados, por su dedicación a las actividades políticas que se duplican, por su lealtad compartida, por los recursos financieros que capta IU, por la presencia pública, etc.). Y, una vez más, tanto el PCE como IU tienen problemas para captar los recursos del entorno. En estas circunstancias, un cambio del modelo y de la estrategia puede ser probable.
[1] He analizado el PCE e IU en otros trabajos por lo que el lector interesado puede encontrar aproximaciones a otros temas (la crisis de los comunistas occidentales, la estrategia política de IU, el análisis electoral, las relaciones con el PSOE y con CC.OO., el formato organizativo de IU, la crisis de Nueva Izquierda) que por razones de espacio no incluyo en este capítulo en algunas de esas publicaciones. Pueden consultarse RAMIRO, L., Cambio y adaptación en la izquierda. La evolución del Partido Comunista de España y de Izquierda Unida (1986-2000). Madrid, Centro de Investigaciones Sociológicas / Siglo XXI, 2004; PANIAGUA, J.L. & RAMIRO, L., Voz, conflicto y salida. Un estudio sobre faccionalismo: Nueva Izquierda, 1992-2001. Madrid, Editorial Complutense, 2003; BOTELLA, J. & RAMIRO, L. (Eds.), The crisis of Communism and party change. The evolution of West European Communist and Post-Communist parties. Barcelona, Institut de Ciencies Politiques I Socials, 2003; RAMIRO, L., “Entre coalición y partido. La evolución del modelo organizativo de IU” en Revista Española de Ciencia Política, nº 2, (2000), pág. 237-268; y RAMIRO, L., “Electoral competition, organizational constraints and party change: The Communist party of Spain and United Left, 1986-2000” en Journal of Communist Studies and Transition Politics, vol. 20, nº 2, (2004), pág. 1-29.[2] Sobre esta cuestión pueden consultarse LAZAR, M., “Communism in Western Europe in the 1980” en Journal of Communist Studies, Vol. 4, nº 3, (1988), pág. 243-57; BULL, M., “The West European Communist Movement: Past, Present and Future” en BULL, M. & HEYWOOD, P. (Eds.), West European Communist Parties after the Revolutions of 1989. Nueva York, St. Martin’s, 1994, pág. 203-222; y BULL, M., “The West European Communist Movement in the Late Twentieth Century” en West European Politics, vol. 18, nº 1, (1995), pág. 78-97.[3] Sobre este tema véanse BOTELLA, J., “Spanish Communism in Crisis” en WALLER, M. & FENNEMA, M., (Eds.), Communist Parties in Western Europe: Decline or Adaptation?. Oxford, Basil Blackwell, 1988, pág. 69-85; y AMODIA, J., “Requiem for the Spanish Communism” en BELL, D. S. (Ed.), Western European Communists and the Collapse of the Communism. Oxford, Berg. 1993, pág. 101-119.[4] GUNTHER, R., SANI, G. & SHABAD, G., El sistema de partidos en España: génesis y evolución. Madrid. Centro de Investigaciones Sociológicas, 1986.[5] GUNTHER, R., “Los partidos comunistas de España” en LINZ, J. J. & MONTERO, J. R. (Eds.), Crisis y cambio: electores y partidos en la España de los años ochenta. Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1986, pág. 493-523.[6] Sólo la formación en esa mismo año de EAR en Grecia puede considerarse como un movimiento similar.[7] ETZIONI, A., “Two approaches to Organizational Analysis: A Critique and a Suggestion” en Administrative Science Quaterly, nº 5, (1960), pág. 257-278; CLARK, P.B. & WILSON, J.Q., “Incnetive Systems: A Theory of Organizations” en Administrative Science Quaterly, nº 6, (1961), pág. 129-66.[8] MOHR, L.B., “The Concept of Organizational Goal” en American Political Science Review, nº 67, (1977), pág. 470-481; SIMON, H., “On the Concept of Organizational Goal” en Administrative Science Quaterly, nº 9, (1964), pág. 1-22.[9] MERTON, R. K., Teoría y estructuras sociales, Fondo de Cultura Económica, 1992.[10] WILSON, J. Q., Political Organizations. New Cork, Basic Books. 1973.[11] COLLER, X. & GARVÍA, R., Análisis de organizaciones. Madrid, Centro de Investigaciones Sociológicas, 2005.[12] SELZNICK, P., TVA and the Grass Rootts. A Study in the Sociology of Formal Organizations. Berkeley, University of California Press, 1049.[13] SELZNICK, P., TVA anf the Grass Roots…, op. cit.[14] COLLER, X. Y GARVÍA, R. Análisis de Organizaciones..., op. cit., pág. 39.[15] PERROW, C., “The Analysis of Goals in Complex Organizations” en American Sociological Review nº 62, (1961), págs. 854-866.[16] DOWNS, A., An Economic Theory of Democracy. New York, Harper and Row, 1957.[17] STROM, K., “A Behavioral Theory of Competitive Polical Parties” en American Journal of Political Science, vol. 34, nº 2, (1990), págs. 565-598.[18] MÜLLER, W. & STROM, K. A., “Conclusions: Party Behaviour and Representative Democracy” en Müller, W. & STROM, K. (Eds.), Policy, Office or Votes?. Cambridge, Cambridge University Press, 1999.[19] Estos factores no agotan, obviamente, el catálogo de variables que afectan al comportamiento de cualquier partido. Además otros ya citados no deben olvidarse factores coyunturales o “situacionales” también citados por Müller y Strom. La pretensión de este capítulo es mostrar cómo afectaron a la actuación del PCE dos factores que han sido considerados cruciales en la explicación del comportamiento de los partidos por todos los autores que se han aproximado a esta cuestión. Por ejemplo, y entre otros muchos, Duverger, Panebianco, Harmel o Janda.[20] DOWNS, A., An Economic Theory..., op. cit.[21] Véanse, por ejemplo, ROBERTSON, D., A theory of Party Competition. London, Wiley, 1976; BUDGE, I., ROBERTSON, D. &HEARL, D.(Eds), Ideology, Strategy and party Change: Spatial Analyses of Post-War Elections Programs in 19 Democracies. Cambridge, Cambridge Univesity Press, 1987; RABINOWITZ, G.&MACDONALD, S.E., “A Directional Theory of Issue Voting” en American Political Science Review, nº 83, (1989), pág. 93-121; y RABINOWITZ, G., MACDONALD, S.E.&LISTHAUG, O., “New Players in a Old Game. Party Strategy in Multiparty Systems” en Comparative Political Studies, vol. 24 nº 2, (1991), pág. 147-185.[22] PRZEWORSKI, A. & SPRAGUE, J., Paper Stones. Chicago, University of Chicago Press, 1986.[23] El origen se sitúa en la obra clásica de MICHELS, R., Political Parties. New Cork, The Free Press, 1962 y se recupera en MAY, J., “Opinion Structure of Political Parties: The Special Law of Curvilinear Disparity” en Political Studies, nº 21, (1973), pág. 135-151.[24] ROBERTSON, D., A Theory of Party…, op. cit.; BARRY, B., Sociologists, Economists, and Democracy. Chicago, Univesity of Chicago Press, 1970; HIRSCHMAN, A.O., Exit, Voice, and Loyalty. Cambridge MA, Harvard University Press, 1970.[25] SIMON, H., Administrative Behavior. Nueva York, Free Press, 1976. Una excelente síntesis se encuentra en COLLER, H. & GARVÍA, R., Análisis de organizaciones..., op. cit. Cap. 4.[26] PCE, “Informe al Comité Central”, Madrid, 11 de mayo de 1984.[27] BOSCOI, A., Comunista, il Mulino, 2000[28] PCE, “Informe al Comité Central”, Madrid, 6 de marzo de 1985.[29] PCE, “Informe al Comité Central”, Madrid, 23 de junio de 1985.[30] Esta disponibilidad de votantes de izquierdas desencantados con el PSOE se hizo evidente a ojos de los líderes comunistas tras el importante porcentaje de votos negativos en el referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN celebrado en 1986.[31] Durante este periodo, la prioridad de la maximización electoral también contribuye a explicar la elección de J. Anguita como secretario general del PCE y, por lo tanto, como líder de IU en sustitución de G. Iglesias. Mientras que Iglesias había obtenido unos decepcionantes resultados electorales en 1986, el principal activo de Anguita era haber sido un candidato exitoso electoralmente en Andalucía, lo que le había posibilitado primero ser alcalde de Córdoba y después conseguir que IU dispusiera de un numeroso grupo parlamentario en la asamblea legislativa andaluza.[32] Consúltese, por ejemplo, Mundo Obrero, nº 569, 1990, p. 11. Las importantes consecuencias de este tipo de discursos sobre la afiliación, sobre los cuadros medios y sobre los miembros de la dirección del partido y su socialización no deben desdeñarse. Así, era el propio secretario general, que ejercía una capacidad de influencia sobre los afiliados muy notable, el que hacía evidente que el desarrollo de IU podía suponer la desaparición del PCE. Es decir, aunque presentaba el proceso como temporalmente indeterminado situaba claramente el marco en el que el PCE y su organización se encontraban. Estos discursos se acompañaban con las habituales defensas del PCE y de su papel pero no señalaban que su desaparición por el desarrollo de IU fuera algo indeseado.[33] Véanse, por ejemplo, PALERO, F., “La nueva organización de izquierdas”, Enmienda minoritaria presentada al Comité Central, Madrid, 27 de julio de 1991; y BERGA, J., “XIII Congreso del PCE: un paso de convergencia”, Enmienda minoritaria presentada al Comité Central, Madrid, 27 de julio de 1991.[34] PCE, “XIII Congreso del PCE. Documentos aprobados”, Madrid, 1992.[35] En ningún caso quiere esto decir que este camino (la continuidad del PCE) se encontraba predeterminado por la influencia de estos factores organizativos. Los líderes comunistas podían haber juzgado igualmente que, en el medio y largo plazo, la preservación del PCE tenía costes puesto que introducía ciertas disfuncionalidades en el desarrollo de IU y que podían arriesgarse a apoyar su disolución porque en caso de que un número significativo de afiliados no secundara la propuesta de su secretario general y se produjera una escisión ésta sería seguramente poco exitosa electoralmente. Igualmente, aunque podía existir el temor a un conflicto y a una escisión de partidarios de la preservación del PCE, era incluso más plausible pensar que al oponerse a la disolución –y empleando los argumentos que se empelaban en contra de sus partidarios- se estaba dando lugar a una división interna (primera en el PCE y luego en IU) de incalculables consecuencias. Es decir, los líderes comunistas, la mayoría que venció en esta crisis, tenía suficientes motivos para evaluar la situación de un modo distinto a como lo hizo. Sus percepciones y preferencias estuvieron más influidas por unos factores que por otros pero no se encontraban determinadas.[36] Ver, por ejemplo, PCE, “Informe al Comité Federal”, Madrid, 9 de abril de 1994; y PCE, “XIV Congreso del PCE”, Madrid, 1995.[37] En este sentido, consúltese, Información, nº 21, 1998[38] Como los propios líderes comunistas afirmaban, detrás del conflicto con la corriente Nueva Izquierda, primero, y con el Partido Democrático de la Nueva Izquierda, después, se encontraba la necesidad de oponerse a un grupo que que desafiaba el control o la hegemonía que el PCE había estado ejerciendo sobre IU.[39] Frutos y Llamazares habían compartido la estrategia aplicada en años anteriores y a la que podía responsabilizarse del gravísimo fracaso de IU, no mantenían oficialmente ninguna revisión crítica sobre la actuación de la dirección en esa etapa y apoyaban la nueva y, teniendo en cuenta cómo habían sido las relaciones con el PSOE en el inmediato pasado, radical modificación de la posición de IU hacia los socialistas. Es más, Frutos había sido elegido seretario general del PCE en 1998 en un congreso pacífico y sin controversia, que no podía anticipar la estricta división que se iba a construir y elaborar a partir de 2000.[40] Una necesidad que, en el caso de IU, ha sido percibida por la dirección encabezada por Llamazares y que ha conducido a los conflictivos intentos de relanzar la organización acentuando su tradicional definición ecosocialista, recuperando vínculos rotos en la etapa de Anguita e incluso modificando su nombre.[1] RAMIRO, Luis: “Crisis y adaptación del Partido Comunista de España y creación y evolución de Izquierda Unida”. En: BUENO, Manuel y GÁLVEZ, Sergio (coords.): Políticas de alianza y estrategias unitarias en la historia del PCE. Madrid, Papeles de la FIM, Nº 24, Fundación de Investigaciones Marxistas, 2006, pp. 251-272

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